Un listón morado. Un brazalete rojo. Y una regla que ninguno debe romper.
En la prestigiosa Academia Élite Amagi, la guerra entre chicos y chicas no es un juego: se dividen en pabellones opuestos, compiten por cada rincón del campus y nadie se atreve a cruzar "La Línea Roja".
Al frente de esta rivalidad están Aoi Kisaragi, la implacable y elegante presidenta de las chicas, y Ren Kageyama, el imponente y serio líder de los chicos. Para todos en el colegio, son rivales acérrimos que no se pueden ni ver.
Pero detrás de su mirada fría y su postura inquebrantable, Ren guarda el secreto más peligroso de la academia: lleva más de un año perdidamente enamorado de Aoi.
¿Qué pasará cuando un encuentro fortuito a solas amenace con sacar a la luz su secreto? En un internado donde amar al enemigo es una traición, mantener las apariencias será su batalla más difícil.
NovelToon tiene autorización de RealtiveRat para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Previa del Teatro
La semana previa al gran festival transcurrió en un frenesí de aguja, hilo, circuitos y gritos histéricos en los pasillos de la Academia Élite Amagi. El taller de diseño y costura del ala este se había convertido en una zona restringida donde las dos facciones del internado mantenían una tensa tregua supervisada de cerca por el comité disciplinario.
Era por la tarde cuando los tan ansiados uniformes oficiales para la obra final llegaron desde los talleres principales. El gran perchero metálico rodó por el suelo hasta detenerse en el centro de la sala, cubierto con una funda protectora translúcida que ocultaba el fruto de semanas de desvelos y disputas creativas.
Alrededor del perchero se congregaron los líderes y sus séquitos más cercanos. Aoi Kisaragi, con los brazos cruzados y el entrecejo ligeramente fruncido por la tensión de los últimos retoques, observaba la funda con la mirada crítica de una perfeccionista empedernida. A pocos pasos, Ren Kageyama apoyaba el hombro contra la pared, con las manos en los bolsillos y una sonrisa de suficiencia dibujada en el rostro.
—Bien, Kisaragi. Espero que tus famosas costuras clásicas no se desarmen cuando los chicos hagan las coreografías de combate —burló Ren, rompiendo el silencio con su tono relajado de siempre.
Aoi giró la cabeza hacia él con la velocidad de un resorte, y sus ojos azul claro despidieron destellos de pura advertencia.
—Guarda tus comentarios sarcásticos para cuando veas el resultado, Kageyama —respondió Aoi con voz cortante y altiva—. Cada puntada de estos trajes fue diseñada bajo estrictos estándares de elegancia e innovación. No son una de tus ridículas armaduras de cartón que se desarman con un estornudo.
—Eso lo veremos ahora mismo —replicó Ren, levantando una ceja con curiosidad.
Aoi dio un paso al frente, estiró los dedos y deslizó la cremallera de la funda protectora hacia abajo con un movimiento seco. El plástico se apartó, revelando los trajes definitivos que sacaron un suspiro de asombro colectivo en la habitación.
El diseño era una auténtica obra maestra de la fusión estética. Manteniendo la base aristocrática y pulcra de los vestidos y chaquetones de época del Pabellón Blanco, Aoi había integrado con maestría una serie de detalles futuristas inspirados en videojuegos y alta tecnología: sutiles bordados geométricos con hilos plateados que brillaban bajo la luz artificial, hombreras estructuradas con paneles estéticos y ribetes con luces LED diminutas e imperceptibles a simple vista que daban una elegancia ciberpunk impecable.
Incluso los atuendos masculinos combinaban la sobriedad de un abrigo largo de noble con la silueta atlética de un protagonista de RPG moderno.
—Impresionante... tengo que admitirlo, te quedó genial, Presidenta —murmuró Kenji, con los ojos brillando de emoción patriótica por el Pabellón Negro.
Aoi sintió que el orgullo le inflaba el pecho, pero mantuvo la barbilla en alto, cruzándose de brazos de nuevo.
—Por supuesto que lo es. No esperaba que lo entendieras, pero al menos tienes buen ojo para lo obvio, Sato —contestó ella con aire superior.
Ren, por su parte, se acercó despacio al perchero y tomó el abrigo largo de caballero noble que le correspondía. Sin decir una sola palabra, se retiró al probador privado del fondo para ponérselo y comprobar las medidas exactas.
Pasaron un par de minutos en los que el taller se llenó de murmullos y comentarios de los séquitos revisando las piezas de vestuario.
Cuando la puerta del probador se abrió de golpe, el sonido de las conversaciones se extinguió de manera instantánea.
