"No estoy adaptado a ser padre" no es una historia de amor incondicional desde el primer latido. Es la historia de un hombre que mira a su hijo recién nacido y siente... nada. Y que tarda cinco años en aprender que esa nada no es ausencia de amor, sino pánico disfrazado de indiferencia.
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CAPÍTULO 8: "Contracciones y contraataques"
La primera contracción llegó un miércoles a las tres de la madrugada.
Ana me llamó por teléfono y yo, que siempre duermo con el móvil en modo avión, no lo escuché. Me llamó siete veces. A la octava, mi subconsciente —ese que siempre sabe cuándo algo va mal— me despertó y vi la pantalla iluminada con su nombre.
—¿Ana? —dije, con la voz ronca—. ¿Qué pasa?
—Pablo. —Su voz sonaba extraña. No era pánico, pero se le parecía. Era una mezcla de esfuerzo y sorpresa, como quien está levantando algo pesado sin haberlo planeado—. Creo que es el momento.
—¿El momento de qué?
—Del parto, Pablo. Del parto. Estoy teniendo contracciones.
Me senté en la cama tan rápido que casi me caigo. Mi cabeza, que segundos antes estaba sumergida en un sueño sin forma, empezó a funcionar a toda velocidad: las maletas, el coche, el hospital, las instrucciones del curso de parto, la respiración, la maldita respiración que no recordaba.
—¿Estás segura? —pregunté, como un idiota.
—No, Pablo, me he levantado a las tres de la mañana para hacerte una broma. ¡Claro que estoy segura!
—Voy para allá.
—No vengas. Pasa a recogerme. Tengo la maleta lista. Pero no puedo conducir.
—Voy para allá —repetí, porque era lo único que se me ocurría decir.
Colgué, me vestí en un tiempo récord —pantalones, camiseta, zapatillas, sin importar si combinaban— y salí de mi departamento como un misil. El coche arrancó con un rugido que despertó a medio vecindario, y mientras conducía hacia casa de Ana, mi mente hacía listas automáticas:
Respiración: inhalar por nariz, exhalar por boca.
Contracciones: cronometrar.
Hospital: llamar por el camino.
Maleta: no olvidarla.
Llegué a su edificio en siete minutos. Ana ya estaba abajo, apoyada en la puerta, con una mano en el vientre y la otra sujetando la maleta. Tenía el pelo recogido de cualquier manera y una expresión que yo nunca le había visto: dolor, sí, pero también algo parecido a la determinación.
—Tarda —dijo, mientras yo abría la puerta del coche—. Cada cinco minutos.
—¿Tú llevas la cuenta?
—Llevo la cuenta desde que empezaron, Pablo. Son las tres y media de la madrugada, he estado cronometrando contracciones mientras tú dormías como un tronco.
No le respondí. Cargué la maleta en el maletero, la ayudé a subir al coche y arranqué. El hospital estaba a veinte minutos, pero en aquel momento, cada semáforo en rojo era una condena, cada coche lento un enemigo.
—¿Cómo estás? —pregunté, mientras sorteaba un taxi que se había parado en medio de la calle.
—Como si alguien me estuviera retorciendo las tripas con un alicate. Pero bien. ¿Tú?
—Estoy conduciendo.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Ana se rió entre dientes. Era una risa débil, pero auténtica. Me sorprendió que pudiera reírse en medio de aquello.
—Sigues siendo igual —dijo—. Evitando las preguntas.
—No evito. Solo priorizo.
—¿Priorizas qué?
—Llegar al hospital.
El resto del trayecto fue en silencio. Ana respiraba hondo con cada contracción, y yo contaba los segundos en mi cabeza, intentando recordar los ejercicios del curso. Inhalar, exhalar, inhalar, exhalar. Pero mi propia respiración era un caos.
Llegamos al hospital a las cuatro menos cuarto. Ana fue ingresada directamente, y yo la acompañé a la sala de partos, esa que habíamos visto en las fotografías del curso pero que en realidad era mucho más pequeña y mucho más blanca. Olía a alcohol y a algo más, algo que no supe identificar pero que me puso los pelos de punta.
—La dilatación es de cuatro centímetros —dijo la matrona, una mujer alta y delgada con una sonrisa profesional—. Todavía queda. Pero vamos bien.
—¿Cuánto falta? —pregunté.
—Depende. Pueden ser horas.
Horas. La palabra se quedó flotando en el aire como una amenaza. Horas de contracciones, de respiración, de espera. Horas de no saber qué hacer con las manos, con los pies, con la cabeza.
La matrona conectó a Ana a un monitor que medía las contracciones y el latido del bebé. El sonido del corazón —aquel mismo tum-tum-tum que habíamos escuchado en la ecografía— llenó la sala como un tambor constante.
—Escucha —dijo Ana, señalando el monitor—. Está bien.
—Sí —respondí, aunque no sabía si era verdad o solo una esperanza.
Las siguientes dos horas fueron un torbellino. Ana pasó de estar tumbada a sentada, de sentada a caminar, de caminar a arrodillarse en la cama, probando posiciones que no había practicado pero que su cuerpo parecía conocer. Yo, a su lado, hacía lo que podía: masajeaba su espalda, le daba agua, le recordaba que respirara.
—Eres malísimo dando masajes —dijo, en medio de una contracción.
—Lo sé.
—Pero no pares.
No paré.
A las seis de la mañana, la dilatación era de siete centímetros. Ana estaba agotada, con el pelo pegado a la frente y los ojos brillantes de esfuerzo.
—Ya casi está —dijo la matrona—. Un poco más.
