Traicionada por su propia hermana y sacrificada como moneda de cambio por su familia, Selena Sanches vio cómo sus sueños de amor se derrumbaban cuando Ingrid falsificó sus exámenes prenupciales.
Considerada “estéril”, Selena fue descartada por Cássio Álvarez, el hombre que juró amarla y con quien iba a casarse… pero él decidió casarse con Ingrid sin dudarlo.
Humillada y sin apoyo, Selena creyó que nada podía empeorar, hasta que su padre la ofreció como esposa al misterioso y temido Henrico Garcês, un mafioso al que nadie jamás se atrevía a mirar a los ojos. Un hombre que vive en las sombras, rodeado de rumores, poder… y peligro.
Ahora, unida a un desconocido que inspira tanto miedo como fascinación, Selena deberá descubrir si este matrimonio forzado será su ruina…
o su salvación.
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Capítulo 14
A la mañana siguiente, Selena se despertó antes de que el sol invadiera la habitación.
Aún quedaba un leve perfume de jabón y el calor suave del cuerpo de Henrico en la almohada de al lado.
Se levantó despacio, recordando la noche anterior…
Del primer beso…
De las caricias suaves…de la manera como Henrico la hizo sentir.
De la forma como Henrico la trató con una delicadeza que jamás imaginó ver en aquel hombre temido por tantos.
Selena sonrió sola.
Cuando bajó al comedor, Hermínia ya arreglaba la mesa.
— Buenos días, madame — dijo la ama de llaves con una sonrisa — El café está fresquito.
Selena agradeció y comenzó a comer silenciosamente, aún sintiendo las mejillas enrojecer al recordar las manos de Henrico en su cintura la noche anterior.
Poco después, pasos firmes resonaron por las escaleras.
Henrico apareció.
El cabello aún despeinado, la camisa levemente abierta en el pecho, y una sonrisa maliciosa — una sonrisa que Selena no estaba acostumbrada a ver en él, pero que la dejó aún más avergonzada.
— Buenos días, querida esposa — dijo él, jalando una silla — ¿Dormiste bien?
Selena casi se atragantó con el café.
— S-sí… dormí muy bien.
— Imagino — respondió él, arqueando una ceja de forma provocadora.
Hermínia, disimulando la felicidad, casi dejó caer un plato.
La mesa, que siempre había sido silenciosa y tensa, parecía ahora otro ambiente.
Henrico sirvió café para sí mismo y observó a la esposa con una naturalidad intimidatoria.
Los dos habían acabado de terminar el café cuando Marcello entró en la salita con su modo apresurado.
— Jefe, ya está todo listo. Solo esperando al señor.
Henrico se levantó, acomodando la camisa en los hombros.
— Ya estoy yendo. El día de hoy promete.
Cuando iba a seguir a Marcello, Henrico se volvió hacia Selena.
Sin pensar dos veces — y sin importarle quién observaba — sujetó el rostro de ella con una de las manos y besó sus labios allí mismo, sin aviso.
Selena abrió los ojos, sorprendida.
Hermínia casi bate palmas.
Marcello quedó mudo.
¿El hombre que conocía como “la fiera indomable” ahora besaba a la esposa en el desayuno?
Imposible.
Pero lo estaba viendo con los propios ojos.
— Querida — dijo Henrico, sujetando el mentón de ella — prometo volver para la cena.
Y salió.
Selena tocó los labios aún sintiendo la marca del beso.
El carro blindado se deslizó por el galpón abandonado donde acontecería el recibimiento de las armas.
Henrico, como siempre, se mantuvo dentro del vehículo hasta que fuese realmente necesario salir.
Él era el mafioso de las sombras — pocos sabían cómo era su rostro. Muchos lo temían sin nunca haberlo visto.
Marcello, armado, descendió primero.
El cargamento ya estaba siendo descargado cuando un grupo de hombres apareció por el canto del galpón.
Marcello frunció el ceño.
— Por lo que veo… tenemos compañía.
Henrico, desde dentro del carro, elevó la mirada.
