Huyendo de los murmullos de la boda de su hermana con su exnovio, una alegre médica y fotógrafa aficionada lo vende todo para mudarse a un pueblo de viñedos. Cuando su auto queda varado en el camino, su salvación llega en una camioneta: un atractivo vitivinicultor, un hombre dedicado por entero a sus tierras, y su pequeña y ocurrente hija de cinco años.
Tras una separación amistosa, él no busca complicaciones, pero la luz que ella irradia y la inmediata complicidad que nace con la nena cambiarán sus planes. Cuando descubren que ella es la nueva doctora del hospital local, sus caminos se vuelven inevitables. Entre clics de cámara y el aroma a uva madura, descubrirán que el amor más dulce nace sin prisa, cosechando un nuevo destino para los tres.
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Capítulo 4: La Doctora del Pueblo
El aroma a café recién filtrado inundaba la pequeña oficina del Hospital Rural de San Javier. Me acomodé el ambo color verde agua y me colgué el estetoscopio alrededor del cuello, mirando con satisfacción el espacio que, a partir de hoy, sería mi búnker. Las paredes blancas lucían impecables, y sobre el escritorio de madera ya descansaban un par de cuadernos con anotaciones y, por supuesto, mi cámara fotográfica metida discretamente en su bolso, lista para cuando terminara mi guardia.
Instalarme en el pueblo había sido mucho más fácil de lo que imaginé. La gente del lugar me había recibido con los brazos abiertos, agradecidos de tener finalmente una médica clínica fija en el hospital, ya que el doctor anterior se había jubilado hacía meses y el pueblo venía sobreviviendo con médicos de guardia que rotaban cada fin de semana. Tras pasar mis primeros dos días acomodando las valijas en la pequeña pero acogedora casa que el municipio me había asignado, hoy tocaba ponerme oficialmente el delantal.
La mañana transcurrió entre fichas médicas por actualizar, recetas de medicamentos crónicos para los abuelos del pueblo y el control de un par de niños con resfríos estacionales. Me encantaba la dinámica del lugar; a diferencia de la frialdad y el apuro de las grandes clínicas de la ciudad, acá los pacientes se tomaban el tiempo de saludarte, preguntarte si te habías adaptado bien al clima y hasta te prometían traerte pastelitos caseros en la próxima visita. La simpatía y la alegría que siempre me habían caracterizado encajaban a la perfección con la calidez de la comunidad.
Cerca del medía, la enfermera jefe, una mujer adorable llamada Marta, asomó la cabeza por la puerta de mi consultorio con una enorme sonrisa.
—Doctora Mile, llegó el último turno de la mañana para el control de rutina anual. Es uno de los vecinos más conocidos de la zona, el dueño de los viñedos "El Solitario". ¿Le hago pasar?
—Claro que sí, Marta. Que pase —respondí mientras tecleaba los últimos datos en la computadora.
Escuché los pasos firmes y pesados aproximarse por el pasillo. La puerta se abrió y, al levantar la vista, me quedé con la palabra en la boca.
Ahí estaba él.
Ian. El hombre grandote, alto y de hombros anchos que me había rescatado del barro hacía apenas dos días. Llevaba unos jeans oscuros, botas de cuero y una camisa clara que resaltaba aún más su cabello rubio, el cual hoy estaba un poco más ordenado que la tarde en que lo conocí. En sus ojos claros, que se abrieron de par en par al verme, se reflejó una sorpresa mayúscula.
Se detuvo en seco en el umbral, mirando alternativamente el ambo médico que yo llevaba puesto, el estetoscopio y el cartel de acrílico sobre mi escritorio que rezaba: *Dra. Milena*.
—¿Mile? —preguntó con su voz profunda y pausada, mientras una sonrisa incrédula empezaba a dibujarse lentamente en sus labios—. No me digas que... ¿Vos sos la nueva doctora del pueblo?
Solté una carcajada limpia y me puse de pie, rodeando el escritorio para saludarlo. La chispa de simpatía y la intensa electricidad que habíamos sentido bajo la luz del atardecer volvió a encenderse en el aire del consultorio en un segundo.
—¡Sorpresa! —dije divertida, extendiéndole la mano, aunque él prefirió darme un cálido apretón que me hizo cosquillas en el estómago—. Sí, soy yo. La conductora con mala suerte y fotógrafa aficionada resulta que también sabe usar un estetoscopio.
Ian negó con la cabeza, riendo con ganas, una risa franca que le arrugaba las esquinas de los ojos y lo hacía ver ridículamente guapo.
—No lo puedo creer. Todo el pueblo lleva semanas hablando de la "nueva médica de la ciudad" que iba a llegar a hacerse cargo del hospital. Me imaginaba a una mujer sumamente seria, estructurada... no a una chica llena de barro sacándole fotos al atardecer en medio de la ruta vecinal.
—Bueno, es que me gusta mantener el misterio —bromeé, indicándole con un gesto de la mano que se sentara en la silla frente al escritorio—. Además, la medicina es mi profesión, pero la fotografía es mi cable a tierra. ¿Cómo está Inti? Se quedó con ganas de seguir jugando con la cámara.
