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La Hechicera Que Reencarnó En El Siglo XXI

La Hechicera Que Reencarnó En El Siglo XXI

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Magia / Superpoder
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

Mariam fue, en su época, la hechicera más poderosa, temida y adorada de todo el continente. Con un ego tan grande como su magia y una belleza que hizo caer a reyes y dioses por igual, vivió mil años disfrutando de su poder, su riqueza y su libertad. Cuando finalmente su cuerpo antiguo decidió rendirse, ella esperaba ascender a un plano superior o, al menos, descansar en un palacio de nubes digno de su grandeza. Pero el destino, que siempre ha tenido un sentido del humor cuestionable, le tenía preparada una sorpresa: despertó siglos después, en un mundo donde la magia parece haber desaparecido, donde hay cajas que hablan, carruajes que corren sin caballos y ropa que se lava sola. Para su sorpresa, no renació en una choza ni en un reino olvidado. Mariam volvió a la vida como la única hija de una de las familias más ricas e influyentes del siglo XXI: los De la Vega. Con padres que la adoran, le dan todo lo que pide y la miran como si fuera la luz del sol.

NovelToon tiene autorización de Tatiana. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11: Perdidos en la naturaleza.

Todo empezó como una simple caminata. Después de comer, mis padres y los de Alexandro se habían sentado bajo la sombra del gran roble, demasiado cómodos y entretenidos con sus conversaciones como para moverse. Así que, con la típica confianza de quien conoce un lugar, nos dijeron que fuéramos a explorar un poco más allá, que siguiéramos el sendero que bordeaba el riachuelo, que era seguro y no tenía pérdida.

—Solo den un paseo corto —nos advirtió mi padre distraídamente—, no se alejen mucho.

Por supuesto, como suele pasar cuando nos dan instrucciones sencillas, nos alejamos mucho más de lo debido. Y no fue culpa mía, al menos no toda. Alexandro había dicho: "Vamos un poco más allá, dicen que hay una cascada pequeña que es bonita", y yo, que soy una amante de lo bello y lo grandioso, no pude negarme.

Caminamos, caminamos y caminamos. El sendero se fue estrechando, el sonido del agua se hizo más fuerte, los árboles se volvieron más altos y frondosos, y de repente, al dar una curva, nos dimos cuenta de que el camino se había perdido entre la maleza. Nos detuvimos, miramos alrededor, y luego nos miramos el uno al otro.

—Creo que nos hemos perdido —dijo Alexandro, con esa calma exasperante que lo caracteriza, metiendo las manos en los bolsillos y mirando los árboles como si fueran mapas.

Yo, en cambio, me paré en medio del camino —o lo que quedaba de él—, me crucé de brazos y solté un suspiro cargado de dramatismo y desaprobación. Miré a mi alrededor con desdén. Árboles, tierra, piedras, ramas… nada que no hubiera visto mil veces antes, pero en una versión muy rústica y sin ningún tipo de comodidad.

—Perdidos, extraviados, abandonados a nuestra suerte en medio de la nada —recité con tono trágico—. Qué maravilla. Qué día tan perfecto se está poniendo. Mira esto, Alexandro. ¡Míralo! No hay caminos pavimentados, no hay bancos cómodos, no hay ni una sola fuente de agua potable decorada con mármol, ni un rincón elegante donde sentarse. Es todo… naturaleza salvaje. Sin pulir. Sin estilo. Es una ofensa a la estética, de verdad.

Di unos pasos con mucho cuidado, levantando un poco la falda para que no tocara el suelo, como si la tierra pudiera mancharme o dañarme.

—¿Cómo es posible que a la gente le gusté esto? —seguí quejándome—. Sin electricidad, sin aire acondicionado, sin servicio de habitaciones… Si me hubieran dicho que terminaría caminando entre arbustos y suciedad, me habría quedado en casa leyendo. Esto es… básico. Demasiado básico para alguien como yo.

Alexandro se rió suavemente, se apoyó en el tronco de un árbol y me miró con esa sonrisa que mezcla la diversión y la ternura. —Te quejas de todo, Mariam. Estamos en un bosque precioso, el aire es puro, el paisaje es increíble… y tú solo ves lo que te falta. ¿Es que no puedes disfrutar de algo si no tiene lujo o si no es perfecto desde el principio?

Levanté la barbilla, ofendida por la pregunta. —Por supuesto que no —respondí con total naturalidad—. La perfección no existe por sí misma, querido. Hay que crearla. Y si el entorno no me gusta, si es aburrido, si es feo o si es demasiado… sencillo, entonces lo cambio. Porque para eso estoy yo. Para mejorar lo que existe.

