Morir fue inesperado.
Despertar dentro de una novela fue absurdo.
Pero reencarnar como Serena Valmont, la villana destinada a morir a manos de su propio esposo, fue una completa pesadilla.
Conozco esta historia.
Sé que el emperador Kael Draven jamás amará a Serena. Sé que muy pronto conocerá a la verdadera protagonista. Y sé que, cegada por los celos, Serena cometerá una serie de crímenes que terminarán llevándola al cadalso.
Pero yo no soy Serena.
Y no pienso seguir su destino.
Mi plan es simple: alejarme de la protagonista, pedirle el divorcio al emperador y desaparecer antes de que la historia comience.
Solo hay un problema.
—Quiero el divorcio.
Kael alzó la mirada hacia mí.
—No.
...¿Cómo que no?
Se suponía que esta historia ya estaba escrita.
Entonces, ¿por qué está empezando a cambiar?
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Capítulo 5
Capítulo 5: La protagonista llegó demasiado pronto.
Elena Rosenthal estaba en el palacio.
Repito.
Elena Rosenthal estaba en el palacio.
Eso era malo.
Muy malo.
—¿Su Majestad?
Margaret seguía esperando una respuesta.
Yo seguía intentando convencer a mi cerebro de que aquello no estaba ocurriendo.
—Dijiste que recibió una carta mía.
—Sí.
—¿Con mi sello?
—Eso afirma Lady Rosenthal.
—¿Y mi firma?
—También.
Maravilloso.
Alguien falsificaba correspondencia imperial.
¿No era eso traición?
¿Podíamos ejecutar a esa persona en mi lugar?
No.
Mal pensamiento.
Nueva Serena.
Mejor persona.
Menos ejecuciones.
—Quiero ver esa carta.
—La tiene consigo.
—Perfecto.
No era perfecto.
Nada era perfecto.
Me giré.
Toda la mesa me observaba.
Consejeros.
Nobles.
Kael.
Lucien.
Especialmente Lucien.
—¿Qué? —pregunté.
Lucien apoyó la barbilla sobre una mano.
—Nada.
—Estás sonriendo.
—También puedo hacerlo sin motivo.
—Eso es perturbador.
—Gracias.
Kael dejó la copa.
—¿Qué ocurre con Lady Rosenthal?
—Nada.
—Te levantaste como si anunciaran un incendio.
—Soy una anfitriona entusiasta.
Lucien soltó una risa.
Kael ni pestañeó.
—Hace tres horas cancelaste su visita.
Malditas paredes del palacio.
Realmente necesitaba averiguar quién administraba la red de chismes.
—Y ahora ha venido igualmente.
—Porque tú la invitaste.
—¡Yo no la invité!
Silencio.
Margaret carraspeó.
—Esta tarde —añadí rápidamente—. La invitación de esta tarde no la envié yo. La anterior sí.
Creo.
Kael me observó.
—¿Cuántas invitaciones le enviaste?
—Una.
—¿Y cuántas recibió?
—Dos.
Lucien levantó dos dedos.
—Las matemáticas parecen respaldarla.
Kael le lanzó una mirada.
—No ayudes.
—Estoy intentando.
—Ese es el problema.
Respiré profundamente.
Esto podía solucionarse.
Solo tenía que enviar a Elena de regreso.
Sin conocerla.
Sin humillarla.
Sin arrojarle bebidas.
Sin intentar matarla.
Muy importante esa última.
—Margaret.
—¿Su Majestad?
—Dile a Lady Rosenthal que ha ocurrido una confusión.
—Serena —intervino Kael.
Lo miré.
—¿Qué?
—Ha viajado durante dos días probablemente para llegar hasta la capital de Aranthia.
No me importaba.
Bueno.
Sí me importaba.
Un poco.
Pero me importaba más mi cabeza.
—Puede descansar y regresar mañana.
—Sería una ofensa a la Casa Rosenthal.
—Le mandaré flores.
—No puedes solucionar una ofensa diplomática con flores.
—Depende de cuántas flores.
Lucien asintió.
—Tiene un punto.
—Lucien.
—Ya me callo.
No se calló.
—Aunque personalmente añadiría vino.
Kael cerró los ojos.
Estos dos llevaban años siendo amigos.
Se notaba.
—Lady Rosenthal es invitada de la Corona —dijo Kael—. Será recibida.
Mi estómago cayó.
—¿Por quién?
—Por nosotros.
—No.
Todos volvieron a mirarme.
Bajé la voz.
—Quiero decir... no es necesario.
—Eres la emperatriz.
—Precisamente. Puedo delegar.
