Aún siento el frío del metal desgarrando mi piel y el dolor punzante en mi corazón; un dolor que no era por el acero, sino por algo más que aún no logro descifrar. En este limbo, donde no sé si estoy viva o muerta, mi único objetivo es salvar a mi hija y lograr que llegue a este mundo. Soy Amanda Leal, y esta es mi historia... una que apenas comienza con mi final.
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Capítulo VIII: Terror
Punto de vista de Amanda
El plan de escape había sido un juego de paciencia y perfección. Durante los meses en que Andrés estuvo fuera del país, me dediqué a estudiar minuciosamente los movimientos de la seguridad de la mansión. Sabía que me veían como una mujer embarazada, vulnerable y sumisa, una prisionera dócil en su jaula de cristal. Aproveché esa confianza. Fui guardando dinero en efectivo que Andrés dejaba para los gastos de la casa y, en mis caminatas autorizadas por el jardín, logré contactar a un conductor local a través de un viejo teléfono que conseguí ocultar.
El día que las contracciones preliminares comenzaron, supe que era el momento. No podía permitir que mi hija naciera bajo el control de los Ferrer, ni que se convirtiera en el instrumento de una guerra que no le pertenecía. Con una mezcla de audacia y suerte, salí por la puerta de servicio durante el cambio de turno de los guardias y subí al auto que me esperaba. Le pedí al chofer que me llevara lejos de la ciudad, hacia las coordenadas de una vieja cabaña en la montaña de la que había oído hablar a los empleados. Necesitaba un lugar donde esconderme hasta que pudiera registrar a mi bebé con mi propio apellido y desaparecer para siempre.
Pero la montaña me cobró caro el atrevimiento. El trayecto fue un calvario de dolor; las contracciones se volvieron brutales y el frío de la tormenta que empezaba a caer congeló mis esperanzas. Llegué a la cabaña arrastrando los pies, apenas consciente, rompiendo la fuente sobre el suelo de madera mientras el aislamiento del bosque me recordaba lo sola que estaba.
Entonces, el chirrido de la puerta me heló la sangre.
Al levantar la mirada y ver la silueta de Andrés recortada contra la penumbra, el terror me paralizó. Pensé que venía a cobrar mi traición, que el depredador finalmente había alcanzado a su presa y que usaría mi debilidad para encadenarme a su vida. «Vete...», le grité con las pocas fuerzas que me quedaban, intentando proteger mi vientre, convencida de que me quitaría a mi hija para siempre. Sin embargo, no hubo violencia en sus manos. Cuando se arrodilló a mi lado y me obligó a sostenerle la mirada, no encontré los ojos del frío CEO de las empresas Ferrer, sino una desesperación y una calidez que me desarmaron por completo.
El proceso del parto fue una neblina de dolor ciego y gritos ahogados por el frío, hasta que, finalmente, el llanto fuerte y cristalino de mi hija llenó el vacío de la cabaña.
—Mía, mi pequeña... Mamá solo volvió por ti —susurré, sintiendo que el corazón me estallaba de amor al escucharla respirar. Estaba viva. Lo habíamos logrado.
Pero la alegría fue una ilusión efímera. De pronto, un frío glacial, mucho más intenso que la tormenta de la montaña, comenzó a extenderse desde la punta de mis dedos hacia mi pecho. Sentí cómo la vida se me escapaba a chorros entre las piernas, empapando las mantas de un líquido espeso y caliente.
El pánico me atenazó la garganta. Esa sensación... la ligereza en la cabeza, el zumbido ensordecedor en los oídos, la vista nublándose poco a poco. Era exactamente igual. Era el mismo terror que experimenté aquel fatídico día en el que morí en mi vida anterior, desangrada y abandonada en el suelo frío de los Maldonado.
«No, otra vez no», quise gritar, pero de mi boca solo salió un gemido inaudible.