—Está espectacular. No paró de hablar de "la tía Mile y su cámara mágica" en toda la cena del viernes —dijo Ian, acomodando su enorme contextura en la silla, que de repente parecía quedarle chica—. De hecho, me hizo prometerle que si te volvía a ver, le pediría tu número de teléfono para que la dejes sacar más fotos. Quiere retratar a los caballos de la hacienda.
—Se lo das, por supuesto. Me encantó su energía —respondí, sintiendo una calidez hermosa en el pecho al saber que la nena me recordaba con tanto cariño. Luego, tomé su carpeta médica—. Pero bueno, señor Ian... veo que le toca su chequeo de rutina anual. El deber llama. ¿Cómo nos venimos sintiendo?
Ian se acomodó la camisa, adoptando una postura un poco más formal, aunque sus ojos claros no dejaban de mirarme con una mezcla de diversión y profunda curiosidad.
—La verdad es que muy bien. El trabajo en los viñedos y la vendimia te mantienen activo a la fuerza, así que no tengo mucho tiempo para enfermarme. Pero como soy el único que está al frente de las tierras y de la crianza de Inti, tengo que asegurarme de estar al cien por ciento. No puedo darme el lujo de caerme.
Asentí con la cabeza de manera profesional, comprendiendo perfectamente su punto. El hecho de saber, por lo que habíamos charlado en la ruta, que estaba separado pero mantenía una excelente y madura relación de amistad con la mamá de su hija por el bien de la nena, me hacía respetarlo aún más. Era un hombre centrado, un padre devoto que ponía las prioridades en su lugar.
—Me parece excelente que seas tan responsable —le dije, poniéndome de pie y tomando el tensiómetro—. Vamos a revisar esa presión arterial primero. Arremangate la manga izquierda, por favor.
Ian obedeció en silencio. Al acercarme a él, volví a percibir ese aroma tan suyo que me había cautivado en el camino: una mezcla de madera, aire libre y un sutil toque a uva madura. Su brazo era firme y musculoso, curtido por las jornadas bajo el sol del campo. Coloqué el brazalete alrededor de su bíceps y me acerqué para inflarlo. Estábamos a escasos centímetros de distancia; podía sentir el calor que desprendía su cuerpo y la fijeza de su mirada sobre mi rostro mientras yo me concentrabla en el segundero del reloj y en los latidos de su corazón a través del estetoscopio.
*Pum, pum, pum.* Su ritmo cardíaco estaba un poquito más acelerado de lo normal para un hombre de su estado físico, lo que me hizo sonreír internamente. ¿Sería que mi cercanía también lo ponía un poco nervioso?
—Presión perfecta, doce-ocho —anuncié, retirándole el aparato—. Y tu corazón suena fuerte y sano, aunque un poquito rápido. Debe ser el café de la mañana.
Ian soltó una media sonrisa, una de esas que te desarman por completo.
—Sí... seguro que es el café —comentó con un tono de voz que sonó un poco más bajo, sosteniéndome la mirada de una manera que me erizó la piel.
Terminé de tomarle los reflejos, revisar sus vías respiratorias y anotar todo en la computadora. Físicamente estaba impecable, un roble en toda regla. Cuando cerré la ficha, me apoyé en el escritorio y lo miré con una sonrisa simpática.
—Bueno, Ian. Estás oficialmente aprobado para seguir haciendo los mejores vinos de la región. Tu salud está de diez.
—Me dejás mucho más tranquilo, doctora —dijo él, levantándose de la silla. Su altura me obligó a tirar la cabeza un poco hacia atrás para seguir sosteniendo el contacto visual—. Escuchame, Mile... ya que estás recién llegada y sé que no conocés mucho la zona, este fin de semana vamos a hacer una pequeña cata de los primeros vinos de la temporada en la bodega de la hacienda. Va a ir algo de gente del pueblo, pero me gustaría mucho que vengas. A Inti le va a encantar verte, y a mí... a mí me gustaría mostrarte los viñedos. Hay unos paisajes increíbles para esa cámara tuya.
El corazón me dio un vuelco, esta vez a mí. La propuesta era perfecta: paisajes para fotografiar, una nena adorable que me había robado el corazón y un vitivinicultor guapísimo que no hacía más que intrigarme cada vez más.
—Me parece un trato espectacular —respondí, sin dudarlo un segundo—. Contá conmigo. Llevo la cámara cargada.
—Es una promesa entonces —Ian caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se giró una última vez, regalándome una mirada brillante—. Bienvenida al pueblo, Mile. Me parece que nos vas a hacer muy bien a todos por acá.
La puerta se cerró detrás de él, dejándome sola en el consultorio. Miré el bolso de mi cámara sobre el mueble y luego la ventana que daba a los campos dorados. Definitivamente, vender la casa y dejar la ciudad había sido la mejor decisión de mi vida. El destino sabor a vino estaba empezando a cosecharse, y yo no podía esperar a ver qué pasaba en los próximos días y si puedo meses.
SUPER RECOMENDADA 💯❌️💯👌🏻
Hermosa desde el primer momento, llens de amor de familia amistad
La super recomiendo 💕💕💕💕💕
Felicitaciones autora 💕 👏
estoy super emocionada con la historia . bellísima🥰🥰🥰🥰🥰