Durante quince años, Paloma Linares vivió encerrada en un ático porque su familia consideraba su silencio una vergüenza. La noche en que su gemela huye de su propia boda, la visten de novia y la entregan en su lugar.
Su esposo es Alejandro Iturralde: heredero de un imperio millonario, supuesto paralítico y el hombre más temido de la Ciudad de México. Ante la prensa dirige hoteles y constructoras. En las sombras manda la Casa Iturralde, una organización en la que nadie desobedece al jefe dos veces.
Cuando se cierran las puertas de la recámara, Alejandro la llama por el nombre de su hermana… y se levanta de la silla de ruedas.
Paloma solo alcanza a escribirle tres palabras en la palma:
NO SOY ELLA.
Él descubre la sustitución, pero en vez de devolverla decide conservar a la esposa que nunca pidió. Lo que empieza como una trampa se convierte en una obsesión ardiente, peligrosa y cada vez más difícil de ocultar.
Pero Paloma no piensa cambiar el ático de sus padres por una jaula de oro. Entre noches incendiarias, una guerra por el control de la Casa y un embarazo que puede convertirla en el blanco de todos sus enemigos, ella tendrá que encontrar su propia voz. Y Alejandro descubrirá que puede poner de rodillas a una ciudad entera, pero no puede darle órdenes al corazón de su esposa.
El hombre al que todos obedecen tendrá que aprender a escuchar a la única mujer que no puede hablar.
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Capítulo 9
Capítulo 9: ¿Estás celoso?
En la camioneta de regreso, Paloma no volteó a ver a Alejandro ni una vez. Cada vez que lo intentaba, volvía a sentir el aliento de su hermana en la oreja y la frase que le había dicho de rodillas en el pasillo de la casona.
—Me odia porque se acuerda de mí en su cama. Tú solo tienes mi cara.
Ahora todo tenía sentido. Por eso la había agarrado del cuello la noche de la boda, por eso decía el nombre de Carmina con tanto odio: entre ellos dos había habido algo, algo que él no le perdonaba y tampoco olvidaba. Y ella era la copia que le había tocado en el acta. Esa tarde, cuando él tradujo sus manos delante de todos, Paloma había sentido por primera vez que alguien estaba de su lado. Ahora ya no sabía si la había defendido a ella o a la cara de su hermana. Pegó la frente al vidrio y decidió no preguntarle nada. Así, por lo menos, no tendría que oír la respuesta.
* * *
El lunes en la tarde bajó al jardín de la privada a practicar el alfabeto manual. Escogió la banca más alejada de la fuente. Siempre se sentaba lejos del agua y nunca había sabido por qué. Iba en la letra F cuando alguien salió de la casa de al lado y la saludó por su nombre: era Gabriel Solórzano, su profesor de Seña y Voz, con un café en la mano.
Le explicó que esa casa era de su familia y que casi nunca había nadie. Luego se sentó en la banca, la miró muy serio y le preguntó lo que nadie le había preguntado desde la boda.
—Te vi en las noticias. ¿Te obligaron a casarte?
Paloma lo pensó antes de destapar el plumón. Sus padres le habían mentido y un juez le había puesto la pluma en la mano, pero la firma era suya, y lo que hiciera de ahí en adelante también.
*Si yo no digo que sí, nadie puede obligarme.*
Gabriel sonrió al leerlo.
—Tutéame. Aquí no soy tu profe. Y no eres un anexo de nadie.
*Está bien. Tú eres el primero que me lo pregunta.*
Él le contó que los compañeros sordos del curso ya le habían puesto un nombre en señas. Juntó los pulgares, abrió los dedos como alas y se llevó el pájaro a la garganta. Paloma lo copió sobre su propio cuello, despacio, y algo se le apretó en el pecho. Era el primer nombre que alguien le daba sin que sirviera para esconderla.
No alcanzó a darle las gracias. Oyó el crujido de unas ruedas sobre la grava y supo quién era antes de voltear. Alejandro detuvo la silla frente a la banca y no la miró a ella; miró a Gabriel.
—¿Así que sí la obligaron, Solórzano?
—Nadie le preguntó qué quería, Iturralde.
Los dos se quedaron midiéndose como si ella no existiera. Paloma se levantó, se paró en medio y le enseñó el pizarrón a su esposo.
