La Chica que Compró al Príncipe Esclavo
Elena Valmont solo quería entregar un paquete, cobrar unas monedas y volver a casa.
Pero una noche terminó en una subasta clandestina… y compró a un esclavo condenado a morir al amanecer.
Lo que no sabía era que aquel hombre herido, silencioso y cubierto de cadenas no era un esclavo cualquiera, sino Adrien Asteria, el heredero perdido del imperio más poderoso del continente.
Desde ese momento, Elena queda atrapada en una guerra por el trono, perseguida por asesinos, nobles traidores y secretos enterrados durante años.
Salvarlo fue un acto de compasión.
Amarlo podría costarle la vida.
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CAPÍTULO 10 La deuda de un mercader
El segundo día comenzó peor de lo que Elena esperaba.
Después de vender algunas herramientas antiguas, varios vestidos que ya no utilizaba y prácticamente todo aquello que podía considerarse un lujo dentro de su humilde hogar, apenas habían conseguido reunir doce monedas de plata.
Doce.
Necesitaban trescientas.
La diferencia seguía siendo abrumadora.
—A este ritmo, podremos comprarle una cadena nueva al esclavo —comentó Lyra mientras contaba las monedas sobre la mesa.
—No es gracioso.
—No pretendía que lo fuera.
Tom dejó caer algunas monedas de cobre sobre la mesa con expresión triunfante.
—¡Yo conseguí una moneda y media ayudando al señor Roberto a cargar sacos de harina!
—Eso es increíble, Tom —respondió Elena sonriendo.
—A este ritmo, solo necesitaremos trabajar unos cuarenta años más.
—¡LYRA!
—¿Qué? Solo estoy haciendo cálculos.
La preocupación comenzaba a hacerse evidente en todos los presentes. La realidad era mucho más cruel de lo que Elena había imaginado. No bastaba con tener buenas intenciones ni con estar dispuesta a sacrificarse.
El dinero seguía siendo dinero.
Y las trescientas monedas de plata parecían una montaña imposible de escalar.
Mientras pensaban en nuevas formas de conseguir algunas monedas adicionales, alguien llamó a la puerta de la casa.
Tom fue el primero en abrir.
—¿Puedo ayudarlo?
Frente a la puerta se encontraba un hombre de aproximadamente cincuenta años, vestido con un elegante abrigo color marrón oscuro. Su aspecto era el de un comerciante exitoso, aunque sus ojos transmitían una calidez poco común entre los hombres de negocios.
—¿Se encuentra Elena Valmont en casa?
—Soy yo.
El hombre sonrió ligeramente al verla.
—Han pasado muchos años desde la última vez que nos vimos.
—Lo siento, pero creo que no lo conozco.
—Es normal. La última vez que te vi tenías apenas diez años.
La madre de Elena salió de la cocina y, al observar al visitante, abrió los ojos sorprendida.
—¿Señor Armand?
—Me alegra saber que todavía me recuerda, señora Valmont.
—¿Quién es? —preguntó Elena confundida.
Su madre sonrió ligeramente antes de responder.
—Es un viejo amigo de tu padre.
Aquellas palabras fueron suficientes para captar inmediatamente toda su atención.
El comerciante tomó asiento después de aceptar una taza de té.
—Me enteré esta mañana de cierta joven que intenta comprar la libertad de un esclavo con apenas tres días para reunir trescientas monedas de plata.
Elena sintió cómo sus mejillas se calentaban por la vergüenza.
—La noticia se está extendiendo más rápido de lo que esperaba.
—Toda la ciudad está hablando de ello.
—Fantástico.
—No necesariamente.
El hombre observó durante algunos segundos los retratos familiares colocados sobre una pequeña repisa antes de continuar hablando.
—Tu padre era exactamente igual.
—¿Igual?
—Terco hasta niveles preocupantes cuando consideraba que algo era correcto.
