Valentina Solís entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Ríos, el Alfa que la Diosa Luna había marcado como su compañero predestinado. Pero la noche en que él volvió sano y victorioso, la humilló frente a toda la manada: rompió su vínculo y eligió a Catalina como su nueva Luna.
Todos esperaban verla caer. Valentina, en cambio, se mantuvo de pie.
Con el corazón destrozado y la marca rota ardiendo en su piel, Val decide recuperar todo lo que le quitaron: su dignidad, su poder y su nombre. Mientras desenmascara traiciones dentro de la manada Ríos, una presencia imposible comienza a seguirla desde las sombras: Damián Montero, el Rey Alfa.
Él no solo parece conocerla. Su lobo la reconoce como destino.
Y cuando Valentina descubra el sacrificio que Damián hizo en silencio por ella, entenderá que la Luna no la estaba castigando. La estaba guiando hacia el hombre que siempre la esperó.
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Capítulo 14
Cap 14: El Lobo En La Colina
La luna llena iluminaba el territorio que aún le quedaba a Val. Caminaba despacio por el límite norte de Hacienda Ríos, la parte que Doña Milagros todavía no había logrado arrebatarle en papel, cuando lo vio.
La misma silueta oscura en la cima de la colina. El mismo par de ojos dorados observándola desde la distancia, inmóviles, pacientes.
Esta vez, en lugar de quedarse mirando desde lejos como había hecho tantas otras noches, Val respiró hondo y empezó a caminar hacia él.
El pasto húmedo le mojó el bajo del vestido. Su loba no gruñó ni se puso alerta. Al contrario, avanzó con ella, tranquila y ansiosa a la vez.
Para cuando Val llegó a la mitad de la colina, el lobo ya no estaba.
Se detuvo, el pecho agitado, buscando con la mirada entre los árboles que bordeaban la cresta. Nada. Solo el viento moviendo las ramas y el silencio espeso de la noche.
Pero donde el lobo había estado, encontró huellas frescas hundidas en la tierra blanda, enormes, más grandes que cualquier huella de lobo que hubiera visto jamás. Junto a ellas había una hilera de flores de luna recién cortadas.
Val se arrodilló, tocó una de las huellas con la punta de los dedos, sintiendo el calor residual que aún guardaba la tierra.
Se había ido hacía apenas unos minutos.
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—Val. —Sofía la alcanzó cuando ya regresaba hacia el ala de Orquídeas, con las flores recogidas en el hueco del brazo—. Tengo noticias. Los guardias de la entrada hablaban de algo raro.
—¿Qué cosa?
—Dicen que el Rey Alfa ha estado patrullando personalmente los alrededores de Ciudad Capital. Mucho más de lo habitual. —Sofía bajó la voz, aunque no había nadie cerca para escucharlas—. Y que su ruta pasa justo por Hacienda Ríos. Cada noche, casi a la misma hora.
Val se detuvo en seco.
Las piezas se acomodaron de golpe. Las flores de luna en su ventana. El frasco de antídoto con el sello Montero. El broche de plata idéntico al que Damián llevaba prendido al cuello. El lobo negro en la colina, siempre a la misma distancia, siempre observando.
Y su voz en el funeral de Abuela Elena, pronunciando "Luna Valentina" frente a toda la manada, incluso después del rechazo de Sebastián.
—Sofía. —La voz de Val salió más baja de lo que pretendía—. ¿Cómo es la forma de lobo de Damián Montero? ¿Alguna vez la has visto descrita?
Sofía frunció el ceño, pensando.
—Dicen que es un lobo negro, enorme. El más grande que se ha visto en tres siglos. —Hizo una pausa—. Y que tiene los ojos dorados.
El silencio que siguió se extendió tanto que hasta el viento pareció detenerse.
Dentro de Val, su loba volvió a pronunciar esa misma palabra que llevaba semanas repitiendo, cada vez con más fuerza, cada vez más difícil de ignorar.
"Compañero."
Esta vez, Val no la silenció.
Se quedó ahí, de pie en medio del sendero, con las flores de luna apretadas contra el pecho. Esta vez aceptó lo que su loba ya sabía.
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Antes de darse la vuelta para regresar al ala de Orquídeas, Val miró una última vez hacia la colina vacía.
—Si eres quien creo que eres... gracias —susurró, la voz apenas un hilo llevado por el viento nocturno.
Entre los árboles, muy lejos, en un punto donde ningún ojo humano habría podido distinguir nada en la oscuridad, un par de ojos dorados brillaron un instante entre las sombras.
Y luego, sin ruido, sin dejar rastro, desaparecieron.
se jodió esto
por fin ya era hora