En los años de mayor esplendor de Al-Jazair, cuando la paz reinaba absoluta tras la gran victoria de Karim y Amara, el palacio real brillaba con una luz que parecía no pertenecer a este mundo. Los jardines eran eternamente verdes y floridos, las fuentes cantaban día y noche, y la gente vivía segura y feliz bajo el gobierno sabio y justo del Rey Zayn y la Reina Elena. Todos conocían y amaban la historia de su hijo mayor, Karim, el príncipe que había salido en busca de su destino, había vencido a la oscuridad y había traído la luz definitiva. Su nombre se contaba en canciones, en libros y en historias que las madres contaban a sus hijos antes de dormir.
Pero había otra historia, la de alguien que vivía en la misma sombra de esa gloria, alguien que tenía la misma sangre, la misma magia, pero un espíritu completamente distinto y salvaje. Era Layla, la hija pequeña de Zayn y Elena, nacida años después que su hermano.
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EL CAMINO HACIA LA OSCURIDAD.
El gran salón de estrategia del palacio de Al-Jazair estaba iluminado por antorchas mágicas que ardían con una luz dorada y azul, reflejo de las dos grandes casas que allí se reunían, y pronto se uniría la luz blanca de Zoraya. En el centro de la sala, sobre una mesa inmensa tallada en piedra negra y mármol, descansaba el mapa completo de los reinos conocidos, extendido hasta llegar a las tierras prohibidas del sur: el territorio de Malakor, un lugar cubierto de sombras perpetuas, donde el sol nunca brillaba y donde la magia oscura lo corrompía todo.
Los cuatro estaban allí, de pie alrededor de la mesa, erguidos, serios y poderosos. Karim, con la espada desenvainada sobre la mesa, símbolo de su fuerza y liderazgo; Amara, con un libro antiguo abierto ante ella, lleno de escrituras y sabiduría ancestral; Caelen, con su porte de príncipe antiguo, irradiando la luz de Velarion y recordando cada detalle de los tiempos en que la luz reinaba en todo el mundo; y Layla, con la mirada firme de guerrera, al lado de su amor, siendo el puente que unía todas esas fuerzas en una sola.
—Mirad —dijo Caelen, señalando con su dedo marcado de luz las tierras sombrías del sur—. Allí es donde se esconde. Allí se ha alimentado del miedo, de la tristeza y de la debilidad de los hombres durante veinte años. Malakor no solo quiere destruirnos a nosotros; quiere borrar todo rastro de magia pura, de luz y de vida. Cree que la oscuridad es el estado natural de todo, y que nosotros somos una anomalía que debe ser eliminada.
Karim asintió, apretando los puños con determinación. Conocía bien los daños que el hechicero había causado en las fronteras de sus reinos: aldeas destruidas, gente desaparecida, tierras que se volvían estériles y grises al contacto con la sombra.
—Ha enviado sus emisarios, sus sombras, para probar nuestra fuerza —dijo Karim con voz grave—. Sabía que algo estaba cambiando, sentía que el poder crecía en el norte y aquí mismo, en Al-Jazair. Pero ahora… ahora que sabe que tú has regresado, Caelen, y que estamos todos unidos, no se quedará esperando. O vamos nosotros, o vendrá él con toda su furia. Y es mejor que sea nosotros quienes vayamos a buscarlo, en su propio terreno, donde no espere un ataque.
Amara pasó su mano suavemente sobre el mapa, y bajo sus dedos, las zonas oscuras comenzaron a brillar con una luz tenue, revelando caminos ocultos, fortalezas y puntos débiles que antes eran invisibles.
—Las escrituras dicen —explicó ella con su voz serena y sabia— que su poder es absoluto mientras esté en su fortaleza, la Torre de la Noche Eterna. Allí se alimenta de la energía negativa que ha acumulado durante siglos. Pero también dicen que tiene una debilidad fatal: no soporta la unión de las tres luces. La luz de Velarion es su antítesis, la fuerza de Al-Jazair rompe sus barreras, y la sabiduría de Zoraya nos permite encontrar el camino exacto para herirlo donde más le duele.
Caelen miró a Layla, y al cruzar sus miradas, una chispa brillante saltó entre ellos, una energía que Karim y Amara reconocieron con una sonrisa de respeto y comprensión.
—Y lo que Layla y yo hemos creado juntos —añadió Caelen con firmeza— es algo que ni las antiguas profecías llegaron a imaginar. Nuestra unión ha despertado un poder que estaba dormido desde el principio de los tiempos: la capacidad de mezclar la luz pura con la fuerza vital. Ese es el arma definitiva, la sorpresa que Malakor no espera. Él cree que somos tres fuerzas separadas. Pero somos más. Somos cuatro, y somos una sola.
Pasaron horas planificando cada detalle: cómo moverían sus ejércitos, cómo protegerían a la gente inocente, cómo usarían la magia combinada para abrirse paso a través de la niebla oscura que rodeaba las tierras del sur. Era una guerra que no se ganaría solo con espadas, ni solo con hechizos; se ganaría con la unión perfecta de todo lo que eran y todo lo que representaban.
Cuando terminaron, el plan estaba claro: partirían al amanecer. Karim lideraría las tropas de Al-Jazair, fuertes y valientes. Amara iría con ellos, portando la luz de Zoraya para guiar el camino y proteger a los suyos de la corrupción oscura. Y Caelen y Layla irían a la cabeza, como la vanguardia, portando la luz de Velarion y el poder de su unión, siendo el faro que todos seguirían y el escudo que los protegería.
Al salir de la sala, Karim detuvo a Caelen un momento, poniendo una mano en su hombro con fraternidad y afecto.
—Gracias —le dijo Karim con sinceridad—. Gracias por existir, por haber encontrado a mi hermana y por completar lo que nos faltaba. Siempre supe que Layla estaba destinada a grandes cosas, pero nunca imaginé que su grandeza sería también encontrar a su otro yo, al hombre que estaba hecho para ella. Cuídala, Caelen. Y confía en mí, en Amara y en ti mismo. Juntos, esto es imposible que falle.
Caelen le sonrió, una sonrisa real y llena de hermandad.