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BAJO LA PIEL DEL DESEO

BAJO LA PIEL DEL DESEO

Status: En proceso
Genre:CEO / Traiciones y engaños
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa

Lidia Ashcroft es una mujer hermosa e inteligente, el tipo de mujer que despierta miradas donde vaya. Está comprometida con Adrián Calloway, dueño de una pequeña agencia de viajes que lucha por abrirse camino en el mercado. A pocos meses de la boda, Lidia cree que por fin está construyendo el futuro que siempre soñó.

Sin embargo, su mundo se derrumba cuando descubre que Adrián le ha sido infiel. Traicionada y con el corazón hecho pedazos, comienza a cuestionarse si el amor que defendió durante años fue solo una mentira.

En medio de su dolor aparece Damián Blackwood, un poderoso y enigmático CEO de tecnología, fundador de NovaCore Technologies, una de las empresas más innovadoras del país.

NovelToon tiene autorización de Marilinaa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 5

La habitación del hotel era pequeña, sencilla y olía a limpio y soledad. Lidia dejó el bolso sobre la silla y se dejó caer en el borde de la cama, mirando la nada. Faltaban horas para que amaneciera, pero el sueño no llegaba. Encendió la luz de la mesita y sacó el teléfono, sin saber muy bien qué buscaba, hasta que sus ojos se posaron en la tarjeta de Damián Blackwood, que había dejado sobre la mesa.

Se levantó y caminó hasta la ventana, mirando la calle vacía, todavía mojada por la lluvia de la tarde. En su mente, una y otra vez, repetía las escenas con Adrián: las mentiras, los mensajes, las palabras hirientes que le había dicho. Se pasó una mano por la frente, con el corazón apretado.

—¿Dónde me equivoqué? —susurró al vacío, con la voz quebrada—. ¿Fui demasiado exigente? ¿Demasiado enamorada? ¿Por qué no me di cuenta antes?

Se sentó de nuevo, abrazándose a sí misma. Cada recuerdo dolía, y la voz de él repitiendo “nunca supiste entenderme” le sonaba en los oídos como un eco interminable. Cerró los ojos, intentando borrarlo todo, pero en lugar de eso, apareció otra imagen: la mirada de Damián, profunda y firme, la forma en que la había mirado como si de verdad la viera.

Sacó el teléfono y lo puso sobre la mesa, justo al lado de la tarjeta. Los dedos le temblaban levemente.

—Es una locura —se dijo en voz alta, negando con la cabeza—. No lo conozco. No sé nada de él. ¿Por qué querría llamarle?

Pero la idea no se iba. Al contrario, cada minuto que pasaba, la sensación de su presencia, de su calma, de esa fuerza que desprendía, volvía a ella. Cogió la tarjeta, leyó su nombre una vez más, y susurró como si él pudiera oírla al otro lado de la línea:

—Me dijo que llamara si necesitaba algo… sea lo que sea. Pero ¿qué voy a decirle? ¿Que no puedo dormir? ¿Que llevo toda la noche pensando en él?

Dejó el teléfono sobre la cama, se levantó y caminó de un lado a otro de la habitación, sin poder estarse quieta. Por un lado, el recuerdo de Adrián y todo lo que había perdido; por otro, la certeza cálida y extraña de que Damián la había visto de verdad, de que no la juzgó ni la cuestionó.

—Nadie me había hablado así —murmuró, mirando el teléfono de reojo—. Nadie se había detenido solo para mirarme. Y ahora… ahora no puedo dejar de pensar en eso.

Se sentó al borde de la cama de nuevo, con la tarjeta entre los dedos, acariciando las letras con el pulgar.

—¿Sería tan malo? —se preguntó, casi sin voz—. Solo una llamada. Solo para saber si de verdad lo dijo en serio. Para escuchar su voz y sentir que no estoy tan sola.

Levantó el teléfono, lo sostuvo entre las manos, y por un instante estuvo a punto de marcar. Pero se detuvo, soltó el aparato y se echó hacia atrás, con la respiración entrecortada.

