En su primera vida, ella fue invisible.
Hija mayor de una familia rica, creció viendo cómo el amor, la protección y las oportunidades se volcaban exclusivamente sobre su hermana menor. Sus padres la culparon por errores ajenos. Sus hermanos la ignoraron. Cuando el peligro llegó a casa, no dudaron en ofrecerla como sustituta, como cebo, como sacrificio.
Murió a manos de un asesino que nunca pagó por su crimen.
Y su familia… nunca buscó justicia.
Pero la muerte no fue el final.
Despierta en un nuevo cuerpo, en una familia poderosa donde es amada, protegida e intocable. Cuatro hermanos dispuestos a mancharse las manos por ella. Un hombre peligroso, heredero de un imperio, que la ama sin condiciones y la convierte en su esposa sin pedir explicaciones.
Con una nueva identidad y un poder que antes le fue negado, regresa para enfrentar a quienes la destruyeron. No busca perdón. No quiere respuestas.
Renació para verlos caer.
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7. No Fue Casualidad
El auto se detuvo en el estacionamiento y Lucien fue el primero en bajar. Rodeó el vehículo y ayudó a Isabella a salir con un gesto natural, sin exagerar, pero atento. Ella notó el detalle y le dedicó una breve sonrisa antes de seguirlo.
El restaurante era Le Céleste, un lugar elegante y discreto, frecuentado por personas que no necesitaban llamar la atención para demostrar poder. Apenas cruzaron la puerta, una joven los recibió con una sonrisa profesional que se transformó en sorpresa al reconocerlo.
—Señor Salazar —saludó—. Qué gusto verlo… y bien acompañado.
Lucien respondió con un leve asentimiento y permitió que los guiara hasta una mesa apartada. Isabella percibió de inmediato que él era un cliente habitual. Todo fluía con demasiada naturalidad.
Lucien se encargó de pedir la comida sin consultar demasiado. Cuando los platillos llegaron, Isabella no pudo evitar sorprenderse. Cada uno de ellos era uno de sus favoritos. Exactamente como si alguien la conociera desde hace años.
Sonrió, decidiendo ignorar la coincidencia.
Conversaron con calma mientras cenaban, sin prisas ni silencios incómodos. El ambiente era cómodo, casi íntimo. Fue Isabella quien, de pronto, rompió la tranquilidad con una pregunta que llevaba rondándole la cabeza desde hacía rato.
—Lucien… —dijo con suavidad—. ¿Puedo preguntarte algo?
Él alzó la vista, atento.
—Claro.
—¿Por qué nunca te enamoraste ni te casaste? —preguntó—. Estuve en coma casi dos años… y aun así seguiste solo.
Lucien no respondió de inmediato. Apoyó los cubiertos con calma y la miró con una expresión serena, madura, sin dramatismo. Cuando habló, su voz fue firme y honesta.
—Porque no creo en llenar espacios por miedo a la soledad —dijo—. Amar a alguien no es una necesidad, es una decisión. Y yo nunca quise decidir mal.
Isabella guardó silencio.
—Esperé —continuó—. No porque supiera qué iba a pasar, sino porque cuando encuentras a alguien que te marca de verdad, lo demás deja de tener sentido. Casarme con otra persona habría sido traicionarme a mí mismo… y a ella.
No habló con tristeza ni con nostalgia exagerada. Lo dijo como quien acepta una verdad sin resentimiento.
Isabella se quedó sin palabras.
Bajó la mirada por un segundo, removiendo distraída su copa. En su mente, pensó que la verdadera Isabella había sido increíblemente afortunada. No cualquiera tenía a un hombre dispuesto a esperar sin exigir, sin reclamar, sin reemplazar.
Sonrió con una mezcla extraña de gratitud y confusión.
Lucien la observó en silencio, como si hubiera dicho justo lo que necesitaba decir. Y por primera vez desde que despertó, Isabella sintió que aquel hombre no solo estaba a su lado…
sino que siempre lo había estado.
Al terminar la cena, salieron del restaurante sin demora. Isabella tenía que regresar a casa; su padre le había avisado que esa noche visitarían a los padres de su esposa. Lucien se encargó de llevarla de vuelta. El trayecto fue breve y tranquilo. Antes de bajar del auto, Isabella le agradeció por la comida con una sonrisa sincera. Lucien respondió del mismo modo, sin añadir nada más, como si entendiera que el momento no necesitaba palabras extra.
