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Regresé para salvar al hombre que me destruyó

Regresé para salvar al hombre que me destruyó

Status: En proceso
Popularitas:305
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi



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Capítulo 4

Capítulo 4: La Cámara en la Oscuridad

Afuera, el aire nocturno olía a pasto mojado y a tierra después de la lluvia. Los focos del estacionamiento proyectaban charcos de luz amarillenta sobre el asfalto, y un árbol viejo —un fresno, creo— extendía sus ramas sobre una banca de concreto que alguien había pintado de verde hacía años y que ahora se descascaraba.

Me senté en la banca. Saqué mi teléfono.

—Dame tu celular —dije.

Renato estaba de pie frente a mí, a dos metros de distancia. Exactamente a dos metros. Como si hubiera medido la distancia prudente entre él y cualquier otro ser humano y hubiera decidido que eso era lo mínimo aceptable.

—No quiero —dijo.

Su voz me sorprendió. No era agresiva. No era grosera. Era... plana. Como una puerta que se cierra sin dar un portazo. Firme. Definitiva. Y sin rastro alguno de la escena que acababa de vivir. Como si lo de adentro —las acusaciones, la saliva en el hombro, las esposas— hubiera sido un trámite más en su día.

Lo miré. La luz del farol le daba de costado, afilándole los pómulos, hundiendo las sombras bajo sus ojos. De cerca, los raspones se veían peor: uno en la mandíbula, otro en el dorso de la mano derecha, los nudillos hinchados de haber golpeado la cámara. Era más alto de lo que recordaba. O quizá era que en mi vida anterior nunca lo había mirado de frente. Siempre de lejos. Siempre por encima del hombro. Siempre con desprecio.

Ahora lo veía completo por primera vez y era como mirar un edificio quemado: la estructura todavía en pie, todavía imponente, pero con las ventanas negras y vacías.

—Tu teléfono —repetí—. Quiero agregarte como contacto.

—Escuché la primera vez. Dije que no quiero.

Sabía lo que estaba pensando. Lo podía leer en la tensión de su mandíbula, en la forma en que apretaba la correa de la mochila. Creía que le iba a mandar mensajes para insultarlo. O peor: que lo iba a agregar a algún grupo donde sus compañeros se burlaban de él. En nuestra universidad, eso era deporte.

Renato Solís tenía veintidós años y ya había aprendido que la amabilidad era el preludio del golpe.

Cambié de estrategia.

—¿Ves este vestido? —Me señalé. Era un Marchesa, seda italiana, bordado a mano. Ahora tenía una mancha de tierra en la falda y un desgarrón en el hombro izquierdo—. Cuesta más que tu matrícula de un año completo.

Él no se inmutó. Pero sus ojos bajaron hacia el vestido y volvieron a subir, y en ese movimiento detecté algo: vergüenza. Rápida, involuntaria. La clase de vergüenza que siente alguien que sabe exactamente cuánto no puede pagar.

—Tú lo ensuciaste —dije, lo cual era técnicamente mentira porque había sido Lorena, pero los detalles eran lo de menos—. Me debes.

—No te debo nada —dijo, y dio medio paso hacia atrás, como preparándose para irse.

Ah, no. No te vas.

—Un mes —levanté un dedo—. Trabajas como mi asistente personal por un mes para compensar el daño. Dame tu teléfono para que pueda contactarte cuando te necesite.

Se detuvo. Me miró como si yo hubiera dicho algo en un idioma que no conocía.

Su expresión cambió. No mucho. Un milímetro. Las cejas se juntaron apenas, los labios se apretaron. Estaba calculando. Los engranajes giraban detrás de esos ojos oscuros: si decía que no, yo podría cobrarle la reparación del vestido de verdad, y esa cantidad lo destruiría. Si decía que sí, al menos controlaba la deuda.

Un mes de su tiempo a cambio de no arruinarlo financieramente.

Para alguien como él, que contaba cada crédito, la lógica era clara.

—Un mes —repitió. No era una pregunta. Era una confirmación, pronunciada con el tono de quien firma un contrato que sabe injusto pero no tiene alternativa.

—Un mes.

Me extendió el teléfono. Era viejo —la pantalla tenía una grieta que la cruzaba en diagonal, la funda de plástico estaba amarillenta. Lo tomé, me agregué como contacto. "Valentina Montiel". Guardé. Me devolví a mis contactos y le puse nombre al suyo: "Renato Solís". Sin apodo. Sin emojis. No todavía.

Le devolví el teléfono. Nuestros dedos se rozaron —apenas un instante, la yema de su índice contra la mía— y él retiró la mano tan rápido que casi se le cae el celular. Lo atrapó con la otra mano, reflejo puro, y se lo guardó en el bolsillo trasero del pantalón sin mirarme.

Tragué saliva. No sé por qué ese contacto mínimo me aceleró el pulso. Tal vez porque en mi otra vida, la primera vez que él me tocó a propósito fue para agarrarme del brazo en un pasillo vacío y decirme cosas que todavía me quemaban la piel al recordarlas. Sacudí la cabeza. Eso no ha pasado. No va a pasar.

Metí la mano en mi bolso y saqué las vendas y los sedantes que el paramédico me había dado antes de que saliera del salón. Los dejé sobre la banca, junto a él.

