Creyó vivir un cuento de hadas hasta que descubrió la traición: su esposo compartía su vida, su tiempo y su dinero con otra mujer. En lugar de luchar por un amor muerto, decidió renunciar a todo… menos a sí misma.
Pero pronto descubrirán que recibir lo que otros abandonan, trae consecuencias terribles. Ella se libera, se transforma y triunfa; ellos caen en la trampa que ellos mismos construyeron. ¿Quién saldrá ganando al final?
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Capítulo 2: Perfume ajeno y mentiras a medias
La luz tenue del pasillo apenas alcanzaba a iluminar las sombras que se alargaban sobre las paredes, cuando Yaneth se quedó inmóvil en la escalera, con el corazón latiéndole con tanta fuerza que temió que el ruido mismo la delatara. Emiliano había subido delante de ella sin volver la vista atrás, sin una sola palabra cariñosa, sin siquiera un gesto que demostrara que notaba su presencia. Cerró la puerta de la habitación con un golpe seco, y ese sonido pareció sellar en el aire todo lo que ella había empezado a sospechar, pero que hasta ahora no se había atrevido a nombrar.
Se quedó abajo unos minutos, escuchando el silencio que de pronto se le antojó pesado y lleno de secretos. Luego, caminó despacio hacia la cocina, con pasos lentos y cuidadosos, como si el suelo mismo pudiera delatarla. Sus manos le temblaban cuando apoyó las palmas sobre la mesa de madera, fría y lisa, esa mesa donde tantas veces habían compartido comidas, planes, sueños y promesas que ahora parecían pertenecer a otra vida, a otra mujer que no era ella.
—¿Por qué me siento así? —susurró hacia el vacío de la habitación, con la voz quebrada apenas por un hilo de duda—. ¿Será que me estoy volviendo loca? ¿Será que todo lo que veo es solo producto de mi miedo a perderlo?
Pero la imagen del pañuelo fino, de color crema, con bordados delicados y ese perfume dulce y extraño, volvía una y otra vez a su mente, nítida y clara, igual que una prueba que no podía borrar. No era suyo. Estaba segura de ello. Ella nunca usaba telas tan finas ni aromas tan intensos; siempre había preferido cosas sencillas, discretas, cosas que no llamaran la atención, tal como había vivido ella misma todos estos años: al fondo, sin brillar, solo para él.
Subió despacio, evitando hacer ruido. Al llegar al pasillo, vio que la puerta del dormitorio estaba entreabierta, y desde allí salía el sonido del agua corriendo en la ducha. Se detuvo un instante, respiró hondo, y luego se acercó despacio hacia el estudio, ese lugar donde él siempre le prohibía entrar sin permiso, diciendo que era su espacio de trabajo, que necesitaba concentración, que allí guardaba documentos importantes.
Esa noche, por primera vez en ocho años, la curiosidad y el dolor vencieron la obediencia que siempre le había caracterizado. Abrió la puerta con mucho cuidado, casi sin tocarla, y entró. El aire allí olía a su colonia habitual, mezclada con el olor a libros, papeles y cuero, pero también… también había ese mismo aroma que había encontrado en el pañuelo: suave, envolvente, femenino, pegado a los muebles, como si alguien más hubiera estado sentada allí, tocando sus cosas, compartiendo su tiempo.
Sus ojos recorrieron cada rincón: el escritorio ordenado, los estantes llenos de libros y carpetas, el sillón de terciopelo oscuro donde solía descansar. Se acercó despacio a la percha donde colgaba su chaqueta de vestir, la que usaba para reuniones importantes, la que siempre olía a él. Al acercar la cara, sintió cómo el aire se le escapaba de los pulmones: el perfume ajeno estaba allí también, fuerte y claro, impregnado en la tela, como una marca que no podía ocultarse. No era un rastro casual, no era algo que se hubiera pegado por casualidad en la calle o en un ascensor. Era deliberado, constante, como si esa persona hubiera estado muy cerca, muy pegada a él, muchas veces.
—No puede ser… —murmuró ella, llevándose una mano a la boca para ahogar un sollozo que nacía desde lo más profundo de su pecho—. ¿Cómo pudiste hacerlo? ¿Cómo pudiste traerla hasta aquí, hasta nuestra casa, mientras yo me desvivía por ti?
Sus manos temblorosas recorrieron los bolsillos de la chaqueta, sin saber muy bien qué buscaba, pero necesitando encontrar algo, cualquier cosa que confirmara que se equivocaba, que todo era una pesadilla, que el hombre que amaba seguía siendo fiel y honrado. En el bolsillo interior encontró un trozo de papel doblado, pequeño y arrugado. Lo sacó con cuidado, lo abrió despacio, y sus ojos se llenaron de lágrimas al leer lo que estaba escrito allí, con una letra elegante y femenina:
“Mi amor… Gracias por el día de hoy. Cada minuto a tu lado vale más que todo lo demás. Ya no puedo esperar a que por fin seas solo mío. Tú sabes que ella no te merece, que no te entiende como yo. Pronto dejaremos de escondernos. Tuyo siempre, Clarisa.”