*Vámonos.*
* * *
Esa noche él entró al cuarto de huéspedes sin esperar a que le abriera. Paloma tenía el pizarrón listo y escribió primero, para no darle tiempo de hablar.
*No tiene que fingir. Ya sé que soy muda.*
Borró y escribió la otra mitad, la que más le dolía.
*Ya sé que no soy ella.*
Alejandro se levantó de la silla. La noche de la boda le había costado trabajo sostenerse; ahora se paró sin apoyarse en nada y caminó hacia ella con pasos firmes, sin cojear. Paloma retrocedió hasta chocar con la pared. El corazón le golpeaba tan fuerte que lo sentía en la garganta, y por un segundo volvió a sentir la mano de él en el cuello.
Pero él se detuvo a un paso.
—No te voy a tocar. —Bajó la voz—. ¿Qué te dijo Carmina?
Paloma apretó el plumón y se mordió el labio. Si lo ponía en el pizarrón, él tendría que contestar, y ella no estaba lista para oírle decir que era cierto. Alejandro esperó hasta que entendió que no iba a haber respuesta. Volvió a la silla, salió y cerró de un portazo.
A la mañana siguiente había un tazón de atole de vainilla esperándola en la mesa. Él desayunaba en la cabecera, sentado en la silla de ruedas, detrás del periódico.
—La hizo Nana.
A sus espaldas, Nana Toña movía la cabeza de un lado a otro con los ojos muy abiertos, y luego lo señaló con el dedo índice: la seña de *él*, que acababa de aprender en el celular. Paloma se tapó la boca con el tazón para que él no la viera sonreír.
* * *
El miércoles, a la salida de clase, diez reporteros la estaban esperando en la puerta de Seña y Voz. Le gritaban si era verdad que la habían comprado y si creía merecer al heredero, y las cámaras la acorralaron contra la puerta antes de que pudiera sacar el pizarrón. Gabriel se quitó el saco, se lo echó encima de la cabeza y la sacó a empujones hasta la esquina; en el forcejeo, una cámara le pegó en la frente y se la dejó raspada e hinchada. Los escoltas de Fermín, que por lo visto la seguían de lejos, llegaron corriendo cuando ya había pasado todo. En la farmacia, Paloma le compró curitas y le curó la frente ella misma. Se le olvidó devolverle el saco, que se quedó doblado en su bolsa. A las cinco, Sociales MX ya había publicado la foto.
*La esposa de Iturralde, escoltada por un misterioso galán.*
En la noche, Alejandro la esperaba en la sala con la cara más helada que le había visto nunca. No le reclamó nada. Paloma se quedó de pie frente a él y juntó las piezas: la foto, el portazo, el tono con que había dicho Solórzano en el jardín. Si él amaba a Carmina, ¿por qué le molestaba tanto con quién salía la copia? Sacó el pizarrón y escribió.
*¿Está celoso?*
Se le quedó mirando. Luego le pasó una raya encima a la pregunta y la volvió a escribir abajo, más grande.
*¿Estás celoso?*
Era la primera vez que le hablaba de tú. Le puso el pizarrón enfrente de los ojos. Él lo leyó, se tardó tres segundos en reaccionar y giró la cara hacia la ventana.
—Tengo hambre. Cocina.
No le había dicho que no. Paloma se fue a la cocina a preparar sopa de fideo con las mejillas calientes. Nana Toña se le acercó a la estufa con el pretexto de buscar la sal.
—Al señor nomás le gusta lo que tú cocinas, mija —le susurró.
Paloma no borró el pizarrón esa noche.
* * *
El jueves a las diez, Beatriz llegó a Bosque Alto sin avisar. No venía sola: la seguía una muchacha de coleta alta que jalaba una maleta, y Paloma se levantó del sillón de un salto al reconocerla. Era Xio. Durante años había sido la única persona que subía al ático a hacerle compañía; le leía los labios y decía en voz alta lo que Paloma no podía decir, y así, con Xio, había sido lo más parecido a platicar con alguien.
—¡Palo! —Xio soltó la maleta y corrió a abrazarla.
Beatriz se quitó los lentes oscuros y sonrió como si trajera un regalo.
—Xio te va a acompañar, mija, como en el ático.