Hace quince años, la dejaron en la calle, hambrienta y sin esperanza, con dos niños pequeños y una madre agonizante. Hoy, es "La Tiburón" en los corporativos de alta alcurnia y "El Demonio", la implacable jefa de la mafia que controla el país desde las sombras. Cuando su despreciable exmarido regresa buscando destruirla con la complicidad de la esposa de un poderoso magnate industrial, descubrirán demasiado tarde que han despertado al monstruo equivocado. Una guerra de poder, finanzas y venganza donde el amor y la supervivencia bailan al filo de una navaja.
NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
LAS DUDAS DE UNA MADRE
El búnker financiero se había sumergido en una pausa operativa mientras el equipo procesaba la caída definitiva de los activos de Bárbara. Sin embargo, antes de que Amelia pudiera trazar el siguiente paso en su expansión corporativa y criminal, el sonido estridente de su teléfono personal rompió el silencio metálico de la sala.
No era una línea encriptada de Bruno, ni una alerta de los servidores del puerto. Era su número privado, el que solo un grupo muy reducido de personas conocía. Al ver el identificador de llamadas, Amelia sintió un leve apretón en el estómago. Era Teresa. Su madre.
—Responde —dijo Bruno, observando la pantalla desde su posición junto a los monitores—. Están a salvo en la finca del norte, pero el teléfono satelital del convoy se conectó hace diez minutos. Es inevitable que hayan visto las noticias locales sobre el incendio de la mansión.
Amelia asintió con la mandíbula tensa. Se alejó unos pasos hacia una esquina aislada del búnker, respiró hondo para borrar cualquier rastro de fatiga o aspereza de la pelea y deslizó el dedo para aceptar la llamada.
—¿Mamá? —dijo Amelia, intentando que su voz sonara con una calma absoluta, impropia de alguien que acababa de tirotearse con mercenarios y ejecutar a su principal rival—. ¿Están todos bien por allá?
Del otro lado de la línea no hubo un saludo afectuoso, sino un silencio pesado, cortante y cargado de una autoridad matriarcal que ninguna organización criminal en el mundo se atrevía a desafiar.
—No intentes cambiar el tema con esa voz de niña buena, Amelia Castañeda —respondió Teresa, su tono firme y gélido vibrando a través del altavoz—. Acabamos de ver los informativos de la madrugada. Pasaron un reportaje especial sobre un incendio de proporciones descomunales en tu zona residencial. Dijeron que hubo disparos, que la policía está investigando y que el perímetro fue desalojado por fuerzas de seguridad privada ajenas a la ley. Y para colmo, tus hijos están aquí, asustados, preguntando por qué nos sacaron de casa a medianoche con hombres armados custodiando las camionetas.
Amelia apretó los ojos con fuerza. Sabía que ocultarle algo a Teresa era una misión imposible; su madre poseía un radar infalible para detectar cuando sus hijos estaban metidos en problemas de proporciones bíblicas.
—Mamá, cálmate, por favor —replicó Amelia, midiendo cada palabra con extrema cautela—. Todos están a salvo. Diego, Martina y tú están en un lugar seguro, eso es lo único que importa ahora. Los hombres que los acompañan son de confianza, pertenecen al equipo de...
—No me hables de confianza, Amelia —la interrumpió Teresa, con un tono cortante que denotaba una furia contenida—. No soy idiota. He visto cómo se mueve este mundo, he tolerado tus silencios prolongados, tus ausencias y tus extraños "negocios" corporativos porque confiaba en que sabías proteger a tu familia. ¡Pero esto ha cruzado la línea! Una mansión reducida a cenizas, mercenarios en las colinas, y tú... Dios sabe dónde estás metida en este preciso instante. ¿Qué demonios está pasando? ¿A quién le declaraste la guerra esta vez?
En el otro extremo de la sala, Sebastián, que había estado observando la escena desde la distancia, se cruzó de brazos, manteniendo silencio pero prestando total atención a la tensión que irradiaba el cuerpo de Amelia. Sabía lo que significaba enfrentarse a una madre protectora; era, quizás, el único tipo de fuerza en el planeta capaz de intimidar incluso a "El Demonio".
