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Corazón De Rubí: La Compañera Del Rey Vampiro

Corazón De Rubí: La Compañera Del Rey Vampiro

Status: Terminada
Genre:Vampiro / Grandes Curvas / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Alistair Vance, el temido Rey Vampiro, esperó más de trescientos años a la mujer destinada a su alma. Elena Rossi, una joven de curvas deslumbrantes y corazón cálido, ignora que el soberano de las sombras la ha protegido desde antes de nacer.
Cuando un encuentro inesperado durante una tormentosa gala nocturna los une, la atracción entre ellos es inmediata y peligrosa. Entre secretos del pasado, deseo ardiente y un destino imposible de escapar, Elena descubrirá que amar al Rey Vampiro puede ser tan adictivo como mortal.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 18: La Unión de Sangre

El eco de la tormenta en el Pico de los Lamentos parecía un susurro lejano dentro de los aposentos privados del Gran Monarca.

Alistair había llevado a Elena en brazos durante todo el trayecto de regreso, atravesando los pasillos de granito como una sombra veloz y protectora que no estaba dispuesta a dejar caer su tesoro. Las pesadas puertas de caoba de la suite real se cerraron tras ellos con un chasquido sordo, aislando el mundo exterior, la traición de los rebeldes y las intrigas de la Corte.

El gran hogar de mármol blanco de la estancia ardía con un fuego vivo y constante, proyectando lenguas de luz dorada sobre la cama de dosel y las paredes de piedra pulida.

Alistair depositó a Elena con delicadeza infinita sobre el centro del lecho, sobre las sábanas de raso negro que brillaban bajo la luz de las brasas. El vestido de terciopelo azul gótico, humedecido por la nieve de la montaña, caía en pliegues pesados alrededor de las caderas voluptuosas de la joven.

El rey se arrodilló al borde de la cama, sujetando las manos de Elena entre las suyas. Sus ojos ámbar, libres por completo del rojo sangriento de la batalla, la contemplaban con una mezcla de devoción, culpa y una necesidad física que amenazaba con desbordarlo.

—Estás a salvo, mi reina —susurró el monarca, besando los nudillos de la joven uno a uno, sintiendo la calidez que regresaba progresivamente a la piel de Elena—. Las toxinas de Malakor se han disipado por completo de tu sistema. Mañana sellaré los límites del castillo; nada ni nadie volverá a poner un solo pie cerca de tu presencia.

Elena lo miró en silencio durante un largo momento.

Contempló el torso firme de Alistair, expuesto tras la camisa de lino negro desgarrada en la batalla contra los rebeldes; vio las cicatrices imperceptibles en su piel de alabastro y la intensidad desarmante de su mirada. La experiencia en el abismo, la visión de Alistair destruyendo a sus enemigos no por tiranía, sino por una devoción ciega y dispuesta al sacrificio, había disipado la última sombra de duda en su corazón.

Ya no había reservas académicas sobre la profecía, ni temores sobre el destino, ni distancia posible.

—Alistair... mírame —pidió Elena con una voz suave, grave y cargada de una determinación madura.

El rey elevó la vista, encontrando los ojos avellana de la historiadora.

—No quiero más barreras entre nosotros —continuó ella, incorporándose despacio sobre el raso negro, dejando que el terciopelo azul se abriera sutilmente en el escote, revelando la solidez de sus hombros y el nacimiento de sus senos de piel cálida—. Esta noche entendí que no hay lugar en este mundo ni en el tuyo donde yo esté completa sin ti. Quiero unirme a ti en todos los niveles que tu naturaleza permita.

Alistair contuvo el aliento. La firmeza de sus hombros anchos se tensó bajo el impacto de las palabras de la mujer.

—Elena... —murmuró él, la voz raspada por un temblor de anticipación—. El ritual de la unión de sangre no es una simple entrega física. Es un pacto antiguo, un entrelazamiento de almas donde mi sangre fluirá en ti y tu esencia quedará grabada en mi inmortalidad para siempre. Nos atará más allá de la carne, más allá del tiempo.

—Lo sé —respondió Elena, tomando la mano grande del vampiro y llevándola directamente al centro de su pecho, sobre el latido firme y agitado de su corazón—. Y es exactamente lo que elijo. Hazme tuya, Alistair. No solo como tu reina... sino como tu igual.

