Cinco años atrás, ella destrozó su corazón. Hoy, él regresa convertido en el poderoso heredero de un imperio, listo para ver caer a quienes lo despreciaron.
Cuando la familia de ella cae en la ruina, su padre la obliga a comprometerse con el magnate que puede salvarlos, sin imaginar que es el mismo hombre al que ella humilló en el pasado. Él acepta la unión solo para cobrarse cada lágrima y pisotear su orgullo.
Sin embargo, una noche de irresistible pasión arrastra a su corazón a una tregua, aunque al despertar vuelve a tratarla con crueldad. Todo cambia cuando ella se desmaya por una amenaza de aborto y sale a la luz su embarazo.
¿Seguirá buscando venganza o protegerá la vida que los une?
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Capitulo 22
La brisa de la tarde mecía con suavidad las hojas de los robles que rodeaban la residencia de campo. Ubicada en una zona serena y apartada a las afueras de la ciudad, la propiedad se había convertido en el refugio perfecto para Camil. Lejos del asedio de la prensa financiera y de las secuelas del colapso de las Empresas Fontán, la calma del lugar era el bálsamo que su cuerpo necesitaba.
Siguiendo las instrucciones estrictas de Augusto, Camil mantenía un perfil completamente bajo. Nadie fuera de su círculo más íntimo conocía su paradero actual.
Sentada en un amplio sillón del porche con una manta sobre las piernas, Camil leía un informe que Augusto le había enviado esa misma mañana. Aceptaba pequeños volúmenes de trabajo remoto para mantener la mente despejada, cuidando en todo momento de no sobrepasarse. Despacio, bajó el documento y posó su mano sobre el vientre, donde un leve bulto comenzaba a marcarse.
—Un día a la vez, mi amor, pensó en silencio, esbozando una sonrisa tenue mientras acariciaba la zona. Estamos a salvo. Solo necesitamos que tu papá se recupere para volver a ser una familia.
A kilómetros de allí, la atmósfera dentro del Centro de Reposo San Gabriel era drásticamente distinta. Las paredes de tono crema y los grandes ventanales de vidrio templado no lograban restar frialdad al entorno.
Damián permanecía sentado en un sillón individual dentro de un consultorio privado. Llevaba una camisa gris holgada y la mirada perdida en un punto fijo del suelo. Habían pasado semanas desde su ingreso, pero el tiempo parecía haberse congelado para él. Las noches transcurrían entre un insomnio voraz y pesadillas recurrentes que los fármacos apenas lograban disipar.
Frente a él se encontraba la doctora Diana Rothschild, su prima y médica psiquiatra a cargo de la institución. Ella anotaba observaciones en una carpeta clínica antes de ajustar su postura y mirarlo con atención profesional, pero no exenta de afecto familiar.
—Damián —habló Diana con voz pausada—. Llevas tres días seguidos reduciendo tus raciones de comida y apenas has dormido un par de horas anoche. Los esquemas farmacológicos no van a dar resultado si te niegas a cooperar con el descanso básico.
Él no se movió. Soltó una exhalación lenta por la boca, apenas perceptible.
—No tengo hambre, Diana —respondió él con la voz rasposa, desprovista de cualquier matiz de vida—. Y cuando cierro los ojos... solo veo la expresión de Camil esa noche en el hospital.
El silencio volvió a instalarse en el consultorio. La culpa lo carcomía por dentro como un veneno lento. El recuerdo de su propia furia, de los gritos y la crueldad con la que había encarado a Camil lo perseguían sin tregua. En su mente fragmentada por la depresión, él era el único responsable de la tragedia: creía ciegamente que su comportamiento la había arrastrado al límite, obligándola a tomar la decisión de interrumpir el embarazo para desvincularse de él para siempre.
—La destruí, se repetía Damián una y otra vez en la penumbra de sus pensamientos. La forcé a vivir un infierno y maté la única oportunidad de ser padre.
