Durante tres años, Valeria Rivas cuidó de su esposo mientras él permanecía en coma. Cuando Alejandro Montenegro despertó, ella creyó que por fin llegaría su oportunidad de ser amada. Pero el regreso de su primer amor convirtió esa esperanza en una humillación.
Para él, Valeria era una muchacha del campo que no estaba a su altura. Para sus amigos, la esposa que sobraba.
Hasta que ella le entregó los papeles del divorcio.
El motivo: «Mi esposo no cumple en la cama».
Alejandro fue a exigirle explicaciones. Esperaba encontrar a una mujer suplicando que no la dejara. En cambio, encontró a una Valeria que ya no pensaba bajar la cabeza… y que ocultaba mucho más de lo que él imaginaba.
Ella lo recibió con una sonrisa.
—Señor Montenegro, ¿viene a pedir cita con el urólogo?
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Capítulo 15
Capítulo 15. Quiero darte un hijo
En la sala de la casa de los Rivas, Ernesto miró a su esposa desde el sofá.
—Lucía, ¿de verdad C va a atender a Cami?
Ella sonrió. Valeria, drogada, había desaparecido junto con Paredes el día anterior. Seguro que habían pasado una noche apasionada. Una vez que él hubiera conseguido acostarse con ella, les presentaría a C.
—No te preocupes. En un rato el doctor vendrá con buenas noticias.
Se sentó en las piernas de Ernesto y le rodeó el cuello. Aquel empresario conservaba el atractivo y la autoridad de un hombre maduro.
—Yo conseguí a C, amor. ¿Cómo vas a recompensarme?
Él le pellizcó la nariz con suavidad.
—¿No te recompensé anoche? ¿Todavía no quedaste satisfecha?
Lucía lo miró con coquetería y sacó un frasco de anticonceptivos.
—Ya no quiero tomar esto. Quiero quedar embarazada. Quiero darte un hijo varón.
La expresión de Ernesto cambió. Durante todos aquellos años de matrimonio, Lucía no había vuelto a embarazarse porque él no se lo permitía. Llevaba mucho tiempo tomando esas pastillas.
Sabía que Camila era su tesoro. Haría cualquier cosa por ella. Después de todo, era la hija de aquella mujer. Pero…
Ocultó el extraño brillo de su mirada y volvió a abrazarlo, mimosa.
—Cami ya es grande. Pronto será la señora Montenegro. Tengamos un hijo.
Ernesto no respondió. Sonaron pasos y apareció Paredes. A Lucía se le iluminó la cara; se levantó de las piernas de su esposo. Si lo de C salía bien, podrían hablar de tener un hijo.
—Doctor, ya llegó. ¿Quedó satisfecho con Valeria anoche?
Estaba tan contenta que no notó su expresión extraña. A Paredes le tembló un párpado.
—Sí, sí. Muy satisfecho.
—Entonces puede conseguir que C atienda a Cami.
Ernesto también se levantó, lleno de esperanza.
—Si logra que acepte, sabré recompensarlo muy bien.
Paredes se dirigió a Lucía.
—Señora Rivas, vine a transmitirle un mensaje de C.
—¿Qué mensaje?
Los dos estaban tensos.
—Que deje de perder el tiempo con sus maniobras. Camila está en su lista negra.
A Lucía se le transformó el rostro.
—Doctor… ¿No se habrá equivocado?
La mirada de Ernesto se volvió helada.
—¿Eso fue lo que conseguiste, Lucía? ¡Que pusieran a mi hija en una lista negra!
—No sé cómo pasó. Déjame explicarte…
Ella intentó sujetarlo de la manga, pero él la apartó con tanta fuerza que la hizo chocar contra la pared. Se golpeó la frente con un ruido seco y le quedó una gran marca roja. Las lágrimas le brotaron por el dolor.
—Amor…
Ernesto miró el frasco sobre la mesa.
—Es verdad. Ya no necesitas tomarlas. No vas a tener otra oportunidad.
Salió a grandes pasos. Lucía palideció.
—¡Ernesto!
Se aferró a Paredes.
—¿Qué está pasando? ¡Acordamos que yo llevaría a Valeria a su cama y usted me conseguiría a C! ¿Cómo…?
La voz se le cortó. En la puerta estaba Valeria. No sabía desde cuándo había llegado, pero la observaba en silencio, con sus ojos claros, contemplando todo su miedo y su humillación.
Lucía se quedó rígida. Paredes corrió hacia Valeria con una sonrisa servil.
—Señorita Rivas.
Ella sacó una pluma y la arrojó al estanque de afuera.
—Doctor, perdí mi pluma.
—Se la traigo de inmediato.
Paredes salió corriendo. Sin importarle el agua fría de finales de otoño, se lanzó al estanque. Lucía se acercó, incapaz de creerlo. El hombre sacó la cabeza y, empapado, alzó la pluma como si ofreciera un tesoro.
—Señorita Rivas, la encontré.
Lucía miró a su hija como a un monstruo. Valeria sonrió.
—¿Qué pasa? ¿Ya no me reconoces?
Su madre no se reponía del asombro. No sabía qué le había hecho a Paredes para manejarlo como a un perro.
—Nunca entendí por qué me tratas así —continuó Valeria—. ¿Qué te falta? Te quedaste con la casa de papá, le quitaste la empresa y abandonaste… a la hija que más quería. Hasta ensuciaste el licor que había guardado para mí.
Se acercó un paso, hasta quedar junto a Lucía.
—Lo de hoy es solo una pequeña advertencia. Empieza a verme de otra manera: ya no soy la Valeria de antes. La próxima vez, será mejor que no te metas conmigo.
Lucía la miró, espantada. En sus ojos ya no había calidez, solo una oscuridad profunda, peligrosa y misteriosa, que le provocó un estremecimiento. No supo reaccionar. Valeria se dio la vuelta y salió.
Al llegar al césped vio entrar un Rolls-Royce Phantom. Alejandro había llevado a Camila a casa. Él vestía un traje negro; ella, un vestido largo rojo. Atractivos y distinguidos, parecían una pareja perfecta.
Valeria se detuvo. Había creído que se había recompuesto, pero volvió a recordar cómo él la había dejado la noche anterior después de ofrecerle otros hombres. Lo que acababa de reconstruir dentro de sí empezó a desgarrarse de nuevo.
La voz de Lucía llegó desde atrás.
—Cami no volvió anoche. Alejandro la llevó a Villa del Bosque. Pasó toda la noche allí.
Valeria entendió lo que insinuaba: se habían acostado. Ella nunca había podido entrar en la vivienda privada de Alejandro. Ni una vez. No tenía derecho.
Le dolió el corazón.
—Qué lástima, Valeria —continuó su madre con una sonrisa—. Alejandro no te ama. ¿De qué te sirve haber arruinado lo del doctor? Por Cami, él va a conseguir a C de todos modos.
Estaba absolutamente segura. Valeria la miró. ¿Ah, sí? Estaba deseando verlo.
Alejandro y Camila se acercaron.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, sorprendida.
Valeria alzó la vista y se encontró con los ojos de Alejandro. Él tampoco esperaba verla. Era la primera vez que coincidían después de la noche anterior y se detuvo.
Camila lo sujetaba del brazo. Sonrió con aire caprichoso.
—Anoche me eligió a mí, Valeria. No te habrás enojado, ¿verdad?
Lucía se colocó a su lado. Las dos la observaban, dispuestas a burlarse. Valeria enderezó la espalda y sonrió despacio.
—Te equivocas. Un hombre que besa tan mal no merece que me enoje.