El despojo de las sombras

El rey dejó escapar un suspiro denso, un sonido de rendición y victoria absoluta que hizo vibrar el aire de la alcoba.

Alistair se puso de pie lentamente y se despojó de los restos de su camisa de lino negro, dejando al descubierto la perfección anatómica de su torso: la solidez de sus pectorales, las líneas marcadas de su abdomen y la anchura de sus hombros esculpidos. Luego, con una lentitud llena de erotismo y veneración, se inclinó sobre la cama para desarmar la vestimenta de Elena.

Sus dedos expertos desataron los cordones del corsé de terciopelo azul. La tela pesada cayó hacia los lados sobre el raso negro, revelando la plenitud exuberante del cuerpo de la joven.

Alistair contempló cada centímetro expuesto con una devoción casi religiosa: la rotundidad de sus senos de pezones erguidos por el deseo, la curva pronunciada de su cintura, la amplitud generosa de sus caderas anchas y la firmeza suave de sus muslos maduros.

—Eres la obra de arte más perfecta que la creación ha concebido jamás —dijo Alistair, su voz bajando a un murmullo denso que hizo que la piel de Elena se erizara de placer.

El rey se despojó del resto de sus ropas y se posicionó sobre ella.

Cuando la frialdad de la piel del vampiro rozó la calidez abrasadora de la mujer sobre el lecho de raso, la detonación sensorial fue inmediata. Elena abrió sus piernas para recibir el peso de Alistair, rodeando su espalda musculosa con los brazos y hundiendo sus uñas en sus hombros firmes mientras sus labios se encontraban en un beso profundo, húmedo y hambriento.

No había prisa ni torpeza. Alistair la besó con una pasión madura y experta, devorando su boca mientras sus manos grandes y protectoras moldeaban la masa suave de sus caderas, apretando la carne de sus muslos con una posesividad que le recordaba a Elena a quién pertenecía.

Elena respondió con la misma fiereza, elevando sus caderas contra las del rey, sintiendo la dureza implacable de la anatomía de Alistair presionando contra el centro mismo de su necesidad.

El intercambio de la esencia

Alistair rompió el beso despacio, dejando un rastro de caricias febriles en la barbilla de Elena hasta detenerse en la garganta de la joven, justo donde el pulso de su arteria carótida latía con una violencia hermosa.

—El pacto comienza en la sangre, mi dulce tentación —susurró el monarca, rozando la piel suave del cuello con sus labios.

—Tómala, Alistair —pidió Elena, ahogando un gemido mientras el rey deslizaba una de sus manos por debajo de sus glúteos para elevar sus caderas en la posición perfecta.

Alistair expuso la punta afilada de sus colmillos de marfil. Con un control supremo, hundió los colmillos en la piel de la garganta de Elena.

El dolor duró solo una fracción de segundo, borrado instantáneamente por la marejada de éxtasis eléctrico que el veneno vampírico inyectó en el sistema nervioso de la joven. Elena echó la cabeza hacia atrás sobre el raso negro, soltando un grito agudo de placer puro que resonó en el dosel de la cama. Sus pupilas se dilataron mientras sentía la succión lenta, rítmica y profunda de Alistair, devorando la vitalidad de su sangre mientras el calor de la entrega recorría cada una de sus venas.

El placer era tan abrumador que las caderas de Elena comenzaron a moverse instintivamente contra las del rey, buscando una unión aún más profunda.

Alistair retiró sus colmillos despacio, lamiendo la herida suave con la punta de su lengua para sellar la piel con su propia saliva curativa. Con el rostro encendido por el fuego de la sangre de su mujer y la mirada brillando en un ámbar luminoso y sagrado, el rey elevó su brazo derecho.

Con la punta de uno de sus colmillos, Alistair realizó un pequeño corte en su propia muñeca.

Una gota de sangre inmortal, densa, brillante y cargada del poder de ochocientos años de existencia, brotó de su piel de alabastro.

Alistair acercó su muñeca a los labios carnosos de Elena.

—Bebe de mí, mi reina —ordenó el monarca con una voz grave y llena de devoción—. Recibe mi fuerza, mi eternidad y mi protección absoluta.

Elena no vaciló. Rodeó la muñeca del rey con sus manos y pegó sus labios a la herida, bebiendo la sangre inmortal de Alistair.

