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La Cláusula Del Deseo

La Cláusula Del Deseo

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Malentendidos / Grandes Curvas / Completas
Popularitas:7.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Ámbar Di Marco, una joven curvilínea de belleza clásica, siempre amó en silencio a Alexander Sterling, el magnate naviero que años atrás la humillaba por su timidez y su cuerpo. Tras la muerte de su abuelo, un testamento obliga a ambas familias a unirse mediante un matrimonio de conveniencia y a concebir un heredero en el plazo de un año.
Convencido de que Ámbar lo manipuló para atraparlo, Alexander la recibe con desprecio. Pero la convivencia y la intensa atracción entre ellos comienzan a derribar sus prejuicios. Mientras el orgullo y los secretos amenazan con separarlos, Alexander descubrirá que la mujer que juró rechazar es, en realidad, la única capaz de cambiar su corazón.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13: El Último Latigazo de la Rival

Las paredes de cristal del gran invernadero de la mansión Sterling filtraban una luz de tarde tibia, tamizada por la niebla suave que solía levantarse sobre la bahía al caer las cuatro. Era un espacio amplio, majestuoso y sereno, construido décadas atrás por los antiguos patriarcas para albergar especies botánicas raras Traídas de climas tropicales. El aroma profundo a tierra húmeda, hojarasca fresca y el perfume dulce y penetrante de las orquídeas en flor llenaba el aire, convirtiendo la estancia en el único rincón de toda la propiedad donde la paz parecía absoluta.

Ámbar se encontraba al fondo del pasillo central, entre hileras de helechos gigantes y maceteros de cerámica esmaltada. Llevaba un vestido sencillo pero sumamente elegante de lino blanco que amoldaba con delicadeza la magnificencia de su silueta, marcando la curva pronunciada y firme de sus caderas, la pequeñez de su cintura y la plenitud suave de su pecho. Tenía el cabello oscuro recogido en un moño bajo y desenfadado, del que se escapaban algunos mechones suaves que le acariciaban el cuello de porcelana. En la mano derecha sostenía unas tijeras de podar de bronce, cortando con cuidado los tallos marchitos de una orquídea de color violeta profundo.

Tras las intensas conversaciones de los días anteriores y las confesiones desgarradoras de Alexander en la penumbra de la suite, Ámbar necesitaba ese contacto con la naturaleza. Necesitaba respirar sin el peso de las miradas de los sirvientes, sin el recuerdo constante de las cartas del abuelo y sin la abrumadora intensidad de un esposo que ahora buscaba adivinar cada uno de sus deseos para reparar las heridas del pasado.

Sin embargo, la calma de la tarde estaba a punto de hacerse pedazos.

A pesar del cambio radical en la actitud de Alexander y de su determinación por limpiar el nombre de los Di Marco, las garras del pasado intentaban dar un último golpe, desesperado y venenoso.

En la planta baja de la mansión, el ambiente era bullicioso. Alexander se encontraba en la biblioteca principal, reunido con el equipo de contadores forenses, auditores y los abogados penales que lideraban el proceso contra el tío Roberto. Las auditorías ordenadas por el magnate habían comenzado a dar frutos destructivos para los conspiradores: se habían congelado las cuentas bancarias de las empresas fantasma, se habían emitido órdenes de presentación judicial y la firma de la familia Vance se encontraba al borde del colapso inminente.

Cynthia Vance, al enterarse de que la implacable maquinaria legal y financiera de los Sterling estaba desmantelando sin piedad los negocios ilegales de su familia y destruyendo su futuro de lujos, perdió por completo el juicio. Fuera de sí, consumida por una mezcla de pánico, histeria y rabia ciega, la modelo se presentó en la mansión sin anunciarse.

Conociendo la distribución de los jardines por sus visitas pasadas y aprovechando que la atención de la guardia principal estaba concentrada en el convoy de ejecutivos y contadores que entraba y salía de la residencia, Cynthia logró burlar los controles de la entrada posterior. Cruzó los rosales a pasos apresurados y se adentró en el pabellón de cristal.

El sonido seco de unos tacones finos percutiendo con violencia contra las baldosas de terracota rompió la atmósfera tibia del invernadero.

Ámbar no se sobresaltó. Detuvo las tijeras de podar en el aire, sintiendo una corriente de aire frío colarse por la puerta entornada, y escuchó el eco de unos pasos atropellados que se acercaban rápidamente por el pasillo de los helechos.

—¡Arruinaste a mi familia, pedazo de basura! —gritó Cynthia, con la voz quebrada por una histeria descontrolada.

La modelo irrumpió en el pasillo lateral. Distaba mucho de la figura pulida, altiva y perfectamente maquillada que solía lucir en las portadas de revistas y en las galas benéficas de la alta sociedad. Llevaba un vestido de seda arrugado, la melena rubia desaliñada y el rostro pálido marcado por sombras oscuras bajo los ojos. Tenía los labios temblorosos y la mirada desorbitada, teñida por un odio venenoso.

