«El Cielo la condenó. El Infierno la reclamó. Ella decidió que ambos debían arder».
Desde el principio de los tiempos, ángeles y demonios han protegido un equilibrio sostenido por juramentos de sangre y secretos que jamás debieron revelarse.
Cuando una joven comienza a recordar vidas que nunca vivió y a soñar con un hombre de ojos carmesí, su existencia se convierte en una amenaza para ambos reinos.
El Cielo ordena destruir su alma. El Infierno exige capturarla.
Y él, un soberano infernal que una vez la amó y la odió con la misma intensidad, recibe la misión de entregarla a sus enemigos.
Pero ella no recuerda su rostro, sus promesas ni la traición que los separó.
Entre pactos prohibidos, recuerdos manipulados y un amor condenado, descubrirá que los monstruos no siempre habitan en el Infierno.
Porque ella no fue creada para salvar el mundo.
Fue la razón por la que una vez estuvo a punto de desaparecer.
Y el mayor pecado de los inmortales fue olvidar a quién debían temer.
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El soberano de las cenizas
Reino Infernal — Palacio de Nocthar
El Infierno no siempre ardía.
Aquella era una de las primeras mentiras que los mortales habían inventado sobre él.
Existían regiones donde el fuego jamás se extinguía, desiertos de cristal negro que reflejaban estrellas inexistentes y océanos cuyas aguas parecían hechas de mercurio. También había ciudades, bibliotecas, jardines y palacios tan antiguos que sus constructores habían sido olvidados incluso por los inmortales.
Pero, por encima de todos aquellos dominios, se alzaba Nocthar.
La ciudad de las cenizas eternas.
Sus torres oscuras atravesaban un cielo perpetuamente teñido de violeta, mientras enormes puentes de piedra conectaban fortalezas suspendidas sobre abismos insondables.
En el corazón de la ciudad se encontraba el Palacio del Trono Carmesí.
Allí gobernaba Kaelith Nocthar.
Y aquella mañana, por primera vez en tres mil años, su soberano había cancelado una reunión del Consejo Infernal.
—Permíteme asegurarme de haber entendido correctamente.
Darius Vhal permanecía frente al escritorio de su señor, con los brazos cruzados y una expresión que oscilaba entre la incredulidad y el agotamiento.
—¿Has cancelado una audiencia con los siete señores infernales porque un reloj comenzó a funcionar?
Kaelith no respondió.
Estaba sentado junto a una ventana arqueada, contemplando el pequeño objeto de plata que descansaba en la palma de su mano.
Tic.
Tic.
Tic.
Darius observó el reloj.
—Admito que resulta interesante. Aunque conozco a un relojero bastante competente en el distrito occidental. Seguramente podría explicarnos...
—Darius.
—¿Sí, mi señor?
—Si continúas hablando, descubrirás personalmente cuánto tiempo tarda un demonio en caer desde esta torre.
El general miró hacia la ventana.
Después hacia el suelo.
—Una amenaza muy específica. Supongo que debo sentirme honrado.
Kaelith dejó escapar un suspiro.
Había gobernado durante milenios. Había negociado con entidades capaces de extinguir civilizaciones, sofocado rebeliones y presenciado el nacimiento y la desaparición de incontables reinos humanos.
Sin embargo, nada conseguía agotar su paciencia con tanta eficacia como su propio general.
—¿Has terminado?
—Todavía no.
—Qué desgracia.
Darius sonrió.
Era uno de los pocos seres que podían permitirse semejante familiaridad con el soberano infernal.
No porque Kaelith fuera indulgente, sino porque ambos habían sobrevivido a guerras que la historia se había encargado de borrar.
Habían combatido juntos.
Habían perdido demasiado.
Y, en cierta ocasión, Darius había encontrado a su señor arrodillado entre las ruinas de un palacio celestial, sosteniendo entre sus brazos a una mujer que ya no podía salvar.
Desde entonces, jamás volvió a preguntarle por aquella noche.
Hasta ahora.
—Es ella, ¿verdad?
El silencio cayó sobre la habitación.
Kaelith cerró lentamente el reloj.
