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ANTES DE QUE TE VAYAS

ANTES DE QUE TE VAYAS

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Matrimonio arreglado
Popularitas:887
Nilai: 5
nombre de autor: Daniela escalante Jiménez

Dedicó cada día de su vida en esa cocina a cumplir la promesa que le hizo a su hermana, la persona que más amaba y que el cáncer se llevó. Pero sin aviso, sin motivos claros, le dieron la despedida: ya no tenía lugar allí. Su mundo se vino abajo… hasta que le dijeron que tenía que preparar un último platillo.

El cliente era él: un hombre que llevaba tiempo desapareciendo poco a poco, porque su cuerpo se negaba a aceptar comida de nadie, a rechazar cualquier sabor que no viniera de esas manos. Al probar ese último bocado que ella cocinó con el corazón roto, todo cambió: fue la primera vez en meses que su cuerpo lo aceptó, que supo saborear de nuevo.

Ese día perdió su trabajo… pero encontró la única razón para volver a cocinar. Y él encontró a la única persona que podía devolverle la vida.

NovelToon tiene autorización de Daniela escalante Jiménez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 12 EL ÚLTIMO ADIÓS

El domingo por la tarde llegamos a casa. Rosa iba recostada en el asiento, con la cabeza apoyada en la ventana, y no dejaba de sonreír: se veía más ligera, más viva, como si algo en ella hubiera cambiado para siempre.

Al entrar, mi suegro nos recibió en la puerta.

—¡Hola, suegro! —lo saludé, cargando las maletas con una mano mientras sostenía la de Rosa con la otra.

—Hola, niño —respondió él, y su voz se quebró un poco—. ¿Cómo les fue?

—Increíble —dije—. Nos divertimos mucho, fue todo lo que soñamos.

Mi suegro miró a su hija, y ella asintió con los ojos brillantes.

—Fue maravilloso, papá —dijo ella—. Nunca pensé que viviría tantas cosas juntas.

Él soltó una risa entrecortada, pero cuando se giró hacia mí vi que tenía los ojos llenos de lágrimas. Me dio una palmada fuerte en la espalda, la misma que siempre me daba, pero esta vez se quedó la mano apoyada en mi hombro.

—Te voy a extrañar mucho, Adrián —susurró.

Unas horas después llegaron Camila y los demás. Se sentaron todos en la sala, platicando de la cabaña, de las risas, de los juegos, mientras Rosa estaba recostada sobre mi pecho, escuchando todo sin soltar mi mano. Al día siguiente, antes de que saliera el sol, nos despedimos. La abracé tan fuerte como me atreví, y le besé la frente.

—Volveré —le prometí—. No importa cuánto tarde, volveré.

Ella solo asintió, apretando mis dedos hasta que se pusieron blancos.

(Narrado por Camila)

Me despedí de papá y mamá con la garganta hecha un nudo. En el camino al aeropuerto no pude contener las lágrimas, y cuando subimos al avión y despegamos, lloré con la cara apoyada en el cristal. Adrián se sentó a mi lado y lloró conmigo, sin decir nada, solo apretándome la mano para que no me sintiera sola. Detrás de nosotros, Agustín y Tim hablaban bajito, pero yo no escuchaba nada más que el ruido de mi propio corazón rompiéndose por tener que irme otra vez.

 

Al volver, limpié mi departamento de arriba abajo, ordené mis libros y mis cuchillos, y retomé las clases con más ganas que nunca. Una semana después, Rosa me llamó por videollamada. Me contó todo, con esa voz dulce y emocionada que tenía: cómo había sido, lo cuidadoso que había sido Adrián, cómo se había sentido por primera vez dueña de su cuerpo y de sus ganas.

—Me encantó, hermana —dijo, y sonrió como nunca la había visto sonreír—. Me hizo sentir hermosa, capaz… normal.

—Te amo tanto —le dije, y las lágrimas se me cayeron solas de felicidad—. Me alegro muchísimo por ti.

Los meses pasaron rápido. Nos metimos de lleno en la academia: los ejercicios se volvieron más duros, las exigencias más altas, y nos hicimos más estrictos con nosotros mismos. Adrián hablaba con Rosa todas las noches, y se notaba en sus ojos que ella era su fuerza. Yo conseguí trabajo en una tienda de comidas preparadas: me contrataron apenas supieron que era alumna de la academia más prestigiosa, y aprendí a combinar los turnos con las clases sin descuidar ninguna de las dos cosas.

