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Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Hijo/a genio / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Una noche de lluvia en Manchester unió a Emmet, una estrella del fútbol, y a Clara, una joven violinista griega. De aquella noche nacieron dos gemelos.

Incapaces de imaginar una vida juntos, decidieron criarlos por separado. Emmet se quedó con uno en Inglaterra; Clara regresó a Grecia con el otro.

Los años pasaron. Cada hijo heredó un talento inesperado: uno se convirtió en un prodigio del fútbol y el otro en un virtuoso del violín.

Hasta que el destino los hizo encontrarse.

Dos rostros idénticos. Dos vidas completamente diferentes. Dos hermanos que jamás supieron que existían.

Y cuando descubran la verdad, tomarán una decisión que cambiará sus vidas para siempre.

Porque a veces el talento no pertenece al mundo en el que naciste...

sino al mundo que tu corazón elige.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Bajo la mirada de Steimos

Clara cantaba mientras preparaba el desayuno.

No cantaba bien. Diño lo notó en el segundo compás: afinaba un cuarto de tono por debajo y se adelantaba al tempo como si la melodía le debiera dinero. Pero cantaba. Con la puerta de la nevera abierta, una taza en la mano y el pelo recogido en un moño deshecho que dejaba escapar mechones color madera de violín.

Diño estaba sentado en la mesa del hotel, con una tostada a medio morder y una sensación extraña en el pecho. Mozart le había advertido: *"Mamá canta cuando está nerviosa. Si canta, no le hables. Solo asiente."*

Pero Diño no podía dejar de mirarla.

Clara Steimos. Su madre. La mujer que lo había llevado en su vientre durante nueve meses y que después lo había dejado ir con un hombre que ella apenas conocía. Diño la había imaginado mil veces. En sus fantasías infantiles era una figura alta, severa, con un violín en la mano y una mirada que helaba. La realidad era una mujer pequeña que desafinaba mientras untaba mantequilla en una tostada y tarareaba sin darse cuenta de que se estaba comiendo las notas.

—¿Dormiste bien? —preguntó Clara, girándose hacia él.

—Bien —dijo Diño.

Después miró hacia la ventana. Tal como Mozart le había enseñado. Rápido. Sin sonreír.

Clara asintió. Volvió a la tostada.

Diño soltó el aire. El guion funcionaba.

---

La segunda fase de la Sinfónica era a las dos de la tarde en el auditorio principal del conservatorio. Clara insistió en acompañarlo. Caminaron juntos por la calle, ella con el estuche del violín en la espalda y él con las manos en los bolsillos, intentando no caminar con el balanceo de futbolista que Mozart le había pedido que eliminara.

—¿Qué pieza vas a tocar? —preguntó Clara.

Diño se tensó. Mozart le había dicho que no revelara la pieza hasta el último momento. *"Si se lo dices, va a querer corregirla. Y no hay tiempo."*

—Una sorpresa —dijo.

Clara lo miró de reojo.

—¿Una sorpresa?

—Sí.

—Mozart, tú nunca dejas nada para sorpresa.

Diño se encogió de hombros.

—Hoy sí.

Clara no insistió. Pero Diño notó que lo observaba con una curiosidad nueva, como si estuviera viendo a alguien que conocía de toda la vida pero que de repente hablaba en un idioma distinto.

---

El auditorio estaba lleno. Tres jueces en la mesa principal, los mismos de la primera fase. Participantes en las butacas. Padres en la parte de atrás. Clara se sentó en la tercera fila, con el estuche entre las piernas y las manos apretadas sobre el regazo.

Diño esperó entre bambalinas. Escuchó a los tres participantes anteriores. Uno tocó Brahms con una limpieza impecable. Otro tocó Tchaikovsky con un vibrato que hacía llorar. El tercero tocó Sibelius con una técnica que Diño no entendió pero que arrancó aplausos.

—Mozart Steimos. Eres el siguiente.

Diño salió al escenario.

La luz le golpeó la cara. El silencio del auditorio era denso, físico, como una pared de agua. Caminó hasta el centro. Colocó el violín bajo la barbilla. Levantó el arco.

—¿Qué pieza interpretará? —preguntó el juez principal.

—*El vuelo del abejorro*. De Rimski-Kórsakov.

Los tres jueces intercambiaron miradas. Uno de ellos levantó una ceja.

—Una elección… poco común para una audición, joven Steimos.

—Lo sé —dijo Diño—. Por eso la elegí.

Miró a Clara. Estaba en la tercera fila, con los ojos fijos en él, las manos tan apretadas que los nudillos se le habían puesto blancos.

Diño respiró.

Y atacó.

*El vuelo del abejorro* estalló en el auditorio como un enjambre. Las notas cromáticas se sucedieron a una velocidad absurda, un zumbido frenético que llenó cada rincón de la sala. Los dedos de Diño volaban sobre el mástil con una urgencia que no pertenecía a un conservatorio. Pertenecía a un campo de fútbol. A un regate en el minuto noventa. A la necesidad de llegar al balón antes de que el defensa lo toque.

El abejorro no volaba. El abejorro *regateaba*.

En la tercera fila, Clara se inclinó hacia delante. Aquello no era lo que habían ensayado. Aquello no era Mozart. Aquello era otra cosa. Más rápida. Más salvaje. Más viva.

