Una maldición transmitida por generaciones con el poder de controlar el clima del reino con las emociones del portador y un rey con una vida llena de tragedias
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La Verdad Detrás de la Mirada
Valeria miró a Manuel, notando la firmeza y la seriedad inédita en el rostro del joven jardinero. Lejos de asustarse por la pregunta o por la repentina helada que había rozado el vidrio, la joven respiró con tranquilidad y respondió con absoluta sinceridad.
—Se lo he dicho a mi padre esta misma mañana con total claridad —expresó Valeria, sosteniendo la mirada de Manuel sin parpadear—. Me he negado rotundamente a prestarme a semejante juego. No me acercaré al rey por conveniencia política ni por ambición de estatus.
Manuel sintió que el nudo en su garganta comenzaba a ceder.
—¿Y qué sentís hacia él? —insistió Manuel en un susurro—. ¿No os atrae el poder o la corona de Eldamar?
—No se puede amar ni respetar a alguien a través del cálculo —respondió Valeria con calidez genuina—. Pero si debéis saber lo que pienso del rey Manuel, solo siento por él una profunda admiración y un inmenso respeto.
Manuel se congeló en su sitio, impactado por la declaración.
—¿Admiración? —repitió él, incrédulo.
—Sí —asintió la joven, con los ojos brillando con emoción sincera—. He recorrido las calles de esta capital durante las mañanas. He visto los refugios reforzados que mandó a construir para su gente, he hablado con los comerciantes que reciben ayuda del tesoro cuando la tormenta destruye sus puestos y he visto la disciplina con la que lleva la pesada carga de su linaje. La mayoría de los hombres con ese poder se habrían convertido en tiranos despiadados o habrían apagado su corazón por completo, como me dijeron que hizo su padre. Sin embargo, el rey Manuel lucha cada día por ser un gobernante justo, aun cuando sus propias emociones son su mayor enemigo. Eso exige una fuerza de espíritu que pocos príncipes en el continente poseen.
Las palabras de Valeria cayeron sobre la mente del soberano no como una tormenta o un vendaval, sino como un bálsamo reconfortante de luz y calor. La culpa, la soledad y la desconfianza que lo habían acompañado durante un decenio entero se disolvieron en un solo instante de comprensión absoluta.
El impacto emocional fue tan profundo que la reacción del Firmamento Vivo fue inmediata e incontrolable, pero esta vez no trajo granizo ni truenos.
Afuera, las densas nubes oscuras se abrieron de golpe, como si una mano invisible las hubiera apartado. Un sol radiante, dorado y cálido bañó por completo la Fortaleza de la Cumbre y la ciudad de Eldamar. Un viento suave y suavemente perfumado con el aroma de los azahares recorrió los valles centrales. En los jardines reales, los capullos de las rosas florecieron en cuestión de minutos, cubriendo los arcos de piedra con tonos carmesí y blanco. En las plazas, los ciudadanos salieron a los balcones asombrados, contemplando un atardecer primaveral de una belleza deslumbrante como no se recordaba en generaciones.
Dentro del Jardín de Cristal, la luz del sol atravesó la cúpula, iluminando el rostro de los dos jóvenes y derritiendo instantáneamente la ligera capa de escarcha de los cristales.
Valeria observó la transformación del clima a través de los ventanales con los ojos abiertos de par en par, fascinada.
—Es increíble... —murmuró ella en voz baja—. Jamás había visto un cambio tan hermoso en el cielo. Es como si el rey sintiera una paz infinita en este momento.
Manuel dio un paso al frente. Con gesto pausado pero firme, se llevó las manos al broche de su túnica de trabajo, desabrochó la tela sencilla y dejó ver la camisa de seda azul marino con el emblema bordado en hilo de oro de la Casa Vaelor: el dragón rodeado por la corona de estrellas.
Valeria fijó sus ojos en el sello real. Su aliento se cortó de golpe y dio un paso atrás, mirando la túnica, el bordado y luego el rostro del joven que tenía ante sí.
—Manuel... vos... —titubeó ella, con la voz temblorosa por el impacto de la revelación.
El joven monarca la miró con mansedumbre, dio un paso adelante y se inclinó ligeramente con respeto ante ella.
—No soy el jardinero de esta fortaleza, Valeria —dijo él con voz suave, transparente y despojada de toda máscara—. Soy Manuel Vaelor, rey de Eldamar. Y el hombre que acaba de escuchar vuestras palabras es el mismo cuya alma habéis serenado por primera vez en diez años.