Helena ha vivido dos veces… y en ambas terminó muerta.
En su primera vida eligió a Menelao, creyendo que un rey podía ofrecerle amor y protección. Descubrió demasiado tarde que detrás de su corona había un hombre celoso, posesivo y cruel, capaz de convertir el matrimonio en una prisión.
En su segunda vida huyó de él y creyó en las promesas de París. Fue otro error. París solo quería presumir de su belleza, beber, divertirse y convertirla en un trofeo. Cuando Troya cayó, Helena volvió a morir.
Pero la tercera vez será diferente.
Cuando llega el momento de escoger esposo, Helena recuerda a un joven que una vez le ofreció un pañuelo mientras lloraba: Héctor, príncipe de Troya. Un hombre que todavía es soltero, noble y libre.
Sin dudarlo, Helena lo elige.
Ahora deberá conquistar su corazón… y desafiar una historia que sabe que terminará con Héctor muerto en batalla.
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La primera semana
La primera semana con Astianax fue una mezcla de felicidad inmensa y un caos que ninguno de los dos había previsto. El pequeño príncipe llegó al mundo con unos pulmones poderosos y una voluntad de hierro, y en esos primeros siete días, demostró que no tenía intención de facilitarles las cosas. Héctor, el guerrero que no temblaba ante ejércitos enteros, se encontró completamente desarmado ante el llanto de su hijo. Y Helena, la mujer más hermosa y deseada del mundo, descubrió que ni toda su belleza ni sus cantos más dulces lograban calmar a un bebé que tenía decidido no dormir.
💪 El guerrero que se rinde
—Vamos, pequeño… por favor… —susurraba Héctor una noche, caminando de un lado a otro de la habitación con el niño contra su pecho, meciéndolo con torpeza y ternura a la vez—. Soy tu padre. Soy Héctor. Yo enfrento a cien hombres sin dudar. ¿Por qué tú no me haces caso?
Astianax lloraba, con la boca abierta, los puños cerrados, todo su pequeño cuerpo tenso, como si estuviera desafiando al mundo entero. Héctor lo sostenía con manos enormes y suaves a la vez, intentando encontrar la postura adecuada, acunándolo, hablándole, tarareando una canción que su madre le cantaba de niño… y nada. El llanto no cesaba.
—¿Tienes hambre? ¿Te duele algo? ¿Quieres que te lleve a conquistar una ciudad? —decía, desesperado, mirando a Helena con ojos de cachorro asustado—. No sé qué hacer, mi amor. Lo sostengo, lo mezo, le hablo… y él sigue llorando como si lo estuviera lastimando. ¡Y yo no puedo calmarlo! Soy un príncipe, un guerrero… y mi propio hijo me derrota con un llanto.
Helena, que estaba sentada en el borde de la cama, lo miró con una sonrisa cansada pero llena de amor.
—No te sientas mal, Héctor. No es que te derrote. Es que es pequeño, y todo es nuevo para él. No sabe quién es ni dónde está. Solo siente hambre, frío, miedo… y llora porque es la única forma que tiene de decirnos que nos necesita.
—Pero yo quiero darle calma —murmuró él, acercándose a la cama y sentándose a su lado, con el niño aún llorando en sus brazos—. Quiero que sienta que su padre está aquí para protegerlo de todo. Y no puedo ni siquiera hacer que deje de llorar.
—Lo estás haciendo bien —le aseguró ella, acariciando la manita pequeña que se agitaba en el aire—. Lo sostienes con cuidado. Lo miras con amor. Eso ya es más que suficiente. El resto… vendrá con tiempo.
🌙 La bella que no logra dormirlo
Y no era solo él. Helena, que se imaginaba cantándole suaves melodías y meciéndolo hasta que se quedaba dormido en sus brazos, descubrió que la realidad era muy diferente. Por más que lo intentaba, por más que cantaba bajito, que lo mecía con ritmo lento y constante, que le hablaba con voz dulce y suave… Astianax se quedaba con los ojos muy abiertos, grandes y oscuros, mirándola y soltando pequeños quejidos que se convertían en llanto en cuanto dejaba de moverse.
—Ya no sé qué hacer —confesó una madrugada, dejándose caer en la silla junto a la cama, con el niño aún en brazos, cansada hasta los huesos—. Le canto, lo amamanto, lo cambio, lo abrigo, lo destapo… y nada. Se queda dormido un instante y en cuanto lo acuesto, despierta y llora. ¿Será que no soy buena madre? ¿Que no sé darle lo que necesita?
Héctor, que estaba sentado en el borde de la cama, se inclinó y le acarició la mejilla.
—No digas eso. Lo miras como si él fuera el sol y las estrellas. Lo sostienes con una ternura que me conmueve. Es que es muy pequeño, Helena. Todavía no sabe distinguir el día de la noche. No sabe que cuando todo está oscuro, se duerme. Nos necesita despiertos, cerca, escuchándonos. Eso es todo.
—Pero llevo tres noches sin dormir —susurró ella, con los ojos llenos de lágrimas de cansancio—. Y cada vez que lo dejo en la cuna, llora como si lo estuviera abandonando. Me duele el corazón.
—Entonces no lo dejes —dijo Héctor, acercando su silla a la de ella—. Si necesita estar entre nosotros, que esté. Dormiremos cuando él duerma. No hay prisa. No hay nada más importante que él, ni que tú descanses.
💛 Los dos, juntos
Así pasaron los días. Los dos, cansados, con ojeras marcadas, tropezando con las alfombras, olvidando comer, perdiendo la noción del tiempo… pero felices. Aprendieron juntos. Descubrieron que a veces, Héctor caminando por la habitación con él al hombro y tarareando bajito lograba calmarlo cuando Helena no podía. Y que a veces, el niño cerraba los ojos solo cuando ella lo tenía pegado al pecho y le susurraba palabras que nadie más oía. Aprendieron que no había una fórmula mágica, ni una canción perfecta, ni una postura infalible. Solo había paciencia, y amor, y el intento constante de estar ahí, aunque no supieran qué hacían.
Una noche, los dos estaban sentados, uno al lado del otro, con Astianax entre los brazos de Helena. El niño estaba despierto, mirándolos con esos ojos grandes y serios, sin llorar, sin dormir, simplemente observándolos. Héctor le acarició la cabeza con cuidado.
—Es increíble —dijo en voz baja—. Yo que he enfrentado a guerreros con espadas y escudos… me siento tembloroso cada vez que lo toco. Tengo miedo de lastimarlo, de hacerlo mal. Y tú… tú lo haces parecer tan fácil.
—No es fácil —reconoció Helena, sonriendo con cansancio—. Yo también tengo miedo. También me pregunto si lo estoy haciendo bien. Pero lo hacemos juntos, ¿verdad? Tú y yo. Y aunque no logremos que duerma, aunque llore toda la noche… lo hacemos juntos. Y eso es lo que importa.
—Sí —respondió él, tomando la mano de ella y entrelazando sus dedos—. Juntos. Siempre.
Esa noche, Astianax se quedó dormido en los brazos de su madre, justo cuando el sol empezaba a asomar por el horizonte. Héctor lo miró, y luego miró a Helena, y supo que aunque no sabían nada, aunque eran padres primerizos que se equivocaban cada paso del camino, lo estaban haciendo perfecto. Porque lo hacían con amor. Y eso, para un niño, era más que suficiente.