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Mi Esposo Me Envenenó el Vientre

Mi Esposo Me Envenenó el Vientre

Status: Terminada
Genre:Venganza / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:0
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Valentina lo dio todo por su matrimonio. Cinco años soportando las humillaciones de su suegra, que la llamaba estéril. Cinco años aguantando la indiferencia de Adrián, el hombre que juró amarla. Cinco años creyendo que la culpa de no poder embarazarse era suya.

Hasta que un accidente le reveló la verdad: alguien le había estado dando drogas anti-ovulatorias a escondidas. La mujer que todos llamaban estéril nunca lo fue. Le envenenaron el vientre a propósito.

A partir de ese momento, Valentina dejó de llorar en silencio. Con la ayuda de Santiago —un abogado brillante que ve en ella la fuerza que nadie más quiso ver—, Valentina emprende su camino de vuelta: atrapa a los culpables, recupera su dignidad y construye desde cero la vida que le robaron.

Pero la traición tiene raíces profundas. Mientras Valentina renace, sus enemigos no van a quedarse de brazos cruzados. Y el pasado de Santiago también esconde heridas que amenazan con alcanzarlos a ambos.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

El ambiente en la granja esa tarde hervía, y no solo por el sol abrasador, sino por la llegada de dos personas que Adrián jamás habría esperado.

Un trabajador se le acercó con gesto incómodo.

—Patrón, tiene visita. Son los padres de Lorena.

Adrián, que estaba revisando unos registros, se detuvo en seco. Frunció el ceño.

—¿Dónde están?

—Ya están aquí en la entrada, patrón.

Antes de que pudiera prepararse, don Gustavo y doña Diana ya se hallaban en el umbral de la pequeña oficina. Semblante firme, paso decidido. Lorena venía un poco más atrás; los ojos le buscaron a Adrián de inmediato, cargados de ilusión y de ansiedad a partes iguales.

Adrián forzó una sonrisa.

—Pasen, por favor, don Gustavo, doña Diana…

Sin rodeos, don Gustavo fue directo al punto.

—Venimos a pedir una explicación. —El tono del hombre era parejo, pero cortante.

Adrián respiró hondo.

—¿Sobre qué, don Gustavo?

—No se haga el desentendido —lo cortó doña Diana—. Hablamos de la relación que tiene usted con nuestra hija.

Adrián sintió que la oficina se le encogía de pronto.

Lorena se aproximó y, con descaro, le enlazó el brazo a Adrián.

—Adrián… —le susurró bajito, pero lo bastante audible.

Don Gustavo prosiguió:

—Hay una familia que ha pedido la mano de Lorena. Gente de bien, dispuesta a dar una dote muy generosa.

Adrián se quedó callado; la mandíbula se le apretó. Lorena, a su lado, puso cara de fastidio.

—Pero nuestra hija rechazó la propuesta —añadió doña Diana, clavándole la mirada a Adrián—. Dice que lo eligió a usted.

Lorena asintió con vehemencia.

—Yo solo quiero estar con Adrián, papá.

Aquello fue el empujón final. Adrián se frotó la nuca un segundo y soltó:

—Don Gustavo… doña Diana, lo que siento por Lorena es serio.

—Entonces, ¿cuándo piensa casarse con ella? —disparó don Gustavo sin darle respiro.

La pregunta lo dejó mudo unos instantes. Sopesó y al fin respondió:

—Tengo planeado divorciarme de mi esposa lo antes posible, don Gustavo.

Doña Diana reaccionó al instante.

—¿Por qué?

Adrián contestó escueto, como si fuera la razón más natural del mundo:

—Porque es estéril.

Un silencio breve.

Don Gustavo asintió despacio; la expresión se le fue suavizando. Ya no lucía tan tenso.

—¿Cuánto llevan casados? —quiso saber el hombre, con curiosidad.

—Cinco años. Probamos todo tipo de tratamientos, pero no hubo avance —soltó Adrián sin vacilar.

Lorena miró a sus padres con ojos suplicantes y remató:

—Yo también lo amo mucho, papá… mamá. No quiero a nadie más.

Doña Diana exhaló largo. El pecho le subió y le bajó con lentitud, como si estuviera sopesando algo que no pesaba poco. La mirada se le deslizó hacia su marido, que permanecía de pie junto a ella.

