Aún siento el frío del metal desgarrando mi piel y el dolor punzante en mi corazón; un dolor que no era por el acero, sino por algo más que aún no logro descifrar. En este limbo, donde no sé si estoy viva o muerta, mi único objetivo es salvar a mi hija y lograr que llegue a este mundo. Soy Amanda Leal, y esta es mi historia... una que apenas comienza con mi final.
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Capítulo II: Una nueva oportunidad
El sonido del mundo se apagó. El tic-tac del reloj de la pared, la lluvia azotando los ventanales, los pasos de mis verdugos alejándose... todo desapareció, devorado por un silencio sepulcral.
Estaba flotando en la fría “nada”. Ya no sentía el suelo bajo mi cuerpo, ni la calidez de mi propia sangre empapando mi ropa. Sabía, con la fría lógica de mis años estudiando medicina, lo que estaba ocurriendo: mi cerebro se estaba quedando sin oxígeno, mi corazón estaba latiendo por última vez. Estaba muriendo.
«No... por favor, ella no», rogué en la inmensidad de mi mente.
No me importaba mi vida. El dolor de la traición de Miguel había destrozado mi alma, pero mi bebé seguía dentro de mí. Si mi corazón se detenía, el de ella también lo haría. Supe entonces que ese dolor que no lograba descifrar no era la herida del metal; era la agonía de fallarle a mi hija antes de que pudiera respirar.
Fue en ese instante de rendición absoluta cuando algo cambió en la oscuridad.
No hubo una luz blanca, ni paz, ni ángeles. Lo que sentí fue una fuerza primitiva, un calor violento que nació desde lo más profundo de mi vientre, como un llamado de auxilio. La vi. En el fondo de mi mente moribunda, vi la silueta de mi pequeña luchando por aferrarse a la vida en un cuerpo que se enfriaba.
Un latido. Un único y lejano latido que no era el mío resuena en mi alma. Era el de ella.
Un instinto salvaje, una furia que jamás pensé poseer, quito cualquier rastro de debilidad causada por la muerte. Si la ciencia decía que ya no había esperanza, mi amor de madre decretaba lo contrario. No podía morir. No iba a dejar que los Maldonado ganaran. No iba a permitir que Miguel sepultara nuestro fruto para limpiar su maldito apellido.
«Respira», me ordené a mí misma. «¡Respira!»
El vacío me devolvió a la realidad de un golpe brutal.
El dolor del metal desgarrando mi piel desapareció de golpe. La oscuridad que me tragaba se disolvió en un destello cegador que me obligó a abrir los ojos.
Di un jadeo violento, buscando aire, y me llevé las manos al pecho con desespero, buscando la herida, buscando la sangre... pero no había nada. Mi ropa estaba intacta. Mi piel estaba intacta. El silencio sepulcral de la muerte había sido reemplazado por el sonido rítmico del gran reloj de la pared.
Tic, tac, tic, tac.
Miré a mi alrededor, confundida, con el corazón golpeándome las costillas a una velocidad irreal. Seguía en la lujosa sala de los Maldonado. Llevé mi mano temblorosa a mi vientre; seguía firme, seguro. Mi mente de estudiante de medicina intentó buscar una explicación lógica. ¿Había sido una alucinación? ¿Un ataque de pánico provocado por las amenazas de Miguel?
Entonces, miré el reloj.
Marcaba las dos y diez de la mañana. Miguel se había ido hacía exactamente cinco minutos.
Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. No había sido un sueño. Yo había sentido el acero. Había sentido mi vida apagarse. Por alguna razón que la ciencia jamás podría explicar, el tiempo se había doblado. El destino me había regresado a la vida, pero no al hospital, sino al momento exacto previo a mi ejecución. Me quedaban menos de cinco minutos antes de que el horror se repitiera.
A lo lejos, en el pasillo principal, escuché el primer sonido: unos pasos rápidos, extraños y amortiguados.
Eran ellos. Los asesinos.
El miedo intentó paralizarme de nuevo, pero la Amanda que temblaba como un animal acorralado se había quedado en la otra línea temporal. Esta vez no me quedaría quieta esperando el final. Había renacido con una sola ventaja: saber el futuro. Y esta noche, el final de la historia iba a cambiar.
Camine sigilosamente hacia la salida trasera, intentándo alejarme lo más posible del peligro. Mis pasos eran rápidos pero seguros, sentía el corazón golpeando contra mis costillas, mi respiración acelerada, pero mi mente fija en un solo pensamiento: salvar la vida de mi hija.
Finalmente, llegué a la salida, tomé mi móvil y me contacté con mi amigo de la infancia.
—Andrés —dije en un susurro—. Necesito tu ayuda.
En menos de lo que esperaba, Andrés llegó por mí. Yo me encontraba muy mal; el pánico invadía cada célula de mi piel al pensar en lo que me pasaría si Miguel me encontraba.
—¿Qué está pasando? —preguntó Andrés con su característica voz fría.
—Sácame de aquí y te cuento todo.
—¿Dónde está el imbécil de tu esposo? —preguntó, mirándome con desconfianza.
Bajé la mirada, sintiéndome una estúpida. Había puesto toda mi confianza y mi corazón en un hombre que nunca me valoró y que, quién sabe cuáles fueron sus razones, quería eliminarme a mí y a nuestra hija.
—No lo sé. Lo único que tengo claro es que alguien me quiere muerta y debo desaparecer para poder salvar la vida de mi hija.
Andrés me miró, pero su expresión era indescifrable. Sin hacer más preguntas, continuó conduciendo hasta que llegamos a una enorme villa.
—¿Qué hacemos aquí? —pregunté con asombro.
—Debes esconderte, y mi casa es el mejor lugar —explicó con mucha tranquilidad.
—Llévame a un hotel. Esto es muy peligroso y no quiero seguir involucrándote.
—Eso ya es tarde. Además, si vas a un hotel, te encontrarán en cuestión de minutos —aclaró Andrés, suavizando un poco su tono.
Él tenía razón. El poder de los Maldonado era tan grande que estaba segura de que, en este momento, ya sabían que escapé y que mi cómplice era el hombre a mi lado.
Andrés debes hablarle más directo
te quiero te amo seamos una familia y un matrimonio real, necesita palabras más directas porque ella solo ve tu venganza y ella siendo una pieza 🤦🤦
ya va siendo hora 🫣🫣🫣
dos meses
que perro traidor 😡😡😡
espero que cuando te quites la venda de los ojos solo sea para ver la felicidad de Amanda