A sus veintiocho años, Damiano Serrano lo tiene todo... o eso cree el mundo. Es el brillante y millonario fundador de una de las empresas automotrices más prestigiosas del mercado, un hombre hecho a sí mismo a base de sudor, rabia y un pasado oscuro que prefiere mantener bajo llave. Pero detrás de los motores de lujo y las portadas de revistas, Damiano arrastra las secuelas de una adolescencia perdida en las adicciones y un rencor asfixiante hacia su padre. Está solo, atormentado por una esterilidad que hiere su orgullo, y con un vacío en el pecho que ninguna cantidad de dinero puede llenar.
Scarlett Moreno tiene veintidós años, una meta clara y las reglas muy bien definidas. Para ella, trabajar en la aplicación más exclusiva de acompañantes íntimas es solo un negocio; un intercambio frío de tiempo por dinero que le permite asegurar su futuro. No hay espacio para los sentimientos en su agenda.
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Capitulo 13
El viernes por la tarde, el ambiente en la ciudad de 2026 era pesado, cargado de una tormenta eléctrica que amenazaba con romper el cielo. Para Damiano Serrano, el 11 de julio era, sin lugar a dudas, el peor día de todo el calendario. Cumplir veintinueve años no era un motivo de celebración; era un recordatorio anual e implacable del aniversario de la muerte de su madre, quien se había marchado de este mundo justo el día en que él soplaba las velas de su infancia rota.
Como cada año, Damiano había apagado sus teléfonos corporativos desde el mediodía, abandonado las oficinas de *Serrano Motors* y cancelado todas las reuniones. Se encontraba solo en su inmenso y minimalista penthouse, vistiendo únicamente unos pantalones de chándal negros y una camiseta de algodón gris que se amoldaba a la imponente anchura de su espalda. Caminaba descalzo sobre el parqué oscuro, con un vaso de whisky en la mano derecha, contemplando las nubes negras que comenzaban a devorar los rascacielos a través de los enormes ventanales. El rugido lejano de un trueno sintonizaba a la perfección con la tormenta de frustración, celos mal gestionados y recuerdos dolorosos que le golpeaba el pecho.
Desde que Valeria Vance había subido aquella estúpida foto a las redes sociales, el ambiente con Scarlett se había vuelto extrañamente tenso. Él no había sabido cómo explicarle que el contrato de *Velvet* no le daba derecho a la modelo a tocarlo, ni cómo decirle a Scarlett que se moría de miedo de que ella creyera las mentiras de la prensa.
El suave sonido del timbre del ascensor privado rompió el sepulcral silencio del apartamento. Damiano frunció el ceño, dejando el vaso de whisky sobre la mesa de centro con un golpe seco. Nadie tenía acceso directo a su piso sin su autorización previa, excepto una persona.
La puerta corredera se abrió y Scarlett Moreno entró al lugar.
Damiano contuvo el aliento. Scarlett no vestía los conjuntos de alta costura que él le compraba, ni tampoco la ropa informal de la universidad. Llevaba un vestido lencero de seda color verde esmeralda que caía como agua líquida por sus curvas juveniles, sostenido apenas por dos hilos delgados sobre sus hombros de piel canela. El escote en la espalda bajaba con una sensualidad descarada hasta la base de sus caderas, y en sus pies llevaba unas sandalias sencillas de tiras. Llevaba el cabello castaño recogido en un moño bajo y desenfadado, con algunos mechones enmarcando su rostro, y sus labios carnosos brillaban con un tono nude jugoso. En sus manos sostenía una pequeña caja de madera oscura, desgastada por los años.
El aroma dulce a vainilla y ámbar inundó el salón de inmediato, disipando el olor a alcohol y amargura.
—¿Qué haces aquí, Scar? —preguntó Damiano con su habitual voz ronca, aunque el tono hostil flaqueó por completo al recorrer con sus ojos grises cada centímetro de su piel expuesta—. Te dije que hoy no quería ver a nadie.
—Sé perfectamente lo que dijiste, Damiano —respondió ella, caminando hacia él con pasos lentos, seguros y felinos que hacían que la seda verde se ondulara de forma hipnótica alrededor de sus muslos—. Pero también sé qué día es hoy. Y sé que odias este día porque te encierras a recordar la sombra de lo que perdiste, en lugar de mirar la luz de lo que tienes.
Scarlett se detuvo a un palmo de distancia de él. La diferencia de altura obligó a la joven de veintidós años a inclinar la cabeza hacia atrás. Sus ojos avellana fijos en los de él destilaban una madurez ardiente y una determinación indomable. A pesar de los celos punzantes que la habían carcomido los días anteriores, ver a ese gigante desarmado por sus propios demonios en el día de su cumpleaños despertaba en ella un instinto de entrega absoluta. El contrato ya no importaba; solo importaba el hombre.
—No quiero regalos caros, Scarlett. No quiero una puta fiesta —gruñó él, aunque su mano tatuada se movió por puro instinto, acunando la curva de su cintura con una presión posesiva que la pegó a su torso.
—Lo sé. Por eso no te he traído nada que el dinero pueda pagar —Scarlett levantó la pequeña caja de madera y la colocó sobre el pecho musculoso de él—. Ábrelo.