—Ten cuidado con tus siguientes palabras.
Darius abandonó su expresión burlona.
—Tres mil años, Kaelith.
El soberano levantó la mirada.
—Lo sé.
—Tres mil años persiguiendo rumores, investigando profecías y rechazando cualquier posibilidad de que...
—He dicho que lo sé.
La temperatura de la habitación descendió.
Las llamas de los candelabros se inclinaron hacia el suelo, como si una fuerza invisible las obligara a rendir homenaje.
Darius permaneció inmóvil.
Había aprendido que la ira de Kaelith rara vez se manifestaba mediante gritos.
Su señor se volvía más peligroso cuanto más serena sonaba su voz.
Finalmente, el general inclinó ligeramente la cabeza.
—Mis disculpas.
Kaelith volvió a mirar el reloj.
Durante siglos había imaginado que el regreso de Seraphine despertaría en él una satisfacción indescriptible.
Había deseado encontrarla.
Exigir respuestas.
Preguntarle por qué había elegido abandonarlo.
Por qué había pronunciado aquellas palabras.
Por qué, cuando el universo comenzó a derrumbarse, lo había mirado como si supiera algo que él jamás comprendería.
Pero cuando sintió su presencia aquella mañana, no experimentó satisfacción.
Sintió miedo.
Un miedo antiguo.
Vergonzoso.
El mismo que había sentido mientras la sostenía entre sus brazos.
—Está viva —murmuró.
Darius no respondió inmediatamente.
—¿Estás seguro?
Kaelith levantó el reloj.
—Este objeto fue creado junto a otro, utilizando un fragmento de su esencia. Ambos se detuvieron cuando ella desapareció.
—¿Y ahora?
Tic.
Tic.
Tic.
—Ahora uno de ellos vuelve a latir.
Darius observó a su señor durante varios segundos.
—Entonces debemos traerla aquí.
—No.
—Kaelith...
—He dado una orden.
El general apretó la mandíbula.
—Los celestiales no esperarán.
—Lo sé.
—Aurelian lleva siglos vigilando cualquier señal de su regreso. Si descubre que...
—Ya lo ha descubierto.
Darius guardó silencio.
Kaelith se levantó.
Su figura proyectó una sombra desproporcionada sobre el suelo de mármol negro.
—El Cielo sintió su despertar al mismo tiempo que nosotros.
—Entonces estamos perdiendo el tiempo.
—No necesariamente.
Kaelith caminó hacia una mesa donde descansaba un mapa del mundo humano.
Sus dedos se detuvieron sobre una pequeña ciudad rodeada de montañas.
Vespera.
—Si Aurelian quisiera eliminarla inmediatamente, ya habría enviado a sus ejecutores.
Darius frunció el ceño.
—¿Qué estás insinuando?
—Que el Cielo no sabe cuánto recuerda.
—¿Y nosotros?
Kaelith permaneció inmóvil.
—Tampoco.
Aquella respuesta inquietó al general más que cualquier amenaza.
Porque significaba que, por primera vez en siglos, su soberano estaba actuando sin conocer las reglas del juego.
En el salón principal del Consejo Infernal, siete tronos de piedra negra rodeaban una mesa circular.
Seis estaban ocupados.
El séptimo permanecía vacío.
Aquel asiento pertenecía a uno de los señores infernales que no había acudido a la convocatoria. El soberano poseía su propio trono, situado en una plataforma elevada al extremo del salón.
Pero aquella mañana tampoco estaba presente.
Y su ausencia comenzaba a convertirse en un insulto.
—Esto es inadmisible.
El señor infernal Malachar golpeó la mesa con su bastón.
Era una criatura de apariencia anciana, con largos cabellos blancos y ojos semejantes a brasas apagadas.
—Llevamos dos horas esperando.
—Dos horas y diecisiete minutos —corrigió una voz femenina.
Lilithra Morvayne permanecía recostada elegantemente sobre su asiento, examinando las uñas de una mano enguantada.
Su vestido color vino contrastaba con la oscuridad del salón.
—Aunque debo admitir que la indignación te favorece, Malachar. Te devuelve algo de color al rostro.
El anciano la fulminó con la mirada.
