Sinopsis:
A los catorce años, ella se internó en la selva para salvarle la vida de un secuestro; a cambio, él la redujo a un recuerdo insignificante: una niña habladora, flacucha y con gafas.
Siete años después y tras la trágica pérdida de sus padres, un matrimonio por conveniencia y gratitud los une solo sobre el papel para proteger el patrimonio farmacéutico de su familia. Para ella, era la oportunidad de reencontrarse con el amor silencioso de su infancia; para él, el brillante y arrogante heredero de un imperio aeronáutico, no era más que un trámite molesto.
La ilusión se rompe en mil pedazos en la oscuridad de un club nocturno, cuando ella escucha cómo él se burla cruelmente de su recuerdo ante sus amigos, ignorando que la mujer que tiene a unos metros es dueña de una belleza arrolladora y un intelecto letal.
Sin reclamos ni lágrimas, la respuesta llega el lunes por la mañana: una demanda de divorcio exprés por matrimonio no consumado.
NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15: A diez mil metros sobre el abismo
El alba del lunes no trajo sol, sino un manto de niebla helada que se pegaba al asfalto de la pista de rodaje como gasa húmeda.
A las cinco y veinte de la madrugada, las turbinas gigantescas del Boeing 777 emitían un zumbido sordo que hacía vibrar el suelo del hangar. El fuselaje blanco, pintado ahora con los sellos combinados de Foster Cargo y Laboratorios Morel, lucía imponente bajo los reflectores de vapor de sodio.
Elena llegó escoltada por dos guardias de la terminal privada. Vestía pantalones oscuros de lana térmica, botas planas de cuero flexible y un abrigo acolchado de corte sobrio, con el cabello rubio trenzado hacia un lado para mantener despejado el rostro. En la mano llevaba su maletín de monitoreo con las contraseñas criptográficas de los contenedores criogénicos.
Al pie de la escalerilla mecánica, una figura solitaria supervisaba el último acople de las mangueras de presurización externa.
Alexander vestía una chaqueta de vuelo negra de piloto, pantalones tácticos oscuros y los auriculares de comunicación colgados al cuello. Ya no llevaba los vendajes toscos de la semana anterior; en su lugar, unos guantes finos de cuero térmico cubrían sus manos lastimadas. Tenía el rostro afeitado con pulcritud, el cabello corto peinado hacia atrás y una concentración de acero en la mirada.
Cuando sintió los pasos de Elena, se giró de inmediato. Por una fracción de segundo, sus ojos grises se iluminaron con una intensidad devota, pero no hubo sonrisas arrogantes ni comentarios fuera de lugar. Bajó dos escalones y se cuadró con la sobriedad de un oficial militar frente a su general.
—Buenos días, doctora Morel —saludó con la voz limpia, grave y tranquila—. Las doce cápsulas maestras con el lote de Catharanthus-M ya están aseguradas en el compartimento criogénico central. La temperatura del nitrógeno líquido está clavada en menos setenta y dos grados.
Elena subió los escalones, sosteniéndole la mirada con firmeza.
—¿El plan de vuelo está confirmado con el control aéreo de Bruselas?
—Ruta polar directa —respondió Alexander, haciéndose a un lado para dejarla pasar a la cabina principal sin invadir su espacio ni rozar su ropa—. Esquivamos el espacio aéreo suizo por completo para evitar cualquier retraso burocrático de los Von Berg. Catorce horas sin escalas hasta Frankfurt.
—Bien —dijo ella, cruzando la compuerta presurizada—. En marcha.
El despegue fue impecable. Los motores rugieron con una fuerza descomunal y la mole de acero atravesó el banco de niebla en un ascenso suave, ganando altura hasta perforar el techo de nubes y quedar suspendida en un cielo azul cobalto donde el sol naciente teñía las alas de fuego anaranjado.
Lejos de los aviones de carga convencionales, la cubierta superior de la aeronave había sido adaptada como centro de comando y descanso: un par de sillones ergonómicos de piel, una mesa de monitoreo digital con pantallas de telemetría y una pequeña estación de café y provisiones.
