Milena Cruz siempre fue la mujer que los Ríos escondían: la prima pobre, la de la cara marcada, la esposa fea que nadie elegiría. Pero cuando Valeria Ríos se niega a casarse con Dante Navarro, el heredero maldito de la Manada Luna de Hierro, Milena es enviada en su lugar para salvar a su abuela.
Todos creen que Dante está condenado. Sus novias anteriores murieron antes del amanecer, su lobo fue sellado con plata y acónito lunar, y el Consejo solo necesita otra víctima para cerrar el ataúd del Alfa.
Pero Milena no muere.
Su aroma despierta al lobo dormido de Dante. Su sangre de sanadora calma el veneno que nadie pudo tocar. Y el Alfa que debía destruirla empieza a protegerla frente a toda la manada, aunque hacerlo lo acerque a la muerte.
Milena llegó como una sustituta despreciada. Una esposa fea comprada con amenazas. Pero bajo sus cicatrices se esconde una heredera Cruz-Varela, una loba sanadora capaz de romper juramentos de sangre y desnudar las mentiras que enterraron a otras novias antes que ella.
Entre falsas Lunas, pactos de sangre, desafíos de Alfa y un vínculo de mate que arde cada vez que intentan separarlos, Milena tendrá que decidir si huye del Alfa maldito o si acepta el lugar que siempre le perteneció.
Porque la mujer que todos llamaron fea no nació para ser sacrificada.
Nació para convertirse en Luna.
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Capítulo 3
Capítulo 3: El aroma que lo despertó
El dedo de Dante Navarro se movió una vez.
Después, nada.
Patricia soltó el aire con un sonido pequeño y feo. Jacobo no se movió, pero los dos guerreros de la puerta entraron al cuarto al mismo tiempo.
—Atrás —ordenó el beta.
Milena no retrocedió.
El olor de Dante había cambiado.
El acónito seguía allí, amargo, pegado a su piel como una capa de veneno viejo. La plata también. Pero debajo, muy abajo, el cedro negro se volvió más fuerte. El café amargo le llenó la boca. La sangre bajo hierro empezó a latir en el aire.
La vena en el cuello de Dante dio otro golpe.
Lento.
Pesado.
—Está reaccionando —dijo Milena.
—No lo toque —dijo Jacobo.
—Entonces mírelo morir.
Patricia le clavó las uñas en el brazo.
—¿Te volviste loca?
Milena se soltó de un tirón.
—Cállese.
La palabra salió baja. Patricia abrió los ojos.
Los guerreros se tensaron.
Milena se acercó a la cama. Cada paso le calentaba más la piel. La fiebre quemaba por dentro y dejaba la boca seca; aquello tiraba de ella hacia Dante, hacia su garganta, hacia el pulso lento bajo la piel pálida.
—No te acerques.
La voz de la abuela Clara cruzó su memoria.
«No muestres la garganta ante un lobo que no sea tuyo».
Milena tragó saliva y siguió.
Dante tenía los labios entreabiertos. No respiraba bien. El pecho subía apenas. Cuando Milena llegó junto a la cama, el cuenco de agua negra se movió solo. Un temblor pequeño. La superficie se abrió en ondas.
—Eso no cura —dijo.
Jacobo se colocó al otro lado de la cama.
—Es lo único que lo mantiene estable.
—No. Lo mantiene encerrado.
El silencio volvió a caer.
Milena tomó uno de los frascos oscuros de la mesa. Antes de abrirlo, el olor ya le quemó los ojos.
Acónito lunar.
Más fuerte que en el pasillo. Mezclado con alcohol, ceniza y algo que olía a metal mojado.
—¿Cuánto le dan?
—Lo suficiente —dijo Jacobo.
—¿Para dormirlo o para matarlo despacio?
Uno de los guerreros gruñó.
Jacobo levantó una mano. El gruñido murió.
Milena dejó el frasco sobre la mesa.
—Necesito agua limpia.
Patricia soltó una risa.
—¿Agua limpia? ¿Eso es todo? ¿Vas a salvar al heredero Navarro con agua?
Milena la miró.
—No. Pero voy a lavarle de la piel lo que ustedes siguen echándole encima.
Jacobo no respondió.
Milena no esperó permiso. Tomó el cuenco de agua negra y lo volcó sobre el piso.
El cuarto entero reaccionó.
Los guerreros dieron un paso. Patricia gritó. Jacobo agarró a Milena de la muñeca antes de que el cuenco terminara de rodar.
Su agarre fue firme. No cruel.
—Señorita Ríos.
—No me llamo así.
La frase se le escapó.
Jacobo la soltó.
Patricia se quedó blanca.
Milena entendió tarde lo que había dicho. La mentira todavía debía proteger a la abuela Clara. Apretó la mandíbula.
—Quise decir —dijo— que no soy una de sus sanadoras de manada.
Jacobo la miró un segundo más.
No le creyó.
Pero tampoco la detuvo.
—Agua —ordenó.
Uno de los guerreros salió.
Milena volvió a mirar a Dante. El movimiento del dedo no se repitió, pero el olor seguía cambiando. La droga peleaba contra el lobo enterrado bajo la piel del alfa, y el lobo estaba perdiendo.
La sábana sobre su pecho se movió con un espasmo.
Dante no abrió los ojos.
Pero sus dedos se cerraron.
Milena vio las líneas plateadas alrededor de sus muñecas tensarse. Eran sellos finos, hundidos en la piel, diseñados para doler cada vez que su cuerpo intentaba despertar.