—Esto no es un juego, Lilithra.
—Qué decepción. Y yo que había venido preparada para divertirme.
Uno de los otros consejeros carraspeó.
—La ausencia del soberano podría interpretarse como una falta de respeto hacia este Consejo.
Lilithra levantó lentamente la mirada.
—¿Y quién piensa comunicárselo?
Nadie respondió.
La noble infernal sonrió.
—Eso imaginé.
Aunque el Consejo poseía autoridad sobre numerosos territorios infernales, todos conocían una verdad fundamental.
Kaelith no gobernaba porque los siete señores lo hubieran elegido.
Gobernaba porque, cuando el antiguo orden cayó, ninguno de ellos había conseguido arrebatarle el trono.
Y los pocos que lo habían intentado ya no formaban parte del Consejo.
—Hay asuntos más importantes —intervino Malachar—. Los sellos del norte se están debilitando.
Lilithra dejó de sonreír.
—¿Cuántos?
—Tres de los nueve han comenzado a agrietarse.
Un murmullo recorrió la mesa.
Aquellos sellos no protegían al Infierno de una invasión.
Protegían algo que permanecía encerrado desde la primera guerra.
Algo cuyo nombre había sido eliminado de los archivos.
—Eso es imposible —murmuró otro consejero—. Los sellos fueron establecidos mediante el Pacto Primordial.
—Los pactos pueden romperse —respondió Lilithra.
Malachar la observó con desconfianza.
—Hablas como si supieras algo.
La demonio cruzó lentamente las piernas.
—Sé muchas cosas, querido.
—Entonces compártelas.
—¿Y arruinar el encanto del misterio?
Antes de que Malachar pudiera responder, las puertas del salón se abrieron.
Un joven de cabellos blancos entró sin anunciarse.
Vael Draven.
Su expresión despreocupada contrastaba con la solemnidad del lugar.
—Vaya, qué reunión tan conmovedora. Siete tronos, seis rostros amargados y ni una sola copa de vino decente.
Lilithra soltó una carcajada.
—Vael, cariño, llegas tarde.
—Lo sé. Intenté llegar todavía más tarde, pero me aburrí.
Malachar se puso de pie.
—¡No tienes autorización para entrar!
Vael lo miró con fingida sorpresa.
—¿De verdad? Qué extraño. Las puertas no parecían estar de acuerdo.
—¡Guardias!
Nadie apareció.
El joven sonrió.
—Les he concedido el resto de la mañana libre.
Lilithra apoyó el mentón sobre una mano.
—Qué considerado.
Vael caminó hacia el trono elevado del soberano.
Lo contempló durante unos instantes.
Después deslizó los dedos por el respaldo.
—Así que nuestro amado soberano ha decidido ignorarnos.
—Retírate inmediatamente —ordenó Malachar.
Vael no le prestó atención.
—Me pregunto qué podría ser tan importante.
Sus ojos violetas recorrieron los rostros de los presentes.
—¿Una rebelión? ¿Una guerra? ¿O quizá... una vieja historia de amor?
El silencio fue inmediato.
Lilithra dejó de sonreír.
Y Vael comprendió que había acertado.
En la torre occidental del palacio, Kaelith abrió una puerta que llevaba siglos cerrada.
No utilizó ninguna llave.
Simplemente apoyó la palma sobre la madera oscura y murmuró unas palabras en una lengua anterior a los reinos.
Los sellos dorados que cubrían el marco se iluminaron.
Después desaparecieron.
La puerta se abrió.
Darius permaneció en el pasillo.
—Pensé que habías destruido esta habitación.
—Eso habría sido lo sensato.
Kaelith entró.
El aire olía a flores secas y pergamino antiguo.
Era una estancia amplia, iluminada por una claridad tenue que parecía provenir de las propias paredes.
Había estanterías repletas de libros, una mesa junto a la ventana y un pequeño jardín interior donde crecían rosas blancas.
Rosas auténticas.
En el Infierno.
Darius las contempló con una expresión sombría.
—Siguen vivas.
—Nunca dejaron de estarlo.
Kaelith caminó lentamente por la habitación.