El sabor era una revelación: caliente, especiado, con notas de miel y una carga de energía abrumadora que entró en el cuerpo de Elena como una descarga de fuego líquido. Al ingerir la esencia del vampiro, la mente de la historiadora pareció expandirse; sintió el latido del propio palacio, el eco de la montaña y la presencia imponente del alma de Alistair fusionándose de forma definitiva con la suya.

La fusión en el raso

Con la sangre intercambiada y el pacto sagrado ardiendo en las venas de ambos, la entrega física alcanzó una cima de erotismo y romanticismo desbordante.

Alistair se posicionó entre los muslos abiertos de Elena. Mirándola fijamente a los ojos, con las manos entrelazadas con las de ella sobre el raso negro de las sábanas, el rey se unió a ella plenamente, penetrando la calidez voluptuosa de su cuerpo en una embestida lenta, profunda y absoluta.

—¡Alistair! —gritó Elena, sintiendo cómo la solidez del vampiro la llenaba por completo, ajustándose a la perfección a la riqueza de sus curvas.

El encuentro fue una sinfonía de pasión madura. Alistair se movía sobre ella con un ritmo dominante y majestuoso, manteniendo el contacto visual en todo momento mientras sus cuerpos sudorosos chocaban sobre la seda de la cama. Cada movimiento del rey desencadenaba olas de placer que la sangre inmortal en el cuerpo de Elena multiplicaba por mil.

Las manos de Alistair soltaron las suyas para amoldar la redondez generosa de sus pechos, succionando sus pezones erguidos con una voracidad que hacía que Elena arqueara la espalda, salpicando la penumbra con sus gemidos febriles.

—Eres mía... mi esposa, mi reina, mi eternidad —murmuraba el monarca entre beso y beso, embestida tras embestida, llevando el cuerpo de la mujer a límites de éxtasis que desafiaban la resistencia mortal.

—Tuya... para siempre tuya, Alistair... —respondía Elena, perdiéndose en la mirada dorada de su rey, sintiendo cómo la barrera entre sus cuerpos y sus almas terminaba de desvanecerse por completo.

La intensidad fue en aumento hasta que la ola final del orgasmo mutuo los alcanzó. Fue una explosión de calor y luz que pareció congelar el tiempo dentro de la alcoba real. Elena apretó sus piernas con fuerza alrededor de la cintura de Alistair, soltando un grito de placer puro mientras el rey hundía el rostro en la curva de su cuello, soltando un rugido victorioso al tiempo que la llenaba con su calor más íntimo, sellando la unión de sangre en mitad de la noche.

La eternidad compartida

Horas más tarde, el silencio de la madrugada volvió a reinar en los aposentos del Palacio de las Sombras.

El fuego de la chimenea se había reducido a un lecho de brasas rojas que proyectaba una luz cálida y tenue sobre la cama de dosel.

Elena descansaba recostada sobre el pecho firme de Alistair. Su cuerpo voluptuoso estaba cubierto a medias por la sábana de raso negro, revelando la piel sonrosada de su espalda y las marcas suaves de besos y mordidas que adornaban la línea de sus caderas y su cuello. La sangre inmortal de Alistair fluía en sus venas, otorgándole una sensación de vitalidad, fuerza y plenitud que jamás había experimentado.

Alistair la abrazaba con una posesividad serena, manteniendo una mano sobre la curva generosa de su cadera, acariciando su piel con la paciencia de quien sabe que el tiempo ya no es su enemigo.

Elena elevó la mirada y contempló el rostro esculpido del rey.

Alistair sonrió, una curva de labios llena de ternura infinita, y depositó un beso suave en la frente de su mujer.

—El pacto se ha completado, mi reina —susurró el monarca, acariciando el cabello castaño de la joven—. Tu vida y la mía están unidas de forma indisoluble. No hay Corte, ni rebeldes, ni destino que pueda romper lo que hemos sellado esta noche.

Elena sonrió, pegando sus curvas contra la anatomía de Alistair, sintiendo la firmeza inquebrantable de su abrazo bajo el raso negro, sabiendo que el viaje de la historiadora mortal había concluido para dar paso a la era de la reina inmortal.

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karen S
Hasta yoo me perdi junto con ellos
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