Miranda Moreno tiene un objetivo del que no piensa desviarse: casarse con el hombre más poderoso del país. Lo que comienza como un plan cuidadosamente calculado podría convertirse en el mayor riesgo de su vida, porque el poder siempre tiene un precio... y el corazón no sigue estrategias.
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Capítulo 23 - Un nuevo comienzo
El automóvil se detuvo frente a la residencia de Cristóbal.
Esta vez, Miranda no pudo evitar observarla con atención.
"Esta será mi casa...", pensó.
Aunque mantuvo la expresión tranquila, por dentro una mezcla de emoción y satisfacción la recorrió.
Cristóbal bajó del vehículo y, como siempre, se aseguró de abrirle la puerta.
Entraron juntos.
El silencio de la casa contrastaba con la energía de la cena familiar.
Cristóbal la guió hasta la habitación principal.
—Esta es mi habitación.
Miranda observó el espacio con curiosidad.
Sobre la cama habían varias bolsas perfectamente acomodadas.
—¿Esas bolsas?
Cristóbal sonrió.
—Todo es tuyo.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Todo?
—Además...
Tomó una caja que estaba sobre una mesa y se la entregó.
—Aquí están los regalos que me devolviste.
Miranda abrió los ojos al reconocerlos.
—Cristóbal, esto es demasiado. No puedo aceptarlo.
Él negó suavemente.
—Ahora eres mi prometida.
Se acercó a ella.
—Serás mi esposa. Quiero compartir contigo todo lo que tengo.
Miranda bajó la mirada hacia la caja.
—¿Estás seguro de que quieres casarte conmigo?
Hizo una pausa.
—Porque yo...
Cristóbal no la dejó terminar.
Tomó su mano.
—El afortunado soy yo.
Sus ojos reflejaban una seguridad absoluta.
—No sabes cuánto significa para mí que hayas aceptado. Eres una mujer increíble, Miranda.
Sonrió.
—Y me tienes completamente loco por ti.
Aquellas palabras hicieron que Miranda olvidara por un instante todos sus planes.
Lo miró a los ojos y lo besó.
Al principio fue un beso suave, lleno de emocione..
Pero la cercanía, la atracción y todo aquello que habían intentado controlar hicieron que ambos perdieran la noción del tiempo.
Terminaron sobre la cama, abrazados, sin dejar de buscarse.
Cristóbal se detuvo al notar que Miranda se había quedado seria.
Ella respiró profundamente y apartó la mirada.
—No fue buena idea venir aquí.
Él comprendió de inmediato.
No había enojo en su expresión, solo cariño.
—Tienes razón.
Se apartó con calma.
—Es evidente que todavía necesitamos tiempo.
Miró sus ojos.
—Pero quiero que estés tranquila.
Tomó su mano.
—No pasará nada entre nosotros hasta que tú quieras.
Aquella respuesta sorprendió a Miranda.
Esperaba presión.
Insistencia.
Pero encontró respeto.
—Gracias.
Cristóbal sonrió.
—No tienes que agradecerme por respetarte.
Después de eso, ambos decidieron tomar un momento para tranquilizarse.
Cada uno se ducho y vistió y, más tarde, estaban juntos en la habitación.
Por primera vez, se acostaron juntos sin que existiera una promesa que cumplir ni una decisión que tomar.
Solo estaban ellos.
Cristóbal cerró los ojos con una sonrisa.
A su lado estaba la mujer que pronto sería su esposa.
Y Miranda, mirando el techo en silencio, comprendió que aquella noche había descubierto algo que no esperaba:
Cristóbal no solo quería tenerla.
También sabía esperar por ella.
......................
Los primeros rayos del sol se filtraron entre las cortinas de la habitación.
Miranda abrió lentamente los ojos.
Giró la cabeza.
Cristóbal seguía profundamente dormido. Su respiración era tranquila y, por primera vez desde que lo conocía, su rostro reflejaba una paz absoluta.
Procurando no despertarlo, salió con cuidado de la cama.
Su mirada se dirigió inmediatamente hacia las bolsas que habían quedado sobre una silla.