En segundos, percibió lo que estaba aconteciendo: intrusos.
Los antiguos clientes para quienes las armas estaban destinadas antes de que Henrico comprase todo — y pagase por adelantado — para quedarse con el cargamento entero.
La confusión comenzó rápido.
Gritos, discusiones, empujones.
Los hombres de Henrico intentaban mantener el control, pero los intrusos querían pelear.
Henrico suspiró hondo.
— Él descendió del carro — comentó uno de los guardias, con miedo en la voz.
La puerta se abrió despacio y Henrico surgió.
Arma en la mano.
Mirada mortal.
Pasos firmes.
Cuando su presencia fue percibida, el barullo disminuyó.
— ¿Qué está aconteciendo aquí? — preguntó él, la voz cortante.
Uno de los intrusos, irritado, replicó:
— ¡Este cargamento también es nuestro! ¡Ya habíamos hecho el encargo!
Henrico levantó el arma despacio.
— Usted hizo el encargo.
Pero yo pagué por adelantado.
Y cuando yo pago… la mercancía es mía.
El hombre que negoció con Henrico intentó intervenir.
— Señores, por favor, yo ya expliqué. Don Henrico… él—
Al oír aquel nombre, los intrusos congelaron.
— ¿Don Henrico?
— ¿Él mismo?
— ¿El Don de las Sombras?
El hombre que hablaba más alto comenzó a temblar.
— D-Don Henrico… perdóneme. Yo… yo no sabía que era usted. Pido disculpas por haber levantado la voz.
Henrico mantuvo el arma baja, pero firme.
— Salgan de aquí.
Ahora.
— No estorben a mis hombres.
Y agradezcan por yo estar de buen humor hoy.
El grupo comenzó a retroceder, apavorado.
— ¡Sí, sí, claro, Don Henrico! ¡Perdón, perdón!
En segundos, desaparecieron como ratones huyendo del fuego.
Marcello soltó el aire, aliviado.
Henrico guardó el arma en la pistolera y dio una leve sonrisa de lado.
— Marcello…
— ¿Sí, jefe?
— Vamos a terminar luego esto. Quiero estar en casa para la cena.
Marcello rió.
— Ah, sí. Ahora yo entendí el motivo de la prisa.
Henrico no comentó.
Pero sus ojos revelaron algo nuevo.
Algo raro.
Un hombre peligroso… ansioso para volver para su esposa.
En el camino de vuelta, Marcello osó comentar.
— Jefe, por lo que vi en el desayuno, aquel beso, Selena ya consiguió dominarlo, pues hasta ahora no estoy creyendo.
— Marcello, ninguna mujer va a dominarme, más ya que estamos casados, tenemos que actuar como una pareja.
— Jefe, entonces usted ya aprendió lo que se hace con una esposa, eso quiere decir que ayer hubo una revolcada legal.
Marcello era el único que osaba a tener esa intimidad con Henrico, pues los dos eran muy unidos.
— Marcello, usted no cree que quiere saber demasiado, dentro de poco va a querer que yo le narre los detalles también.
— Jefe, bien que quería, y ahí ¿cómo fue? ¿Ella lo sorprendió? ¿Valió el precio que pagó por ella?
— Sabe, yo y Selena conversamos mucho ayer, para ser sincero yo pagaría cien veces más el valor que pagué.
— ¿En serio, Jefe, entonces no me engañé, Selena además de bonita es buena en la cama, experimentada.
— Ahí es que usted se engaña, ella es virgen, creo que si el padre de ella supiese de este detalle, cobraría mucho más por ella.
— Jefe, no creo... virgen, ni las chicas de 13 años hoy, la mayoría no es más virgen, ¿una mujer como Selena virgen?
— Sí, yo tampoco estaba creyendo, tuve que ponerla a prueba.
— ¡Ah! ¿Entonces usted ya le quitó la pureza ayer?
— Marcello, basta usted está queriendo saber mucho de la intimidad mía con mi esposa, más confieso que ella me está sorprendiendo.