—Tú la invitaste.
—Técnicamente la Serena de hace una semana la invitó.
Silencio.
Mierda.
—¿La Serena de hace una semana? —repitió Lucien.
Sonreí.
—Una expresión.
—No lo es —dijo Kael.
¿Por qué todo lo que decía terminaba no siendo una expresión?
—Estoy cansada.
—Hace un momento estabas perfectamente.
—Mi salud es frágil.
Kael miró el enorme trozo de pastel que había comido hacía diez minutos.
—Se nota.
Qué hombre más insoportable.
—Majestad —intervino uno de los consejeros—, quizá deberíamos continuar mañana.
Gracias, señor desconocido.
Te quiero.
Kael asintió.
—Terminamos aquí.
Los consejeros comenzaron a levantarse.
Yo también.
—Tú no.
Me detuve.
—¿Yo qué hice?
—Recibiremos a Lady Rosenthal.
—¿Juntos?
—Sí.
—Qué romántico.
—Es protocolo.
—Muchísimo más romántico.
Lucien pasó junto a mí.
—Suerte.
Lo agarré del brazo.
—Tú vienes.
Lucien bajó la mirada hacia mi mano.
Después hacia mí.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Por qué?
Porque si la historia intentaba obligarme a conocer a Elena, quería un testigo.
Preferiblemente uno armado.
—Apoyo emocional.
Lucien soltó una carcajada.
Kael frunció el ceño.
—No necesitas apoyo emocional para recibir a una invitada.
—No sabes lo que necesito.
—Soy tu esposo.
—Precisamente por eso necesito apoyo emocional.
Lucien volvió a reír.
—Definitivamente voy.
Kael parecía arrepentirse de todas las decisiones que lo habían llevado hasta aquel momento.
...****************...
Mientras caminábamos hacia el salón de recepción, repetí mentalmente mis reglas.
1. No insultar a Elena.
2. No amenazar a Elena.
3. No tocar a Elena.
4. No acercarme demasiado a Elena.
5. No ofrecerle comida ni bebestibles.
Eso último era importante.
En las novelas, la comida siempre terminaba envenenada.
No beber nada cerca de ella.
No sostener copas.
Quizá directamente prohibir las copas.
—Estás murmurando —dijo Lucien.
Lo miré.
Caminaba a mi lado.
Kael iba delante.
—Estoy pensando.
—¿Siempre haces tanto ruido cuando piensas?
—Sí.
—Interesante.
—¿Por qué sigues mirándome?
—Porque eres interesante.
Eso me hizo detenerme.
Lucien también.
Kael continuó unos pasos antes de darse cuenta.
—¿Qué hacen?
—Nada —respondimos ambos.
Kael nos miró.
Después siguió caminando.
Lucien se acercó un poco.
—Está irritado.
—Siempre está irritado.
—No contigo.
Lo miré.
—¿Perdón?
—Normalmente contigo está resignado.
—Qué romántico.
—Hoy está irritado.
—¿Y cuál es la diferencia?
Lucien pensó.
—La resignación significa que sabe lo que harás. La irritación significa que no.
Eso... era bastante observador.
—¿Siempre analizas tanto a tu mejor amigo?
—Llevo veinte años sobreviviéndolo. Es necesario.
Sonreí.
Me gustaba Lucien.
Eso podía ser peligroso.
No mortalmente peligroso..
Pero peligroso.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Depende.
—¿Siempre fuiste así?
—¿Así cómo?
—Tú.
—Pregunta preocupantemente filosófica.
—Hablo en serio.
Lucien dejó de sonreír.
Me observó durante un instante.
—No.
Mi corazón dio un pequeño salto.
—¿No?
—Antes eras peor.
Lo golpeé suavemente en el brazo.
Él rio.
—¡Era una pregunta seria!
—¿Qué quieres que diga?
—No sé. Algo útil.
—Bien.
Su expresión cambió.
—Nunca me habías hablado durante más de cinco segundos sin preguntarme dónde estaba Kael.
Auch.
—Nunca te reías conmigo.
Doble auch.
—Y definitivamente nunca me habías pedido ayuda.
Triple auch.
Miré hacia Kael.
Seguía caminando delante.
—Entonces...
Bajé la voz.
—¿Me odiabas?
Lucien tardó en responder.
—No.
—¿Te caía mal?
—Muchísimo.
—Gracias por la honestidad.
—La pediste.
—Me arrepiento.
Sonrió.
—Pero hoy me caes mejor.
Eso me sorprendió.
—¿Después de una cena?
—Ha sido una cena extraña.
