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Cinco años después, el magnate me quiere de vuelta

Cinco años después, el magnate me quiere de vuelta

Status: Terminada
Genre:CEO / Arrogante / Maltrato Emocional / Embarazo no planeado / Malentendidos / Dejar escapar al amor / Enfermizo / Completas
Popularitas:313.9k
Nilai: 4.5
nombre de autor: Galaxy

Durante cinco años, Valentina lo dio todo por callar: un matrimonio que la humilló, una pierna que quedó coja, una hija sorda que crió sola… y un secreto que le partía el alma. Porque la pequeña Dulce no era hija de su despreciable exmarido. Era hija de Maximiliano Argüello, el magnate que la abandonó creyendo que ella lo había traicionado.

Cuando él regresa —más rico, más frío, más cruel—, le escupe las palabras que ella jamás olvidará:

—Esos ojos, cúratelos. Y a esa niña, déjasela a tu amante. No vaya a estorbarte para casarte con otro rico.

Valentina aprieta los dientes y sonríe. Que la desprecie. Que no sepa nada. Es mejor así.

Pero el destino es cruel con los secretos. Una prueba de ADN, un rumor envenenado, una enfermedad que ella esconde de todos… y de pronto el hombre que la trató como basura está de rodillas, con su hija en brazos, suplicando:

—Perdóname, Valentina. No sabía… No sabía nada. ¡No te mueras, por favor!

¿Y la verdad sobre su madre? ¿Sobre quién destruyó de verdad a las dos familias? Esa apenas empieza a salir a la luz… y hará temblar a toda la dinastía Argüello.

Demasiado tarde, magnate. Esta vez, la que decide soy yo.

NovelToon tiene autorización de Galaxy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

Capítulo 24: Medio hermana

El dibujo de Dulce fue la gota.

Esa semana, Valentina cargaba demasiado: la cuenta regresiva del secreto, el "quédate de verdad" que no había sabido contestar, su padre recién aparecido y su otra hija, la risueña, la que sí tuvo papá. Cuando Camila la llamó para salir a tomar algo "de mujeres", dijo que sí, y por una vez en su vida se permitió beber más de la cuenta.

—A ver, comadre, suéltalo. —Camila le sirvió la segunda copa—. Llevas toda la semana con cara de funeral. ¿Es el magnate? ¿Es tu papá aparecido? ¿Es la niña? Porque conmigo no te hagas la fuerte, que para eso están las comadres.

—Es todo, Cami. —Valentina le dio un trago largo—. Es que mi vida se volvió una telenovela y yo nada más quería una vida normal. Un trabajo, mi hija, un techo. Y mírame. Un hombre que me compra y me suelta, otro que me llena de flores azules, un papá que llora treinta años tarde, y una hija de él, jovencita, que sí tuvo todo lo que a mí me faltó. —Se rió sin ganas—. Salud por las arrimadas, comadre.

—Salud —dijo Camila, y chocaron las copas, sin saber que esa misma noche el destino les tenía guardada la peor de las casualidades.

El bar era de los buenos, de los que frecuentaba la gente bonita. Y la gente bonita, esa noche, incluía a una muchacha de poco más de veinte años, vestida de marca, rodeada de amigos ruidosos, que Valentina reconoció con un sobresalto: era ella. La del café. La hija de la otra familia de Néstor.

La muchacha también la reconoció. Y, para sorpresa de Valentina, se levantó y fue directo hacia su mesa, con dos copas encima y una hostilidad que no venía de ninguna parte.

—Tú. —Le picó el hombro con un dedo—. Yo te conozco. Eres la que anda detrás de mi papá. La "maestra de piano" muerta de hambre que se le pegó de no sé dónde. —Se rió, cruel—. Mi mamá me contó. Vienes a sacarle dinero, ¿verdad? Pues piérdete. Mi papá ya tiene una familia. No necesita arrimadas.

Valentina, en cualquier otro estado, se habría tragado la rabia. Pero llevaba tres copas, un secreto del tamaño de una casa y cinco años de tragarse cosas.

—¿Arrimada? —Se levantó, despacio—. Niña, tú no sabes nada de nada. Tu papá me buscó a mí. Y créeme que no quiero un solo peso suyo. —Le tembló la voz de coraje—. Tú creciste con él. Con sus tardes, con sus risas, con su apellido. Así que no me vengas a hablar de quién le sobra a quién en esa familia.

—¡No te atrevas a hablarme así! —La muchacha le aventó el contenido de una copa a la cara.

Y ahí se acabó la civilización.

