Un temible asesino a sueldo reencarna por karma en el cuerpo de una noble atrapada en una novela trágica. Su destino: casarse con el volátil Emperador de Fuego para calmar su ira, ser abandonada por la protagonista real y morir de depresión.
Dispuesto a cambiar su destino (y a costa de su hombría), decide jugar el juego: curará la inestabilidad del Emperador, pero planea exigir un divorcio millonario para recorrer este nuevo mundo mágico a su antojo. Lo que no esperaba es que al Emperador de Fuego le fascinara tanto su fría y letal esposa. Entre conspiraciones, magia y un romance que no quiere aceptar, el antiguo asesino tendrá que luchar para demostrar que ella (el)... definitivamente no es la heroína de esta historia.
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Capitulo 10: El precio de la metamorfosis
El tiempo no corre en el Ducado Waters; se arrastra con la pesadez de una sentencia. Noventa días. Ese es el margen que Mirelle había arrancado de las fauces del Emperador, un espacio de tiempo que se siente a la vez como una eternidad y como un parpadeo. Cada mañana, antes de que el sol logre romper la bruma sobre los jardines, Mirelle (o Vance, como se recuerda a sí misma en el silencio de su mente) ya esta en pie.
Su rutina es un ejercicio de brutalidad disciplinada. El cuerpo de Mirelle, en otro tiempo delicado y diseñado para el cortejo, esta siendo forzado a una mutación que la aristocracia local considera una aberración. Los entrenamientos de magia de agua no son las suaves lecciones de sanación que la joven original habría recibido. Vance utiliza su conocimiento táctico para convertir el elemento más maleable en el arma más letal.
Se encuentra en el estanque privado del jardín, sus manos trazando movimientos precisos. El agua no solo sana; bajo su control, se condensa hasta adquirir la densidad del hierro. Puede crear escudos de presión que detienen flechas reales, pero también, con un simple chasquido de dedos, puede lanzar proyectiles de agua a tal velocidad que podrían atravesar una armadura de placas. No busca la elegancia, busca la eficacia.
Físicamente, el cambio es extenuante. Sus músculos, antes atrofiados por una vida de comodidad, comienzan a definirse con una resistencia que le es extraña. Los callos en sus manos (producto de horas empuñando el arco y la espada corta) son cicatrices de guerra que ella oculta bajo guantes de encaje. Vance no solo entrena para ser un arma; entrena para ser un fantasma, alguien que pueda moverse sin hacer ruido, alguien que pueda matar antes de que el enemigo sepa que esta en la habitación.
Sin embargo, el éxito no llega sin un recordatorio constante de su ahora prisión biológica.
Cada mes, la realidad de su cuerpo le propina un golpe que ningún entrenamiento puede repeler. Cuando llega el segundo día de su ciclo, la resistencia física se desmorona. Los cólicos no son solo una molestia; son una debilidad incapacitante que le provoca una rabia contenida. Odia la falta de control. Odia la dependencia de aquellos trapos gruesos y anticuados que sirven como toallas sanitarias, una solución arcaica y humillante que la hace sentir atrapada, sucia, vulnerable.
Durante esos cuatro días, el mundo se detiene para ella. Se encierra en su habitación con el pretexto de una "indisposición femenina", una excusa que incluso su madre acepta sin cuestionar. Vance maldice entre dientes mientras se cambia, odiando la fricción de la tela contra su piel, odiando la necesidad de esconder su malestar. Es un asesino atrapado en un cuerpo que dicta sus propios ritmos, un cuerpo que le recuerda constantemente que no es quien solía ser.
En esos momentos de aislamiento, su lucha interna se intensifica. Se mira al espejo y ve la elegancia de una duquesa, la piel tersa, los rasgos finos. Pero sus ojos... sus ojos siguen siendo los de Vance: fríos, calculadores, analíticos. ¿Sigue siendo él? ¿O la esencia de Mirelle esta filtrándose en su psique, suavizando sus bordes? La idea lo aterra. Se obliga a repetir sus tácticas, a visualizar escenarios de asesinato y escape, a mantener viva la llama de su verdadera identidad. No puede permitirse olvidar quién es, porque si lo hace, Kaelen ganará.
Pero no todo es entrenamiento y dolor. El intelecto de Vance encuentra consuelo en la estrategia de mercado. Con Mara, su confidente en los negocios, el avance ha sido implacable. Han conceptualizado no solo una, sino dos sucursales nuevas en las fronteras del imperio, aprovechando rutas comerciales que nadie más explota.
Mirelle no solo vende vestidos; esta cambiando la moda. Introdujo cortes más ceñidos que realzan la figura sin sacrificar la elegancia aristocrática, integrando encajes y sedas con estructuras de soporte modernas (corsetería que oculta y moldea) que pronto se convertirán en el estándar de la capital. La ropa interior, que ella diseña con un pragmatismo clínico, es revolucionaria. Las mujeres de la alta sociedad quieren la "silueta Mirelle", sin saber que detrás de esos diseños hay una mente que piensa en la aerodinámica y la comodidad de un guerrero, no solo en la estética de una dama.
El dinero fluye, llenando las arcas que necesitará para el futuro. Porque todo, absolutamente todo, es una preparación para el día en que pueda comprar su libertad.
El día noventa llegó con una claridad cristalina. El cielo esta despejado, el aire frío y cortante. Mirelle esta lista. Sus baúles estan llenos, no solo de sedas y joyas, sino de dagas ocultas en los forros de los vestidos y ungüentos preparados por ella misma para acelerar la curación o paralizar a un enemigo.
Se miró al espejo por última vez. La Mirelle que devuelve la mirada es una obra de arte, una emperatriz en ciernes. Nadie, absolutamente nadie, podría sospechar que bajo esa seda bordada late el corazón de un asesino curtido en mil batallas.
Caminó hacia la salida, donde el carruaje imperial (una mole negra y naranja que parece un ataúd lujoso) la espera para llevarla al palacio. Su padre, el Duque, parece al borde de un colapso nervioso, pero ella no le dedicó más que una sonrisa gélida y tranquilizadora.
Mientras sube al carruaje, el aroma a ozono y sándalo (el rastro residual de Kaelen que había quedado en su memoria desde aquel día) parece impregnar el aire. No tiene miedo. El miedo es una emoción que Vance ha desechado hace décadas.
Su plan esta trazado. No irá al palacio a buscar amor, ni a ser una flor decorativa en el jardín del Emperador. Irá como un activo. Le demostrará a Kaelen que puede estabilizar su maná, que puede sobrevivir a sus juegos de poder y que, eventualmente, puede s loer más útil fuera de su lado que dentro.
"Estabilizaré tu caos, Emperador", pensó mientras el carruaje comenzó a rodar, alejándola de la única seguridad que había conocido. "Y cuando tu propia inestabilidad ya no requiera mi presencia, cuando tu trono esté firme y mi fortuna sea incalculable, exigiré mi divorcio. Y si no me lo das... bueno, supongo que ya es hora de que el Imperio aprenda que hasta el agua más calmada puede ahogar a un hombre hecho de fuego".
Se acomodó en el asiento, sintiendo el peso de la espada corta oculta bajo el asiento del carruaje. La supervivencia es un juego, y por primera vez en su nueva vida, Mirelle siente que tiene las piezas necesarias para ganar.