—Casi apoyo aumentar los impuestos de mi propia familia.
—Uno de mis momentos favoritos.
—No se lo cuentes a nadie.
—Lo contaré en tu funeral.
Me detuve.
Lucien también.
—¿Qué?
Su sonrisa desapareció.
—Era una broma.
Claro.
Una broma.
Él no sabía.
No podía saber.
—Sí.
Intenté sonreír.
—Claro.
Kael se volvió.
Su mirada pasó de Lucien a mí.
—¿Ocurre algo?
—Nada.
Seguí caminando.
Pero aquella palabra me acompañó.
Funeral.
Seis meses.
No.
No iba a suceder.
...****************...
Las puertas del salón se abrieron.
Y allí estaba.
Elena Rosenthal.
Durante cuatro días la había imaginado como una amenaza.
La mujer que provocaría indirectamente mi muerte.
La protagonista.
La elegida.
El gran amor de Kael.
Esperaba odiarla un poquito.
Por instinto de supervivencia.
Pero entonces se giró.
Y mi primer pensamiento fue: Qué pequeña.
No era pequeña. Probablemente tenía mi altura. Pero parecía... delicada.
Cabello rubio recogido sencillamente.
Vestido verde pálido.
Ojos claros.
Nada de joyas exageradas.
Nada de maquillaje imperial.
Y estaba nerviosa.
Muchísimo.
Cuando nos vio, abrió los ojos.
Después hizo una reverencia tan rápida que casi perdió el equilibrio.
—Sus Majestades.
Oh, no.
Era adorable.
Eso era peor.
—Lady Rosenthal —saludó Kael.
Elena levantó la cabeza.
Y ocurrió.
El primer encuentro.
Kael.
Elena.
Protagonista masculino.
Protagonista femenina.
Los observé.
Esperé.
¿Música?
¿Viento?
¿Flores?
Nada.
Kael apenas la miró.
—Bienvenida al Palacio Imperial.
—Es un honor, Majestad.
Eso fue todo.
Parpadeé.
¿Eso era todo?
En la novela su primer encuentro debía ocurrir en los jardines.
Claro.
Todavía no correspondía.
Perfecto.
No se habían enamorado prematuramente.
Una cosa funcionaba.
Elena entonces me miró.
Se puso todavía más nerviosa.
—Su Majestad.
Retrocedí instintivamente.
Todos lo notaron.
Excelente.
—Lady Rosenthal.
Sonreí.
Demasiado.
Reduje la sonrisa.
—Bienvenida.
Elena parecía sorprendida.
¿Por qué?
—Gracias.
Silencio.
No sabía qué decir.
Hola, mucho gusto. En unos meses mi esposo se enamorará de ti y luego me ejecutará por intentar matarte. ¿Quieres té?
No.
Definitivamente no.
—¿Tu viaje estuvo bien?
Perfecto.
Conversación humana normal.
—Sí, Su Majestad.
—Excelente.
Silencio.
—Muy excelente.
Lucien tosió.
Lo miré.
Estaba intentando no reír.
Traidor.
Elena apretó algo contra su pecho.
Una carta.
La carta.
—Su Majestad, traje el mensaje que me envió.
—Perfecto.
Extendí la mano.
—¿Puedo verlo?
—Por supuesto.
Me entregó el papel.
Reconocí inmediatamente el sello imperial.
El mío.
Abrí la carta.
Lady Elena Rosenthal:
La reunión de mañana ha sido adelantada. Preséntese esta noche en el Palacio Imperial.
Debajo estaba mi nombre.
Serena Valmont.
Y mi firma.
O, al menos, la firma de Serena.
Miré a Margaret.
Ella negó discretamente con la cabeza.
No era la carta que habíamos enviado.
—¿Quién te entregó esto?
Elena pareció confundida.
—Un mensajero imperial.
—¿Lo conocías?
—No.
—¿Cómo era?
—Serena.
Kael.
Lo ignoré.
—¿Recuerdas algo?
—Cabello oscuro. Joven. Llevaba el uniforme de palacio.
Eso describía aproximadamente a quinientas personas.
Fantástico.
—¿Ocurre algo? —preguntó Elena.
La miré.
Parecía genuinamente preocupada.
—No envié esta carta.
Su rostro perdió color.
—¿Qué?
Kael tomó el papel.
Lo leyó.
Lucien se acercó.
—El sello parece auténtico.
—Lo es —dijo Kael.
—Pero yo no la envié.
Kael me miró.
—¿Estás segura?
—¡Sí!
—Esta mañana tampoco recordabas haberla invitado originalmente.
Golpe bajo.