Cumplí veinte años. Mi vida era plena: salía de fiesta con mis amigos, conocía gente, y mi vida sexual era tan libre y alegre como siempre quise. Hubo noches apasionadas, encuentros breves y divertidos, momentos donde solo importaba el placer y el presente; hombres diferentes, caricias distintas, y yo disfrutaba cada instante, sin ataduras ni miedos. Pero cada vez que Rosa se enfermaba, dejaba todo atrás: clases, trabajo, planes, y corría a verla. No me importaba perder puntos ni exámenes, ella siempre fue primero. Adrián también iba cada vez que podía; en casa ya lo querían como a un hijo más, y él se sentía así. Rosa me mandaba audios todos los días:

“Hola hermana, hoy salimos al parque y vimos unas flores preciosas, te las mandé en foto. Te extraño mucho”

“Hoy Adrián me enseñó a preparar té japonés, se me quemó un poquito la lengua pero valió la pena. Te quiero”

“Ya casi terminas, ¿verdad? Estoy muy orgullosa de ti, mi chef favorita”

 

Llegó el día de mi graduación. Recibí mi certificado con las manos temblorosas, y lo primero que hice fue llamar a Rosa. Ella lloraba de la emoción al otro lado de la pantalla, y papá y mamá aparecieron detrás suyo aplaudiendo. Esa noche salí a celebrar con todos, bebí más de la cuenta, y cuando salí del bar me encontré con él: alto, pelo negro, ojos

Verdes , el hombre más guapo que había visto en mucho tiempo. No pregunté nada, él tampoco. Me llevó a su habitación, nos quitamos la ropa entre besos y risas, y pasamos toda la noche juntos, explorándonos sin prisas.

A la mañana siguiente me desperté temprano, con la luz del sol dándome en la cara. Lo miré bien, y el corazón se me detuvo en seco: era él. Emiliano Fierro Félix. El hombre del aeropuerto, el arrogante, el que nunca se disculpó.

—¡Idiota! —susurré entre dientes, pero no me detuve.

Fui a la cocina, preparé una torta sencilla y un jugo de naranja, se lo dejé en la mesa de noche y me vestí rápido. Cuando despertó, me miró confundido, antes de hablar le lancé cien dólares sobre la cama.

—Con esto te pago —le dije, y salí de la habitación riendo, dejándolo con la boca abierta.

Apenas crucé la puerta, sonó mi teléfono. Era mamá.

—¿Hija? —su voz sonaba rota, entre sollozos—. Rosa se sintió mal. Vuelve a casa, por favor.

El mundo se me vino encima. Corrí al aeropuerto, compré el primer boleto que pude, y mientras subía al avión le mandé mil mensajes: “Ya voy, hermana, espérame”, “Vas a estar bien, te lo prometo”, “No te vayas, por favor”. Ella me mandó un audio, su voz muy bajita, casi sin aire:

“Hermana… estoy bien. Solo me costó respirar un poco. Te quiero mucho. Cumple tu sueño, por favor. No te detengas por mí”

—No hables así —le respondí llorando—, ya voy, te escucho, aguanta un poquito más. Marqué a Adrián, que estaba en Japón visitando a su familia.

—Adrián, Rosa está mal —le dije, y él no dudó ni un segundo.

—Voy para allá —dijo, y colgó.

Viajé diez horas, las más largas de mi vida. Corrí por el pasillo del hospital hasta encontrar a mamá en la sala de espera.

—¡Mamá! —grité—, ¿dónde está? Ya estoy aquí, déjame verla.

Ella me miró, y vi cómo se le derrumbaba el rostro.

—Hija… no resistió —dijo con un hilo de voz—. Un paro cardíaco. Sus pulmones ya no pudieron más.

—¡No! —grité, sacudiendo la cabeza—. ¡Mamá dime que es mentira! ¡Papá, dile que es mentira, déjame ir con ella!

Papá estaba en el suelo, abrazándose las rodillas, llorando en silencio.

Corrí hasta la habitación. Estaba allí, en la cama, cubierta con una sábana blanca. Me acerqué despacio, con las manos temblando, y se la bajé despacio. Su cara estaba tranquila, como si durmiera.

—Hermana… —susurré, acariciando su mejilla fría—. Despierta, por favor. Hazlo por mí. Solo una vez más. ¿Cómo voy a vivir sin escuchar tus chistes tontos, sin tus mensajes, sin que me digas que todo va a estar bien? ¿Cómo voy a seguir sin ti?

Me arrodillé al lado de la cama, y la abracé con todas mis fuerzas, aunque no me respondió. Lloré hasta que se me secaron las lágrimas, hasta que no me quedó voz, hasta que solo quedó el silencio… y el vacío inmenso de saber que nunca más volvería a verla sonreír.

 

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