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Legado de una Noche

Legado de una Noche

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Aventura de una noche / Mafia / Madre soltera / Reencuentro / Completas
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Hadassa Cadete

Sophie creía que su vida se había derrumbado tras ser traicionada por el hombre que amaba. Perdida y vulnerable, buscó consuelo en los brazos de un desconocido, Damián Castelli, un hombre poderoso, frío y peligroso. Una sola noche lo cambió todo. Cuando descubrió que estaba embarazada, solo encontró desprecio y humillación.
Decidida a reconstruir su vida, Sophie se marchó y crió a su hijo sola. Pero años después, el destino volvió a cruzarla con aquel hombre. Ahora, arquitecta y trabajando en la misma empresa que él, la joven guarda un secreto capaz de cambiarlo todo.
Entre enfrentamientos explosivos, secretos que salen a la luz y un deseo que se niega a desaparecer, Sophie deberá enfrentar el pasado y decidir hasta dónde está dispuesta a llegar para proteger a quien más ama.

NovelToon tiene autorización de Hadassa Cadete para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Narración: Damián

Después de que Sophie salió de mi oficina, intenté retomar el control. Pero, diable, ¿cómo podría ignorar a esa mujer? Estaba diferente, más confiada, más fría... y eso solo la hacía más atractiva, y esa boca caliente suya lo hacía todo aún más irresistible.

Apenas tuve tiempo de procesar mis pensamientos cuando Margot entró. Estaba radiante como siempre, pero su presencia me irritaba en ese momento.

—Damian, mi amor —sonrió, acercándose para un beso rápido.

—Margot —respondí, intentando sonar normal.

Ella se sentó en una de las poltronas, observándome con atención.

—Conocí a una de tus nuevas arquitectas. Sophie Duval. Parece muy competente.

Sentí mi estómago revolverse, pero mantuve la expresión indiferente.

—Lo es, sí.

—Y muy bonita —Margot comentó casualmente, pero con un tono sugestivo.

—La belleza no es un criterio profesional, ma chérie —respondí, tomando una carpeta cualquiera para cerrar el asunto.

Margot rió, pero no insistió. Sin embargo, su comentario me dejó aún más tenso. Sophie debía estar odiándome aún más ahora al saber que estoy casado.

...----------------...

Cuando el día de trabajo estaba terminando, envié un recado a Sophie. Necesitábamos ir al terreno del proyecto. Para mi sorpresa, ella estaba a punto de tomar un taxi cuando la alcancé.

—Mademoiselle Duval, despida el taxi. Usted va conmigo —dije, abriendo la puerta de mi coche con un movimiento casual, pero autoritario.

—Prefiero ir en taxi, señor Castelli —respondió, con firmeza.

—No insista, Sophie. Entre en el coche.

Ella suspiró, claramente irritada, pero entró. En el camino, el silencio era casi insoportable. Entonces ella habló, su tono cargado de ironía:

—¿Su esposa sabe que usted lleva a funcionarias en el coche para reuniones?

Sonreí, pero era una sonrisa fría. —Mi esposa no se preocupa con detalles irrelevantes, chérie.

Ella bufó, virando el rostro hacia la ventana.

—Usted es insoportable.

—Y usted es irritantemente provocativa —respondí, inclinándome un poco más cerca de ella—. Cinco años y usted aún consigue sacarme de quicio, mon dieu.

—Mantenga el foco, señor Castelli —replicó, cortante.

Reí de lado, pero por dentro estaba frustrado. Ella me desafiaba como nadie más lo hacía.

En el lugar, ella asumió el liderazgo de la conversación, explicando sus ideas con claridad y profesionalismo. Yo observaba, admirado, pero también irritado. Ella dominaba cada detalle, y yo no conseguía evitar la fascinación por su competencia.

—Esa estructura aquí necesita ser reforzada —dijo, apuntando hacia los dibujos—. El suelo es inestable en esta área, entonces la fundación debe ser lo suficientemente profunda para soportar el peso.

—Concuerdo —respondí, manteniendo la seriedad—. ¿Pero y en cuanto al costo adicional?

—Es una inversión necesaria. Caso contrario, el riesgo de deslizamientos comprometería todo el proyecto.

Ella me encaró con una confianza que me desarmaba. A pesar de todo, yo no podía negar: ella era brillante.

Pero al final de la inspección, mientras todos se dispersaban, yo no resistí. La jalé por el brazo, llevándola para un rincón más alejado.