Ámbar no dio un solo paso atrás. Lejos de asustarse o mostrar debilidad, se giró lentamente sobre sus talones. Mantuvo las tijeras de podar sosteniéndolas con firmeza en la mano derecha, cruzó los brazos a la altura de la cintura y miró a la mujer que durante meses había intentado destruirla. En los ojos oscuros de Ámbar no había rabia ni pánico; solo había una frialdad serena, una dignidad inquebrantable y una elegancia natural que dejaron a Cynthia completamente descolocada por un segundo.

—Convenciste a Alex de auditoría tras auditoría... ¡Lo llenaste de veneno contra nosotros! —siguió chillando la modelo, acercándose a ella con los puños cerrados y los nudillos blancos por la tensión—. ¿Crees que eres muy lista, verdad? ¿Crees que porque lograste meterte en su cama y hacerte la víctima con esas cartas viejas ya ganaste la partida? ¡Mírate! Eres solo una mujer gorda a la que usaron para tapar un hueco financiero. ¡Una vulgar intrusa que nunca va a pertenecer a nuestro mundo!

El insulto retumbó entre las paredes de cristal, pero chocó contra la muralla de aplomo de la joven. Ámbar la contempló en silencio durante un instante, notando el temblor en las manos de la rival y la desesperación de quien se sabe acorralada.

Lentamente, Ámbar dio un paso al frente. Su vestido de lino blanco rozó las hojas verdes de las orquídeas mientras ajustaba la postura, erguida, alta y llena de una compostura majestuosa que empequeñeció la figura demacrada de la modelo.

—La única que se arruinó sola fuiste tú y la codicia de tu padre, Cynthia —dijo Ámbar con una voz pausada, grave y profundamente firme que resonó con la autoridad de una verdadera señora de la casa—. Mi esposo no necesitó que yo lo convenciera de nada. Le bastó con abrir los ojos y revisar las pruebas del fraude que ustedes organizaron a espaldas de mi familia.

Cynthia ahogó un gemido de rabia, apretando los dientes.

—Alexander sabe toda la verdad —continuó Ámbar, sin perder la calma, fijando su mirada en los ojos descompuestos de la rubia—. Sabe de los chantajes podridos a los que sometieron a mi tío Roberto, sabe de las cuentas falsas en el extranjero y sabe perfectamente de cada una de tus mentiras descaradas sobre él. Tu juego se acabó, Cynthia. Te sugiero que salgas de esta casa y de esta propiedad inmediatamente, antes de que ordene a los guardias que te saquen por la fuerza.

—¡Mientes! ¡Él me ama a mí! —chilló la modelo, perdiendo el último vestigio de control sobre sus actos—. ¡Alex siempre fue mío antes de que tu presencia arruinara nuestras vidas! ¡No voy a dejar que una estúpida como tú se quede con todo!

Ciega de furia y reducida a una violencia primaria, Cynthia dio dos pasos rápidos hacia adelante y alzó las manos con las uñas afiladas dirigidas hacia el rostro de Ámbar, avanzando con la intención manifiesta de empujarla y agredirla físicamente.

Ámbar no se inmuto ni retrocedió. Alzó la mano izquierda para bloquear el golpe, pero no hizo falta.

Antes de que las uñas de la modelo pudieran rozar la piel o la seda del vestido de Ámbar, una mano de hierro irrumpió en el aire y le atrapó la muñeca a Cynthia con un impacto seco y definitivo.

El crujido del agarre hizo que la modelo soltara un alarido de dolor.

Alexander surgió desde el pasillo del invernadero como una fuerza de la naturaleza fuera de control. Se había despojado de la chaqueta del traje y llevaba la camisa blanca ligeramente abierta en el cuello, pero su presencia llenó por completo el recinto. Su rostro, habitualmente sereno y frío en los negocios, estaba completamente transfigurado por una furia letal, oscura y aterradora. Los músculos de su mandíbula estaban tan tensos que parecían a punto de estallar, y sus ojos grises despedían chispas de odio puro.

Sin soltar la muñeca de la rubia, la apretó con una presión inflexible que obligó a Cynthia a doblar las rodillas, soltando las tijeras de la rabia que no pudo ejecutar.

—Si vuelves a ponerle una sola mano encima a mi esposa —dijo Alexander con un tono bajo, gutural y rasposo, tan cargado de una amenaza real que el aire alrededor pareció helarse—, te juro por la memoria de mi familia que terminarás en la cárcel junto con tu padre antes de que se ponga el sol.

Con un gesto de profundo asco, como si estuviera tocando algo infectado, Alexander arrojó la mano de Cynthia a un lado, haciéndola tambalearse contra una mesa de madera.

