Bajo una lluvia torrencial, la desafortunada Kim Suki tropieza con Jeon Jungkook, un elegante y reservado empresario. Para saldar la deuda médica que él pagó por ella, Suki acepta ser la niñera de su rebelde sobrino de ocho años, llenando de calidez y divertido caos la fría mansión. Entre bromas, miradas robadas y roces inesperados, el amor florece entre dos mundos opuestos. Superando prejuicios y barreras sociales, descubrirán juntos que la mala suerte, a veces, es solo el disfraz del destino perfecto.
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Capitulo 6
El sábado amaneció con un cielo azul despejado y un sol radiante que parecía gritar: *"¡Día de campo!"*.
Suki llevaba desde las seis de la mañana en la cocina, entusiasmada con la idea de llevar a Byul al parque fluvial del río Han. Había preparado una colorida cesta llena de kimbap perfectamente cortado, sándwiches de huevo con forma de cara de oso y fruta fresca.
—¡Listos para la aventura! —anunció Suki al entrar a la sala, cargando la enorme cesta de picnic, una manta a cuadros rojos y una cometa gigante con forma de dragón.
Byul ya estaba junto a la puerta, saltando emocionado con sus tenis deportivos de luces.
En ese momento, Jeon Jungkook bajó las escaleras. Vestía un impecable traje gris y ajustaba el nudo de su corbata de seda. El secretario Park Ho-jin lo esperaba cerca del recibidor con un portafolios atestado de documentos.
—Tengo la reunión con los inversores europeos a las diez, Ho-jin, y luego la revisión del diseño en... —empezó a decir Jungkook, pero se detuvo en seco al ver la escena.
Suki vestía sus tenis amarillos nuevos y un lindo vestido floral de color pastel, con el cabello recogido en una coleta despeinada. Le sonreía con una calidez tan deslumbrante que hizo que el corazón de Jungkook diera un vuelco involuntario.
—¿No viene con nosotros, tío? —preguntó Byul con una carita de cachorrito triste que debería haber sido ilegal—. Dijiste que algún día iríamos al parque...
Jungkook miró a su sobrino, luego miró a Suki, quien sostenía la cesta con una mirada esperanzada pero comprensiva.
—Si el trabajo es muy importante, no se preocupe, Sr. Jeon. Nosotros le traeremos fotos —dijo Suki con dulzura.
Jungkook permaneció en silencio durante tres segundos eternos. Miró al secretario Ho-jin.
—Ho-jin.
—¿Sí, director?
—Cancela la reunión con los inversores. Y la revisión de diseño pasará para el lunes.
Ho-jin abrió la boca de par en par, casi dejando caer el portafolios.
—¿Q-qué? ¡Pero señor! ¡Hemos esperado tres meses por esa reunión!
—Diles que tengo una emergencia de alta prioridad corporativa —respondió Jungkook, comenzando a desatarse la corbata con una elegancia casual que dejó a Suki sin aliento—. Específicamente, una misión de picnic.
Cinco minutos después, el imponente director ejecutivo vestía unos vaqueros cómodos, una camiseta blanca sencilla y una chaqueta ligera. El secretario Ho-jin se quedó en el marco de la puerta sacudiendo la cabeza, mientras veía a su jefe cargar la cesta de comida como si fuera el hombre más feliz del mundo.
El parque del río Han estaba lleno de familias, parejas paseando y niños corriendo. Al llegar, Suki extendió la manta a cuadros bajo la sombra de un gran sauce.
—¡Es hora de comer! —anunció Suki con orgullo, abriendo los recipientes de comida.
Los sándwiches de oso se veían adorablemente deliciosos. Sin embargo, la nefasta suerte de Kim Suki nunca se tomaba vacaciones.
Apenas cinco segundos después de abrir la cesta, un enorme Golden Retriever sin correa apareció de la nada como una exhalación dorada. Con la velocidad de un rayo, el perro saltó sobre la manta, agarró el recipiente completo con todos los sándwiches de oso en el aire y salió disparado a toda velocidad robándose el botín.
—¡Oye! ¡Mi cara de oso! —gritó Byul en shock.
—¡Alto ahí, ladrón peludo! —chilló Suki, saliendo a correr detrás del perro en sus tenis amarillos.
Jungkook intentó detenerla, pero Suki ya estaba persiguiendo al animal por toda la pradera. La persecución duró dos minutos trágicos y divertidos, en los cuales Suki terminó tropezando con una pequeña colina de césped y rodando colina abajo como un tronco, aterrizando de espaldas exactamente frente a los pies de Jungkook, quien la había seguido corriendo.
Suki miró hacia arriba desde el suelo, despeinada, con hojas en el cabello y la cara roja.
—El perro... era muy rápido —murmuró ella con un hilo de voz tragicómico.
