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HIELO NEGRO

HIELO NEGRO

Status: Terminada
Genre:Villana / Mujer poderosa / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Yasmin Safi (19) no nació para ser invisible.

En Kabul no hay hielo, solo polvo. Pero ella creció obsesionada con ser campeona de patinaje sobre hielo. Cuando consigue una beca para irse a Toronto, Canadá, deja todo atrás.

Bonita, muy sensual, inteligente, astuta y peligrosa, Yasmin sabe que nadie le va a regalar nada. Si tiene que seducir, mentir o destruir para llegar al oro, lo hará.

En el Toronto Ice Club, entre princesas millonarias que la odian, dos hombres caerán por ella:
Daniel Leblanc (22), el príncipe bueno que puede darle un futuro.
Alexei Volkov (31), el coreógrafo ruso que le enseñará a usar su cuerpo y su maldad como arma en el hielo.

Ella no quiere ser querida. Quiere ser reina. Aunque tenga que patinar sobre hielo negro.

#patinaje #afgana #villana

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12 - Los patines nuevos

Mis patines viejos ya no daban más.

La bota izquierda tenía un agujero por dentro donde se me metía el calcetín. La cuchilla derecha estaba floja aunque Alexei me la había apretado. Cada vez que saltaba sonaba clac.

El jueves, en pleno entrenamiento, se me rompió el cordón otra vez y me caí sin saltar. Solo patinando. Me quedé sentada en el hielo mirando el patín roto.

Alexei me miró desde la baranda.

"Ya no sirven", me dijo. "Te vas a romper el tobillo."

"¿Con qué compro otros? Unos nuevos valen cuatrocientos."

"No sé. No es mi problema."

Se fue. Así es Alexei. Te dice la verdad y se va.

Maya me dijo que en Scarborough había una tienda de un afgano que vendía cosas de deporte. "Se llama Kabul Sport. El dueño es de Herat, capaz te ayuda."

Fuimos el sábado. La tienda era chica, con olor a cuero y a té. Tenía camisetas de cricket, balones y al fondo una vitrina con patines usados.

El dueño era un señor mayor, con barba blanca y gorro pakol. Cuando entré me miró y me habló en dari.

"¿De dónde eres?", me preguntó.

"De Kabul. De Kart-e-Seh."

Me miró más fijo.

"Yo soy de Herat. Vine en el noventa y dos."

Le conté que patinaba y que había quedado segunda en provinciales. No me creía mucho hasta que Maya sacó la foto de la medalla plateada del celular.

El señor se quedó callado un rato. Entró atrás y volvió con una caja blanca que no estaba en la vitrina.

"Estos llegaron la semana pasada. Nadie los ha comprado. Son talla siete de mujer, Jackson. Valen quinientos. Te los dejo por cien si me prometes que vas a seguir patinando."

Yo tenía ochenta ahorrados de la beca.

"¿Puedo pagarle ochenta ahora y veinte después?", le dije.

Me miró la rodilla vendada y los patines viejos que traía en la mano.

"Llévatelos por ochenta. Pero me traes la medalla de nacionales cuando la ganes y la pones aquí en la vitrina. ¿Trato?"

Le dije que sí.

Abrí la caja ahí mismo. Eran blancos, brillaban, olían a nuevo. Duros como piedra. Nunca había tenido patines nuevos. Siempre usados, siempre blandos de otra persona.

Me los probé en la tienda. Me apretaban por todos lados. El señor me dijo que era normal, que había que amansarlos.

Llegué a la casa y me los puse otra vez. Caminé por el cuarto con ellos puestos y me caí contra la cama. Maya se rió.

El lunes los llevé al club. Los saqué de la caja despacio para que no se rayaran.

Chloe los vio. Pasó al lado y dijo "ah, por fin" pero sin reírse tanto.

Daniel se acercó.

"¿Nuevos?", me dijo.

"Sí."

"¿Te los regaló tu novio?", dijo sonriendo para molestarme.

"No. Me los vendió un afgano que no me pidió nada a cambio."

Me senté a ponérmelos. Me costó diez minutos. El cuero estaba tan duro que no podía doblar el tobillo.

Salí al hielo y me caí a los dos segundos. No por un salto. Porque no sabía caminar con ellos. Eran altos, rígidos, no se doblaban.

Alexei me vio caerme y no dijo nada. Me hizo repetir cruzados una hora sin parar para aflojarlos.

A mitad del entreno me sangraron los pies otra vez, pero menos. Era sangre nueva, de bota nueva, no de bota rota.

Al final de la clase me quité los patines y vi que no tenía la ampolla grande que siempre tenía en el talón izquierdo. Tenía roja la piel, pero no abierta.

Le mandé foto al señor de la tienda. Le puse: ya no me sale sangre.

Me contestó: ves, ya eres canadiense, con patines nuevos.

Esa noche puse la caja blanca en la repisa, al lado de la medalla plateada y de la foto de mi papá.

Tenía diecinueve años, una beca de veinte dólares, unos patines que olían a nuevo y un dolor en los pies que era distinto.

No era dolor de pobreza. Era dolor de patinar de verdad.

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Perla Arbos
Hermosa historia!!!. Felicitaciones!!!
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