Victoria tenía dieciocho años cuando conoció a Stefano.
Él tenía veintidós, una sonrisa imposible de ignorar y demasiadas verdades que decidió callar.
Para ella fue su primer gran amor. Para él, una historia que nunca debió comenzar.
Victoria creyó conocer al hombre del que se estaba enamorando, hasta que descubrió que Stefano guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo. Intentó alejarse. Volvió. Lo perdonó. Y cuando finalmente creyó haber aceptado la verdad, descubrió que apenas conocía una parte de ella.
Lo que siguió fueron años de encuentros, despedidas y decisiones que terminaron llevándolos por caminos distintos.
Victoria creció. Amó. Construyó una vida que ya no dependía de Stefano.
Pero algunas historias no terminan cuando dos personas se separan.
A veces solo esperan el momento en que ambos tengan suficiente vida encima para entender lo que realmente perdieron.
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La costumbre de quedarse
El primer año con Mateo pasó rápido.
Victoria lo notó cuando él mencionó la fecha.
—Un año —dijo Mateo.
Ella lo miró.
—¿Ya?
—Eso fue doloroso.
—No, no quise decir...
—Te olvidaste.
—No me olvidé.
Mateo empezó a reír.
—Estás haciendo cuentas.
Victoria buscó el calendario en el teléfono.
—Callate.
Celebraron comiendo en un lugar sencillo.
Mateo le regaló un libro.
Victoria le compró una billetera que él necesitaba desde hacía meses.
Nada espectacular.
Nada que necesitara fotografías perfectas.
Estuvieron bien.
• • •
Poco después Mateo dejó el trabajo del centro de copiado.
Victoria se sorprendió.
—¿Te echaron?
—Gracias por la confianza.
—Entonces ¿qué pasó?
—Renuncié.
Durante un tiempo empezó a ayudar más a su papá desde la casa.
No era un empleo formal.
Había documentos que revisar, llamadas, mandados y cosas sencillas que podía resolver con una computadora.
Algunas semanas había bastante que hacer.
Otras, casi nada.
—¿Y te van a pagar? —preguntó Victoria.
—Algo.
—Gran plan.
—Estoy construyendo un imperio.
Victoria se rio.
Mateo también.
No parecía preocupado.
Decía que aquello le servía mientras veía qué quería hacer después.
Y, por el momento, tenía mucho más control de sus horarios.
• • •
Victoria empezó a pasar más horas en casa de Mateo.
Al principio iba después de la universidad.
Mateo usaba una habitación con escritorio, computadora y cajas de papeles para resolver las cosas de su papá.
Victoria llegaba con sus propios libros.
—No hablés —decía ella.
—No estaba hablando.
—Lo estabas pensando.
Mateo sonreía.
Cada uno hacía lo suyo.
A veces la mamá de Mateo aparecía con café.
O con comida.
O simplemente para preguntar si iban a cenar.
Victoria terminaba quedándose.
Un rato.
Después toda la tarde.
A veces hasta después de cenar.
Mateo la acompañaba a la parada y esperaba con ella el bus.
—Ya me sé esta ruta de memoria —decía.
—Te falta sacar licencia de chofer.
—Primero tendría que tener carro.
• • •
Su familia empezó a contar con Victoria para todo.
Si había cumpleaños, la invitaban.
Si salían a algún lado, preguntaban si iba.
Si la hermana de Mateo organizaba una actividad, le escribía directamente.
Victoria se sentía querida.
Incluida.
Mateo nunca le pedía que dejara de ir a su casa.
No necesitaba hacerlo.
Simplemente había más planes allá.
Más gente.
Más cosas ocurriendo.
Un domingo podía empezar con la idea de estudiar dos horas donde Mateo y terminar en un almuerzo familiar.
Otro sábado iban a comprar algo y terminaban visitando a una tía.
Cuando Victoria llegaba a su casa, su madre a veces decía:
—Casi no te vemos.
—Estaba donde Mateo.
—Ya sé.
No había pelea.
Solo una observación.
Victoria prometía quedarse el siguiente fin de semana.
A veces lo hacía.
Otras surgía otro plan.
• • •
En la universidad las cosas seguían bien.
Victoria mantenía sus materias.
Estudiaba.
Se esforzaba.
Mateo la apoyaba.
Si ella hablaba de buscar trabajo otra vez, él repetía casi lo mismo:
—¿Para qué te vas a complicar ahorita?
—Para tener mi plata.
—Y vas a tenerla. Cuando terminés.
—Falta.
—Menos si no te metés a trabajar ocho horas.
Victoria sabía que no eran ocho.
Podía buscar medio tiempo.
Pero también sabía que llegaba cansada.
Que tenía exámenes.
Que estudiar le costaba.
Mateo no le decía “no podés”.
Decía:
—No necesitás hacerlo todavía.
Y Victoria, durante mucho tiempo, estuvo de acuerdo.
Mateo pagaba muchas de sus salidas.
No de una manera ostentosa.
Café.
Comida.
Entradas.
Pasajes cuando tomaban taxi de noche.
A Victoria a veces le daba pena.
—Después me invitás vos —decía él.
—¿Cuándo?
—Cuando seas millonaria.
—Entonces esperá sentado.
Se reían.
• • •
El segundo año llegó con una rutina que parecía cómoda.
Victoria iba a clases.
Después, muchos días, iba donde Mateo.
Él resolvía cosas de su papá.
Ella estudiaba.
Comían con su familia.
Salían con ellos.
A veces con amigos.
A veces solos.
Las visitas a la familia de Victoria empezaron a ser menos frecuentes sin que nadie lo decidiera.
No porque Mateo hablara mal de ellos.
No lo hacía.
Simplemente su casa se convirtió en el punto de encuentro más fácil.
Mateo estaba allí.
Su computadora estaba allí.
La familia siempre tenía algún plan.
Y Victoria ya se sentía parte de esa dinámica.
• • •
Laura se lo señaló una tarde.
—Ya nunca estás.
—Claro que estoy.
—En la U sí.
—Entonces estoy.
—Sabés lo que quiero decir.
Victoria guardó un cuaderno.
—Paso mucho donde Mateo.
—Muchísimo.
—Ayuda al papá desde la casa.
—Eso no significa que vos también tengás que vivir ahí.
Victoria se rio.
—No vivo ahí.
Laura levantó las cejas.
—Todavía.
—Idiota.
No discutieron.
Victoria no se molestó.
En realidad, hasta le pareció gracioso.
Porque la casa de Mateo todavía no se sentía como un lugar que le quitaba algo.
Se sentía como otro lugar al que pertenecía.