Jungkook no pudo contenerse. Se agachó, soltando una risita suave mientras le quitaba las hojas del cabello con delicadeza.
—Señorita Kim, creo que el perro tenía más hambre que nosotros —dijo él con los ojos brillando de diversión—. ¿Está bien?
—Mi dignidad sufrió daños colaterales, pero sobreviviré —respondió ella, aceptando la mano de Jungkook para levantarse.
—¡No importa! —gritó Byul corriendo hacia ellos—. ¡Todavía tenemos la cometa de dragón! ¡A volar!
El segundo desastre del día ocurrió diez minutos después.
Jungkook, decidido a demostrar sus habilidades de súper tío, tomó la cuerda de la cometa gigante. Corrió con elegancia por la hierba mientras el dragón de tela se elevaba majestuosamente hacia el cielo.
—¡Mira, Suki! ¡Tío Kook lo está logrando! —aplaudía Byul emocionado.
Pero justo en ese momento, una ráfaga de viento repentina cambió la dirección de la cometa. La cuerda se enredó torpemente en la manga del abrigo de Suki, quien dio una vuelta sobre sí misma intentando desengancharse, empujando accidentalmente a Jungkook. Los tres terminaron hechos un nudo de hilos, y la cometa salió volando directamente hacia la copa del árbol más alto del parque, quedando atorada de forma irrecuperable en las ramas superiores.
Los tres se quedaron tirados en el césped, enredados en el hilo transparente, mirando la cometa gigante colgada del árbol como un adorno navideño fuera de temporada.
Suki miró a Jungkook con una culpa tremenda.
—Sr. Jeon... lo siento tanto. Yo arruiné su día libre, la comida, la cometa... mi mala suerte es una plaga —susurró Suki agachando la cabeza, verdaderamente apenada.
Jungkook se incorporó, zafándose del hilo. En lugar de estar molesto, miró a Byul, quien estaba tumbado en el suelo riéndose a carcajadas de lo absurda que había sido la caída.
Entonces, Jungkook miró a Suki. Se acercó a ella, tomándola suavemente por la barbilla para hacerla levantar la mirada.
—¿Arruinado? Suki, no me he divertido tanto en años —dijo Jungkook con una voz aterciopelada y dulce que le erizó la piel—. Además, el día aún no termina. Sigo teniendo hambre.
Veinte minutos después, el trío estaba sentado en una pequeña mesa de plástico afuera de una tienda de conveniencia a la orilla del río.
Frente a ellos había tres cuencos humeantes de ramién instantáneo de vaso, unos salchichas de palito y un par de refrescos de lata. El banquetazo más humilde e improvisado del mundo.
—¡Esto está delicioso! —exclamó Byul, sorbiendo los fideos con avidez—. ¡El ramién de tienda de conveniencia sabe mejor que la comida del restaurante de cinco estrellas!
—¿Verdad que sí? El secreto es comerlo al aire libre —dijo Suki, enseñándole a Byul cómo soplar los fideos sin quemarse.
Jungkook observaba la escena mientras sorbía su propio cuenco. El viento fresco de la tarde despeinaba el cabello de Suki, y los rayos del atardecer teñían sus mejillas de un tono dorado hermoso. Verla reír con Byul, compartiendo historias tontas mientras comían fideos de oferta, le provocó una sensación de calidez tan profunda que el corazón le apretaba en el pecho.
De pronto, Byul dejó sus palillos en el vaso y se frotó los ojos con cansancio. Se inclinó hacia la izquierda y apoyó su cabeza dormilona en el regazo de Suki, quien de inmediato comenzó a acariciarle la espalda con infinita ternura.
—Tío... —murmuró Byul con la voz entrecortada por el sueño.
—¿Sí, Byul-ah? —preguntó Jungkook en un susurro.
El pequeño cerró los ojos, sonriendo acurrucado contra Suki.
—Me gusta mucho cuando Suki está con nosotros... La casa ya no está fría y vacía. Ahora huele a hogar.
Suki se quedó inmóvil. Un nudo de emoción le cerró la garganta y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Miró a Byul con un amor maternal profundo y sincero.
Al levantar la mirada, encontró los ojos de Jungkook fijos en ella. La mirada de Jungkook era intensa, transparente y llena de un afecto tan puro que no necesitaba palabras para traducirse.
Jungkook extendió la mano a través de la pequeña mesa de plástico y cubrió la mano de Suki con la suya. Sus dedos se entrelazaron con suavidad sobre la mesa gastada.
—Tiene razón, Byul-ah —dijo Jungkook sin dejar de mirar a Suki a los ojos—. Ahora huele a hogar.
Bajo el atardecer dorado del río Han, rodeados de vasos de ramién vacíos y con el pequeño Byul durmiendo plácidamente en el regazo de Suki, el amor entre la niñera desafortunada y el solitario empresario echó raíces profundas, volviéndose completamente inevitable.