Durante las primeras cuatro horas, la convivencia fue un ejercicio de disciplina aséptica. Elena revisaba los gráficos de estabilidad molecular en su tableta, anotando microvariaciones en los datos de cultivo. En el extremo opuesto de la consola, Alexander no se sentó una sola vez: calibraba los sistemas de enfriamiento, verificaba los reportes meteorológicos satelitales y hablaba con los pilotos en la cabina de mando con monosílabos precisos.
Era extraño verlo así. Durante años, Elena solo había conocido al Alexander que delegaba todo con un gesto de desdén, el muchacho que jamás se ensuciaba los dedos ni se molestaba en entender el esfuerzo ajeno. Ahora, observaba a un hombre en su elemento absoluto: riguroso, hipercompetente, con un dominio milimétrico de la aeronavegación que inspiraba una confianza ciega.
El aroma suave a hierbas silvestres rompió la concentración de Elena.
Levantó la vista. Alexander estaba a un metro de su mesa, sosteniendo una taza de porcelana humeante sobre una servilleta de lino.
—Manzanilla silvestre con una pizca de menta seca —dijo él en voz baja, dejando la taza sobre el soporte antivuelco con una delicadeza casi reverente—. Hice que la subieran de tu cafetería habitual antes de salir. El aire presurizado de la cabina suele secar las cuerdas vocales después de tres horas.
Elena miró la taza y luego lo miró a él. La sombra de Bastián Vance cruzó por su mente: Bastián le había servido té en su ático, pero Alexander había hecho traer su mezcla exacta de hierbas medicinales a un avión de carga en medio de la madrugada.
—Gracias, Alexander —murmuró ella, sintiendo una punzada tibia en el centro del pecho.
Él no aprovechó el agradecimiento para sentarse a su lado. Asintió con respeto y retrocedió a su estación de telemetría, como si cada paso que daba hacia ella fuera un terreno sagrado que temía profanar.
Elena tomó un sorbo. El calor dulce del té le aflojó la tensión de la nuca. Se descubrió a sí misma mirándolo de reojo a través del reflejo del cristal de la consola: notó las líneas de fatiga alrededor de sus ojos, la tensión permanente en sus hombros anchos y la silueta del amuleto de resina abultando discretamente bajo el cierre de su chaqueta negra.
El hombre que la humilló en aquel club nocturno parecía una sombra extinguida. El que estaba frente a ella era un extraño dispuesto a quemarse vivo con tal de mantenerla a salvo.
A las seis horas de vuelo, mientras cruzaban la inmensidad gris del Atlántico Norte, el tablero principal de la cabina emitió tres pitidos agudos y estridentes.
La luz de cabina parpadeó una vez. El avión entero se sacudió con un golpe seco, seguido por una caída violenta de altitud que hizo que los cinturones de seguridad se tensaran con fuerza.
—¡Atención en cubierta! —bramó la voz del comandante a través del interfono—. Entramos en una corriente de chorro imprevista sobre la costa de Groenlandia. Turbulencia severa de nivel cuatro. Aseguren todo el equipo suelto.
El Boeing se ladeó violentamente hacia la izquierda. Las alarmas de la consola criogénica comenzaron a parpadear en rojo escarlata.
Elena se inclinó sobre su pantalla con el corazón en la garganta.
—¡El subsistema térmico de la bodega dos se desconectó! —gritó ella por encima del rugido de los vientos exteriores—. La válvula de purga de nitrógeno se trabó por escarcha en la compuerta exterior. ¡La temperatura en las cápsulas siete y ocho está subiendo tres grados por minuto! Si pasa de menos cuarenta, los enlaces de la proteína se desnaturalizan y el lote entero quedará inservible.
Eran cinco años de trabajo. Eran las últimas muestras puras cultivadas a partir de las cepas que sus padres recolectaron en la isla.
Elena soltó su arnés de seguridad de inmediato, dispuesta a bajar por la escalerilla hacia la bodega de carga, pero una mano grande y firme la detuvo por el hombro.
—¡Tú te quedas aquí! —ordenó Alexander.
Su voz ya no era sumisa; era la de un comandante en medio del combate. Se había quitado la chaqueta de piloto en un solo movimiento, quedando en una camiseta térmica de manga corta, revelando los músculos tensos de los brazos y las cicatrices frescas de las zarzas.