Damiano la miró con recelo, pero la suavidad de los dedos de Scarlett en su cuello lo obligó a ceder. Tomó la caja con una mano y, con un movimiento de sus dedos largos, levantó la tapa de latón.
Dentro de la caja no había joyas ni relojes de lujo. Había un pequeño cuaderno de notas de cuero envejecido y un juego de herramientas de precisión en miniatura, oxidadas por el tiempo pero cuidadosamente limpiadas. Damiano se quedó helado; sus pupilas se dilataron y el pulso se le detuvo en seco. Esas eran las herramientas originales que su madre utilizaba en su pequeño taller de costura para reparar las máquinas antes de enfermar, y el cuaderno contenía las primeras patentes y dibujos mecánicos que el propio Damiano había esbozado a los doce años, garabatos que su madre había guardado en una vieja caja de zapatos antes de morir. Matías le había ayudado a Scarlett a recuperar ese tesoro del viejo trastero de la infancia de Damiano.
—¿Cómo... cómo conseguiste esto? —la voz de Damiano sonó rota, apenas un susurro ahogado por una emoción tan pura que le humedeció los ojos grises.
—Tu madre no querría que recordaras su partida con dolor, Damiano —dijo Scarlett, acariciándole la mejilla con una ternura desgarradora—. Ella guardó esto porque estaba orgullosa del chico que construía motores con las manos sucias. Hoy es el día en que el mundo recibió al hombre que eres hoy. Feliz cumpleaños, mi titán.
El muro de contención emocional de Damiano colapsó por completo. Dejó la caja sobre la mesa más cercana y, sin poder contener la vorágine de amor, deseo y gratitud que le inundaba las venas, tomó a Scarlett por la nuca con ambas manos y la besó.
Fue un beso completamente diferente a los anteriores. No había la prisa salvaje de la adrenalina de la pista, ni la desesperación del ataque de pánico. Era un beso profundo, lento, impregnado de un romanticismo devorador y una atracción magnética que les hacía temblar los labios. Las lenguas se buscaron con una cadencia perfecta, saboreándose, sellando una promesa tácita de pertenencia que iba mucho más allá de las pantallas de *Velvet*.
Damiano la levantó en vilo, haciendo que Scarlett enredara sus piernas desnudas alrededor de su cintura alta. La seda verde se subió por sus muslos, permitiendo que la piel ardiente de Damiano entrara en contacto directo con la suya. Sin romper el beso, el empresario caminó con paso firme hacia su habitación principal, donde la cama king-size estaba iluminada únicamente por la luz tenue de la tormenta que ya descargaba sus primeras gotas contra el gran cristal.
La depositó sobre las sábanas de hilo gris con una delicadeza inaudita en él. Damiano se despojó de la camiseta de un solo tirón, dejando al descubierto su torso esculpido, sus hombros anchos y las cicatrices del pasado que Scarlett ahora veneraba. Se posicionó entre sus piernas, admirándola como si fuera la obra de arte más valiosa de su colección.
—Eres mi refugio, Scarlett —confesó él, con la respiración entrecortada, recorriendo con sus dedos el borde del vestido verde—. Esos celos que vi en tus ojos por esa maldita foto... me demostraron que me importas tanto como tú a mí. Valeria no es nada. Nadie es nada comparado contigo.
—Demuéstramelo, Damiano —susurró ella, con los ojos avellana oscurecidos por el deseo juvenil—. Hazme olvidar que hay un contrato entre nosotros. Hazme tuya de verdad.
Damiano no se lo hizo repetir. Sus manos grandes buscaron los tirantes del vestido esmeralda y los deslizó con lentitud, dejando que la tela se acumulara en su cintura. La sensualidad de la escena era abrumadora: la tormenta rugiendo fuera, los destellos de los relámpagos iluminando la penumbra del cuarto y el calor sofocante de dos cuerpos que se deseaban con locura.
Los labios de Damiano bajaron por su cuello, dejando un camino de besos húmedos y mordiscos suaves que hicieron que Scarlett arqueara la espalda, enterrando sus dedos en los músculos de los hombros de él. Cada caricia iba cargada de una devoción nueva, de un romance contemporáneo que desafiaba cualquier norma estipulada. El encuentro íntimo de esa noche no fue una transacción; fue una entrega absoluta, apasionada y feroz. Unieron sus cuerpos con una lentitud tortuosa y deliciosa, saboreando cada gemido, cada roce de piel y cada susurro posesivo en mitad de la oscuridad.
Cuando el clímax los alcanzó, entrelazaron sus manos con fuerza sobre las sábanas húmedas, respirando el mismo aire, fundiéndose en un solo latido.
Horas más tarde, con la tormenta amainando en el exterior, Scarlett descansaba la cabeza en el pecho de Damiano, escuchando el latido rítmico y pacífico de su corazón. Él la rodeaba con un brazo firme, acariciándole el hombro desnudo mientras contemplaba el cuaderno de su madre sobre la mesilla de noche. Por primera vez en veintinueve años, el 11 de julio no había sido un día de sombras, sino la noche en que Damiano Serrano había vuelto a nacer en los brazos de la única mujer capaz de salvarlo.