—Esa culpa que arrastras te está asfixiando —intervino Diana, interrumpiendo su espiral de pensamientos—. Entiendo que sientas dolor por lo que pasó con el embarazo y por el desenlace del matrimonio, pero no puedes seguir usando ese castigo como una excusa para dejarte morir en esta habitación.
Damián alzó la vista despacio. Sus ojos, antes llenos de una determinación feroz, lucían hundidos y apagados.
—¿Morir? —preguntó con una mueca amarga—. Ya estoy muerto, Diana. No me queda nada en este mundo. Le firmé el divorcio, le entregué los bienes y la dejé ir. Ya no sirvo para nada ni para nadie. Soy defectuoso... todo lo que toco lo termino arruinando.
Diana cerró la carpeta con un golpe seco sobre la mesa, cansada de escuchar la misma narrativa autodestructiva que él había construido a su alrededor.
—Escúchame bien, Damián —dijo ella, inclinándose hacia adelante y fijando su mirada en la de él con absoluta firmeza—. Necesito que hagas un esfuerzo real por dejar de pensar que eres malo en todo. Necesito que dejes de repetirte que eres una basura que solo sabe arruinar la vida de los demás.
El reproche sonó directo, sin anestesia. Damián parpadeó, sorprendido por la severidad en el tono de su prima.
—No es una suposición, Diana —musitó él, apretando las manos sobre los muslos—. Es la verdad. Arruiné la juventud de la mujer que amaba, la obligué a casarse conmigo por venganza y al final la llevé a perder a un hijo. ¿Qué de bueno puedo tener?
—Tuviste el valor de reconocer tu error y pedirle perdón —respondió Diana de inmediato—. Tuviste la generosidad de darle la libertad y asegurar su futuro económico para que no dependiera de nadie. Tienes a Augusto, un hombre que se desvive por ti y que está sosteniendo la empresa solo para que tú tengas un lugar al cual volver cuando sanes.
Damián bajó la cabeza, apretando la mandíbula mientras las palabras de Diana intentaban perforar la barrera de su apatía.
—Tu mente está envenenada por la depresión —prosiguió la psiquiatra con tono más suave pero inflexible—. Te convenciste de que eres un monstruo para no tener que luchar por recuperarte. Pero la realidad es que fuiste un muchacho maltratado por la vida que cometió errores graves por desesperación, no por maldad. Y si no decides perdonarte a ti mismo y empezar a trabajar en tu mente, te vas a quedar atascado en este pozo para siempre.
Damián tragó saliva con dificultad. Sintió un nudo oprimiendole la garganta, un dolor punzante en el centro del pecho que amenazaba con romper la rigidez que intentaba mantener.
—Es muy difícil, Diana... —musitó él, con la voz quebrada—. Siento que no tengo fuerzas para empezar de nuevo. Siento que ya no hay un propósito para mí.
—El propósito no va a llegar por arte de magia mientras sigas encerrado en esa compasión por ti mismo —sentenció ella, poniéndose de pie—. Tienes que construirlo. Tienes que sanar por ti, por Augusto y por el futuro que aún tienes por delante. Mañana empezamos con el nuevo esquema de terapia cognitiva. Quiero que estés listo a primera hora.
Diana caminó hacia la salida del consultorio, pero antes de cruzar la puerta, se detuvo y lo miró sobre el hombro.
—No eres una mala persona, Damián. Deja de tratarte como si lo fueras.
La puerta se cerró suavemente, dejando al joven solo en la estancia.
Damián permaneció inmóvil durante mucho tiempo. Se llevó las manos al rostro y exhaló un largo suspiro que tembló en sus labios. Las palabras de su prima resonaban en las paredes del cuarto, chocando directamente contra la culpa que lo ahogaba. Por primera vez en semanas, una pequeña grieta de duda se abrió en su firme convicción de inutilidad.
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