—Tiene plata en los nervios —murmuró.
Jacobo se acercó un poco.
—¿Cómo sabe eso?
Milena no contestó.
No lo sabía.
Lo olía.
La abuela Clara le había enseñado a distinguir la plata buena de la plata sucia. La buena se usaba en medallones, en cierres, en cuchillos bendecidos para cortar veneno. La sucia olía a piel quemada incluso antes de tocarla.
Dante olía a plata sucia.
El guerrero volvió con una jarra de agua clara y un paño. Milena mojó el paño, lo exprimió y limpió primero el cuello de Dante, justo donde el olor a acónito se había acumulado. Su piel estaba helada.
En cuanto lo tocó, una descarga le atravesó los dedos.
Un golpe de calor limpio y rápido le subió por la mano y le mordió el pecho.
Dante inhaló.
Todos lo oyeron.
Patricia retrocedió hasta chocar con la pared.
Jacobo dejó de respirar.
Milena retiró la mano.
Dante dejó de inhalar.
El cuarto se quedó quieto.
Milena miró su propia palma. Sin marca, sin herida. Solo el cosquilleo subiéndole por el brazo.
«No te acerques», había dicho la abuela Clara.
Pero si se alejaba, él se hundía.
Milena volvió a tocarlo.
Dante respiró otra vez.
Esta vez el aire le llenó el pecho.
El sonido no fue humano del todo. Salió de su pecho con una vibración baja, rota, como un gruñido atrapado bajo piedra.
Uno de los guerreros se arrodilló.
No quiso hacerlo. Milena lo vio luchar contra sus propias rodillas. Pero cayó igual, con la cabeza inclinada.
—Alfa —susurró Jacobo.
La palabra hizo que el aire cambiara.
Dante seguía con los ojos cerrados, pero la habitación ya no le pertenecía a nadie más.
Milena presionó el paño contra su garganta. El calor bajo su piel aumentó. El olor de Dante la envolvió: cedro, café, sangre, lluvia. El cuarto oscuro de su pesadilla volvió entero.
La pared fría.
La mano sobre su boca.
—No hagas ruido si quieres vivir.
Milena soltó el paño.
—Fue usted —dijo.
No sabía si se lo decía a un hombre dormido o a un recuerdo.
El pulso de Dante golpeó más rápido.
Jacobo la miró.
—¿Qué dijo?
Milena no respondió.
Sobre la mesa había un estuche de agujas de plata, gruesas, hechas para cerrar, no para sanar. Aun así, tomó la más delgada y la acercó a la llama de una vela hasta que el metal se puso rojo.
—No puede usar eso —dijo Jacobo.
—No voy a clavársela.
Milena se pinchó la yema del dedo.
La sangre salió en una gota oscura.
Patricia soltó un sonido ahogado.
—¿Qué haces?
Milena no lo sabía con palabras.
Su cuerpo sí.
Dejó caer la gota sobre la marca plateada de la muñeca de Dante.
La reacción fue inmediata.
La plata siseó.
Dante arqueó la espalda.
Los guerreros gruñeron. Jacobo agarró el borde de la cama. Patricia gritó el nombre falso de Valeria.
Milena puso la otra mano sobre el pecho de Dante.
—Respire.
No era una orden de alfa. No tenía poder para eso.
Pero su sangre olía a miel, laurel y lluvia.
La marca plateada dejó de sisear.
Dante respiró.
Una vez.
Otra.
La habitación empezó a oler menos a veneno.
Milena sintió que las piernas le fallaban. El corte en su dedo seguía abierto. Una gota cayó sobre la sábana y el olor de su propia sangre llenó el espacio entre los dos: miel, lluvia, laurel.
El veneno retrocedió.
No desapareció.
Retrocedió lo suficiente para que una fuerza enorme empujara desde dentro de Dante.
La cama crujió.
El rostro de Dante se movió apenas. Una línea apareció entre sus cejas. Su mano subió sobre la sábana.
—Alfa —dijo Jacobo.
Los ojos de Dante se abrieron.
Negros.
No marrones. No grises.
Negros, con un filo dorado alrededor de la pupila.
Milena no pudo moverse.
Dante no miró a los guerreros. No miró a Patricia. No miró a Jacobo.
La miró a ella.
Solo ella.
Su mano encontró la muñeca de Milena.
La tocó.
El calor le subió hasta la garganta.
—Ella —dijo Dante.
La voz salió baja, rota, llena de óxido.
Jacobo cayó de rodillas.
Los guerreros también.
Patricia se tapó la boca.
Dante no apartó los ojos de Milena.
—Se queda.
La orden golpeó el cuarto.
Milena sintió el peso en la nuca, en los hombros, detrás de las rodillas. Su cuerpo quiso obedecer antes de entender.
No era para ella.
No del todo.
Pero la tocó igual.
Patricia hizo un sonido desesperado.
—Alfa Dante, ella...
El aire se volvió más pesado.
Dante giró apenas la cabeza.
Patricia se dobló. Una rodilla tocó el piso. El miedo le reventó el perfume.
Dante volvió a mirar a Milena.
Sus dedos seguían alrededor de su muñeca. Fríos. Firmes.
—Valeria Ríos —murmuró.
Milena sintió que la mentira se le cerraba en la garganta.
Dante la olió.
Sus pupilas se afilaron.
—¿Quién es Valeria Ríos?