«—¿De verdad crees que un hombre como yo jugaría con su propio apellido por una simple actuación? Esto dejó de ser un contrato hace mucho tiempo, Dayana.»
Traicionada por su prometido y despojada de su herencia por su propia familia, Dayana Logan pensó que lo había perdido todo en la noche más fría de su vida. Pero el destino le tenía preparada una carta salvaje: Nolan Cross, el "Emperador de Hielo", el CEO más despiadado e implacable del mundo de los negocios, le ofrece un trato que no puede rechazar. Un matrimonio falso de conveniencia mutua.
Para el mundo, ella es la reina protegida por el escudo de acero de la dinastía Cross; para él, solo un peón en su tablero corporativo. Sin embargo, cuando los secretos familiares explotan en la prensa y una mentira desesperada los obliga a anunciar un heredero falso, las líneas del contrato comienzan a borrarse bajo el fuego de una posesividad salvaje y peligrosa.
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Capítulo 3: El amanecer del pacto
El sol de la mañana se filtró implacable a través de los ventanales del Hotel Obsidian, cortando la penumbra de la habitación con líneas de luz dorada. Dayana abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso de la realidad caer sobre ella como una losa de cemento. La tormenta de la noche anterior había cesado, dejando tras de sí un aire limpio y frío, pero el torbellino en su mente seguía intacto.
Se incorporó en la cama, con el corazón acelerado. Durante unos segundos, deseó con todas sus fuerzas que las últimas doce horas hubieran sido una pesadilla. Deseó no haber visto a Richard con Vanessa. Deseó no haber caminado bajo la lluvia hacia el bar del hotel. Pero al mirar la mesita de noche, vio la tarjeta de presentación negra con letras plateadas en relieve: Nolan Cross. Presidente Ejecutivo.
El pacto con el diablo era real.
Dayana se levantó y se dirigió al baño. El espejo le devolvió una imagen que apenas reconoció: ojeras marcadas, el cabello castaño enredado y una palidez que delataba el agotamiento emocional. Sin embargo, al mirarse fijamente a los ojos, no encontró la debilidad de la mujer que solía ceder ante los caprichos de su madrastra o las mentiras de su prometido. Había una chispa nueva. Una resolución fría.
A las siete y media en punto, un golpe firme y rítmico sonó en la puerta de la suite.
Al abrir, Dayana se encontró con un hombre de mediana edad, de postura impecable y traje oscuro a la medida. Era el asistente personal de Nolan, el mismo que había visto en la penumbra del bar.
—Buenos días, señorita Dayana —dijo el hombre, haciendo una sutil inclinación de cabeza— Mi nombre es Sebastián. El señor Cross me ha ordenado escoltarla a las oficinas centrales de Cross Enterprises. El vehículo espera abajo. También me encargué de traerle esto.
Sebastián dio un paso a un lado, permitiendo que una empleada del hotel entrara con un perchero móvil que sostenía un elegante traje sastre de dos piezas en color gris perla y una blusa de seda blanca. Todo de una de las firmas más exclusivas de la ciudad. Su talla exacta.
—Tiene treinta minutos para prepararse, señorita. El tiempo del señor Cross es el activo más valioso de la corporación —añadió Sebastián con una cortesía tan profesional que resultaba intimidante.
—Estaré lista en quince —respondió Dayana, tragándose el nerviosismo.
El trayecto por el distrito financiero de la ciudad fue un borrón de rascacielos de cristal y calles congestionadas. Dayana miraba por la ventanilla del imponente coche blindado, consciente de que a esa misma hora, en la mansión de su padre, los preparativos para su boda con Richard debían estar en su punto más álgido. Su teléfono, que había apagado desde la noche anterior, descansaba en su bolso como una bomba de tiempo.
El vehículo se detuvo en el estacionamiento privado de la Torre Cross, un coloso de acero de sesenta pisos que dominaba el horizonte. Sebastián la guió a través de un ascensor privado que subió a una velocidad vertiginosa hasta el último piso.
