En mi vida anterior amé hasta destruirme.
Soporté cada traición creyendo que el amor debía doler.
Morí rota.
Desperté años atrás con una sola promesa: esta vez no vuelvo contigo.
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capitulo 20: Lo que descubrí cuando dejé de esperar
Lo que descubrí cuando dejé de esperar
Decidí que no iba a quedarme quieta esperando a que Adrián resolviera todo.
No porque no confiara en él. Sino porque había aprendido algo muy claro en mi vida anterior: cuando dependés de alguien más para salvarte, terminás perdiendo partes de vos misma. Y eso no lo iba a repetir.
Esa mañana, mientras Lucas dormía (porque lo mandé a quedarse en casa después de la nota), me senté frente a la laptop y empecé a buscar.
No busqué "Federico Rivas mafia". Eso no iba a aparecer en Google. Busqué cosas más sutiles.
"Proyecto Luminova Rivas & Asociados"
"Rivas & Asociados contrato gobierno"
"Federico Rivas directorio"
No encontré mucho. Pero lo que encontré me heló la sangre.
Había una nota de hacía tres años. Una empresa llamada Luminova había ganado un contrato millonario con el gobierno para instalar sistemas de seguridad en edificios públicos. La empresa que había ejecutado el proyecto era Rivas & Asociados. Pero la empresa que había financiado todo era otra: una tal "Inversiones del Sur S.A."
Busqué Inversiones del Sur.
No había página web. No había dirección física. Solo un nombre en el registro de empresas: Federico Rivas.
Y algo más.
En los comentarios de esa nota, alguien había escrito: *"Luminova nunca se instaló en ningún lado. ¿Dónde fue la plata?"*
El comentario había sido borrado. Pero yo lo había leído.
Me quedé mirando la pantalla con el estómago cerrado.
¿Estaba Adrián involucrado en algo ilegal? ¿O su tío estaba usando el apellido familiar para algo sucio?
No lo sabía. Pero necesitaba respuestas. Y no iba a esperar a que Adrián me las diera.
A las dos de la tarde, Adrián apareció en el departamento.
Traía dos cafés y una expresión que no supe leer. Se sentó en el sillón frente a mí sin preguntar. Yo me quedé de pie, con los brazos cruzados.
—Encontré algo —dije sin preámbulos—. Sobre Luminova.
Adrián levantó la vista. Su expresión no cambió. Pero algo en sus ojos se endureció.
—¿Qué encontraste?
—Que el proyecto nunca se ejecutó. Que la plata desapareció. Y que el nombre de tu tío está en todo.
Adrián dejó el café sobre la mesa. Se pasó una mano por la cara.
—Valeria…
—No me digas que no es asunto mío —lo interrumpí—. Porque si tu tío vino a amenazarme, si le dejaron una nota a mi hermano, entonces SÍ es mi asunto.
Adrián me miró un segundo largo. Después asintió despacio.
—Tienes razón. Pero hay cosas que no te puedo contar. No porque no confíe en ti. Sino porque cuanto menos sepas, más segura estás.
—Esa es la segunda vez que me dices eso —dije, y la rabia empezó a subir—. La primera fue cuando me dijiste que tu familia era peligrosa. Ahora me dices que hay cosas que no me puedes contar. Adrián, si estoy metida en esto, necesito saber TODO.
Adrián se levantó. Se acercó a la ventana. Me dio la espalda.
—Hay cosas que no tienen que ver conmigo —dijo con la voz baja—. Cosas que mi tío hizo antes de que yo volviera a la ciudad. Cosas que yo no puedo deshacer. Si te las cuento, vas a empezar a mirarme diferente. Y no quiero eso.
—¿Y qué quieres? —pregunté, y mi voz salió más dura de lo que esperaba.
Adrián se giró. Me miró directo a los ojos.
—Quiero que confíes en mí. Aunque no te guste lo que no te puedo decir.
El silencio que siguió fue pesado. No enojado. Pesado de verdad.
—No puedo confiar en alguien que me oculta cosas —dije al fin—. Lo aprendí de la peor manera.
Adrián asintió despacio. Como si esperara esa respuesta.
—Entonces vamos a tener un problema —dijo con la voz baja—. Porque yo no puedo contarte todo. Y tú no vas a poder confiar en mí si no te cuento todo.
No supe qué responder.
Antes de que pudiera decir algo, el timbre sonó.
Los dos nos quedamos quietos. Adrián me miró. Yo le hice un gesto para que no se moviera. Me acerqué a la mirilla.
Mateo.
Solo. Sin hombres. Sin carpeta negra. Solo él, con una expresión que no había visto antes. Vulnerable. Asustado.