—¡Son mis fórmulas, Alexander! —protestó ella, intentando zafarse—. ¡Si se rompe el sello térmico, no queda nada!
—¡La bodega secundaria no tiene presurización humana en este momento! —gritó él mientras la empujaba suavemente de vuelta al asiento y abrochaba el arnés de seguridad con dedos veloces—. La temperatura ahí abajo está a cincuenta bajo cero por la falla de la válvula. Si bajas sin el traje térmico pesado, tus pulmones colapsarán en dos minutos.
Alexander tomó una llave de torsión de titanio del panel de emergencias.
—Yo conozco el mecanismo manual de ese compresor. Voy a cerrar la fuga desde adentro.
—¡Alexander, no tienes el traje puesto! —el pánico en la voz de Elena fue tan puro, tan visceral y desprovisto de odio que el propio Alexander se detuvo una fracción de segundo frente a ella.
El avión cayó otros diez metros en un pozo de aire, haciendo crujir las cuadernas de titanio.
Alexander la miró a los ojos. En medio de las alarmas rojas y el rugido de los motores al límite, sus ojos grises no tenían miedo; ardían con una determinación absoluta, limpia y feroz.
Se inclinó sobre ella por un instante, apenas rozando la curva de su hombro con su aliento cálido.
—No voy a dejar que tus padres mueran dos veces, Elena —susurró con una firmeza que le desgarró el alma—. Confía en mí.
Sin esperar respuesta, abrió la escotilla sellada que descendía a las entrañas del avión y se deslizó hacia la oscuridad helada de la bodega de carga.
Los siguientes diez minutos fueron una agonía insoportable.
El avión se estremecía bajo los embates del viento helado del Ártico. En la pantalla de Elena, los números no se detenían: menos cuarenta y dos... menos treinta y nueve... El umbral crítico de degradación molecular estaba a un solo grado de distancia.
—¡Alexander! —gritó ella por el comunicador de la consola, con las manos temblorosas sobre los mandos—. ¡Alexander, respóndeme!
Solo había estática y el sonido sordo de golpes metálicos contra el hielo en el piso inferior.
De pronto, un chirrido agudo de metal forzado resonó a través de los conductos de ventilación. La aguja del sensor parpadeó en rojo, vaciló... y cayó en picada: menos cuarenta y cinco... menos cincuenta y dos... menos sesenta y ocho.
El indicador del compartimento volvió a iluminarse en verde brillante. Las cápsulas estaban a salvo.
Elena soltó un grito ahogado de alivio, pero el alivio duró una milésima de segundo: el micrófono de la bodega seguía abierto y a través de él solo se escuchaba un jadeo agónico y el golpe seco de un cuerpo desplomándose contra el suelo de chapa.
Sin importarle la turbulencia ni las órdenes de la cabina, Elena se desabrochó el arnés, corrió hacia la escotilla y bajó por la escalerilla metálica a toda velocidad.
El frío en la bodega secundaria la golpeó como un mazazo de hielo.
El suelo estaba cubierto por una capa fina de escarcha blanca. Y allí, arrodillado junto al conducto de nitrógeno recién sellado con la llave de torsión todavía apretada entre los dedos, estaba Alexander.
Tenía los labios completamente azules, la piel del rostro de una palidez fantasmal y los brazos cubiertos de quemaduras por congelación. Las manos, desnudas sobre el metal a sesenta bajo cero para poder maniobrar el perno diminuto que el guante no le permitía girar, estaban sangrando, pegadas a la escarcha.
—¡Alexander! —Elena cayó de rodillas a su lado sobre el suelo helado, envolviéndolo con sus brazos sin dudarlo un segundo.
El cuerpo de él temblaba con convulsiones violentas por el choque térmico. Levantó los párpados con un esfuerzo titánico, mirándola a través de una neblina de escarcha pegada a sus pestañas.
—Están... están a salvo... —susurró con un hilo de voz que apenas vibró en el aire congelado—. Tus plantas... están a salvo, ratoncito...
La vieja palabra infantil, pronunciada entre estertores de frío y devoción absoluta, fue el golpe de gracia que destrozó para siempre el muro de hielo en el corazón de Elena.
