Amelia Geraldi fue la princesa de la mafia más temida de su país. Pero una noche, después de leer hasta el amanecer una novela sin remitente, se quedó dormida... y despertó en el cuerpo de la secundaria que muere en el primer acto.
Ahora es Amelia Sandoval, una chica de diecisiete años con cara de muñeca, una familia que ya no la reconoce y una protagonista de lágrimas fáciles que se las arregla para que todos la compadezcan. Peor aún: el hombre que mandó a matar a su nueva identidad sigue ahí. Adrián William, el villano de la historia, frío, brillante y obsesionado con proteger a la heroína, la tiene en su lista negra.
Lástima para él. Esta vez, la presa sabe disparar.
Entre pistolas, intrigas escolares y un tigre blanco que ya muerde, Amelia decide reescribir el final que odió. Lo que no esperaba era que el mismísimo villano empezara a mirarla a ella.
¿Quién cazará a quién cuando el corazón del villano esté en juego?
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Dentro de la novela
Amelia Marta Geraldi era la hija de uno de los mafiosos más temidos de su país. Como correspondía a una princesa de la mafia, dominaba distintas artes marciales y el manejo de armas, y tenía un instinto de supervivencia a toda prueba para enfrentar los ataques de los enemigos de su familia.
En su cumpleaños número veintidós, Amelia recibió una montaña de regalos de los invitados. Pero entre tanto obsequio lujoso, hubo uno que le llamó la atención: una novela.
Nadie sabía quién la había enviado. No traía tarjeta ni nombre del remitente.
Movida por la curiosidad, Amelia empezó a leerla.
Al principio solo pensaba echarle un vistazo a unas cuantas páginas. Pero, sin darse cuenta, la curiosidad la fue arrastrando de hoja en hoja hasta bien entrada la noche. Cuando el amanecer ya estaba a punto de asomar, seguía clavada en la última página.
¡Pum!
Amelia estampó la novela contra el suelo, furiosa.
—¡Carajo! ¿Qué clase de historia es esta?
Se revolvió el pelo, frustrada.
—¡Cómo es posible que publiquen una porquería así!
Señaló el libro tirado en el suelo, como si estuviera regañando a alguien.
—¡Y encima la personaje secundaria que se muere primero se llama igual que yo! ¡Solo cambia el apellido!
Cuanto más lo pensaba, más rabia le daba.
—¡Y tan idiota que era, además! ¡Inútil total! ¡Con razón la matan al principio!
Resopló, indignada.
—¿Y qué me dicen de la protagonista? ¡Qué llorona! No sabe hacer otra cosa que llorar y todo el mundo corre a compadecerla.
Entonces se acordó del villano de la historia.
—Pero lo que de verdad me puso de los nervios fue el villano. ¡Guapo, inteligente, rico, poderoso, y se muere de amor por la protagonista!
Le dio un puñetazo a la almohada.
—¡Si es evidente que lo está usando! ¡Dios mío, qué estúpido! Yo, que solo la leí, me quedé con ganas de meterme en la novela para abrirle los ojos.
Cuanto más le daba vueltas, más ganas le daban de sacudirlo.
—Qué desperdicio de personaje, dejar que lo conviertan en el payaso del amor.
Soltó un largo suspiro.
—Ya, olvídalo. A dormir.
Se tumbó sobre la cama.
—Ya casi amanece, de todos modos. Maldita novela, solo me hizo perder el tiempo.
Poco después, los ojos empezaron a pesarle.
Y, sin darse cuenta, Amelia se quedó dormida.
Lo que no sabía era que, en ese mismo instante, su alma se desprendía lentamente de su cuerpo.
En el silencio de la noche, su conciencia fue succionada hacia el interior de la novela que acababa de terminar.
Hacia un mundo nuevo, completamente distinto de la vida que conocía.
* * *
En un hospital de prestigio, una joven yacía débil sobre una cama de pacientes.
Tenía los ojos firmemente cerrados.
A su alrededor, varios médicos y enfermeras vigilaban su estado. La paciente, en coma desde hacía varias semanas, empezaba a mostrar señales de conciencia.
Fuera de la habitación, un matrimonio esperaba con el rostro desencajado por la angustia.