Abrí la puerta con la cadena puesta.
—¿Qué quieres? —pregunté.
Mateo me miró con los ojos enrojecidos. Como si hubiera estado llorando.
—Valeria… necesito hablar contigo. Por favor.
—No tienes derecho a venir aquí.
—Lo sé —dijo con la voz quebrada—. Pero no tengo a nadie más. Mi familia me está presionando. Federico me dijo que si no arreglo esto, me van a sacar del proyecto. Me van a sacar de TODO.
Me quedé quieta. Procesando.
—¿Y eso es mi problema? —pregunté.
Mateo bajó la mirada.
—No. Sé que no. Pero… Valeria, yo no quería que esto llegara tan lejos. Yo solo quería que volvieras. Pensé que si te presionaba un poco, ibas a entender. No pensé que mi tío iba a meterse con tu hermano.
—¿No pensaste? —La rabia me subió caliente—. Mateo, Federico le dejó una nota a mi hermano. ¿Y tú me vienes a decir que no pensaste?
Mateo cerró los ojos. Cuando los abrió, tenía lágrimas.
—Lo sé. Y lo siento. Pero necesito que me ayudes. Si no vuelves conmigo, me van a destruir.
Me quedé mirándolo. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí algo que no era rabia. Era lástima.
—Mateo —dije con la voz baja—. Tú te metiste en esto. Tú cerraste el trato con Federico. Tú decidiste que yo era parte del paquete. Ahora tienes que resolverlo tú.
—No puedo —susurró—. No tengo tu fuerza.
—Entonces vas a tener que encontrarla —dije—. Porque yo no voy a volver.
Mateo me miró un segundo largo. Después asintió despacio.
—Está bien —dijo con la voz rota—. Pero si algo te pasa… si Federico hace algo… no voy a poder vivir conmigo.
—Ese es tu problema, no el mío —dije—. Adiós, Mateo.
Cerré la puerta. Me apoyé contra ella. Las piernas me temblaban.
Adrián estaba en la sala, con una expresión que no supe leer.
—¿Estás bien? —preguntó.
—No —dije con la voz baja—. Pero estoy entera.
Adrián asintió. Se acercó a la puerta. Antes de salir, se detuvo.
—Valeria… una cosa más.
—¿Qué?
—Mi tío no va a detenerse. Y Mateo… Mateo es peligroso. No porque sea fuerte. Sino porque es débil. Y los débiles hacen cosas desesperadas.
Se fue. Cerró la puerta con suavidad.
Me quedé parada en el medio de la sala, sintiendo que el mundo se había vuelto un lugar mucho más complicado de lo que había imaginado.
Cuando Lucas salió de su habitación, tenía la cara pálida.
—Escuché todo —dijo sin preámbulos—. Y tomé una decisión.
—¿Cuál?
—Voy a dejar la universidad por un tiempo. No puedo arriesgarme. No después de la nota.
Me acerqué y le tomé las manos.
—Lucas… no tienes que hacer eso.
—Sí tengo que hacerlo —dijo con firmeza—. No voy a ser un problema para ti. No voy a ser la razón por la que algo te pase.
—No eres un problema. Eres mi hermano.
—Y por eso mismo tengo que irme —dijo—. Voy a quedarme con una tía en el interior por unas semanas. Hasta que esto se resuelva.
Me quedé quieta. Procesando.
—¿Cuándo te vas?
—Mañana —dijo—. Ya le hablé a la tía Marta. Me va a recibir.
No supe qué decir. Solo lo abracé fuerte.
—Te voy a extrañar —susurré.
—Yo también —dijo contra mi hombro—. Pero necesito que estés segura. Y yo necesito no ser un blanco.
Asentí. No confiaba en mi voz.
Cuando Lucas se fue a hacer la valija, me senté en el sillón con la laptop. Volví a buscar Inversiones del Sur. Y esta vez encontré algo más.
Una foto.
Era de hacía cinco años. Un evento de beneficencia. Federico Rivas estaba en el centro, sonriendo. A su lado, una mujer joven. Hermosa. Con el cabello oscuro y una sonrisa que no llegaba a los ojos.
Debajo de la foto, el pie decía: *"Federico Rivas con su esposa, Carolina Méndez."*
Me quedé mirando la foto mucho tiempo.
Porque había algo en esa mujer. Algo que me resultaba familiar.
Y entonces lo recordé.
Carolina.
La compañera de trabajo de Mateo que me había escrito hacía semanas. La que me había pedido que hablara con él.
¿Qué tenía que ver Carolina Méndez con Federico Rivas?
Y más importante todavía:
¿Qué tenía que ver con Adrián?