Aquellas palabras hicieron sonreír a la madre de Elena.
—Eso es completamente cierto.
—Hace quince años, cuando mi negocio estaba a punto de quebrar, nadie quiso ayudarme. Había perdido toda mi mercancía en un incendio y debía más dinero del que podía pagar en diez vidas.
Elena escuchaba atentamente.
—Tu padre era apenas un pequeño comerciante en aquella época. No tenía una gran fortuna ni tampoco demasiadas influencias. Sin embargo, decidió prestarme prácticamente todos sus ahorros.
—¿Mi padre hizo eso?
—Sí. Incluso vendió parte de sus herramientas de trabajo para ayudarme.
La joven permaneció completamente sorprendida.
Jamás había escuchado aquella historia.
—¿Y usted pudo devolverle el dinero?
El comerciante bajó ligeramente la mirada.
—No.
—¿No?
—Cuando finalmente conseguí levantar mi negocio, tu padre ya había fallecido.
El silencio se apoderó de la habitación durante algunos segundos.
—Desde entonces he estado esperando una oportunidad para pagar aquella deuda.
—No es necesario que...
—Permíteme terminar, Elena.
El hombre sacó una pequeña bolsa de cuero negro del interior de su abrigo y la colocó sobre la mesa.
Al abrirla, varias monedas de plata brillaron bajo la luz del sol.
—Cincuenta monedas de plata.
Todos los presentes quedaron completamente sorprendidos.
—No puedo aceptar esto.
—No es un regalo.
—¿Entonces qué es?
—Una deuda que debí pagar hace muchos años.
Los ojos de Elena comenzaron a humedecerse.
—Mi padre nunca me habló de esto.
—Porque jamás ayudaba a otros esperando reconocimiento. Esa era precisamente la clase de hombre que era.
El comerciante sonrió con nostalgia.
—Si él estuviera aquí, probablemente ya habría vendido su propia casa para salvar a ese esclavo.
—Eso suena exactamente como él.
—Lo sé.
Después de entregar el dinero, el comerciante observó a Elena con expresión seria.
—Escúchame bien. Si has decidido hacer esto, hazlo hasta el final. Pero nunca olvides algo importante.
—¿Qué cosa?
—Las personas verdaderamente bondadosas suelen convertirse en el objetivo favorito de quienes desean aprovecharse de ellas. Aprende a distinguir entre alguien que necesita ayuda y alguien que simplemente desea utilizar tu corazón.
Aquellas palabras quedaron grabadas en su memoria.
Porque, aunque Adrien merecía ser salvado, todavía seguía siendo un completo desconocido.
Cuando el comerciante finalmente abandonó la casa, Elena observó las cincuenta monedas sobre la mesa.
Por primera vez desde que aceptó la apuesta, sintió que aquello podría no ser completamente imposible.
—¿Cuánto tenemos ahora? —preguntó Tom emocionado.
—Sesenta y dos monedas y algunas de cobre.
—¡Solo faltan doscientas treinta y ocho!
—Me encanta tu optimismo, pequeño —comentó Lyra riéndose.
Elena sonrió mientras observaba las monedas.
Tal vez su padre seguía ayudándola desde donde estuviera.
Mientras tanto, en las celdas del edificio de la subasta, Lord Varek recibió un informe inesperado.
—¿Ya ha conseguido sesenta monedas?
—Sí, mi lord.
El noble soltó una pequeña carcajada.
—Interesante. Parece que subestimé lo obstinada que puede llegar a ser.
Adrien, que escuchaba la conversación desde su celda, cerró lentamente los ojos.
Aquella muchacha seguía sorprendiéndolo una y otra vez.
No comprendía por qué estaba haciendo todo aquello.
Pero comenzaba a tener miedo de algo que había jurado no permitir nunca más.
Comenzaba a importarle lo que pudiera ocurrirle.
Y eso era mucho más peligroso que cualquier cadena.