Valentina no supo bien cómo, pero al segundo siguiente las dos estaban enredadas, jalándose el pelo, tirando una mesa, entre gritos de los amigos y meseros que no alcanzaban a separarlas. Camila intentó meterse, recibió un codazo, y empezó a gritar que llamaran a alguien. Para cuando llegó el gerente, había dos copas rotas, una blusa de diseñador rasgada y dos mujeres despeinadas que seguían insultándose. El bar, celoso de su clientela, llamó a la policía.

Terminaron las dos en una comisaría, en bancas separadas, despeinadas, sobrias de golpe por el coraje, fulminándose con la mirada de un lado al otro de la sala.

Camila, con un ojo que prometía moretón, sacó el teléfono. No llamó a Maximiliano —no se atrevía, por Valentina—. Llamó al único número de hombre confiable que tenía a la mano: el del doctor que había operado a su comadre.

Gael Solís llegó veinte minutos después, sin las canas falsas, sin los lentes de mentira, con una sudadera y cara de haberse levantado de la cama. Resolvió en diez minutos lo que parecía un lío de horas: habló con el oficial, pagó la multa por los daños, firmó lo que había que firmar. Y mientras lo hacía, no le quitó los ojos de encima a Camila, a su ojo morado, a su labio partido.

—¿Quién le pegó? —preguntó, con una calma peligrosa, limpiándole la ceja con un algodón que sacó de no se sabe dónde—. Dígame nada más quién, señora. Por curiosidad médica.

—Fue un codazo cruzado, doctor, no se haga el rudo —se rió Camila, y enseguida hizo un gesto de dolor.

—Quédese quieta. —Gael le sostuvo la barbilla con dos dedos, profesional, mientras le limpiaba la ceja, pero la miraba más de lo que un médico mira—. ¿Siempre se mete en pleitos de bar a defender a sus amigas?

—Siempre que vale la pena. —Camila lo miró desde abajo, descarada hasta con un ojo morado—. ¿Y usted? ¿Siempre rescata desconocidas a media noche?

—Solo a las que valen la pena. —Gael apretó el algodón un poco de más, ella se quejó, y los dos se rieron, y por un segundo, en medio de una comisaría, pasó entre ellos algo que ninguno de los dos esperaba y que a ninguno le pareció del todo mal.

Y entonces se abrió la puerta, y entró el frío.

Una mujer de unos cincuenta años, elegantísima, de las que no levantan la voz porque nunca les ha hecho falta, cruzó la comisaría como si fuera el vestíbulo de un hotel suyo. Soledad Vidal. La muchacha del bar —Ximena— corrió hacia ella.

—¡Mamá! Esta loca me atacó, mira mi blusa, mira…

—Cállate, Ximena. —Soledad ni siquiera la miró. Tenía los ojos clavados en Valentina, y en esos ojos había algo que no era sorpresa: era reconocimiento. Un reconocimiento viejo, calculador, casi divertido—. Vaya, vaya. Así que tú eres la hija de Renata. —Ladeó la cabeza, estudiándola como se estudia a un fantasma—. Idéntica a ella. Qué cosas tiene la vida.

A Valentina se le erizó la piel sin entender por qué.

—¿La conoció usted? ¿Conoció a mi madre?

—Más de lo que te imaginas. —Soledad sonrió, y fue la sonrisa más fría que Valentina había visto nunca—. Tu madre estuvo casada, hace muchos años, con un hombre llamado Néstor Lazcano. Un matemático. Un buen hombre, aunque de gustos cuestionables. —Hizo una pausa exquisita, saboreándola—. Ese mismo Néstor es, desde hace veinticinco años, mi esposo. Y el padre de mi hija.

El piso se movió bajo los pies de Valentina. Néstor. Su Néstor. El padre del café. El esposo de esta mujer de hielo. El padre de…

Ximena, a un lado, empezaba a atar cabos con la cara descomponiéndose.

—Mamá… ¿de qué hablas? ¿Qué tiene que ver mi papá con…?

—Es muy sencillo, hija. —Soledad lo soltó con la delicadeza de quien clava un alfiler, mirando a las dos muchachas alternativamente, gozando cada segundo—. La mujer con la que te acabas de revolcar en un bar como una verdulera es Valentina. La primera hija de tu padre. De su primer matrimonio. —Sonrió—. Son hermanas, niñas. Medio hermanas. Por parte de papá.

El silencio que cayó en la comisaría fue absoluto.

Valentina y Ximena se quedaron mirándose, de banca a banca, con la misma cara de espanto, con los mismos ojos —los ojos de Néstor, ahora era imposible no verlo—, mientras el mundo entero se les reacomodaba al revés.

Y justo entonces se abrió la puerta de la comisaría por segunda vez.

Gael, al ver el zafarrancho, había hecho la única llamada sensata que se le ocurrió. Y Maximiliano Argüello entró como entraba a todos lados: vaciando el aire. Buscó a Valentina con los ojos, la encontró despeinada en la banca, y dio un paso hacia ella. Pero se detuvo en seco al ver a la otra mujer.

