El es abandonado por su alfa y encuentra refugio en otro
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capitulo 21
Félix llama a Evan por celular.
Evan estaba en la sala de su departamento, hojeando un libro sin realmente leerlo, cuando su teléfono vibró. El número en la pantalla lo hizo congelarse.
Félix.
No había guardado su número, pero lo reconocía. Esos dígitos quemados en su memoria después de meses de llamadas y mensajes, de promesas vacías y de un adiós que le rompió el corazón.
Evan dudó. Quería ignorarlo. Quería borrar la llamada y fingir que nunca había pasado.
Pero su dedo pulsó "responder".
—¿Evan? —la voz de Félix sonó al otro lado, suave, melosa, como si nada hubiera pasado—. Necesito verte. Por favor.
Evan apretó el teléfono contra su oído, sintiendo un nudo en el estómago.
—No creo que sea buena idea.
—Solo unos minutos. Te lo prometo. Hay algo que tengo que decirte en persona. —Félix hizo una pausa—. No te voy a hacer daño. Solo quiero hablar.
Evan mordió su labio inferior. Sabía que no debería ir. Sabía que Félix era un manipulador, que solo quería controlarlo.
Pero una parte de él, esa parte que había amado a Félix con toda su alma, necesitaba cerrar ese capítulo.
—Está bien —dijo al final—. Pero solo unos minutos.
—Te espero en el café de siempre —respondió Félix, con un tono triunfal que Evan no pudo detectar.
Colgaron.
Evan se quedó mirando el teléfono un momento, sintiendo que acababa de cometer un error.
Pero ya era demasiado tarde.
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En el café
Evan llegó y vio a Félix sentado en la mesa del fondo, como siempre. La misma mesa donde solían sentarse cuando eran novios, donde compartieron tantos momentos que ahora parecían de otro mundo.
Félix se levantó al verlo, con una sonrisa que intentaba ser cálida pero que no lograba ocultar la intensidad de su mirada.
—Evan —dijo, extendiendo los brazos como si quisiera abrazarlo.
Evan dio un paso atrás.
—Dijiste que solo querías hablar.
Félix bajó los brazos, ofendido pero conteniéndose.
—Está bien. Siéntate.
Evan ocupó el asiento frente a él, manteniendo la distancia. Pero Félix no podía dejar de mirarlo. Sus ojos recorrieron su rostro, su cabello, su cuello...
Y entonces los vio.
Chupones.
Marcas rojas y moradas en la piel blanca de Evan, recientes, evidentes. Fruto de su último encuentro con Caius.
La sonrisa de Félix se desvaneció. Su mandíbula se tensó. Sus ojos se oscurecieron con una furia que apenas podía contener.
—¿Qué es eso? —preguntó, con la voz fría.
Evan se llevó la mano al cuello, avergonzado.
—No es asunto tuyo.
—¿Cómo que no es asunto mío? —Félix golpeó la mesa con el puño, haciendo que las tazas y los cubiertos saltaran—. ¡Tú eres mío!
Evan lo miró con incredulidad.
—¿Tuyo? —repitió—. ¿Me estás hablando en serio? Tú me dejaste, Félix. Me dejaste para casarte con la hija de los Rossi por un acuerdo de mafia. Tú tomaste esa decisión. No yo.
Félix abrió la boca para responder, pero Evan no le dio tiempo.
—Y ahora vienes aquí, después de meses de silencio, a decirme que soy tuyo? ¿Qué clase de juego es este?
—No es un juego —insistió Félix, con la voz quebrada—. Nunca dejé de amarte. Lo siento, Evan. Lo siento mucho. Sé que cometí un error, pero fue por mi familia. No tuve elección.
—Todos tienen elección —respondió Evan con dureza—. Tú elegiste el dinero y el poder. Y yo elegí seguir adelante.
Félix se levantó de su silla y rodeó la mesa, arrodillándose frente a Evan. Tomó sus manos entre las suyas, con los ojos brillantes de desesperación.
—Dame tiempo —suplicó—. Dame la oportunidad de arreglar esto. Voy a divorciarme. Voy a dejar todo. Solo quiero estar contigo. Siempre quise estar contigo.
Evan sintió una mezcla de lástima y rabia. Lástima por ver a Félix tan desesperado. Rabia porque había esperado tanto tiempo escuchar esas palabras, y ahora que las decía, ya no significaban nada.
—No —respondió con firmeza, retirando sus manos—. Ya no te quiero, Félix. Estoy en pareja.
Félix se puso de pie de golpe, con los puños apretados y el rostro contraído por la ira.
—¿Con quién? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta—. ¿Con ese mafioso de Caius?
Evan se levantó también.
—No es asunto tuyo.
—¿Sabes quién es él? —gritó Félix, atrayendo las miradas de los demás clientes—. ¡Es un criminal! ¡Un asesino! ¡No es mejor que yo!
Evan lo miró con una frialdad que Félix nunca había visto en él.
—Tienes razón —dijo con calma—. No es mejor que tú. Pero al menos él no me dejó para casarse con otra persona.
Félix sintió que esas palabras le atravesaban el pecho.
—Me das lástima —continuó Evan, con la voz firme pero sin odio—. Me das lastima Pero más lastima me da tu Omega. Y me das lástima porque, aunque estés casado, sigues persiguiendo algo que ya perdiste.
Félix abrió la boca para responder, pero las palabras no salieron. Nunca había visto a Evan tan seguro, tan firme. Tan dueño de sí mismo.
—Adiós, Félix —dijo Evan, tomando su bolso—. Y no me vuelvas a llamar.
Salió del restaurante sin mirar atrás.
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En la calle
Evan caminó rápido, con el corazón latiendo con fuerza. Había dicho lo que tenía que decir. Había cerrado ese capítulo.
Pero cuando dobló la esquina, un automóvil negro se detuvo a su lado. La puerta se abrió y Caius bajó del vehículo con el rostro tenso, los ojos ardientes de celos.
—Evan —dijo, con la voz controlada pero peligrosa—. ¿Qué hiciste?
Evan se quedó paralizado.
—Caius... yo...
—Te vi entrar a ese café. Y vi a Félix salir detrás de ti. —Caius dio un paso adelante—. ¿Qué estabas haciendo con él?
Evan sintió que el corazón se le aceleraba, pero esta vez no era por miedo. Era por la intensidad en la mirada de Caius.
—Me llamó —explicó rápido—. Dijo que necesitaba hablar conmigo. Solo quería cerrar ese capítulo.
—¿Y lo cerraste?
—Sí. Le dije que no quería volver a verlo. Que estoy en pareja. —Evan hizo una pausa—. Contigo.
La ira en los ojos de Caius se disipó lentamente, reemplazada por algo más suave.
—¿En serio?
—En serio —respondió Evan, con una pequeña sonrisa—. Aunque eres un celoso de mierda.
Caius soltó una risa baja y lo atrajo hacia sí, abrazándolo con fuerza.
—Eres mío —murmuró contra su cabello—. Y no voy a dejar que nadie te quite.
Evan se dejó abrazar, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, estaba exactamente donde debía estar.