Ethan es un joven que vive la vida a través de un cristal hasta que el destino le enseña que no todo lo que brilla es oro.
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Stella.
Tres años en el invierno de Transilvania son suficientes para petrificar cualquier rastro de calidez. Tras la noche de los escaparates vacíos, la joyería Dragomir se había convertido en una carcasa de madera podrida y polvo. Ethan había sobrevivido a duras penas, atrapado en una parálisis de silencios y hambre, refugiado en la penumbra de un pueblo que lo miraba con la lástima incómoda que se le reserva a los malditos.
Entonces, cuando el frío parecía haber ganado la batalla definitiva, llegó Stella Brekman.
Stella era la antítesis de Transilvania: traía consigo el aire neoyorquino, la opulencia de la nueva era americana y una luz que no pedía nada a cambio. Hija de un magnate del acero estadounidense que expandía sus inversiones en el extranjero, Stella cruzó el camino de Ethan por puro azar. Pero donde otros veían a un artesano acabado, ella, con una sensibilidad educada en la pérdida, vio al hombre sincero y brillante que merecía una segunda oportunidad.
Como un acto de fe, un intento desesperado por sumar puntos al cielo, Stella se encargó de levantarlo. Financió un nuevo taller, importó herramientas modernas desde América y le devolvió el acceso al metal precioso. Stella guardaba un profundo y oscuro secreto en el fondo de su corazón, un dolor sordo que la unía a Ethan sin necesidad de palabras: el recuerdo de una pequeña niña que había dado en adopción años atrás, un acto de cobardía impuesto por su estricta familia que ahora le carcomía la conciencia día y noche. Ayudar a Ethan era su forma de buscar redención.
Ethan aceptó su mano y le agradeció con una devoción silenciosa. Sin embargo, el joven noble de dieciocho años había muerto en la estación de tren tres años atrás. Ahora, a sus veintiún años, Ethan era un hombre desconfiado, de respuestas cortas y mirada esquiva. Stella representó una nueva esperanza para su arte y su supervivencia, pero no para el amor; su capacidad de entrega estaba clausurada bajo llave.
Aun así, el orden parecía restaurarse. El oro volvía a brillar entre sus dedos y los encargos internacionales comenzaban a prosperar. Hasta que el destino decidió recordarle que la piedad es una ilusión.
La noticia llegó una tarde de tormenta a través de un telegrama del consulado americano. El avión en el que la señorita Stella Breckman viajaba se había desplomado. No hubo supervivientes.
Cuando Ethan terminó de leer el papel, no lloró. El dolor fue tan inmenso que rompió el contenedor de sus sentimientos. Se hundió en una soledad absoluta, densa, que se le pegó a la piel como el hollín del carbón. Miró la ventana, observando la lluvia golpear el fango del pueblo, y una certeza brutal e implacable se asentó en su mente: la gente buena muere joven. Las almas puras, como las de sus padres y la de Stella, solo servían para ser devoradas por la maquinaria del mundo.
Sus ojos, antes claros y expresivos, se oscurecieron por completo, adquiriendo el brillo gélido de la obsidiana negra. Comprendió la lección que el universo había intentado enseñarle dos veces: el mundo no es de los justos; el mundo es de los que saben vivirlo sin límites, de los que no temen aplastar para no ser aplastados.
Ese día, en el taller Dragomir, murió definitivamente el artesano noble. De las cenizas de su desgracia nació un Ethan diferente: un hombre que ya no buscaba justicia, porque la justicia era el consuelo de los débiles. Había perdido todo rastro de humanidad y empatía. Si el mundo era una fosa de lobos, él se convertiría en el depredador más letal, utilizando su genio, su cultura y su frialdad para reclamar lo que el destino le había arrebatado.