Ana me miró. Tenía los ojos llenos de algo que no era miedo. Era otra cosa. Era la mirada de quien está a punto de cruzar un puente y no sabe si del otro lado hay tierra firme.
—Pablo —dijo—. No te vayas.
—No me voy.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Y entonces pasó. La matrona dijo "ya está, ya está, el bebé está aquí", y de repente la sala se llenó de un sonido nuevo. Un llanto. Fuerte, agudo, desgarrado, como si aquel ser humano acabara de descubrir que el mundo era frío y ruidoso y no estaba preparado para él.
Yo no vi el momento exacto. No vi al bebé salir, no vi la sangre, no vi el cordón. Porque en ese momento, en el preciso instante en que el llanto llenó la sala, mi cuerpo decidió que ya había tenido suficiente. La vista se me nubló. Las piernas se me aflojaron. Y caí al suelo como un saco de patatas.
No fue un desmayo completo. Fue un desvanecimiento, una especie de apagón breve que duró apenas unos segundos. Cuando abrí los ojos, estaba en el suelo, con la matrona inclinada sobre mí y Ana gritando desde la cama:
—¿Está bien? ¿Está bien él?
—Está bien —dijo la matrona, ayudándome a incorporarme—. Solo se ha desmayado. Es más común de lo que piensa, señora. Muchos padres no aguantan el momento.
Yo, con la cara ardiendo de vergüenza, me senté en una silla y traté de recuperar la compostura. Ana, a pesar del agotamiento, me miraba con una sonrisa que era mitad exasperación y mitad ternura.
—Te lo dije —dijo—. Te dije que te desmayarías.
—No me he desmayado. He tenido un momento de baja presión.
—Te has desmayado, Pablo. Te he visto caer.
—Estaba emocionado.
—Emocionado no es la palabra.
No pude discutirle. Porque tenía razón. No había sido emoción. Había sido pánico. Un pánico tan profundo, tan visceral, que mi cuerpo había decidido que lo mejor era desconectarse.
Pero entonces, la matrona se acercó con un bulto en los brazos. Un bulto que lloraba y se movía y estaba envuelto en una manta blanca.
—¿Quiere cogerlo? —me preguntó.
—¿Yo?
—Sí, usted. Es su hijo.
Mi hijo. La palabra sonó en mi cabeza como un eco de campana. Mi hijo. Aquel ser humano, aquel bulto diminuto, aquella criatura que había estado dentro de Ana durante nueve meses, que había latido en la ecografía, que había esperado en la habitación beige, que ahora lloraba con una fuerza desproporcionada, era mío.
—Cógelo —dijo Ana, desde la cama—. Cógelo, Pablo.
Estiré los brazos como quien recibe un paquete frágil, algo que puede romperse con el más mínimo error. La matrona me lo puso en las manos y de repente, el peso del bebé —tan pequeño, tan ligero— se convirtió en el peso del mundo.
El bebé dejó de llorar. Me miró con los ojos medio cerrados, como si estuviera evaluando a aquel hombre torpe que lo sostenía como a una bomba. Y yo, que no sabía qué hacer, lo miré a él. Vi su carita arrugada. Vi sus manitas diminutas. Vi su pecho subir y bajar con cada respiración.
Y entonces pasó algo.
No fue amor. No fue un flechazo. Fue otra cosa. Una especie de temblor interno, como si algo en mi pecho se hubiera movido de su sitio. Como si aquel ser humano, aquella criatura que no pedía permiso para existir, hubiera entrado en mi vida y hubiera ocupado un espacio que no sabía que estaba vacío.
—Hola —dije, con la voz rota—. Soy tu padre.
El bebé parpadeó. No sonrió. No hizo nada. Solo me miró con esos ojos que parecían contener el universo entero.
Y yo, que no estaba adaptado a ser padre, que no sabía cómo cambiar pañales ni calmar llantos ni hacer nada de lo que se supone que un padre debe hacer, supe que todo iba a cambiar. No porque lo quisiera. No porque estuviera listo. Sino porque aquel peso en mis brazos, aquel calor diminuto, era un compromiso. Y los compromisos, como las promesas, no se pueden deshacer.
Ana me llamó desde la cama: —¿Qué tal?
—No sé —respondí—. Pero creo que vamos a tener que aprender.
La matrona se llevó al bebé para los primeros cuidados, y yo me quedé en la silla, con las manos vacías y el pecho lleno de algo que no sabía nombrar. No era amor. No era felicidad. Era una mezcla de terror y asombro y una extraña sensación de que, por primera vez en mi vida, estaba exactamente donde debía estar.
—Lo has hecho bien —dijo Ana, con la voz débil.
—Me he desmayado.
—Pero lo has cogido. Eso es lo que importa.
Esa noche, mientras Ana y el bebé dormían en la habitación del hospital, yo me senté en una silla junto a la cama y abrí mi libreta. Escribí:
"Hoy nació mi hijo. No sé cómo se llama. No sé cómo seré. Pero lo cogí en brazos y no sentí amor. Sentí miedo. Y también sentí algo más. Algo que no tiene nombre. Algo que quizás, algún día, se convierta en amor."
Luego debajo:
"Me desmayé. Pero me levanté. Y eso es todo lo que sé hacer ahora. Levantarme. Y seguir."
Cerré el bloc y miré a mi hijo. Dormía como un ángel, con los puños cerrados y la boca entreabierta. Y yo, que nunca había sido religioso, le pedí a algo —al universo, al destino, a la vida— que me diera fuerzas para no soltarlo nunca.
Porque no estaba adaptado. Pero iba a aprender.