Cada objeto permanecía exactamente donde había sido colocado tres mil años atrás.
Un libro abierto.
Una copa de cristal.
Un pequeño cofre de madera.
Y, sobre una silla, un manto blanco bordado con hilos de oro.
Kaelith se detuvo frente a él.
Durante un instante, su expresión perdió toda dureza.
Recordó una voz.
Una risa suave.
Una mujer sentada junto a la ventana, quejándose de que los jardines infernales necesitaban urgentemente algo más que flores negras.
«No todo tiene que parecer un funeral, Kaelith».
Había respondido que el Infierno no era precisamente conocido por su hospitalidad.
Ella se había reído.
«Entonces tendremos que mejorar su reputación».
Tres mil años.
Y todavía podía recordar la forma exacta de aquella sonrisa.
Kaelith cerró los ojos.
—No deberías estar aquí —murmuró Darius.
—Probablemente.
—Esta habitación...
—No está maldita, Darius.
El general guardó silencio.
Kaelith acarició uno de los pétalos blancos.
—Al menos, no de la manera que imaginas.
Sobre la mesa descansaba un pequeño cofre.
Lo abrió.
En su interior había una pieza de oro.
Un fragmento de corona.
Sus bordes estaban ennegrecidos y una grieta atravesaba la superficie.
Darius dio un paso hacia atrás.
—Kaelith...
—¿La reconoces?
—Por supuesto.
—Entonces también recordarás lo que sucedió aquella noche.
El general apartó la mirada.
—Recuerdo una guerra.
—No te he preguntado eso.
—Recuerdo el palacio cayendo.
—Darius.
—Y recuerdo encontrarte entre las ruinas.
Kaelith levantó lentamente el rostro.
—¿Qué más?
El general tardó demasiado en responder.
—Nada.
Kaelith lo observó.
Durante siglos había aceptado aquella respuesta.
Pero ahora, con el reloj nuevamente en funcionamiento y Seraphine caminando por el mundo humano, las antiguas certezas comenzaban a resquebrajarse.
—Hay algo que nunca me has contado.
Darius endureció la expresión.
—Mi señor...
—No vuelvas a llamarme así cuando estamos solos.
El general suspiró.
—Kaelith, algunas cosas deberían permanecer enterradas.
El soberano cerró el cofre.
—Eso mismo dijeron los celestiales antes de borrar su nombre.
Darius no respondió.
Y aquella ausencia de palabras fue suficiente.
Muy lejos del Palacio de Nocthar, en una región donde el cielo infernal se oscurecía hasta adquirir un tono completamente negro, nueve columnas rodeaban una estructura enterrada bajo montañas de ceniza.
Seis permanecían intactas.
Las otras tres mostraban grietas que recorrían lentamente su superficie.
Una pequeña línea luminosa se extendió sobre la primera columna dañada.
Dentro de la estructura, algo se movió.
No tenía forma visible.
No poseía rostro.
Pero parecía escuchar.
Una voz surgió desde las profundidades.
—El reloj...
El sonido recorrió las columnas como un susurro.
—Ha comenzado otra vez.
Una de las grietas se extendió.
Y, por primera vez en tres mil años, una segunda voz respondió desde la oscuridad.
—Entonces ella ha regresado.
Cuando Kaelith abandonó la habitación, encontró a Lilithra esperándolo junto a la escalera.
La demonio sostenía una copa de vino oscuro.
—Qué conmovedor —comentó—. El gran soberano infernal visitando sus recuerdos.
Kaelith ni siquiera se detuvo.
—No estoy de humor, Lilithra.
—Nunca lo estás, querido. Es una de tus cualidades menos encantadoras.
Ella caminó a su lado.
—El Consejo está inquieto.
—El Consejo siempre está inquieto.
—Esta vez tienen motivos.
Kaelith la miró de reojo.
—Habla.
Lilithra dejó de sonreír.
—Los sellos del norte están debilitándose.
El soberano se detuvo.
—¿Cuántos?
—Tres.
Durante un instante, algo parecido a la preocupación cruzó su rostro.
—Eso no debería ser posible.
—Y, sin embargo, aquí estamos.
