Durante seis años, Lucía Morales fue la esposa que Alejandro Valdés mantuvo en secreto. Ante el mundo, él seguía soltero. Con su primer amor, Valeria, era atento y cariñoso. Hasta dejaba que el hijo de ella lo llamara «papá».
Para Lucía, en cambio, solo había desprecio.
Ni siquiera después de una cirugía agotadora, en la que logró salvar una vida, recibió una palabra de preocupación de su marido. Alejandro solo quería exigirle explicaciones por haber tratado mal a Valeria.
Lucía ya había solicitado su traslado a otro hospital. Ahora también estaba lista para quitarse el anillo.
—Quiero el divorcio. Te dejo libre.
Por primera vez, no le pedía que la amara. Le pedía que la dejara ir.
Pero Alejandro se negó.
Creía que ella nunca sería capaz de abandonarlo. Cuando comprende que esta vez va en serio, empieza a perder el control.
Él quiere recuperar a su esposa.
Lucía quiere recuperar los años que perdió esperando que la eligiera.
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Capítulo 12
Capítulo 11. ¿Iba a reconocer a aquel niño?
Cuando Lucía despertó a la mañana siguiente, la empleada ya estaba preparando el desayuno. Alejandro no había regresado en toda la noche. Seguramente se había quedado con aquella madre y su hijo.
Apartó una silla y se sentó. Apenas se disponía a comer cuando llamó su madre, sollozando.
—Lucía, sé que no lo has pasado bien desde que te casaste con esa familia. Pero esta vez te lo suplico: ayuda a Andrés.
Aquella admisión le dolió. Su madre sabía que había sufrido en esa casa y, aun así, no se había puesto de su lado cuando anunció que quería divorciarse de Alejandro.
Lucía apretó los cubiertos y respondió con voz ronca.
—Anoche ya se lo pedí.
No lo había hecho por su familia, sino por sí misma.
—¿Y qué te dijo?
—Que hablaríamos otro día.
Solo estaba repitiendo sus palabras, pero su madre la interrumpió, alegre.
—Sabía que no te ibas a quedar de brazos cruzados. No te preocupes, cuando pase lo de Andrés, no volveré a causarte problemas.
Elena colgó apresuradamente, como si temiera que su hija cambiara de idea y dejara de ayudar. Lucía se quedó callada unos segundos, dejó el teléfono y desayunó como si nada hubiera pasado.
No volvió al hospital hasta el mediodía. Al salir del ascensor, vio a Valeria conversando con varias enfermeras en el puesto de enfermería. Les había llevado pequeños regalos a todas: labiales Givenchy.
—Doctora Ortega, ¡qué bien la trata el señor Valdés!
—¡Claro! Son sus detalles de pareja y hasta nosotras salimos beneficiadas. ¿Y ahora nos toca ver lo enamorados que están?
Valeria tenía los ojos risueños. Iba a responder cuando vio a Lucía. Tomó una cajita de regalo y se acercó.
—Doctora Morales, es un pequeño detalle. Hay uno para todo el personal de salud. Este es el suyo.
Lucía miró el paquete. Si todo el personal de salud había recibido un regalo y ella lo rechazaba delante de los demás, seguramente la tacharían de arrogante.
—Gracias —dijo con indiferencia al aceptarlo.
Pasó junto a Valeria y entró en su despacho. Dejó caer el regalo dentro de un armario. Aceptarlo era una cosa; usarlo, otra.
Valeria entró detrás de ella, todavía sonriente.
—Doctora Morales, ¿usted y Alejandro se conocen?
Lucía detuvo la mano con la que iba a encender la computadora. Al notar aquella mirada inquisitiva, esbozó una sonrisa sin alegría.
—No mucho.
—Yo creía que se conocían bien. —Valeria fingió decepción antes de volver a sonreír—. Pero no importa. Si necesita algo, dígamelo y yo hablaré con él. Alejandro es buenísimo. No sabe: anoche a Nico le dolía el estómago y él vino, aunque era muy tarde, y se quedó cuidándolo toda la noche.
A Lucía se le cortó la respiración. Ya había supuesto que Alejandro se había ido con Valeria, pero no imaginaba que fuera porque el hijo de ella estaba enfermo. Recordó las veces en que ella misma se había sentido mal y había deseado tenerlo cerca; a cambio, solo recibió indiferencia.
Reprimió la decepción y volvió en sí.
—¿Ah, sí? Qué bien. Se esfuerza mucho por cumplir como padre.
Valeria solo pretendía tantear qué sentía Lucía por Alejandro. No esperaba que lo creyera padre del niño.
Eso facilitaba las cosas.
No aclaró nada. Se limitó a sonreír.
—Sí. Ya está arreglando los papeles para que Nico figure como parte de su familia.
Lucía se quedó rígida. ¿Incluirlo en su familia? ¿Iba a reconocer a Nicolás como hijo suyo?
—Doctora Ortega, hay un paciente que quiere consultarle algo —llamó una enfermera desde fuera.
Valeria respondió y observó a Lucía, que no mostraba ninguna reacción. Ojalá solo hubiera sido una impresión suya.
—Disculpe, doctora Morales. Tengo que atenderlo.
Se dio la vuelta y salió, con un destello de satisfacción en los ojos.
Lucía aflojó lentamente las manos que había mantenido cerradas. Respiró hondo y esbozó una sonrisa irónica.
Si él quería reconocer a aquel niño, ¿qué tenía que ver ya con ella?