De inmediato, el magnate dio un paso al frente y se interpuso entre ambas mujeres. Su espalda ancha y sus hombros poderosos formaron un muro impenetrable frente a Ámbar, cubriéndola por completo de cualquier peligro, mientras colocaba una mano protectora hacia atrás, buscando la cintura de su esposa para asegurarse de que estuviera a salvo.

—Lárgate de mi propiedad. Ahora —ordenó Alexander, señalando la salida con un dedo rígido y una voz que resonó como un trueno bajo el techo de cristal.

Cynthia se llevó la muñeca dolorida contra el pecho, jadeando. Miró a Alexander con la esperanza desesperada de encontrar algún rasgo de duda, algún atisbo de la antigua complicidad o el distanciamiento frío que él solía mostrar hacia Ámbar. Pero no encontró nada. En los ojos grises del hombre solo vio una furia implacable, una devoción absoluta y un instinto protector feroz, casi salvaje, volcado por entero hacia la mujer de lino blanco que estaba a su espalda.

La modelo comprendió en ese instante, con una claridad cruenta e irrebatible, que no solo había perdido los millones y la posición social; había perdido la guerra de forma definitiva. Alexander nunca había sido suyo, y jamás volvería a mirarla sin desprecio.

Aplastada por el peso de su propia humillación, Cynthia soltó un sollozo ahogado, dio media vuelta y salió corriendo por el pasillo del invernadero, tropezando con sus propios tacones mientras sus lágrimas amargas manchaban las baldosas de terracota.

Cuando el eco de sus pasos se perdió en la distancia de los jardines y los guardias de seguridad acudieron finalmente para escoltar a la intrusa fuera de los límites de la mansión, el silencio volvió a instalarse en el invernadero.

Alexander no se giró de inmediato. Respiraba con dificultad, intentando dominar la tormenta de ira que aún le rugía en las venas. Luego, con una lentitud llena de cuidado, se volvió hacia Ámbar.

La furia letal de su rostro desapareció al instante, reemplazada por una angustia infinita y una ternura transparente. Tomó el rostro de Ámbar entre sus manos grandes, buscando con la mirada cada rasgo de su piel para asegurarse de que la intrusa no la hubiera rozado.

—¿Te hizo daño? ¿Llegó a tocarte? —preguntó él con la voz alterada, temblando visiblemente mientras le acariciaba las mejillas con los pulgares.

Ámbar levantó sus manos suaves y las colocó sobre las muñecas de su esposo. Sintió la aceleración del pulso de Alexander y la fijeza protectora con la que la contemplaba, y por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa tranquila y luminosa asomó a sus labios carnosos.

—Estoy bien, Alexander —respondió ella con dulzura, apoyando la mejilla contra una de sus palmas—. No llegó a tocarme. Estoy perfectamente bien.

Alexander la atrajo hacia su pecho en un abrazo apretado y profundo, escondiendo el rostro en el cuello de su esposa e inhalando el aroma a jazmín y orquídeas que emanaba de su piel.

—No volveré a permitir que nadie en este mundo te falte al respeto ni intente hacerte daño —susurró él contra su piel, sellando la promesa con un beso largo y reverente sobre su hombro—. Eres mi esposa, Ámbar. La única mujer que reina en esta casa y en mi vida.

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Angelina Cabezas Cid
buu que tonta debería de haberlo hecho sufrir un poco más, por como la trató el día después que tuvieron relaciones
JZulay
Una hermosa historia de redención y amor ❤️

💯 recomendada 😉👌🏼
JZulay
🥰❤️🤗...bello... Ale 😉
Marta Gutierrez
El 18 no esta
Marta Gutierrez
El capítulo 17:se repite 2 veces 🤭
Marta Gutierrez
Esperemos que se de cuenta y se enamore de ella y deje definitivamente a la zorra
Marta Gutierrez
Y yo que le dije que resistiera pero no, no hizo caso y ahí están las consecuencias, el ahora se va con su tabla
Marta Gutierrez
Pero , no lo hizo sufrir ni un poquito
JZulay
muro 🧱 protector 🥰❤️🥰🥰
Marta Gutierrez
Sabido que iba a caer . Que sufra un poco más el esposo así aprende
JZulay
más te vale /Slight/
JZulay
vas a pedir cacao después /Smug//Slight//Proud/
JZulay
/Drool/🔥/Heart/....ahh....no qué, no !!! /Slight//Joyful//Facepalm//Facepalm/
JZulay
Ámbar ....no se lo hagas fácil /Smug/
se derretirá por el pay , pero que le cueste /Slight//Doubt/
Massiel Aguirre
Excelente Bendiciones
Yadis Garay
no caigas ambar
Yadis Garay
esres un estupido alexander no lo perdones amber
Yadis Garay
desgraciada vibora🤭🤭
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