Kaelith contempló el corredor vacío.
—¿Desde cuándo?
—Desde esta mañana.
El silencio se prolongó.
Lilithra observó cuidadosamente su expresión.
—Curiosa coincidencia, ¿no crees?
Kaelith volvió a caminar.
—Las coincidencias son excusas que utilizan los ignorantes cuando no comprenden una causa.
—Entonces comprenderás por qué he venido.
La demonio extendió una pequeña carta sellada con cera blanca.
Kaelith reconoció inmediatamente el emblema.
Un círculo atravesado por siete líneas doradas.
El sello del Tribunal Celestial.
—¿Cuándo llegó?
—Hace menos de una hora.
Kaelith tomó la carta.
Rompió el sello.
En su interior había una sola hoja.
Y una única sentencia.
«La anomalía ha despertado. En cumplimiento del Pacto Primordial, exigimos la entrega inmediata de su alma antes del séptimo amanecer».
Kaelith leyó el mensaje una segunda vez.
Después lo acercó a una de las antorchas.
El papel comenzó a consumirse lentamente.
Lilithra levantó una ceja.
—Supongo que eso significa que rechazamos la solicitud.
—Significa que Aurelian continúa siendo tan arrogante como lo recuerdo.
—¿Y qué piensas hacer?
Kaelith observó cómo las últimas cenizas caían al suelo.
—Nada.
Lilithra parpadeó.
—¿Nada?
—Por ahora.
—Querido, acabas de recibir un ultimátum del Cielo.
—Sé leer.
—Entonces comprenderás que tenemos siete días.
Kaelith sonrió.
No fue una sonrisa amable.
—No, Lilithra.
Sus ojos carmesí brillaron.
—Ellos tienen siete días para comprender su error.
En el mundo humano, la noche había caído sobre Vespera.
Seraphine permanecía sentada frente al escritorio de su habitación.
Había intentado estudiar.
Había intentado dormir.
Incluso había aceptado acompañar a Eveline a aquella cafetería de pasteles con forma de murciélago.
Nada había funcionado.
La imagen de la mujer coronada seguía persiguiéndola.
Y también aquella frase.
«Perdóname, mi reina».
Seraphine observó su reflejo en la ventana.
Por primera vez en su vida, su propio rostro le pareció desconocido.
—¿Quién eres? —susurró.
La habitación permaneció en silencio.
Entonces su teléfono vibró.
Era un mensaje de Eveline.
«Encontré el nombre de la capilla donde apareció la pintura. Mañana podemos investigar».
Seraphine comenzó a responder.
Pero antes de terminar, escuchó un sonido.
Tic.
Tic.
Tic.
Levantó la mirada.
Sobre su escritorio había aparecido un reloj de bolsillo.
Pequeño.
Plateado.
Antiguo.
Seraphine dejó caer el teléfono.
Estaba completamente segura de que aquel objeto no se encontraba allí unos segundos antes.
Se acercó lentamente.
La tapa del reloj tenía grabada una rosa rodeada de espinas.
Y debajo, una inscripción.
No reconocía el idioma.
Sin embargo, comprendió las palabras.
Como si alguien las hubiera pronunciado directamente dentro de su mente.
«Ni la eternidad podrá separarnos».
Seraphine retrocedió.
El reloj se abrió por sí solo.
En su interior había un pequeño retrato.
Un hombre de ojos carmesí.
Y una mujer de cabello oscuro.
Ella.
Seraphine sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
Entonces escuchó una voz detrás de ella.
—Siempre has tenido la desagradable costumbre de tocar aquello que no comprendes.
Se volvió bruscamente.
Un joven de cabellos blancos estaba sentado sobre el alféizar de su ventana abierta, balanceando despreocupadamente una pierna.
Sus ojos violetas brillaban con diversión.
Seraphine retrocedió hasta chocar con el escritorio.
—¿Quién eres?
El desconocido inclinó ligeramente la cabeza.
—Qué descortés por mi parte. He olvidado presentarme.
Saltó al interior de la habitación con una elegancia imposible.
Después realizó una reverencia exagerada.
—Vael Draven. Encantado.