Apenas llegó, Isabella prácticamente corrió a su habitación para cambiarse. No tardó mucho en bajar. En la entrada la esperaba Matteo, el hermano del medio, quien se ofreció a llevarla. Iba acompañado de su novia, Clara, una chica alegre, parlanchina y de risa fácil que llenaba el espacio con naturalidad. Isabella se acomodó en el asiento trasero mientras escuchaba sus conversaciones, comentarios ligeros que le resultaban extrañamente reconfortantes.
Cuando el auto cruzó las rejas de la residencia, Isabella no pudo evitar sorprenderse.
La propiedad pertenecía a los Ferrantti, los padres de Elena Valcour. La mansión estaba rodeada de jardines amplios, árboles antiguos y senderos de piedra que transmitían una calma elegante. No era ostentosa, pero sí imponente, como todo lo que llevaba ese apellido.
Al entrar, los abuelos se levantaron de inmediato. Giovanni Ferrantti y Amelia Ferrantti sonrieron al ver a la familia, pero fue Isabella quien recibió toda su atención. La abrazaron con fuerza, sin disimular las lágrimas. Para ellos, ella era su tesoro más grande. La nieta que había regresado cuando ya habían empezado a perder la esperanza.
—Gracias a Dios… —murmuró Amelia, acariciándole el rostro—. Por fin despertaste.
Isabella sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas sin aviso. Al mirar a su abuela, algo en su pecho se apretó. Le recordó a su propia abuela. A la única persona que había llorado de verdad por Valeria. Bajó la mirada, respirando hondo, pero no pudo evitar llorar también.
Después de unos minutos, entraron todos a la residencia. Las conversaciones comenzaron a fluir mientras las empleadas servían un postre delicado y café. Isabella se levantó un poco antes que los demás y comenzó a observar las fotografías familiares dispuestas en una repisa larga. Imágenes de infancia, celebraciones, momentos simples y felices.
Entonces vio una que la detuvo.
Era una fotografía antigua. Dos mujeres un poquito más jóvenes sonriendo juntas. Una de ellas era Amelia Ferrantti. La otra… la otra era su abuela.
Isabella sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Te gusta esa foto? —preguntó una voz suave a su lado.
La abuela se había acercado sin hacer ruido. Isabella la miró, todavía impactada.
—Sí… —respondió—. Es muy bonita.
Amelia sonrió con nostalgia.
—Ella fue mi mejor amiga —dijo—. Una mujer maravillosa. Siempre hablaba de su nieta con tanto orgullo.
Isabella sintió que el mundo se detenía por un segundo.
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—¿Usted conoció a la nieta de esa señora? —preguntó Isabella con cautela, sin apartar la mirada de la fotografía.
Amelia Ferrantti asintió despacio.
—Sí —respondió—. La conocí cuando apenas era una bebé. Era muy pequeña… pero recuerdo bien a su abuela. Era una mujer fuerte, aunque la vida no fue amable con ella.
Isabella escuchaba en silencio.
—En su momento —continuó Amelia—, yo le dije que investigaría quién había matado a su hijo. Quería llegar al fondo de todo. Pero ella no quiso. Me pidió que no lo hiciera.
Isabella frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué? —preguntó casi en un susurro.
—Porque no quería que su nieta se viera envuelta en asuntos oscuros —respondió la anciana—. Ya había sufrido demasiado con la pérdida de su padre. No quería más dolor para esa niña.
Las palabras cayeron con un peso inesperado.
Isabella sintió una sacudida interna.
¿Su padre?
Siempre había creído que el hombre que la crió era su verdadero padre. Nunca había dudado de ello. Pero ahora… esa certeza comenzaba a tambalearse. Algo no encajaba del todo, y la sensación la dejó inquieta.
Quiso preguntar más. Mucho más.
Pero no tuvo oportunidad.
—Isabella —llamó su madre desde el otro lado de la sala—. Ya es hora, cariño. Nos vamos.
Ella levantó la vista, obligándose a sonreír. Asintió y volvió a mirar la fotografía una última vez. Dos mujeres unidas por una amistad profunda. Dos abuelas. Dos vidas entrelazadas de formas que recién empezaba a comprender.
Se acercó a despedirse de los abuelos, recibiendo abrazos cálidos y palabras cariñosas. Luego caminó hasta la salida junto a su familia, aunque su mente ya no estaba allí.
Mientras el auto se alejaba, Isabella apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos por un instante.
Había demasiadas piezas sueltas.
Demasiadas verdades enterradas.
Y una certeza comenzaba a tomar forma con claridad peligrosa.
Debía encontrar más información sobre su antigua familia.
Porque el pasado…
claramente aún no había terminado con ella.
oye Lucien préstame a tu prima que si es adivina en todo lo que dice.. jajajaja necesito averiguar varias cosas 🤣🤣🤣🤣😅😅😅