"El Renacer de Beaumont" no es simplemente una historia de fantasía y romance; es una deconstrucción profunda del tropo de la "villana de novela" que desafía la idea del destino prefijado. La trama sigue a Elena Vega, una estratega brillante de nuestro mundo moderno que despierta en el cuerpo de Elaria de Beaumont, la antagonista destinada a morir en una serie de eventos trágicos dentro de un universo ficticio. En la narrativa original, Elaria estaba condenada a ser una marioneta sacrificable en un juego de poder, destinada a caer ante la "heroína", una chica llamada Aria que, obsesionada con los tropos de las novelas de romance, intentaba forzar un guion que no existía en la realidad.
La historia comienza con la transición de Elaria. A diferencia de otras protagonistas que aceptan su destino con resignación, Elaria de Beaumont utiliza su mente analítica, propia de una experta en teoría de juegos y estrategia, para diseccionar el imperio de Heliodor. Se da cuenta rápidamente
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CAPÍTULO 22: La Cacería del Lobo y el Primer Pulso
Las profundidades del Bosque de las Sombras devoraban la luz del día, dejando apenas unos hilos dorados que se filtraban entre las copas de los árboles milenarios. El ambiente, impregnado de un frío místico, dictaba el inicio de la fase más peligrosa del festival. El mapa original del juego otome se estaba desplegando con una precisión matemática, guiando a los peones exactamente hacia la trampa de la "heroína".
Sin embargo, a kilómetros de distancia, en el punto más alto del Palacio del Sol, el Emperador Saint Valerius colocaba su mano sobre la matriz central de la tesorería imperial. El tablero estaba completamente dispuesto para ser sacudido.
El Evento Forzado
Aria corría entre los matorrales de la zona fronteriza, respirando agitadamente. Detrás de ella, el Marqués Valen de Roselawn mantenía la espada desenvainada, con el rostro desencajado por la sorpresa. Las lecturas de maná de la Clase B habían fallado por completo: no se enfrentaban a una bestia de rango bajo.
Un aullido desgarrador congeló el aire a su alrededor.
De entre las sombras de los árboles emergió un Lobo de Escarcha de rango alto. Su pelaje era blanco como la nieve pura, y sus ojos brillaban con un fuego azul gélido. Cada pisada del animal congelaba instantáneamente la hierba del suelo. La bestia gruñó, fijando su mirada asesina directamente en Aria.
—¡Aria, quédate detrás de mí! —gritó Valen, arremetiendo con su espada imbuida en magia de tierra.
Valen lanzó una estocada horizontal, creando una barrera de rocas para frenar a la criatura. Pero el lobo era demasiado rápido; esquivó el ataque con una agilidad sobrenatural y, de un zarpazo imbuido en hielo, destrozó la defensa de Valen, lanzando al joven marqués contra el tronco de un roble. La espada de madera reforzada de Valen se rompió en mil pedazos.
Aria cayó de rodillas, con el corazón latiéndole a mil por hora. Miró a su alrededor, buscando desesperadamente entre los arbustos. ¿Dónde está?, pensó, entrando en pánico. Según la ruta oficial, el Príncipe Lysander ya debería haber aparecido para cortar el cuello del lobo. ¡Este es su evento de rescate!
—¡Luz... protégeme! —exclamó Aria, extendiendo sus manos. Una ráfaga de luz blanca y brillante estalló de sus palmas, pero tal como Elaria había predicho en el anfiteatro, el hechizo era tan disperso e inestable que solo sirvió para cegar temporalmente al lobo y enfurecerlo aún más.
La Activación Imperial
En ese preciso milisegundo, una onda de choque invisible barrió todo el Bosque de las Sombras. No venía de ninguna bestia, sino del cielo mismo.
A unos cientos de metros de la escena, Elaria de Beaumont se detuvo en seco. El zafiro estelar de su cuello estalló en un brillo carmesí violento. Las runas ocultas del Grillete de Frecuencia Pasiva se materializaron alrededor de su piel como hilos de fuego mágico, intentando perforar sus canales de maná para comenzar el drenaje masivo que el Emperador Saint había ordenado desde el palacio.
—Está comenzando —dijo Elaria, apretando los dientes mientras la presión del artefacto intentaba doblegarla.
Lysander se movió con la velocidad de un rayo, plantándose frente a ella y tomándola firmemente por los hombros. Sus ojos azules reflejaban una furia fría al ver el artefacto de su padre intentar someter a su prometida.
—Elaria, hazlo ahora —ordenó el príncipe, ofreciéndole sus manos—. No dejes que esa maldita cosa toque tu núcleo.
Elaria sonrió a pesar del dolor, desatando la corriente oculta de su Magia Universal. En lugar de resistirse al grillete, Elena Vega abrió las compuertas de su maná y asimiló la frecuencia del pulso imperial. Usando sus canales como un puente perfecto, reescribió la dirección del flujo.
El zafiro estelar cambió de color, pasando de un carmesí opresivo a un dorado puro y deslumbrante.
—¡Lysander, tómalo! —exclamó Elaria, entrelazando sus dedos con los del príncipe.
La energía drenada de la mismísima tesorería del palacio imperial —el maná acumulado por generaciones de la familia Valerius— viajó a través del cuerpo de Elaria y se inyectó directamente en el pecho de Lysander. El aire alrededor de la pareja estalló en una tormenta de viento y escarcha tan violenta que los árboles cercanos comenzaron a agrietarse. El poder del príncipe se elevó a niveles absurdos en un par de segundos.
Los Verdaderos Salvadores
Mientras tanto, en el claro del bosque, el Lobo de Escarcha ya había recuperado la vista y se preparaba para saltar sobre Aria, quien lloraba de terror absoluto, completamente abandonada por el guion del juego.
¡BAM!
Un rayo de hielo negro y absoluto descendió del cielo, impactando directamente en el costado del lobo. La criatura de rango alto ni siquiera pudo emitir un quejido; se congeló instantáneamente en una estatua de hielo sólido y luego se pulverizó en miles de fragmentos brillantes.
Aria levantó la vista, con las lágrimas congeladas en sus mejillas, esperando ver la silueta del príncipe extendiéndole la mano con dulzura.
Lo que vio la dejó sin aliento.
Caminando con una lentitud imponente entre la niebla del hielo disipado, avanzaba la Pareja Dorada. Lysander caminaba con una presencia aterradora, con sus ojos azules brillando con un maná tan denso y divino que la gravedad alrededor de sus botas hacía flotar las piedras del suelo. A su lado, perfectamente ilesa y con una sonrisa de absoluta superioridad, caminaba Elaria de Beaumont. En su cuello, el collar del Emperador brillaba con una luz dorada que denotaba que la villana acababa de robarle el control al mismísimo monarca.
Elaria se detuvo frente a la temblorosa heroína, mirándola desde arriba con una mezcla de lástima y diversión oscura.
—Vaya, señorita Aria —dijo Elaria, con su voz sofisticada resonando en el silencioso claro—. Parece que su preciosa magia de luz solo sirve para atraer a los depredadores. ¿Es este el gran espectáculo que quería mostrarle a la academia?