Seraphine buscó desesperadamente su teléfono.
Vael observó el reloj abierto.
Su sonrisa desapareció durante una fracción de segundo.
—Oh...
La joven lo miró con desconfianza.
—¿Qué?
El demonio levantó lentamente los ojos.
—Esto es mucho peor de lo que imaginaba.
—¿De qué estás hablando?
Vael dio un paso hacia ella.
—Escúchame con atención, Seraphine. No tenemos demasiado tiempo.
—¿Cómo sabes mi nombre?
El joven ignoró la pregunta.
—Si un hombre de ojos rojos viene a buscarte, no confíes en él.
Seraphine sintió que el corazón se le detenía.
—¿Por qué?
Vael miró nuevamente el reloj.
Y cuando respondió, su voz había perdido todo rastro de diversión.
—Porque la última vez que lo amaste...
En el Palacio de Nocthar, Kaelith se encontraba nuevamente frente al mapa del mundo humano cuando el reloj que sostenía comenzó a emitir un sonido diferente.
Las manecillas giraron violentamente.
Una luz plateada apareció bajo la tapa.
Kaelith la abrió.
En su interior, el retrato de Seraphine comenzó a oscurecerse.
Darius, que permanecía junto a la puerta, se acercó inmediatamente.
—¿Qué sucede?
Kaelith no respondió.
Reconocía aquella reacción.
El segundo reloj había despertado.
Pero no era eso lo que lo inquietaba.
Alguien había entrado en contacto con él.
Alguien cuya esencia no pertenecía al mundo humano.
Una sombra se extendió desde sus pies.
—Vael —murmuró.
Darius frunció el ceño.
—¿Qué ha hecho ahora?
Kaelith cerró el reloj.
Su expresión se volvió impenetrable.
—Algo extraordinariamente estúpido.
—¿Debo reunir a la guardia?
—No.
El soberano avanzó hacia la oscuridad que comenzaba a envolver la habitación.
—De esto me encargaré personalmente.
Y desapareció.
Una sombra se extendió por el suelo de la habitación de Seraphine.
Las luces parpadearon.
Vael levantó la cabeza.
Su expresión se transformó.
Por primera vez desde que había entrado, parecía verdaderamente asustado.
—Oh, no.
Una voz profunda resonó desde la oscuridad.
—Termina esa frase, Vael.
El joven permaneció inmóvil.
Seraphine giró lentamente.
Junto a la puerta de su habitación había aparecido un hombre vestido de negro.
Alto.
Elegante.
Con unos ojos carmesí que conocía demasiado bien.
El desconocido no miraba a Seraphine.
Miraba a Vael.
Y sonreía.
—Te aseguro que estoy deseando escuchar el final.
Vael tragó saliva.
—Kaelith...
El soberano infernal inclinó ligeramente la cabeza.
—Buenas noches, pequeño traidor.
Solo entonces dirigió su mirada hacia Seraphine.
Y toda la frialdad de su expresión desapareció.
Durante un instante, pareció olvidar al intruso, la amenaza celestial y los tres mil años que los separaban.
Sus labios se entreabrieron.
Como si quisiera pronunciar un nombre que había guardado demasiado tiempo.
Pero Seraphine fue más rápida.
Tomó el primer libro que encontró sobre el escritorio y lo sostuvo frente a ella.
—¡No sé quiénes son ustedes, pero tienen exactamente cinco segundos para salir de mi habitación!
Kaelith la observó.
Después miró el libro.
Y, contra toda expectativa, soltó una pequeña carcajada.
Una risa auténtica.
Incrédula.
Casi dolorosa.
—Tres mil años —murmuró.
Seraphine frunció el ceño.
—¿Qué?
Él volvió a mirarla.
Y su sonrisa adquirió una tristeza imposible de ocultar.
—Tres mil años, querida...
Dio un paso hacia ella.
—Y sigues amenazándome con lo primero que encuentras.
Seraphine sintió un escalofrío.
Porque, aunque jamás había escuchado aquella voz estando despierta, una parte de su alma pareció reconocerla.
Y, sin saber por qué, tuvo unas ganas terribles de llorar.