Clarisa. El nombre resonó en su cabeza como un golpe seco, repetido una y otra vez, llenando cada rincón de su mente, rompiendo cada ilusión que le quedaba. No era una sospecha más. Era la verdad escrita con tinta, clara y cruel, en un pedazo de papel que él había guardado, quizás por olvido, quizás por confianza ciega en que ella nunca se atrevería a buscar.
Las piernas le fallaron y tuvo que apoyarse en el borde del escritorio para no caer. Sentía que el suelo se movía bajo sus pies, que todo lo que había construido durante años se desmoronaba en segundos, convertido en polvo y mentiras. Ocho años. Ocho años de entrega total, de sacrificios, de dejar de lado sus propios sueños para que él pudiera cumplir los suyos. Ocho años en los que creyó ser la única mujer en su vida, cuando en realidad no había sido más que una sombra, una tapadera, una esposa cómoda mientras él vivía otra historia con otra persona.
—¿Cuánto tiempo? —se preguntó con voz rota, las lágrimas ya corriendo libremente por sus mejillas—. ¿Cuánto tiempo llevan engañándome? ¿Meses? ¿Años? ¿Mientras yo le preparaba la cena, mientras le arreglaba su ropa, mientras esperaba su regreso cada noche, él estaba con ella?
El sonido de la puerta del baño abriéndose la sacó de su trance. Guardó el papel rápidamente en su bolsillo, apretándolo contra su palma como si fuera un arma o una herida que no debía mostrar, y salió del estudio con pasos inseguros, tratando de secarse las lágrimas y recomponer su rostro, aunque sabía que nada podría ocultar el dolor que ahora llevaba grabado en la mirada.
Emiliano apareció en el pasillo, con el cabello húmedo, vestido con ropa cómoda, con esa expresión de cansancio que usaba siempre para evitar hablar o dar explicaciones. Al verla allí, de pie, pálida y con los ojos hinchados, frunció el ceño y habló con tono áspero, como si ella fuera la culpable de algo:
—¿Qué haces ahí parada? ¿Por qué lloras? ¿Otra vez con tus cosas sin sentido? Ya te dije que estoy cansado, que trabajo todo el día para mantener esta casa y darte todo lo que tienes… y tú siempre encuentras algo para quejarte o para ponerte triste.
Esas palabras, tan duras, tan injustas, cayeron sobre ella como agua helada. Quiso gritar, quiso mostrarle el papel, quiso preguntarle todo, exigirle la verdad, pero algo dentro de ella se detuvo. Una voz interior le dijo que todavía no, que si hablaba ahora, él negaría todo, la culparía, la manipularía como siempre hacía, y ella no estaba lista para perderlo todo sin tener nada asegurado. Si él creía que ella seguía siendo la esposa ingenua y sumisa que siempre conoció, mejor dejar que lo creyera. Porque desde ese momento, Yaneth supo que ya no era la misma mujer que él había engañado durante años.
Se tragó el llanto, apretó los labios hasta dolerle, y respondió con una voz que intentó mantener firme, aunque le temblaba por dentro:
—Nada… solo me sentí un poco mal, nada más. No te preocupes. Ve a descansar, como dices, estás cansado.
Él la miró un instante, con desconfianza, pero sin profundizar, como si su estado de ánimo no le importara lo suficiente como para investigar más.
—Eso espero —dijo él secamente—. No me busques problemas ahora. Mañana tengo reuniones muy importantes y necesito dormir bien.
Pasó a su lado, entró a la habitación y cerró la puerta dejándola afuera, igual que siempre: dejándola sola con sus pensamientos, con sus dudas, y ahora también con la certeza de que vivía en una mentira completa.
Yaneth se quedó en el pasillo, con el trozo de papel aún en su mano, y miró hacia la puerta cerrada. El dolor seguía ahí, agudo y profundo, pero junto a él empezaba a crecer otra cosa: una fuerza nueva, fría y decidida. Ya no era solo la esposa dolida. Ahora era una mujer que sabía la verdad, y que poco a poco empezaba a imaginar qué haría con ella.
No iba a llorar para siempre. No iba a suplicar. No iba a perder su dignidad por alguien que ya la había perdido hacía mucho tiempo.
Porque a partir de esa noche, la historia ya no la escribía él. Ahora empezaba a escribirla ella.