—No. No puedo. No lo conozco. Y encima… ¿qué pensaría de mí? Que busco consuelo en un desconocido apenas unas horas después de que todo se rompiera.

Sin embargo, mientras miraba el techo, con la luz apagada y solo la claridad de la calle entrando por la ventana, su mente volvía una y otra vez a él: a su voz, a su mirada, a la promesa que le había hecho. Y en medio de la oscuridad y el silencio de la habitación, Lidia se sorprendió a sí misma sonriendo apenas un poco, sin querer, porque por primera vez en toda la noche, no sentía solo dolor. Sentía algo más: una esperanza pequeña, frágil, que nacía sin que ella quisiera, y que tenía el nombre de un hombre que apenas conocía.

—Damián… —susurró su nombre suavemente, como si probarlo en voz alta fuera un secreto que solo la noche podía guardar—. ¿Por qué no puedo dejar de pensar en ti?

No hubo respuesta, solo el silencio de la habitación y el latido acelerado de su propio corazón. Y aunque no llamó esa noche, mientras cerraba los ojos por fin, supo que la idea no se le iría tan fácil. Que él había dejado una huella en ella, una que no esperaba, y que quizá, muy pronto, no tendría fuerzas para resistirse a coger el teléfono.

La habitación seguía en penumbra, y el reloj de la mesita marcaba las tres de la madrugada. Lidia volvió a coger la tarjeta, pasando el dedo por el nombre grabado, como si el tacto pudiera acercarlo a él. Se puso de pie, caminó hasta la ventana y apoyó la frente en el cristal frío, hablando en voz baja, como si él estuviera ahí mismo a su lado:

—¿Por qué tu mirada no se me va de la cabeza? Conocí a cientos de personas y nunca… nunca nadie me hizo sentir lo que tú, en apenas unos minutos.

Suspiró, volviendo a la cama, y se sentó con el teléfono en la mano, el número listo para marcar pero sin atreverse a pulsar.

—Me dijiste “llámame si necesitas algo” —repitió sus propias palabras, casi con angustia—. ¿Esto cuenta? ¿Contar las horas pensando en ti, sentir que solo tu voz podría calmar este ruido dentro de mí? ¿Es eso lo que querías decir?

Dejó el teléfono sobre la almohada, se pasó las manos por el rostro y habló con su propio reflejo en el espejo del armario:

—Estás loca, Lidia. Completamente loca. Él es un desconocido. Un hombre rico, poderoso, que seguramente habla así con todo el mundo por cortesía. No le importas. No sabe quién eres de verdad.

Pero entonces recordó su voz, su tono serio y seguro, y negó con la cabeza, hablando al vacío:

—No era cortesía. No era solo eso. Cuando me miró… me vio. De verdad. Como si supiera exactamente lo que llevaba dentro. Como si ya me conociera.

Volvió a tomar el teléfono, lo sostuvo con ambas manos, y susurró con voz temblorosa pero decidida:

—¿Y si lo llamo? ¿Y si solo le digo “soy Lidia, no puedo dormir”? ¿Qué pensaría? ¿Se reiría? ¿O me diría que estoy aquí, que no estoy sola?

Se quedó un minuto en silencio, con el pulgar sobre el botón de llamar, y finalmente lo apartó, dejando el aparato boca abajo.

—No. No esta noche. No cuando todavía no sé ni quién soy sin Adrián. Sería injusto para los dos. Pero… —alargó la mano y volvió a acariciar la tarjeta— si mañana sigo pensando en ti… si esta sensación no se va… entonces sí te llamaré. Lo prometo.

Se metió bajo las sábanas, abrazándose a sí misma, y cerró los ojos, esta vez con una imagen distinta en su mente: no la traición de Adrián, sino la mirada de Damián, cálida y firme, diciéndole “cuídate, Lidia”. Y por primera vez desde que todo se rompiera, se quedó dormida con una pequeña sonrisa en los labios, sabiendo que no era solo ella contra el mundo.

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