"Los omegas tienen prohibido acercarse a mí. Esa es mi única regla." Damián es el Alfa más temido de la ciudad. Frío, cruel, y con un odio profundo hacia los omegas. Nadie sabe por qué, pero todos saben que acercarse a él es buscarse la muerte. Yo soy Lola. Una omega invisible, de esas que pasan desapercibidas. Mi olor es neutro, y así me gusta: invisible, viva. Hasta que una noche, un celo inesperado me toma por sorpresa justo cuando él cruza mi camino. Su olor me envuelve. El mío lo enloquece. Y sin quererlo, sin desearlo, contra toda lógica... Quedamos vinculados. Ahora el Alfa que me odia está atado a mí para siempre. Hará todo lo posible por romper este vínculo, pero cada intento lo acerca más a mí. Y cuando otro Alfa intente lastimarme... Su lobo desata el infierno para protegerme. Dicen que el odio y el amor son la misma cara de una moneda. Pero, ¿qué pasa cuando su mente me rechaza, pero su lobo me reclama? ¿Podrá Damián aceptar que soy su compañera? ¿O el vínculo nos destruirá a los dos?
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Capítulo 17: La Tormenta Perfecta
(POV Lola)
La mañana siguiente amaneció tensa.
No hacía falta ser un Alfa para notarlo. El aire en la mansión era diferente. Más denso. Más vigilante.
Bajé al comedor y ya estaban todos.
Konstantin en la cabecera, leyendo un periódico. Elena a su derecha, con esa sonrisa perpetua. Valeria a su izquierda, con el ceño fruncido. Damián, al lado de su padre, con su máscara de hielo. León, al otro lado, desayunando con tranquilidad. Y Elara, sentada junto a él, con una expresión de "aquí hay gato encerrado".
—Buenos días —dije, ocupando mi lugar.
—Buenos días, querida —respondió Elena con dulzura.
Valeria ni me miró.
El desayuno transcurrió en aparente calma. Hasta que Valeria habló.
—Anoche subí a tu habitación, Damián —dijo con fingida casualidad—. Llamé varias veces. No respondiste.
Damián siguió desayunando sin inmutarse.
—Te oí.
—¿Y no abriste?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no quise.
Valeria arqueó una ceja.
—¿No quisiste? ¿Desde cuándo no me abres la puerta?
—Desde siempre.
Ella soltó una risa forzada.
—No es cierto. Cuando éramos pequeños siempre me dejabas entrar.
—Eso era antes.
—¿Y ahora qué? ¿Ahora ya no?
Damián la miró. Frío. Impasible.
—Ahora tengo una habitación. Y un espacio. Y no me gusta que me interrumpan.
Valeria frunció los labios, molesta.
—¿Y qué hacías que no podías abrir? ¿Dormías?
—Sí.
—¿A esas horas? Imposible. Tú nunca duermes temprano.
—Anoche sí.
—No te creo.
—No me importa.
Konstantin levantó la vista del periódico.
—Damián.
—¿Qué, padre?
—No le hables así a tu hermana.
—No es mi hermana.
Valeria apretó la mandíbula.
—Da igual lo que soy —dijo con voz tensa—. Lo que quiero saber es por qué no abriste. ¿Qué hacías? ¿Con quién estabas?
Damián la miró fijamente. Un largo momento.
Y entonces, sin pensar, se le escapó.
—Estaba con Lola. Y no quería despertarla.
El silencio cayó como una losa.
Valeria se quedó blanca. Luego roja. Luego blanca otra vez.
—¿Cómo dices? —susurró.
—Damián —intervino Konstantin con voz grave—. ¿Qué significa eso?
Damián pareció darse cuenta de lo que había soltado. Apretó la mandíbula.
—Nada. Significa que Lola estaba en mi habitación anoche.
—¿Y qué hacía allí? —la voz de Valeria era un cuchillo.
—Dormir.
—¿Dormir? ¿En tu cama?
—Sí.
El grito de Valeria resonó en todo el comedor.
—¡¿En tu cama?! ¡¿Estás durmiendo con ella?!
—Valeria —la voz de Konstantin fue una advertencia—. Cálmate.
—¡No me digas que me calme! ¡Mi hermano está durmiendo con una desconocida y tú quieres que me calme!
—No soy tu hermano —repitió Damián con paciencia infinita.
—¡Da igual! ¿Cómo puedes... con ella... cuando yo...?
Se levantó de golpe, derribando la silla.
—¡Esto no se acabó!
Salió del comedor como un huracán.
El silencio que dejó fue ensordecedor.
Elena mantenía su sonrisa falsa, pero sus ojos eran dos puñales. Konstantin miraba a Damián con una expresión que no supe interpretar. León y Elara intercambiaron una mirada de "esto se nos fue de las manos".
Y yo...
Yo solo quería desaparecer.
—Damián —dijo Konstantin con calma—. Después del desayuno, quiero hablar contigo. A solas.
Damián asintió.
Y el desayuno continuó en un silencio tenso y cargado.
(POV Lola - Más tarde)
Esa tarde, mientras paseaba por el jardín intentando despejarme, alguien me llamó.
—Señorita Lola.
Me giré. Era Elena, la madrastra. Con esa sonrisa perpetua que no llegaba a sus ojos.
—Buenas tardes —dije con cautela.
—¿Puedo acompañarte un rato?
—Claro.
Caminamos en silencio unos metros. Las flores del jardín estaban preciosas, pero ninguna de las dos las miraba.
—Mi hija está muy alterada —dijo Elena al fin.
—Lo sé. Lo siento.
—No tienes por qué disculparte. Ella siempre ha sido así con Damián. Desde pequeña.
—¿Desde pequeña?