Cuando las puertas se abrieron, Dayana contuvo el aliento. El piso ejecutivo era un despliegue de minimalismo y poder. Paredes de mármol negro, obras de arte abstracto y ventanales que ofrecían una vista de pájaro de toda la metrópolis. Al fondo, tras unas imponentes puertas de madera de nogal, se encontraba el despacho presidencial.
Nolan Cross estaba de pie junto al ventanal, de espaldas a la entrada, con una taza de café negro en la mano. Llevaba un traje de tres piezas color azul noche que acentuaba la rigidez de sus hombros. Al escuchar los pasos de Dayana, se dio la vuelta lentamente. No había rastro de cansancio en su rostro esculpido; sus ojos grises eran tan afilados como la noche anterior.
—Eres puntual. Eso es un buen comienzo —dijo Nolan, su voz grave resonando en el silencioso despacho. Hizo un gesto hacia el gran escritorio de cristal donde reposaba una carpeta de cuero negro— Siéntate. El equipo legal terminó el borrador a las cinco de la mañana.
Dayana caminó con paso firme, agradeciendo mentalmente que el traje que le habían enviado le sentara como una armadura. Se sentó en una de las sillas de cuero frente al escritorio. Nolan rodeó la mesa y ocupó su lugar, abriendo la carpeta.
—Antes de que leas —comenzó Nolan, entrelazando sus dedos largos sobre el escritorio— quiero dejar claras las bases. Este es un documento de transacciones comerciales, Dayana. Ante el público y los medios, seremos el matrimonio más devoto y sólido del país. Asistirás a cada cena benéfica, cada junta de accionistas donde se requiera tu presencia y cada evento familiar de los Cross. Tu comportamiento debe ser intachable. No toleraré escándalos que afecten las acciones de mi empresa.
—Entiendo perfectamente —dijo Dayana, manteniendo la voz nivelada— ¿Y en privado?
—En privado, somos dos extraños que comparten una residencia —sentenció Nolan con una frialdad cortante— Vivirás en el ala este de mi mansión. No interferiré en tu vida, y tú no interferirás en la mía. No hay cláusulas de consumación matrimonial, pero la fidelidad pública es absoluta. Si te ven con otro hombre, la penalización destruirá financieramente a tu familia para las próximas tres generaciones. ¿Queda claro?
—Clarísimo —respondió ella, tomando el documento.
Durante los siguientes diez minutos, el único sonido en la oficina fue el pasar de las páginas. El contrato estaba redactado con una precisión quirúrgica. A cambio de su apellido y la protección absoluta de Cross Enterprises contra cualquier represalia de su padre o de Richard, Dayana cedía el derecho de voto de las acciones que heredaría de su madre a favor de Nolan, dándole el control indirecto que necesitaba para desbancar a la competencia. Era un ganar-ganar absoluto y despiadado.
Al llegar a la última página, Dayana levantó la vista. Nolan la observaba fijamente, midiendo cada una de sus reacciones, esperando ver una grieta de duda en su resolución.
—¿Tienes alguna objeción? —preguntó él, deslizando una estilográfica de oro sobre el cristal del escritorio.
Dayana miró la pluma. Sabía que firmar ese papel significaba quemar los puentes con su vida pasada. Significaba convertirse en la enemiga pública de su propia familia y del hombre que alguna vez creyó amar. Pero recordar la risa de Vanessa en esa cama eliminó cualquier rastro de vacilación.
Tomó la pluma entre sus dedos. Su mano no tembló.
—Ninguna, señor Cross —dijo, y estampó su firma con trazos firmes y elegantes al lado de la suya.
Nolan cerró la carpeta con un golpe seco. Una extraña y peligrosa luz brilló en sus ojos grises mientras se ponía de pie, extendiéndole la mano a Dayana.
—Bienvenida al infierno, señora Cross —dijo Nolan, y por primera vez una sonrisa casi imperceptible, fría pero cargada de anticipación, cruzó sus labios— Andando. El juez ya nos espera en la sala contigua. El reloj corre, y tenemos una boda que arruinar.
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