Don Gustavo no habló de inmediato, pero sus ojos se encontraron con los de su esposa. En ese silencio hubo una conversación entera que no necesitó palabras. Había factores que considerar, cálculos que hacer de cara al futuro.

Frente a ellos, la granja se extendía a lo ancho. Los galpones se alineaban en hileras prolijas, el cacareo de las aves resonaba de un extremo al otro. Varios trabajadores iban y venían cargando costales de alimento, mientras al costado un camión de carga aguardaba estacionado, listo para el próximo embarque.

—No está nada mal —murmuró doña Diana por lo bajo, aunque se le oyó con claridad.

Don Gustavo asintió apenas. La mirada le recorría cada rincón sin dejar escapar ni un detalle.

—No solo es grande. El negocio funciona bien.

Los ojos se le detuvieron en una camioneta estacionada cerca de la oficina del fondo. La pintura relucía; se notaba reciente.

—¿Esa camioneta es de Adrián? —preguntó doña Diana, estirando un poco el cuello.

—Sí, mamá —se adelantó Lorena desde un costado, el rostro radiante, como si presumiera algo propio—. Adrián la compró el año pasado. Con las ganancias de este mismo negocio.

Doña Diana asintió despacio. Frunció los labios un instante y volvió a mirar a su marido, esta vez con más detenimiento. Un destello distinto le cruzó los ojos.

—Si el negocio es así de bueno —le cuchicheó, casi inaudible—, el futuro de Lorena debería estar asegurado.

Don Gustavo no respondió de inmediato. Se cruzó de brazos y siguió observando el entorno. La quijada se le endureció, señal de que la cabeza le trabajaba a marchas forzadas.

—Lo importante es que primero aclare su situación —replicó al fin, la voz grave pero tajante.

Lorena, que estaba a pocos pasos, los miró con esperanza.

—Por eso les dije, papá, mamá: Adrián va en serio conmigo. —Le salió con una convicción que no admitía réplica.

Doña Diana curvó los labios en una sonrisa fina, aunque no era una sonrisa cálida. Se parecía más a la de alguien que empieza a vislumbrar una oportunidad.

—Si de verdad va en serio —dijo quedo—, entonces que haya claridad.

Lorena asintió con entusiasmo.

—La hay, mamá. Adrián solo está buscando el momento adecuado.

Don Gustavo posó la mirada en Adrián, que se hallaba unos metros más allá. El hombre conversaba con uno de los trabajadores, pero de vez en cuando les lanzaba un vistazo.

—"El momento adecuado" —repitió don Gustavo para sí, como si pusiera a prueba esas palabras.

Doña Diana se le acercó un poco.

—Lo que importa es que no nos equivoquemos de elección —le susurró.

Don Gustavo aspiró hondo y asintió apenas.

Ante sus ojos, todo lucía patente. Una granja avícola extensa. Un negocio próspero. Activos tangibles. Y un hombre que aparentaba solidez y que amaba a su hija. El panorama entero parecía prometedor.

Lo que no alcanzaban a ver era que aquello no pasaba de la superficie. Porque detrás de toda esa fachada se ocultaba una verdad que desconocían por completo: todo lo que estaban evaluando, calculando y anhelando no le pertenecía realmente a Adrián.

Don Gustavo carraspeó.

—Si así están las cosas… —Miró a Adrián con más hondura—. Resuelva primero lo suyo. Que el divorcio sea en buenos términos.

Doña Diana coincidió de inmediato.

—Y que no se alargue. Si ella no puede darle hijos, ya no tiene caso seguir con eso.

Lorena esbozó una sonrisa de alivio. Le apretó el brazo a Adrián con más fuerza.

—Te espero, Adrián —le dijo con voz melosa.

Adrián asintió, aunque por dentro lo roía una inquietud que no dejó traslucir.

—Sí, ya falta poco.

Don Gustavo le palmeó el hombro con suavidad.

—Confiamos en que sabrá responder.

Esa confianza le cayó como un fardo. Pero no por remordimiento, sino porque sabía que todo aquello se sostenía sobre una mentira que aún no salía a la luz.

Por su lado, Lorena sonrió satisfecha. En su imaginación, el futuro ya estaba trazado: una vida holgada, un patrimonio abundante y Adrián enteramente para ella.

Mientras tanto, en otro lugar, una mujer a la que todos habían considerado insignificante se preparaba para reclamar lo que le correspondía. De un modo que ninguno de ellos vería venir.

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