Y sin esperar más, decidí que ya era hora de poner mi toque personal a aquel lugar. Si teníamos que estar ahí, perdidos, al menos no íbamos a estar en un bosque cualquiera. Iba a ser el bosque más hermoso, deslumbrante y mágico que hubiera existido jamás.

Cerré los ojos un segundo, concentré mi energía en las yemas de los dedos y, con un movimiento amplio y elegante de mis brazos, liberé mi magia hacia todo lo que nos rodeaba. Fue como si una ola de luz dorada recorriera el suelo, subiera por los troncos y tocara cada hoja, cada flor, cada rama.

Al instante, el paisaje cambió. Las flores silvestres, que antes eran pequeñas y de colores apagados, crecieron hasta duplicar su tamaño, se volvieron más brillantes, más intensas, rojas, azules, doradas, violetas, llenando el suelo de una alfombra colorida y perfumada. Los árboles, que antes eran altos y oscuros, ahora tenían hojas que brillaban con un resplandor suave y cálido, como si capturaran la luz del sol y la guardaran para sí mismas. Las ramas se curvaron graciosamente, formando arcos y pasillos naturales, como si el bosque mismo se hubiera convertido en un jardín real.

Hice que el riachuelo, que pasaba cerca, corriera más claro, más rápido, y que el agua brillara como cristal líquido, reflejando el cielo y los árboles con una claridad perfecta. Incluso hice que aparecieran flores trepadoras que cubrían las rocas, y que el aire se llenara de una brisa suave, perfumada y fresca, justo la temperatura ideal, ni frío ni calor.

Cuando abrí los ojos, el lugar era irreconocible. Ya no era un bosque cualquiera. Era un lugar de cuento de hadas, brillante, colorido, armonioso y absolutamente maravilloso. Me giré hacia Alexandro con una sonrisa de satisfacción absoluta, muy orgullosa de mi obra.

—Ahí tienes —le dije, señalando a mi alrededor con un gesto grandioso—. Eso es lo que yo llamo naturaleza. Embellecida, mejorada, perfeccionada. ¿Ves qué diferencia? Antes era un lugar olvidado, ahora es un palacio al aire libre. Básicamente, he hecho un favor al mundo entero al pasar por aquí.

Esperaba que me felicitara, que me dijera que era increíble, que tenía razón y que todo estaba mil veces mejor. Y lo hizo, en parte. Alexandro miró a su alrededor, recorriendo con la mirada los árboles brillantes, las flores gigantes, el agua resplandeciente, y asintió lentamente.

—Es impresionante —admitió él, con voz suave—. Tienes un don, Mariam. Donde tú pones la mano, todo se vuelve más hermoso, más vivo, más… tuyo. Has convertido este rincón salvaje en algo que parece sacado de tus sueños. Es magia poderosa, muy poderosa.

Se acercó a mí, dio unos pasos lentos por entre las flores que yo había hecho crecer, pero no miraba mis creaciones con la misma admiración que yo esperaba. Miraba con respeto, con cuidado, casi con reverencia. Y luego, se detuvo frente a mí, y su expresión cambió, se volvió más seria, más profunda.

—Pero hay algo que no entiendes —dijo él bajito—. O que no te has parado a ver.

Fruncí el ceño, cruzándome de brazos de nuevo, esta vez con curiosidad mezclada con mi orgullo habitual. —¿Qué cosa? ¿Qué he hecho mal ahora? ¿Es que el color de las flores te parece demasiado vivo? ¿Que el agua brilla demasiado? De verdad, Alexandro, te quejas de todo.

Él negó con la cabeza y sonrió levemente. Extendió la mano hacia un árbol viejo, uno de los pocos que yo no había tocado mucho, porque su corteza era rugosa, oscura y, para mis estándares, fea y sin gracia. Pero cuando Alexandro puso su mano sobre el tronco, ocurrió algo que me dejó sin habla.

No hubo luces doradas, ni cambios de color, ni flores nuevas. Simplemente… el árbol pareció respirar. Una energía antigua, lenta, fuerte y profunda empezó a fluir desde donde él tocaba, recorriendo la corteza, subiendo por las ramas, vibrando en las hojas. No era magia de creación, ni de cambio, ni de control. Era magia de conexión.

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😍Jacky😘💓✨
es prepotente, engreída e inmadura, tenía que nacer en una familia pobre para que valorará todo y ser más humilde.. tiene que aprender😏
Nadezhda
Inmadura
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