La madre lloraba abrazada a su esposo. Los hombros le temblaban con fuerza mientras intentaba contener la opresión en el pecho.
Llevaba semanas viendo a su hija tendida, indefensa, en ese hospital.
La hija a la que casi nunca prestaba atención.
La hija a la que tantas veces había descuidado por culpa del trabajo.
Ahora el arrepentimiento llegaba demasiado tarde. Las lágrimas no dejaban de correr.
Dentro de la habitación, los dedos de la joven empezaron a moverse.
Despacio.
Muy despacio.
Luego le temblaron las pestañas y, por fin, abrió los ojos.
Lo primero que vio fue el rostro de un médico, parado justo frente a ella.
El hombre estaba sudando. Igual que las enfermeras a su alrededor.
Reflejo.
La joven se incorporó de golpe, alerta.
Su mirada era afilada, como la de un tigre recién despertado.
—¿Quiénes son ustedes?
El ambiente de la habitación se tensó al instante.
—¿Qué quieren de mí?
Sus ojos recorrieron el cuarto de punta a punta.
—¿Y dónde carajo estoy?
Su voz estaba cargada de recelo.
El doctor y las enfermeras se miraron entre sí.
Aquella mirada era demasiado afilada. Demasiado peligrosa. Como si ellos fueran enemigos y ella pudiera saltarles encima en cualquier momento.
La joven era Amelia.
O, más exactamente, el alma de Amelia, alojada ahora en el cuerpo de otra chica.
Aunque ella todavía no lo sabía.
Lo único que tenía claro era que, hacía un momento, dormía tan tranquila en su cuarto.
Entonces, ¿por qué estaba en un lugar desconocido?
¿La habrían secuestrado?
Ante esa posibilidad, su mirada se volvió aún más fría.
—Tranquila, señorita.
El doctor intentó sonreír, aunque un sudor frío le perlaba las sienes.
—Somos el personal médico que ha estado atendiendo a la señorita Amelia.
Amelia entrecerró los ojos, desconfiada.
—¿Atendiendo a quién? Hasta donde yo recuerdo, solo me fui a dormir.
Echó un vistazo alrededor.
—¿Cómo es que de repente estoy en un hospital?
El doctor respiró hondo.
—Usted acaba de despertar de un coma que duró un mes.
—¡¿Qué?!
Amelia se levantó de un salto.
—¡¿Un mes en coma?!
Abrió los ojos como platos.
—¡Imposible!
El doctor trató de mantener la calma.
—Usted sufrió un accidente de auto. El chofer que iba con usted murió en el lugar.
Pero Amelia negó con fuerza.
—¡Imposible!
—¡No tiene ningún sentido!
—¡Ayer mismo cumplí veintidós años!
El doctor se quedó helado. Su expresión se volvió seria.
—Creo que tendremos que repetirle los exámenes.
Amelia frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
El doctor la miró con cautela.
—La señorita Amelia tiene diecisiete años.
—Y el mes que viene cumplirá dieciocho.
Silencio.
La habitación quedó muda.
Amelia se limitó a mirarlo como si acabara de oír el chiste menos gracioso del mundo.
—¿Diecisiete años?
El doctor asintió.
—Así es.
Amelia soltó una risa seca.
—Bien.
—Resulta que en este hospital trabaja puro comediante.
Pero nadie se rio.
La sonrisa de Amelia se fue apagando poco a poco.
El corazón empezó a latirle más rápido.
Algo andaba mal.
Muy, muy mal.
Se miró las manos.
La piel era más blanca.
Más pequeña.
Más suave.
Hasta el cuerpo le pesaba mucho menos.
Un sudor frío le recorrió la espalda.
Mientras tanto, una pregunta enorme le daba vueltas en la cabeza.
Si ya no era Amelia Marta Geraldi, la de veintidós años...
¿entonces quién era ahora?
Y, lo que era más importante...
¿dónde estaban Papi y sus dos hermanos locos?
El corazón de Amelia latía cada vez más rápido.
Volvió a mirarse las manos.
Eran más pequeñas de lo que recordaba. La piel, mucho más blanca y fina. Hasta los dedos, que siempre cargaban las marcas de tantas horas de práctica de tiro y combate, se veían limpios, sin una sola cicatriz.
Una sensación incómoda empezó a trepar por su pecho.