—Sí. Siempre quiso su atención. Siempre quiso ser especial para él. Y ahora... bueno, ahora apareces tú.
—No fue mi intención.
—Lo sé, querida. Pero entiende que para ella es difícil.
Asentí. Podía entenderlo, aunque no compartirlo.
—Dime —continuó Elena, con esa voz tan suave que parecía acariciar—, ¿cómo fue que terminaste en su habitación?
—Es una larga historia.
—Tenemos tiempo.
—No creo que sea apropiado...
—Oh, vamos, querida. Solo curiosidad. ¿Fue por el vínculo?
Me quedé helada.
—¿Cómo sabe lo del vínculo?
Elena sonrió con dulzura.
—Konstantin me lo contó. Los alfaz se enteran de todo, querida. Solo quería saber si es cierto.
—Es cierto.
—¿Y por eso duermes con él?
—No es lo que parece.
—¿Ah, no? ¿Y qué es?
—Solo dormir. Nada más.
—Claro, claro. Como digas.
Su sonrisa no cambió. Pero sus ojos... sus ojos decían que no se creía ni una palabra.
(POV Elara)
—Esto es un desastre —dijo Elara, paseando de un lado a otro en la biblioteca.
León, sentado en un sillón, la observaba con diversión.
—¿Un desastre? A mí me parece una telenovela.
—¡No es gracioso! Esa Valeria está como una cabra. Y la madre es peor, con sus sonrisas falsas.
—La madre siempre ha sido así.
—¿Y tú te ríes?
—Me río porque es la primera vez que veo a mi hermano meter la pata. Y me encanta.
Elara se detuvo.
—¿Cómo que meter la pata?
—Soltar lo de Lola en el desayuno. Eso no fue un error. Fue un "quiero que todos sepan que ella es mía" sin decirlo directamente.
Elara arqueó una ceja.
—¿Crees que lo hizo a propósito?
—No. Fue un accidente. Pero un accidente revelador.
—¿Y eso qué significa?
—Que mi hermano está más colgado de lo que quiere admitir.
Elara sonrió lentamente.
—Oye... ¿y si los ayudamos?
—¿Ayudarlos? ¿Cómo?
—No sé. Crear situaciones. Que se vean obligados a estar juntos. Que Valeria vea que Damián no le hace caso.
León se incorporó, interesado.
—¿Como una especie de... plan?
—Exacto. Un plan.
—Me gusta.
—¿Por dónde empezamos?
León pensó un momento.
—Por la cena de esta noche. Voy a sentarlos juntos. En el mismo lado de la mesa. Muy juntos.
Elara sonrió con picardía.
—Eres un genio.
—Lo sé.
(POV Lola - La cena)
La cena fue un campo de batalla.
León, con una sonrisa de oreja a oreja, nos había sentado a Damián y a mí en el mismo lado de la mesa. Tan juntos que nuestros brazos se rozaban.
—Así hay más espacio para los demás —dijo con inocencia fingida.
Valeria, enfrente, nos miraba con los ojos echando chispas. Pero no dijo nada. Apretaba los cubiertos con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.
Konstantin observaba la escena con atención. Elena mantenía su sonrisa falsa.
Yo intentaba mantener la compostura, pero cada vez que el brazo de Damián rozaba el mío, un escalofrío me recorría.
La cena transcurrió en silencio. Un silencio tenso, cargado, que pesaba como una losa.
Hasta que Valeria no pudo más.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó, mirándome directamente.
—Unas semanas.
—¿Y piensas quedarte?
—No lo sé.
—Pues deberías ir pensándolo. Las visitas tienen fecha de caducidad.
Damián dejó los cubiertos.
—Valeria.
—¿Qué? Es verdad. No puedes quedarte para siempre.
—Ella se queda el tiempo que quiera.
—¿Ah, sí? ¿Y quién eres tú para decidir?
—El dueño de esta casa.
El golpe fue directo. Valeria palideció.
Konstantin intervino.
—Basta. Los dos.
El silencio cayó de nuevo.
Y yo solo quería que la tierra me tragara.
(POV Lola - Noche, en la habitación)
Damián entró tarde.
Yo ya estaba en la cama, pero no dormía. Lo sentía a través del vínculo. Tensión. Y algo más. ¿Cansancio? ¿Frustración?
—¿Qué quería tu padre? —pregunté.
Se tumbó en su lado, de espaldas a mí.
—Hablar.
—¿De qué?
—De ti.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿De mí?
—Quería saber quién eres. Por qué estás aquí. Qué planes tengo contigo.
—¿Y qué le dijiste?
Silencio.
—La verdad —respondió al fin—. Que no lo sé.
—¿No sabes qué planes tienes conmigo?
—No. Pero sí sé una cosa.
—¿Qué?
Se giró lentamente. Me miró con esos ojos dorados que tantas veces me habían helado la sangre.
—Que no quiero que te vayas.
El aire se congeló en mis pulmones.
—Damián...
—Ya lo sé. Es pronto. Es raro. Es todo lo que no debería ser. Pero es lo que siento.
—¿Y Valeria?
—¿Qué pasa con Valeria?
—Ella... ella te quiere.
—No me importa.
—Pero...
—Lola. —Su voz fue firme, pero no fría—. No me importa lo que sienta Valeria. No me importa lo que nadie sienta. Solo me importa lo que sientes tú. Y lo que siento yo.
—¿Y qué sientes tú?
Me sostuvo la mirada un largo momento.
—No lo sé todavía. Pero quiero descubrirlo.
Apagó la luz y se giró.
Yo me quedé allí, con el corazón desbocado, preguntándome si había entendido bien.
Pero a través del vínculo, sentí su calor.
Y supe que sí.