Amelia tragó saliva, sintiendo el peso de la mirada de Teresa aunque estuviera a cientos de kilómetros de distancia. Sabía que mentirle con una excusa corporativa absurda en ese momento no funcionaría. Su madre exigía verdad, o al menos, la promesa de una rendición de cuentas.
—Mamá... escúchame bien —dijo Amelia, bajando la voz hasta convertirla en un susurro áspero pero inquebrantable—. No puedo explicarte todo por teléfono. Hay demasiados cabos sueltos, demasiadas frecuencias que pueden ser interceptadas, y lo último que quiero es ponerlos en riesgo a ustedes con detalles que solo atraerían más peligro. Lo que pasó anoche fue la eliminación de una amenaza definitiva. Patricia Montero ya no es un problema. Nadie va a volver a tocar a esta familia, te lo juro por la vida de mis hijos.
Un suspiro profundo, cargado de un profundo cansancio y de una rabia sorda, se escuchó al otro lado de la línea. Teresa no era una mujer que se conformara con promesas vacías, pero conocía la obstinación de su hija; sabía que cuando Amelia tomaba una decisión, el mundo entero podía venirse abajo y ella se mantendría de pie sobre los escombros.
—Siempre haces lo mismo, Amelia —respondió Teresa, su voz quebrándose ligeramente por la tensión antes de recuperar su dureza habitual—. Juegas con fuego pensando que nunca te vas a quemar. Y lo peor de todo es que arrastras a otros a tu hoguera. Ese hombre, Sebastián Ferrer... espero que sepas muy bien lo que estás haciendo al meterlo en nuestra órbita. Los millonarios de su clase no están hechos para sobrevivir en el fango en el que tú te mueves.
—Sebastián sabe exactamente dónde está parado —respondió Amelia con firmeza, echando un vistazo rápido hacia el magnate, quien la miraba con una intensidad silenciosa—. Y te aseguro que no es una carga; es parte de la solución.
Teresa guardó silencio durante unos segundos interminables. El viento y el crujir de la madera de la finca se colaban por el auricular.
—Más te vale que vengas a vernos en cuanto asegures ese maldito puerto —sentenció Teresa con tono de ultimátum—. Y más te vale tener una explicación muy detallada, de pie y sin omitir un solo detalle, o te juro que me presentaré en tu oficina con una escoba para recordarte quién manda aquí, ¿me has oído?
Amelia esbozó una sonrisa involuntaria, sintiendo una mezcla de alivio y respeto infinito hacia su madre.
—Te lo prometo, mamá. Después te explico todo cara a cara. Ahora descansa y cuida a los niños. Te quiero.
Sin esperar respuesta, Teresa colgó la llamada. Amelia bajó el teléfono lentamente, exhalando el aire contenido en sus pulmones como si hubiera atravesado un campo de minas.
Sebastián se acercó con paso firme, deteniéndose justo frente a ella. Una media sonrisa irónica asomaba en los labios del magnate.
—¿Era tu madre? —preguntó con curiosidad evidente—. Por la forma en que te ponías pálida, apostaría a que da mucho más miedo que los mercenarios de Patricia Montero juntos.
Amelia guardó el teléfono en su bolsillo y lo miró con una ceja alzada, recuperando toda su insolencia habitual.
—No tienes idea, Sebastián. Si alguna vez intentas traicionarme, no necesitaré dispararte; simplemente le daré su número de teléfono a mi madre y dejaré que ella se encargue de destruirte el alma en tres minutos de conversación.
Sebastián soltó una carcajada ronca, atrayéndola hacia él por la cintura a pesar de la venda en su hombro, y la besó con una mezcla de diversión y absoluta devoción.
—Acepto el riesgo, Castañeda. Después de sobrevivir a ti, creo que puedo enfrentarme a cualquier matriarca del planeta. Ahora, vamos a terminar de enterrar los restos de nuestro pasado, porque el futuro nos está esperando.