—Tía Soledad. —Su voz cambió—. ¿Qué haces tú aquí?

El piso, que ya se movía bajo los pies de Valentina, terminó de abrirse.

Tía. Le había dicho tía.

—Vengo a recoger a tu prima, sobrino —contestó Soledad, con una dulzura venenosa, encantada de tener público nuevo para su función—. A Ximena. Que resultó tener una hermana que ninguno sabíamos. —Paseó la mirada de Maximiliano a Valentina, gozando—. Ay, Maximiliano. Qué enredo. Resulta que esta muchachita con la que andas jugando a la casita es, nada menos, la hija de mi marido. La hijastra que nunca conocí. —Sonrió—. Lo cual te convierte a ti, querido sobrino, en algo bastante incómodo. Porque su padre, Néstor, es tu tío político. Y su hermana, Ximena, es tu prima. Y ella… bueno. Averigua tú solito en qué te convierte ella.

Valentina sintió que se le iba el aire. Las piezas cayeron una sobre otra, brutales: Soledad era la tía de Maximiliano. La hermana de Doña Eugenia. Su propio padre, Néstor, estaba casado con la tía del hombre del que ella —Dios— se estaba enamorando otra vez. Ximena, su hermana de sangre recién estrenada, era prima de Maximiliano. Toda la gente que ella creía de mundos separados resultaba atada por el mismo nudo viejo y envenenado, y en el centro de ese nudo, sonriendo, estaba esta mujer de hielo que parecía conocer secretos que nadie más conocía.

Maximiliano miraba a Valentina con una cara que ella no le había visto nunca: la de un hombre al que el suelo se le acaba de mover.

—Eso no es… —empezó él, y no pudo terminar.

—Sí lo es —ronroneó Soledad—. Pregúntale a tu madre, si no me crees. Eugenia tiene mucho que contarte sobre la familia Rivas. Mucho. —Recogió su bolsa, tomó a Ximena del brazo—. Buenas noches a todos. Qué reunión tan… familiar.

Y se fue, dejando atrás una comisaría llena de gente que ya no sabía quién era de quién.

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Patricia Trujillo Marin
se terminó la historia y todo los capítulos solo fue de sufrimiento y uno solo de felicidad, que pena con la escritora pero yo no vuelvo a leerte 🤭🤭🤭🤭👏
Patricia Trujillo Marin
señora escritora no vuelva a escribir nada no sé si usted es mujer pero como mujer no se quiere un carajo
Patricia Trujillo Marin
señora escritora no vuelva a escribir nada no sé si usted es mujer pero como mujer no se quiere un carajo
Patricia Trujillo Marin
mire pues ahora solo falta que la escritora le ponga una enfermedad, no voy a seguir leyendo historias de esta escritora es una persona muy perversa
Patricia Trujillo Marin
yo tengo razón la escritora odia de muerte a Valentina, todo lo que hace la protagonista le sale mal😭😭😭😭😭
Patricia Trujillo Marin
la que escribio está historia no quiere nada ala protagonista que dolor a Valentina no le pasa nada bueno uyyyyyyy
Patricia Trujillo Marin
No me gusta mucho la novela donde hay mayoría de malos y pocos buenos ya señora escritora cambié la trama
Patricia Trujillo Marin
max no es tan inteligente como yo pensaba tiene a la niña y no le hace la prueba de ADN
gabriela uliarte
hermosa historia
Mirna Lobo
espero que la escritora le tenga un buen final al tal Bruno por desgraciado 😡😡😡y a la mamá también 😡
Ada Luque
empieza bien, lo situaría en un 7 de 10. pero conforme pasa la historia se va haciendo pesada, anodina, larga y para rematar incongruente por toooodos los fallos q no son pocos. Al final tuve la sensación d q leí 2 historias diferentes en una. Finalmente le doy un 3.
Carmen Salgado
Muy buena novela gracias autora, felisitaciones apacionante!! ¡
Tere Jimenez
hermosa novela gracias por compartir
Tere Jimenez
así es
Tere Jimenez
así es ya llore mucho por favor que hable con el o que el se entere que está enferma
Mariana Posternak
no me cuadra los años ???????
Maria Hernández
Me. Gustó mucho esta. Novela lloré arto y sufrí con las, maldades. De la ama de. Ximena
neumidia ruiz
estuvo muy buena la trama , algunas incoherencias como por ejemplo 18 años de sufrimientos y la niña tenía 5, luego ya adolescente Dulce mateo bebé 🤣
Laura Incaurgarat
me encantó!!! llore como nunca... pero de verdad hermosa historia
alicia g
tristisima historia, escritora ases que el lector se meta en la trama viva cada capítulo, excelente
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