—Sophie, usted puede fingir que no le importa, pero sus ojos dicen otra cosa.

—Está equivocado, Damian —respondió ella, la voz firme—. Usted no significa nada para mí.

La rabia y el deseo que se mezclaban en mí eran insoportables. Me incliné, casi besándola, pero ella colocó una mano firme en mi pecho, empujándome levemente.

—No —dijo ella, con un tono que no dejaba espacio para discusión.

Y entonces ella salió, dejándome solo con mi frustración y pensamientos.

El silencio en el coche era sofocante, pero no me importaba. Conducía con la misma calma de siempre, aunque la tensión entre nosotros fuese casi palpable. Ella estaba a mi lado, el cuerpo rígido y la mirada fija en la ventana.

—Usted no necesitaba traerme —la voz de ella quebró el silencio, firme, pero percibí el agotamiento escondido allí.

Lancé una mirada rápida en la dirección de ella, aquel perfil delicado que me irritaba tanto cuanto me fascinaba.

—Ah, Sophie, mon dieu, ¿usted realmente cree que dejaría a mi arquitecta-jefe tomar un taxi? ¿Qué tipo de caballero cree que soy?

—Ninguno —respondió ella sin titubear, cruzando los brazos.

Reí bajo, una risa que sabía que la irritaba.

—Siempre tan afilada. Eso nunca cambió.

Ella se viró para mí entonces, los ojos brillando de rabia. Era como un puñetazo en el estómago.

—Tal vez porque aprendí a protegerme de personas como usted, señor Castelli.

La audacia de ella me hizo apretar el volante con fuerza. ¿Por qué diablos aquella mujer tenía el poder de desestabilizarme?

—¿Personas como yo? —murmuré, inclinándome ligeramente en la dirección de ella mientras paraba el coche delante del hotel—. Chérie, usted habla como si yo fuese un monstruo.

Ella bufó, abriendo la puerta del coche.

—Tal vez porque usted lo es.

Antes que yo pudiese responder, ella descendió y golpeó la puerta con fuerza suficiente para hacer el coche balancear levemente. Observé mientras ella caminaba hasta la entrada del hotel, el cuerpo tenso, la postura firme.

Yo sonreí. Maldita mujer. Después continué el camino en dirección a la discoteca.

La discoteca estaba llena, como siempre. Música alta, luces parpadeando, cuerpos moviéndose al ritmo del latido. Pero la diversión allá abajo no era para mí. Mi lugar era en el piso de arriba, donde el verdadero juego acontecía.

Pasé por los guardias de seguridad, un simple movimiento con la cabeza y ellos abrieron espacio. Subí las escaleras y entré en la sala VIP, un espacio reservado solo para aquellos que importaban.

—¡Castelli! —Marcello estaba en la mesa, un vaso de whisky en la mano y una sonrisa en el rostro—. Finalmente. Pensé que te habías olvidado de los viejos amigos.

—No te preocupes, Marcello —respondí, mi voz calma, pero firme—. Tengo mucho en mente, pero nunca me olvido de cuidar de los negocios.

Me senté en la silla de cuero al lado de él, encendiendo un cigarrillo mientras los otros alrededor de la mesa miraban para mí, esperando.

—Vamos directo al punto —dije, soltando el humo lentamente—. Quiero un informe completo de las últimas transacciones. ¿Y sobre el problema en el puerto?

Uno de los hombres, de apariencia nerviosa, se inclinó para frente. —Está bajo control, señor Castelli. El cargamento llega mañana, sin problemas.

—Mejor que esté —mi voz estaba baja, pero cargada de amenaza—. O alguien pagará el precio.

Marcello rió, levantando el vaso en un brindis. —Siempre tan directo, Castelli. Es por eso que me gusta usted.

Ignoré la provocación y volví mi atención para los papeles en la mesa. La discoteca no era solo un lugar para diversión; era el centro de control para negocios que nadie osaba mencionar en público.

Mientras discutíamos estrategias y números, mi mente vagaba de tiempos en tiempos. Una imagen insistía en volver: Sophie saliendo de mi coche, tan feroz, tan distante. Ella no sabía cuánto su presencia me perturbaba, cuánto yo deseaba deshacer el pasado... y repetir aquel momento hace cinco años.

Pero eso era una flaqueza, y como siempre digo, yo no tenía espacio para flaquezas.

—Castelli? —La voz de Marcello me trajo de vuelta.

—Estoy escuchando —respondí fríamente, apagando el cigarrillo.

Era hora de enfocarme en los negocios.

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