La curiosidad terminó por vencerla.
Abrió la primera.
Sus ojos brillaron al descubrir varias prendas de diseñador, cuidadosamente dobladas.
Tomó una de ellas entre sus manos y acarició la tela con admiración.
Luego abrió otra bolsa.
Dentro habían dos elegante pares de zapatos de diseñador.
A un lado descansaban dos bolsos que combinaban perfectamente con ellos.
Todo había sido elegido con un gusto impecable.
Miranda sonrió sin poder evitarlo.
Continuó revisando hasta encontrar la caja que Cristóbal le había entregado la noche anterior.
La abrió lentamente.
Allí estaban todas las joyas que le había devuelto durante el último mes.
Cada una de aquellas piezas que había rechazado para convencerlo de que no la interesaba su fortuna.
Las tomó una por una, dejando que el brillo de las piedras se reflejara en sus ojos.
Una sonrisa de satisfacción apareció en su rostro.
—Esta es la vida que merezco... —susurró.
Volvió a contemplar la habitación, la ropa, las joyas y el lujo que la rodeaba.
—...y apenas empiezo.
Cerró la caja con cuidado.
Sin embargo, al volver la vista hacia la cama y encontrar a Cristóbal durmiendo plácidamente, su sonrisa cambió por un instante.
Había algo en aquel hombre que empezaba a desordenar el plan que llevaba días construyendo.
Sacudió ligeramente la cabeza, como si quisiera alejar ese pensamiento.
No debía confundirse.
Aún tenía un objetivo muy claro.
Y no estaba dispuesta a perderlo de vista.
...—
—¿Tan temprano despierta?
La voz grave de Cristóbal la sobresaltó.
Miranda se volvió apenas y lo encontró de pie, con el cabello ligeramente despeinado por el sueño.
Él sonrió con ternura.
Sin pensarlo demasiado, se acercó hasta quedar detrás de ella y la rodeó suavemente con los brazos.
Apoyó el mentón sobre su hombro.
—Buenos días, prometida.
Miranda sonrió, pero, al sentir la cercanía de sus cuerpos, comprendió de inmediato el efecto que aquella intimidad estaba provocando en él.
Un intenso calor le subió al rostro.
Las mejillas se le tiñeron de rojo y, con evidente nerviosismo, dio un pequeño paso al frente para romper el abrazo.
Cristóbal tardó apenas un segundo en comprender su reacción.
Se pasó una mano por la nuca, algo avergonzado.
—Perdón... no quise incomodarte.
Miranda evitó mirarlo directamente.
—No... solo... me cuesta acostumbrarme a tanta cercanía.
Él sonrió con dulzura.
—Lo entiendo.
Con absoluta naturalidad, dio un paso atrás para darle su espacio.
—Prometí que respetaría tus tiempos... y voy a cumplir mi palabra.
Miranda levantó la vista y encontró en sus ojos la misma sinceridad de siempre.
Sin poder evitarlo, sonrió.
Cada día le resultaba más difícil recordar que todo aquello había comenzado como un plan.
Cristóbal sonrió con comprensión al notar que Miranda seguía algo avergonzada.
—Haré algo mejor —dijo con calma—. Iré a ducharme a otro lugar.
Ella levantó la vista, sorprendida.
—Mientras tanto, usa el baño con tranquilidad. Tómate el tiempo que necesites.
Miranda asintió con una tímida sonrisa.
—Gracias.
Cristóbal tomó la ropa del armario y, antes de salir de la habitación, se volvió hacia ella.
—Cuando estés lista, bajamos a desayunar.
Ella respondió con un leve movimiento de cabeza.
—Está bien.
Él abandonó la habitación y cerró la puerta con suavidad, dejándola sola para que pudiera prepararse con total privacidad.
El documento prenupcial de separación de bienes.
Nicolás no creé en ti
Valentina tampoco creé en ti y hará lo que sea por defender a su hermano de tus garras.
Cristóbal te la llevastes a tú casa y ella no va a desaprovechar esa oportunidad.