—Para los raspones —dije—. Y los sedantes son suaves, por si no puedes dormir esta noche.

Renato miró las vendas. Luego me miró a mí. Había algo en su expresión que me recordó a un perro callejero al que le ponen un plato de comida: el hambre peleando contra la desconfianza, y la desconfianza ganando.

Quise sonreírle. Una sonrisa cálida, real, de esas que dicen "estoy de tu lado". Sentí que se me formaba en los labios, que los músculos de mi cara se preparaban para algo suave y genuino que no le había ofrecido a nadie en mucho tiempo.

—No hace falta —dijo antes de que la sonrisa llegara.

Tomó las vendas y los sedantes sin mirarlos. Los metió en la mochila con un movimiento rápido. Se la echó al hombro.

—Gracias.

La palabra salió cortada, seca, como una moneda lanzada sobre el mostrador. Un pago obligatorio, no un sentimiento.

Dio media vuelta y se fue.

Caminaba rápido. Zancadas largas, de atleta, que comían terreno con una eficiencia casi brutal. Yo tendría que correr para alcanzarlo, y en estos tacones ni siquiera podía intentarlo.

—¡El lunes a las ocho! —le grité—. ¡Edificio de Administración, oficina 4B! ¡No llegues tarde, Solís!

No respondió. No giró la cabeza. Ni siquiera aminoró el paso. Su silueta se fue achicando contra las luces del estacionamiento —los hombros anchos, la mochila colgando de una correa, el pelo oscuro moviéndose con cada zancada— hasta que dobló una esquina y desapareció.

Me quedé sentada en la banca, con las manos en el regazo y el corazón latiéndome demasiado fuerte.

En mi otra vida, conocí al hombre en el que Renato Solís se convirtió después de que el mundo lo masticara y lo escupiera. Un jugador de tenis que conquistó torneos internacionales con la misma frialdad con la que conquistaba empresas. Un hombre que volvió a esta ciudad años después, vestido con trajes que costaban más que los autos de quienes lo habían humillado, y cobró cada deuda con una precisión quirúrgica.

Y a mí... a mí me cobró diferente.

Un escalofrío me recorrió la nuca. No de miedo. De algo peor. De recuerdo.

Sus manos en mi cintura, apretando como si quisiera dejar marcas. Su boca contra mi oído, el aliento caliente, la voz ronca: "No te muevas." Sus dedos desenredando algo de mi cabello —una hoja, una flor, no recuerdo qué— con una delicadeza que contradecía todo lo demás. La forma en que me besaba: como si estuviera furioso y hambriento y roto al mismo tiempo, como si cada beso fuera un castigo y una súplica.

Me lo cobró con amor. Y eso fue lo más cruel de todo, porque para cuando me di cuenta de lo que sentía por él, ya no había forma de separar el amor de la venganza.

Pero ahora...

Ahora él tenía veintidós años, un teléfono con la pantalla rota y una mochila remendada con cinta. Ahora él no me odiaba porque todavía no le había dado motivos. Ahora era un chico que caminaba rápido porque había aprendido que quedarse quieto significaba que te alcanzaran los golpes.

Y yo iba a protegerlo.

No porque me lo pidiera —claramente no iba a pedirme nada. No porque me lo mereciera —yo era la última persona que se merecía su confianza. Sino porque tenía una segunda oportunidad y me negaba a desperdiciarla.

Lo iba a perseguir como un fantasma. Me iba a aparecer en cada esquina de su vida hasta que dejara de correr. Hasta que me mirara sin desconfianza. Hasta que me dejara entrar.

Me puse de pie. Me sacudí el vestido arruinado. Respiré hondo el aire húmedo de la noche.

—Un mes, Renato Solís —murmuré—. Es lo único que necesito.

Mi teléfono vibró. Lo saqué. Tres mensajes de Camila Reyes —Cami, mi mejor amiga—: "DÓNDE ESTÁS", "VI LAS PATRULLAS EN EL CAMPUS", "CONTÉSTAME O LLAMO A TU MAMÁ". Un mensaje de Diego Fuentes: "Val, me enteré. Voy para allá". Contesté a los dos con variaciones del mismo texto: "Estoy bien, hablamos mañana", y me guardé el teléfono antes de que alguno intentara llamar.

No tenía energía para explicaciones. Todavía no.

Caminé hacia donde Julián esperaba con el auto, las llaves en la mano, la puerta trasera ya abierta. Siempre un paso adelante. Mis tacones repiqueteaban contra el asfalto. El campus estaba casi vacío ahora, los buitres dispersos, las patrullas alejándose con sus luces intermitentes.

No escuché el clic.

Un sonido pequeño, casi imperceptible, tragado por el ruido de los grillos y el rumor lejano del tráfico. El obturador de una cámara. Rápido. Profesional. Desde algún punto entre los arbustos a mi derecha.

Alguien estaba tomando fotos.

Alguien me había visto abofetear a Lorena Zárate, defender a Renato Solís y ordenar la destrucción financiera de una familia entera, y lo había capturado todo.

Pero yo ya estaba subiendo al auto. Ya estaba cerrando la puerta. Ya estaba pensando en el lunes, en la oficina 4B, en la cara que pondría Renato cuando me viera ahí esperándolo.

Y la cámara seguía disparando en la oscuridad.

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Mara
Maravillosa 👏💐 más capitulos por favor ✨
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