Salvatore Greco nunca tuvo problemas con la tentación.
Hasta que una mujer que no lo necesita se cruza en su camino.
Elira Rama es una sobreviviente.
No cree en rescates ni en promesas. Ha pasado su vida cuidando a otros y luchando por no perder el control de la suya.
Mientras él intenta protegerla y mantenerla a salvo, ella lucha por no depender de nadie.
Y cuando el deseo, el pasado y la ambición chocan, ambos deberán decidir si la tentación es una promesa… o una condena.
Porque no todas las mujeres quieren ser rescatadas.
Y no todos los capos sobreviven a aquello que no pueden dominar.
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Dolor y placer
Elira
Miro mi rostro en el pequeño espejo del baño, que tiene una enorme grieta que cruza todo el borde superior, distorsionando un poco la parte alta de mi cabeza, pero no me detengo en ello mucho tiempo.
Puedo ver el dolor en mis ojos de una forma que nunca me lo permití antes.
El dolor de reprimir el deseo de toda una vida para poder sobrevivir.
El dolor de una niña que nunca se atrevió a esperar nada, porque sabía que nada llegaría jamás.
El dolor de la niña que ahora está presente en cada centímetro de lo que soy. Ese dolor vive en mi piel y le da forma a mi rostro. Ha permeado la forma en la que observo la vida y ha bloqueado la capacidad de desear que nace en la niñez. Algo tan sencillo como esperar un regalo de Santa Claus, que para todos los niños siembra la primera semilla de la esperanza, en mi caso me enseñó a nunca esperar nada de nadie.
Me obligo a respirar profundo y a no dejar caer esas lágrimas que se aferran a mis pestañas como un alcohólico a una botella de vodka barato.
Soy fuerte.
–Lo eres –le digo a mi reflejo.
Claro que lo somos. Hemos podido seguir avanzando sin derrumbarnos a pesar de que la vida no deja de crear incendios a cada paso que damos.
–Pero sigo aquí –susurro y me obligo a que las lágrimas se evaporen antes de caer–. No soy débil.
Salgo del baño sin mirar a mi inquilino y tomo una cuchara de plástico y abro el primer pote de helado que veo, sin siquiera poder leer el nombre del sabor.
Me siento en la silla, dándole la espalda a Salvatore, porque no dejaré que nadie vea el dolor en mis ojos. Nunca.
La procesión se lleva por dentro, eso es algo que aprendí de mamá, quién nunca se quejó. Ni una sola vez. Y tenía muchos motivos para hacerlo.
Entierro la cuchara en el helado color crema con pedazos de lo que parece ser brownie y la llevo a mi boca.
Mis ojos se cierran ante el frío y delicioso sabor que inunda mi boca.
Suspiro ante el exquisito estremecimiento que recorre mi cuerpo cuando el helado se derrite en mi boca y puedo tragarlo, despacio, disfrutando de cada segundo mientras baja por mi garganta.
Vuelvo a enterrar la cuchara y ahora paso mi lengua por todo el borde de la misma, saboreando las pequeñas gotas más líquidas del delicioso helado.
El frío en mi pecho, por el helado y los recuerdos, comienza a mutar a algo cálido y electrificante. Algo que comienza a germinar dentro de mi cuerpo, algo que no sé identificar, pero que me hacer soltar un gemido suavecito cuando el sabor se arremolina en mi lengua nuevamente.
No pensé que sería tan bueno, pero lo es.
Abro el otro envase, que parece ser helado de chocolate negro con chispas de chocolate blanco y lo pruebo con avidez.
Dejo caer mi cabeza hacia atrás cuando el sabor dulce con el toque justo de amargura se arremolina en mis papilas gustativas. Su sabor es fuerte y delicioso… es perfecto.
Una vez mi tía me trajo una caja con bombones de chocolate, que uno de sus clientes le regaló. Pensé que nunca podría probar nada mejor que eso, pero me equivoqué, esto es mucho mejor.
Meto otro poco a mi boca y cierro los ojos, obligándome a memorizar este sabor, porque estoy segura de que nunca podré probar nada más delicioso que esto y quiero recordarlo por siempre. Quiero recordar su textura, su sabor. Quiero recordar la fría, pero a la vez cálida sensación que baja de mi garganta y se asienta en todo mi pecho.