—Eso es diferente.
—¿Por qué?
Porque aquella mañana había despertado siendo otra persona.
Detalle difícil de explicar.
—Porque lo es.
Lucien tomó la carta.
Sus ojos recorrieron el papel.
Su expresión se volvió seria.
Por primera vez desde que lo conocía.
—Kael.
—Lo vi.
—¿Qué? —pregunté.
Lucien levantó la carta hacia una lámpara.
—La marca.
Me acerqué.
Había una pequeña línea violeta en el borde del papel.
—¿Qué significa?
Los dos hombres me miraron.
Otra cosa que Serena debería saber.
Maravilloso.
—Es papel de la oficina privada de la emperatriz —explicó Lucien.
Sentí un escalofrío.
—¿Mi oficina?
—Solo tú, tu secretario y tus damas tienen acceso.
Miré a Margaret.
—Yo no fui —dijo inmediatamente.
—Lo sé.
Y lo sabía.
No tenía ningún motivo racional.
Pero lo sabía.
Elena estaba cada vez más incómoda.
—Tal vez debería marcharme.
—Sí —respondí demasiado rápido.
Todos me miraron.
—Quiero decir...
Sonreí.
—Debes estar cansada.
—Mucho.
—Perfecto. No. No es perfecto que estés cansada. Perfecto que puedas descansar.
Dios.
Necesitaba aprender a hablar.
—Prepararemos una habitación —dijo Kael.
Giré hacia él.
—¿Aquí?
—Es tarde.
—Puede quedarse en otro palacio.
—Serena.
—Tenemos muchos.
Lucien volvió a ocultar una sonrisa.
Elena bajó la mirada.
Me sentí horrible.
Estaba haciendo exactamente lo que no quería.
Parecía que intentaba echarla.
Respiré.
—Perdóname, Elena.
Se sorprendió al escuchar su nombre.
Yo también.
—No es por ti.
Miré la carta.
—Ha sido un día extraño.
Eso era quedarse corto.
—Puedes quedarte.
Kael me observó.
Ignoré su mirada.
—Margaret preparará una habitación.
—Gracias, Su Majestad.
Elena sonrió.
Y entendí inmediatamente por qué medio Imperio terminaría adorándola. Era imposible no devolverle la sonrisa.
Maldita protagonista encantadora.
—Buenas noches, Lady Elena.
—Buenas noches, Su Majestad.
Margaret la acompañó hacia la puerta.
Cuando Elena pasó junto a mí... algo cayó al suelo.
Un pequeño pañuelo.
Lo vi.
Y mi cuerpo se congeló.
Blanco.
Bordado con pequeñas rosas.
No.
Conocía ese pañuelo.
Lo conocía.
En la novela aparecía durante el primer encuentro entre Elena y Kael.
Elena lo utilizaba para vendar la mano herida del emperador en los jardines.
Kael lo guardaba.
Era el primer objeto que conservaba de ella.
Un símbolo romántico.
Elena siguió caminando sin darse cuenta de que lo había perdido.
Kael estaba hablando con Lucien.
Ninguno lo había visto.
Solo yo.
Miré el pañuelo.
Después a Kael.
Después a Elena.
No.
No, no, no.
Aquella escena no ocurría hasta dentro de veintidós días.
Podía dejarlo allí.
Kael podría encontrarlo.
La historia seguiría.
O...
Me agaché.
Lo recogí.
—Lady Rosenthal.
Se volvió.
Caminé hacia ella.
—Se te cayó esto.
Miró el pañuelo.
—¡Gracias!
Se lo entregué.
—Guárdalo bien.
—Lo haré.
Sonrió.
—Es importante para mí.
—Imagino que sí.
Muy importante.
Elena salió.
Miré mis manos.
Nada ocurrió.
Ningún trueno.
Ninguna luz.
Ninguna voz divina.
Perfecto.
Podía hacerlo.
Podía cambiar pequeñas cosas.
Evitar encuentros.
Eliminar accidentes.
Alejarme de acontecimientos peligrosos.
Si conocía la novela... podía reescribir mi destino.
Sonreí.
—¿Por qué sonríes?
Kael.
Levanté la cabeza.
—Por nada.
Sus ojos se estrecharon.
—Hoy haces muchas cosas por nada.
—Nueva afición.
Lucien se acercó.
—¿Qué hacemos con la carta?
Mi sonrisa desapareció.
—Encontrar a quien la envió.
Kael asintió.
—Lucien investigará.
—¿Yo?
—Eres el comandante de la Guardia Imperial.
—Y yo que pensaba que había venido a cenar.