—¡Estás loco! ¡Eres un imbécil! —sollozó ella, con las lágrimas rodándole por las mejillas y congelándose en su barbilla mientras pasaba el brazo de él sobre sus hombros con una fuerza que no sabía que tenía—. ¡Arriba! ¡Vamos, camina, no te atrevas a morirte aquí!
Arrastrándolo prácticamente a cuestas, apoyándolo contra su cuerpo menudo pero inquebrantable, logró subirlo por la escalerilla hasta el calor presurizado de la cubierta superior. Cerró la escotilla de un golpe y lo dejó caer sobre el sofá de cuero blanco, cubriéndolo de inmediato con tres mantas térmicas de emergencia.
Elena se movió con la rapidez clínica de un médico de urgencias: encendió los calentadores de aire al máximo, sacó el botiquín de trauma y preparó compresas tibias y analgésicos intravenosos.
Se sentó en el borde del sofá, tomándole las manos congeladas entre las suyas.
La piel de los dedos de Alexander estaba desgarrada, con ampollas de frío y sangre coagulada. Elena comenzó a limpiar las heridas con solución tibia, con una delicadeza infinita, dejando que sus propias lágrimas cayeran sobre la piel herida de él.
Alexander abrió los ojos con lentitud. El calor de la cabina comenzaba a devolverle el pulso, pero el dolor en sus extremidades era atroz. Sin embargo, no miró sus manos: miró el rostro de Elena, bañado en llanto, inclinado sobre él con una ternura desesperada.
Con los dedos entumecidos que apenas respondían, levantó la mano derecha y rozó suavemente la mejilla mojada de ella.
—No llores... —susurró Alexander con la voz rota—. Prefiero que me odies a verte llorar así.
Elena levantó la mirada, con los ojos verdes empañados por una tormenta de emociones que ya no podía contener.
—¿Por qué? —le recriminó con la voz ahogada en un sollozo—. ¿Por qué te arriesgas así por mí? Pudiste perder los dedos... pudiste entrar en paro cardíaco ahí abajo...
Alexander la miró con una sinceridad tan pura, tan despojada de cualquier sombra de arrogancia, que el universo entero pareció reducirse a ese espacio entre ellos.
—Porque una vez te dejé sola en una cueva esperando a que yo fuera un hombre —respondió él, con una lágrima brillando en su propio ojo antes de perderse en la almohada—. Y pasé cinco años siendo un cobarde ciego. No me importa perder las manos, Elena. No me importa perder los aviones. Solo me importa que sepas que este imbécil daría su último aliento con tal de verte cumplir tu sueño.
Elena no pudo más. El recuerdo del club nocturno, el dolor del abandono, la figura lejana de Bastián Vance... todo se disolvió bajo el peso aplastante de la verdad: jamás había dejado de amarlo. El amor que sentía por Alexander no era una ilusión de la infancia; era una fuerza salvaje, indestructible, forjada en la selva y probada en el fuego del arrepentimiento más absoluto.
Inclinó el rostro hacia adelante y, sin titubear, unió sus labios con los de él.
El beso tuvo sabor a sal, a frío y a lágrimas, pero ardió con el calor de un volcán dormido. Alexander contuvo el aliento, con el corazón golpeándole las costillas como un potro desbocado, envolviendo suavemente la nuca de Elena con sus dedos vendados para no dejarla ir, respondiendo a la caricia con una devoción tan profunda, tan hambrienta y desesperada que ambos sintieron que el avión entero se desvanecía en el aire.
Cuando Elena se apartó lentamente, apoyando su frente contra la de él mientras recuperaban el aliento, sus ojos verdes brillaban con una promesa nueva.
—Tendrás que vivir, Alexander Foster —susurró ella contra sus labios con una sonrisa rota pero deslumbrante—. Porque todavía tienes una vida entera que compensarme.
El Boeing 777 emergió de la tormenta hacia los cielos despejados de Europa, mientras a diez mil metros de altura, dos almas heridas por el orgullo y el desprecio sellaban, entre vendas y suspiros, la redención de un amor que ya nadie en el mundo podría volver a quebrar.