Ren Kageyama salió del cubículo ajustándose los puños de la chaqueta oscura. El diseño entallado del abrigo largo de época con los ribetes plateados y las líneas futuristas le sentaba a la perfección, marcando su altura, su complexión atlética y dándole una presencia imponente y magnética que dejó a más de una chica con la boca abierta. El pañuelo rojo amarrado al brazo contrastaba de manera perfecta con la elegancia sobria de la prenda.
Aoi, que estaba revisando unos bocetos en la mesa central, levantó la vista hacia él por pura inercia.
En cuanto sus ojos chocaron con la figura de Ren, las palabras se le atoraron por completo en la garganta. El aire pareció abandonar sus pulmones durante un segundo absoluto. Su cerebro sufrió un cortocircuito momentáneo al ver lo ridículamente bien que le quedaba el diseño que ella misma había supervisado y modificado.
(Ese idiota... ¿en qué momento se volvió tan... pasable con ropa formal...?!), pensó Aoi, sintiendo cómo un calor traicionero y repentino le encendía las mejillas desde el cuello hasta la punta de las orejas. Desvió la mirada hacia el suelo a la velocidad de la luz, carraspeando con fuerza para recuperar la compostura.
—E-Ejem... ¡No te hagas ilusiones, Kageyama! El traje hace al monje, pero en tu caso el monje sigue arruinando la tela —espetó Aoi, agitando las manos de forma defensiva mientras su rostro delataba el leve rubor que intentaba ocultar con furia.
Ren soltó una carcajada suave, divertida por la reacción de su archirrival, y se acercó un par de pasos hacia ella con una sonrisa torcida.
—¿De verdad piensas eso, Kisaragi? Porque tu cara de tomate dice exactamente lo contrario —murmuró Ren en un tono bajo y burlón, inclinándose ligeramente hacia ella para acortar distancia.
Aoi sintió que la sangre le hervía de pura rabia y vergüenza ante la provocación, preparándose mentalmente para gritarle alguna grosería monumental y empujarlo lejos.
Pero antes de que pudiera abrir la boca para desatar su furia, la atención de Ren se desvió de golpe hacia el otro lado del taller.
Dos estudiantes del Pabellón Negro (encargados de los soportes y luces del escenario) se habían acercado a la zona donde Aoi tenía colgado su propio vestido de Julieta modernizado. Uno de ellos, un chico del equipo de tecnología con el brazalete rojo al brazo y una sonrisa amigable, estiró la mano para tocar con admiración los detalles brillantes de la tela y comenzó a hacerle cumplidos a Aoi en voz alta sobre lo hermosa que se veía la prenda y lo increíble que ella lucía al liderar la parte estética.
En una fracción de segundo, la expresión divertida y relajada en el rostro de Ren desapareció por completo. Sus ojos marrones se endurecieron y una oleada de un intenso, repentino e inexplicable celo protector le recorrió todo el cuerpo al ver a dos chicos de su propio pabellón curioseando tan de cerca los diseños de Aoi y dirigiéndole miradas demasiado entusiasmadas.
(¿Y estos dos de dónde salieron? ¿Por qué se le acercan tanto a respirarle en la nuca...?), pensó Ren con el ceño fruncido, sintiendo un molesto nudo en la boca del estómago que jamás había experimentado antes.
Sin pensarlo dos veces, Ren dio media vuelta ignorando los reclamos pendientes de Aoi, cruzó la sala a grandes zancadas y se interpuso bruscamente entre el estudiante del Pabellón Negro y el vestido, apartándolo con el hombro bajo una excusa absurda sobre el espacio de circulación.
—Oigan, más espacio por aquí, la zona de los maniquíes es para el comité de vestuario. Vuelvan a calibrar los cables a su sección —gruñó Ren con una seriedad e intimidación imprevistas que hicieron retroceder a los dos chicos del Pabellón Negro completamente sorprendidos.
Aoi parpadeó un par de veces, completamente desconcertada por el cambio de actitud tan drástico de su rival. Frunció el ceño con profunda sospecha, cruzándose de brazos mientras lo miraba con desdén.
—¿A qué viene ese arranque de cavernícola territorial ahora, Kageyama? ¿Te dio un cortocircuito en el cerebro o es que la chaqueta te aprieta demasiado los hombros? —espetó Aoi con los brazos en jarra.
Ren se giró hacia ella con una expresión neutral, intentando disimular el inexplicable fuego interno que sentía, y le respondió con su típica sonrisa cínica:
—Solo cuidaba que estos torpes del Pabellón Negro no arruinen los trajes con grasa de cables antes del estreno, Kisaragi. Alguien tiene que mantener un poco de orden en este circo.
—¡Lárgate a tu zona y déjame en paz, idiota! —chilló Aoi, dándose la media vuelta con furia mientras su corazón latía desbocado por razones que se negaba rotundamente a admitir.
La cuenta regresiva para el gran día había comenzado, y la tensión entre ambos estaba a punto de estallar en el escenario.