—Te equivocaste.
Lucien suspiró.
—Qué agotador es ser competente.
Me reí.
Él me miró.
Sonrió.
Y algo extraño ocurrió.
Kael nos observó.
No dijo nada.
Pero su expresión cambió.
Solo durante un segundo.
Después se dirigió hacia la puerta.
—Serena.
—¿Qué?
—Ven conmigo.
—¿Dónde?
—A tus aposentos.
Parpadeé.
Lucien levantó ambas cejas.
Yo miré a Kael.
—¿Por qué?
—Porque quiero hablar contigo.
—Podemos hablar aquí.
—A solas.
No me gustaba cómo sonaba aquello.
Nada.
—¿Estoy arrestada?
Lucien soltó una carcajada.
Kael ni siquiera se giró.
—Todavía no.
Todavía.
Palabra maravillosa para decirle a una mujer que sabía que terminaría ejecutada.
Miré a Lucien.
—Si no regreso, dile a Salem que lo quiero.
—¿Quién es Salem?
—Mi gato.
—¿Tienes un gato?
—Es una historia larga.
Kael se detuvo en la puerta.
—Serena.
—¡Ya voy!
Lo seguí.
...****************...
Cinco minutos después estábamos solos en uno de los corredores.
Kael no había dicho una palabra.
Yo tampoco.
Aquello era incómodo.
—¿Vas a matarme?
Se detuvo.
¿Por qué había preguntado eso?
¿Por qué mi cerebro no consultaba conmigo antes de utilizar mi boca?
Kael se giró.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—Una bastante directa.
—¿Por qué iba a matarte?
Dame seis meses.
—Hipotéticamente.
—No.
—Bien.
Continuamos.
Dos pasos.
—¿Alguna vez has pensado en hacerlo?
Volvió a detenerse.
—Serena.
—Curiosidad matrimonial.
—No.
Excelente.
Al menos por ahora.
Llegamos a mis aposentos.
Abrí la puerta.
Salem estaba sentado sobre mi almohada.
—Hola.
Miau.
Kael entró detrás de mí.
—No entiendo cómo llegó ese gato al palacio.
—Tiene talentos.
Me quité los pendientes.
—¿Qué querías hablar?
Kael cerró la puerta.
Eso me puso nerviosa.
—Sobre ti.
—Tema aburrido.
—Últimamente no.
Me giré.
Kael estaba apoyado contra la puerta.
—¿Qué ocurrió anoche?
Otra vez.
—Nada.
—Deja de mentirme.
—No estoy mintiendo.
Técnicamente había muerto anoche.
Pero no allí.
—No recuerdas haber invitado a Elena.
—Estaba cansada.
—Quieres divorciarte.
—Eso lo recuerdo perfectamente.
—Cambiaste tu trato con los sirvientes.
Me quedé quieta.
—¿Cómo sabes eso?
—Margaret trabaja para mi familia desde antes de que tú nacieras.
Maldita Margaret.
—No despediste a nadie hoy.
—¿Eso es sospechoso?
—En ti, sí.
Auch.
—Pediste disculpas a Elena.
—Educación básica.
Serena.
Por favor.
—Y Lucien.
Ahí había algo distinto en su voz.
—¿Qué pasa con Lucien?
—Nunca lo soportaste.
—Pues ahora sí.
—¿Por qué?
—Porque es divertido.
—Es insoportable.
—Eso es porque te conoce.
Kael ignoró el comentario.
—Nunca te habías reído con él.
—¿Llevas una lista de cosas que hago y no hago?
—Cuando mi esposa cambia completamente de personalidad en una noche, sí.
Mi sonrisa desapareció.
Aquello se estaba acercando demasiado.
—No he cambiado completamente.
—Esta mañana huiste de mí.
—No huí.
—Retrocediste cada vez que me acerqué.
—Espacio personal.
—Me dijiste que me odiabas.
—Momento emocional.
—Pediste el divorcio.
—Momento de lucidez.
Sus ojos se endurecieron.
Ups.
—Y ahora —continuó— estás aterrada por una mujer que todavía no conocías.
Eso me hizo callar.
Kael dio un paso hacia mí.
No retrocedí.
Me obligué.
—Así que volveré a preguntarlo.
Otro paso.
—¿Qué ocurrió anoche?
Mi corazón latía demasiado rápido.
No podía decirle la verdad.
Hola, esposo. En realidad tu esposa probablemente desapareció y yo soy una desconocida de otro mundo que leyó tu vida en una novela y sé que vas a enamorarte de Elena y ejecutarme.
No.
Probablemente no saldría bien.