El miedo de perderlo todo de nuevo, de dejar a mi bebé desamparada en este mundo justo en el momento de su nacimiento, me despedazó el alma. Escuché la voz de Andrés llamándome a la distancia, gritando mi nombre con una desesperación que parecía venir de otra dimensión, pero las sombras de la muerte me envolvieron rápidamente, arrastrándome hacia la oscuridad de la que tanto había luchado por escapar.
Punto de vista de Andrés
Llevé a Amanda y a Mía hacia el hospital más cercano, desafiando la gran tormenta que caía sobre la montaña. La adrenalina recorría mi cuerpo; no estaba pensando, solo quería salvar la vida de Amanda.
Llegué en cuestión de una hora al centro médico y, apenas puse un pie en el lugar, las enfermeras se hicieron cargo de la emergencia. Amanda fue llevada de inmediato a la sala de cirugía debido a la hemorragia, mientras que Mía fue trasladada a pediatría para ser evaluada.
Por mi parte, fui retenido en el área de administración, ya que debía llenar los documentos de ingreso.
—Señor, sabemos que está angustiado por su esposa, pero necesitamos que nos facilite algunos datos —dijo la encargada, sin levantar la vista de su computadora.
Cuando escuché a la mujer frente a mí referirse a Amanda como mi esposa, algo en mi interior cambió. Se sintió malditamente correcto. Llamé de inmediato a Felipe para que me trajera los documentos de identidad falsos que le había preparado a Amanda antes de que escapara.
—Ella y yo aún no estamos casados. Pensábamos hacerlo antes de que naciera nuestra hija, pero el parto se adelantó en la montaña —mentí de forma descarada, manteniendo mi voz firme.
—Bien, entiendo. Pero necesitamos un documento oficial que demuestre la identidad de la señora —indicó la administradora, con un tono burocrático que empezó a colmar mi paciencia.
—Ya viene mi asistente en camino con los documentos de mi prometida y los míos. Así dejaremos claro quiénes somos.
Estaba furioso por la forma en la que esta mujer me estaba tratando, ignorando con quién estaba hablando, pero cuando supiera el peso del apellido Ferrer, estaba seguro de que me pediría disculpas.
Felipe finalmente llegó con el maletín y lo que le había pedido. Una vez que se solucionó el papeleo legal de ingreso, caminé a pasos largos hacia el área médica para saber cómo estaba Amanda. No pasó mucho tiempo antes de que el cirujano saliera.
—¿Familiares de la señora Victoria Arismendi?
Ese era el nombre falso de Amanda. Había decidido que se llamara como su difunta madre y llevara su apellido; era la mejor forma de borrar su rastro del mapa.
—Soy su prometido —dije, acercándome al doctor con el corazón en un hilo.
—Señor Ferrer, la señora ha salido de peligro —comunicó el médico, retirándose los anteojos—. Aunque está en recuperación, perdió mucha sangre en el trayecto y por el momento la tendremos en observación estricta.
Sentí un alivio indescriptible al escuchar sus palabras. El peso del mundo se me quitó de encima.
—¿Cuándo podré verla? —pregunté.
—En unos minutos vendrá una enfermera para llevarlo al lado de la señora Arismendi. Ella necesita descansar, pero tenerlo allí la ayudará.
El doctor se retiró, dejándome solo en el pasillo de la sala de espera. Una sonrisa, la primera en meses, se dibujó en mi rostro al saber que ambas estaban a salvo y que el peligro mortal había desaparecido. Amanda y Mía eran mías ahora, y nadie iba a arrebatármelas.
Andrés debes hablarle más directo
te quiero te amo seamos una familia y un matrimonio real, necesita palabras más directas porque ella solo ve tu venganza y ella siendo una pieza 🤦🤦
ya va siendo hora 🫣🫣🫣
dos meses
que perro traidor 😡😡😡
espero que cuando te quites la venda de los ojos solo sea para ver la felicidad de Amanda