Y entonces Diño hizo lo impensable.

En medio del vuelo, sin pausa, sin aviso, el zumbido del abejorro se transformó. Las notas cromáticas se convirtieron en un riff. Un riff eléctrico, reconocible, que golpeó el auditorio como un trueno.

*Thunderstruck*.

AC/DC. En un violín. En una audición de la Sinfónica.

Diño atacó el riff con una fuerza que hizo vibrar los atriles. El violín dejó de sonar a violín. Sonaba a guitarra eléctrica. A estadio. A multitud rugiendo. Mezcló los compases frenéticos del abejorro con el pulso de trueno de Thunderstruck, yendo y viniendo entre los dos mundos como quien cambia de dirección en un regate.

Los jueces se quedaron petrificados. Uno de ellos tenía el bolígrafo suspendido en el aire, olvidado. Otro tenía la boca ligeramente abierta. El tercero se había quitado las gafas y las sostenía sin darse cuenta.

Clara no respiraba.

Aquel ritmo. Aquel ritmo era especial. Único. No era la música que ella le había enseñado. No era la música de los maestros muertos. Era algo nuevo. Algo que nacía en ese momento, en ese escenario, de las manos de su hijo.

Y no podía apartar los ojos.

Diño llegó al final. Unió el último zumbido del abejorro con el último trueno de Thunderstruck en una sola nota larga, sostenida, que quedó suspendida en el aire como un pájaro que no quiere aterrizar.

Bajó el arco.

Silencio.

Un silencio absoluto. Denso. Como si el auditorio entero necesitara un segundo para recordar cómo respirar.

Después, aplausos. No los aplausos educados de las audiciones anteriores. Aplausos con sorpresa. Con desconcierto. Con algo parecido a la admiración. Desde las butacas, los otros participantes se habían puesto de pie.

El juez principal se inclinó hacia el micrófono. Tardó un segundo en encontrar la voz.

—Joven Steimos. Su interpretación fue… —Hizo una pausa. Buscó la palabra—. Inédita.

Diño se quedó inmóvil.

—Rimski-Kórsakov se revolvería en su tumba. Y AC/DC probablemente pediría una copia. —El juez sonrió. Una sonrisa lenta, desconcertada, genuina—. Hacia veinte años que no escuchaba un ritmo tan especial, tan único, en este auditorio. Pase a la final.

Los aplausos estallaron de nuevo. Diño hizo una reverencia. Caminó hacia bambalinas con las piernas temblando.

---

Clara lo esperaba en el pasillo.

Diño la vio desde lejos. Estaba de pie junto a la pared, con el estuche del violín colgado al hombro y una expresión que él no supo leer. No era alegría. No era decepción. Era algo más complicado. Algo que tenía preguntas dentro.

—Mozart.

—¿Sí?

Clara se acercó. Lo miró a los ojos. Diño sostuvo la mirada. *No sonrías. No hables demasiado. Mira hacia la ventana si necesitas pensar.*

—Eso que tocaste —dijo Clara despacio—. No era lo que practicamos.

—Lo sé.

—¿Por qué?

Diño tragó saliva. Mozart le había dado una respuesta preparada para esta pregunta. *"Sentí la pieza de otra manera. Quería probar."* Una respuesta neutra. Segura.

Pero miró a Clara. A sus ojos verdes con el anillo oscuro. A la forma en que le temblaba ligeramente la mano sobre el estuche del violín. Y la respuesta preparada le supo a mentira.

—Porque el abejorro quería correr —dijo—. Y yo lo dejé.

Clara lo miró durante un segundo largo. Dos. Tres. Diño sintió que el aire se le volvía sólido en los pulmones.

Después Clara sonrió. Una sonrisa pequeña, confundida, como si acabara de ver algo hermoso que no sabía dónde colocar.

—Está bien —dijo—. Está bien.

Le revolvió el pelo. Un gesto rápido, casi torpe. Después se giró y empezó a caminar hacia la salida.

Diño la siguió. Con el violín en la mano. Con el corazón latiéndole de una manera que no tenía nada que ver con tocar Rimski-Kórsakov.

---

En la habitación del hotel, esa noche, Diño se tumbó en la cama y sacó el teléfono.

*Mozart: "¿Cómo fue?"*

Diño escribió:

*"Pasé a la final."*

*"¡¡¡DIÑO!!!"*

*"Toqué el abejorro. Y después Thunderstruck."*

Un silencio largo. Después:

*"Mozart: '¿QUÉ?'"*

*"Los jueces se quedaron sin palabras. Tu madre también."*

*"..."*

*"¿Estás enfadado?"*

*"No. Solo… ten cuidado. Mamá no es tonta."*

Diño dejó el teléfono sobre la almohada. Miró el techo. Desde la habitación de al lado, escuchó a Clara tararear. La misma melodía desafinada de esa mañana. Comiéndose las notas.

Diño cerró los ojos. Y por primera vez en su vida, el sonido de una madre desafinando le pareció la música más bonita del mundo.

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mariadr esquivelp
escritora no diga q no es su hijo porq si lo es solo q no es el q ella crío ya lo he leído en varios capitulos
EspirituCreativo: Claro que es su hijo lectora, pero no el que crío personalmente jeje
total 1 replies
EspirituCreativo
Ooo
minjoon
amooo lo leo
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