Cristine Gómez es una talentosa diseñadora de Queens que acaba de conseguir el trabajo de sus sueños. Para celebrarlo, viaja a Las Vegas con su novio, sin imaginar que él planea emborracharla para casarse por interés. En el mismo registro civil se encuentra Jacob Fernández, el frío y arrogante heredero del imperio textil Vanguard, quien asiste bajo el chantaje de su ambiciosa prometida.
Un error administrativo de la capilla, sumado a una severa resaca etílica, hace que Jacob y Cristine firmen el acta equivocada. Al despertar, están legalmente casados.
Cuando la foto del escándalo llega a la prensa de Nueva York, las acciones de la multinacional se desploman. Para salvar el imperio, Jacob obliga a Cristine a firmar un contrato de convivencia forzada y fingir que se aman ante la alta sociedad. En un ático lleno de lujo, desprecio e hilos de una pasión secreta e intensa, descubrirán que el peor error de sus vidas fue el diseño perfecto del destino.
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CAPITULO 2. HILOS DE TALENTO Y FALSAS PROMESAS.
El aroma a café recién molido y bollos horneados era el sello de identidad de la pequeña cafetería Gómez & Styles, un modesto local situado en una de las esquinas más trabajadoras de Queens. Al fondo del mostrador, Austin y Melani limpiaban las tazas con la soltura que dan los años de esfuerzo, pero esa mañana sus rostros no reflejaban el cansancio habitual de la jornada. Sus ojos brillaban con un orgullo inmenso. Sobre la barra, pulcro y reluciente, descansaba el título oficial de la escuela de moda de Nueva York.
Cristine Gómez se había graduado. A sus veintidós años, la joven había logrado lo que parecía imposible para una chica de su barrio: terminar una de las carreras más caras y elitistas del mundo de la moda gracias a una beca completa que se había ganado a pulso con su descomunal talento para el diseño y el patronaje. Sus padres jamás habrían podido costear un solo semestre de aquella universidad, y ese mismo sacrificio lo estaba repitiendo su hermano menor, Richard, de veinte años, un auténtico genio de los números que actualmente cursaba Ingeniería Informática en la NYU, también respaldado por una beca de excelencia.
—Mírate, hija… —susurró Melani, acercándose para acomodarle un mechón de cabello castaño a Cristine con manos temblorosas—. Toda una diseñadora oficial. El esfuerzo ha merecido la pena.
—Todo os lo debo a vosotros, mamá —respondió Cristine, abrazando a su madre con fuerza—. Si papá y tú no hubierais doblado los turnos en la cafetería para comprarme las telas y el material de costura, yo no habría llegado a ningún lado.
Austin, un hombre curtido por el trabajo diario pero de mirada bondadosa y sabia, se acercó para rodear a ambas con sus brazos fuertes.
—El talento es tuyo, princesa. Nosotros solo pusimos el hilo; tú has tejido el vestido. Ahora solo falta que el mundo se entere de lo que vales.
La campana de la puerta de la cafetería sonó con un tintineo alegre, interrumpiendo el momento familiar. Un joven de aspecto impecable, vestido con ropa de marca de estilo casual pero sumamente costosa, entró al local con una sonrisa encantadora. Era Mikel.
—¡Buenos días a la familia más trabajadora de Queens! —saludó Mikel con entusiasmo, acercándose de inmediato a Cristine para plantarle un beso en los labios—. Felicidades otra vez, mi amor. Te mereces todo el éxito del mundo.
Cristine le sonrió con los ojos iluminados de una inocencia pura. Llevaban dos años juntos desde que se conocieron en una noche de fiesta en Manhattan, y ella creía ciegamente que había encontrado a su príncipe azul. Mikel era atento, cariñoso y parecía apoyarla en todo. Lo que Cristine ignoraba por completo era la red de mentiras y manipulación que su novio tejía a su alrededor.
Detrás del mostrador, la mirada de Austin se volvió seria y analítica. Los años atendiendo a miles de clientes en la cafetería le habían otorgado una capacidad infalible para leer a las personas, y Mikel nunca le había dado buena espina. Había algo artificial en su amabilidad, una frialdad oculta tras su sonrisa perfecta. Intuía que ese chico no buscaba el bienestar de su hija, sino algo más.
Y no se equivocaba. Mikel era el heredero de una empresa textil adinerada de Nueva York, un negocio con menos arraigo y prestigio que la gigantesca multinacional Vanguard Textiles, pero con el capital suficiente para mantenerlo en la alta sociedad. Mikel era un don nadie sin oficio ni beneficio, un vago que dependía del dinero de su padre controlador. Su progenitor le había puesto un ultimátum idéntico al que James sufría en su propio mundo: si quería asumir la presidencia de la empresa familiar de una vez por todas, debía formalizar su situación, casarse con Cristine y demostrar estabilidad.
Para Mikel, Cristine era la tapadera perfecta ante su familia y, sobre todo, una mina de oro. Sabía perfectamente el talento descomunal que la chica tenía para el diseño. Su plan maestro era casarse con ella, adueñarse legalmente de sus futuras patentes y colecciones de moda, y usar sus diseños para salvar la empresa de su propio padre de la mediocridad creativa.
—Tengo una noticia que celebrar, Mikel —dijo Cristine con entusiasmo, sacando un sobre de su bolso—. ¿Te acuerdas de la multinacional donde hice las prácticas de fin de grado? ¡Me acaban de enviar la carta de contratación oficial! Me incorporo el mes que viene como diseñadora junior en Vanguard Textiles.
A Mikel se le iluminaron los ojos con una codicia sutil que la joven no supo detectar. Vanguard Textiles, el gigante de la competencia. El destino le estaba poniendo en bandeja de plata la oportunidad de infiltrar a su futura esposa en las entrañas del mayor imperio textil de la ciudad.
—¡Eso es espectacular, mi vida! —exclamó Mikel, rodeándole la cintura con falsos gestos de euforia—. Esto hay que celebrarlo a lo grande antes de que empieces a trabajar y te ahogues entre telas. Vámonos este fin de semana a Las Vegas. Un viaje loco, tú y yo solos, para festejar tu título y tu nuevo empleo. Yo me encargo de todos los gastos.
Cristine parpadeo, sorprendida por la propuesta.
—¿Las Vegas? Mikel, es un viaje muy caro y muy repentino... No sé si mis padres...
—Ve, hija, disfrútalo. Te lo has ganado —intervino Melani con ternura, queriendo que su hija disfrutara de la juventud que ella misma no había tenido.
Austin guardó silencio, cruzándose de brazos mientras observaba la mirada depredadora de Mikel. El padre de Cristine sintió un escalofrío de desconfianza. Presintió que Mikel tramaba algo oscuro detrás de ese viaje repentino a la ciudad del pecado, pero no tenía pruebas para detener a su hija.
Mikel sonrió para sus adentros, relamiéndose los labios. Su plan estaba en marcha: llevaría a Cristine a Las Vegas, la emborracharía hasta perder el control y la arrastraría a una de las capillas exprés para casarse con ella de forma legal antes de que regresaran a Nueva York. Con el acta de matrimonio en la mano, su padre le entregaría la presidencia y el talento de Cristine pasaría a ser de su propiedad. El manipulador creía tener el tablero de ajedrez completamente dominado, ajeno por completo a que en ese mismo viaje, el imponente heredero de Vanguard Textiles se cruzaría en su camino por culpa de otra trampa, desatando un error alcohólico en el registro civil que destrozaría sus ambiciones para siempre.