Quiero memorizar cada pequeña cosa.
Abro mis ojos asustada, cuando una mano toma mi barbilla.
Pego un grito cuando veo a Salvatore, peligrosamente pálido, con el rostro sudado y el dolor marcado en cada rasgo de su rostro, mirándome con anhelo, como yo estaba mirando el helado hace tan solo unos segundos.
–¿Qué haces? –pregunto poniéndome de pie, preparada para sostenerlo si se desmaya.
Sus dedos rugosos recorren mi mejilla, sosteniéndola con fuerza, como si fuera su derecho. Se acerca unos pasos y su frente sudada se pega a la mía.
–Tenía que verlo –susurra y sé que está usando todas sus fuerzas en este momento–, tenía que ver el placer en tu rostro –agrega antes de que todo el peso de su cuerpo se precipite contra el mío–. Eres hermosa, ángel.
Toco su frente y por supuesto, está ardiendo.
Pero que idiota tan grande.
Uso todas mis fuerzas para llevarlo de vuelta a la cama. Cuando por fin puedo acostarlo busco una toalla y la mojo con agua fría y luego la coloco sobre su frente.
Reviso las vendas y no hay sangre. Al parecer los puntos resistieron.
Su mano sube a mi rostro nuevamente y sus ojos azules me miran con algo peligroso brillando en esos zafiros.
–Mereces disfrutar, ángel –susurra con la voz rasposa, dura–. Quiero obligarte a que lo hagas. Quiero enseñarte...
–Sí, claro –digo distraída mientras busco en el botiquín el termómetro y lo coloco sobre su frente. La pantalla me confirma lo que ya sabía. Treinta y nueve grados. La fiebre volvió–. Mierda –maldigo con desesperación.
Debe tener una infección y no tengo antibióticos ni mucho menos dinero para poder comprarlos.
Comienza a farfullar palabras sin sentido antes de que sus ojos se cierren en un sueño intranquilo.
Necesito dinero, y solo sé una forma de conseguirlo esta noche.
Tomo mis cosas y abandono a mi paciente, esperando que el descanso lo ayude mientras regreso con los antibióticos.
*****
–Hola, mi niña –me saluda Luan en cuanto me ve entrar al club.
–Hola –lo saludo y me fundo en su abrazo.
–No te veía desde que usabas uniforme y venías a ver a Katrina a bailar. Has crecido mucho, mi niña –dice y coloca la mano en su corazón–. Ustedes me hacen sentir un viejo –agrega apuntando a las demás chicas, que ya comienzan a prepararse para bailar, y a mí.
–Eres un papazote todavía–le devuelve una mujer un poco más joven que yo, de pelo rubio–. Lástima que no te gustemos ni un poco.
Luan sonríe y le guiña un ojo a su novio, quien atiende el bar. –Ya saben que mi corazón tiene dueño.
–Más te vale que así sea –devuelve Tony con una sonrisa, que Luan responde.
–¿Tienes espacio para alguien más? –pregunto y Luan me mira confundido–. Puedo bailar. Vi a mi tía hacerlo muchas veces. No tienes ni siquiera que pagarme esta vez, solo déjame quedarme con las propinas. Necesito el dinero con urgencia.
Luan me mira preocupado. –¿Drogas?
–No –respondo inmediatamente–. Sabes que ni siquiera bebo. No me gusta. Por favor –le suplico.
Luan suspira. –Subirás de quinta –ordena y yo asiento–. ¿Tienes ropa? –Niego con mi cabeza–. Las chicas podrán prestarte algo –dice y ellas asienten–. A esa hora son más generosos con las propinas si bailas cerca de ellos –susurra en mi oído–. Usa pantalones cortos para que puedan meter dinero en los bolsillos –me explica y yo asiento–. Abrimos en diez minutos –grita y todas corren detrás del escenario y yo las sigo.
Mientras recibo la ropa que me pasa una de las chicas, respiro profundamente y trato de recordar cada mirada, cada movimiento y cada caricia que mi tía entregaba a los hombres que pagaban un dineral por verla bailar.
Hoy seré ella. Hoy podré salvar una vida.
❤️🩹🥲🥹
ojalá no deje que la otra vuelva, ya es hora de que disfrute su vida a su manera y con Salvatore que la ama