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La Noche Que Nos Condenó

La Noche Que Nos Condenó

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Padre soltero / Diferencia de edad
Popularitas:2.5k
Nilai: 5
nombre de autor: maleramram

Alexa solo recuerda tres cosas de aquella noche de verano: el calor sobre su piel, una voz grave susurrándole al oído y un tatuaje que nunca pudo olvidar.
Meses después, al comenzar la universidad, cree que está dejando atrás aquella noche… hasta que conoce a Clara y al hombre que la acompaña.
El padre de su nueva amiga tiene el mismo tatuaje.
Adrián es reservado, poderoso y demasiado peligroso para acercarse. También es el único que parece conocer la verdad sobre lo ocurrido aquel verano. Aunque intenta mantener las distancias, la tensión entre ambos se vuelve imposible de ignorar.
Mientras Alexa intenta reconstruir sus recuerdos, descubre que aquella noche no fue un encuentro sin consecuencias. Adrián la recuerda. La ha reconocido desde el primer momento. Y hay secretos que podrían destruir su amistad con Clara, separar a una familia y convertir el deseo en una condena.
Porque algunas historias de amor comienzan con un beso.
La de Alexa comenzó con algo que no puede recordar

NovelToon tiene autorización de maleramram para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Una nueva rutina

...Alexa ...

Los primeros días de universidad no se parecían en nada a lo que Alexa había imaginado.

Y eso le gustaba.

No porque fueran perfectos.

De hecho, eran un pequeño desastre.

El primer lunes llegó cinco minutos tarde a su primera clase porque se había equivocado de edificio.

El martes olvidó dónde había dejado su tarjeta de acceso a la residencia.

El miércoles descubrió que la cafetería tenía tres entradas diferentes y consiguió entrar por la que llevaba directamente a la fila más larga.

Pero nadie la conocía.

Nadie sabía quién era su padre.

Nadie sabía qué reglas había en su casa.

Nadie sabía a qué hora debía regresar.

Nadie le preguntaba con quién estaba.

Y esa última parte era, probablemente, su favorita.

—¡Alexa!

Ella abrió un ojo.

—No.

—Alexa.

—Estoy muerta.

—No estás muerta.

—Estoy intentando estarlo.

Emma tiró suavemente de una esquina de su manta.

—Tenemos clase en veinte minutos.

Alexa abrió ambos ojos.

—¿Qué?

Se incorporó tan rápido que casi se golpeó con la cabecera.

—¿Veinte?

Emma levantó el teléfono.

—Diecinueve.

—¿Por qué no me despertaste antes?

—Porque dijiste que si te despertaba antes de las ocho ibas a odiarme.

Alexa se quedó mirándola.

—Lo dije dormida.

—Lo dijiste perfectamente despierta.

—Entonces retiro la amenaza.

Emma soltó una carcajada.

Alexa salió de la cama de un salto.

Cinco minutos después estaba frente al espejo intentando domar su cabello.

—Esto es imposible.

—Déjalo así.

—Parezco un nido.

—Un nido bonito.

Alexa la miró a través del espejo.

—¿Eso fue un cumplido?

—Sí.

—Qué mal te sale.

—Estoy aprendiendo.

Alexa sonrió.

Y eso era algo que había empezado a suceder con demasiada facilidad.

Sonreír.

Reír.

Sentirse cómoda.

Con Emma todo parecía sencillo.

No necesitaba medir sus palabras constantemente.

No tenía que pensar demasiado antes de contar algo.

Podía ser sarcástica.

Podía quejarse.

Podía quedarse en silencio.

Y Emma parecía entender cualquiera de las tres cosas.

La rutina comenzó a aparecer poco a poco.

Clases por la mañana.

Almuerzos rápidos.

Horas en la biblioteca.

Cafés que prometían mantenerlas despiertas y solo conseguían que hablaran más de la cuenta.

Caminatas por el campus.

Y noches en las que terminaban sentadas en el suelo de la habitación, compartiendo comida mientras cada una hacía algo diferente.

Alexa estudiaba.

Emma ordenaba.

Alexa volvía a desordenar.

Emma se quejaba.

Alexa se reía.

Era una especie de equilibrio extraño.

Para el final de la primera semana, ya tenían pequeños hábitos que ninguna había planeado.

Emma siempre ocupaba el lado derecho del sofá de la sala común.

Alexa siempre robaba las papas fritas de su plato.

Emma odiaba que Alexa dejara las tazas sobre los libros.

Alexa odiaba que Emma pusiera cinco alarmas por la mañana y apagara cuatro sin levantarse.

Y, aun así, ninguna parecía realmente molesta.

Era como si llevaran mucho más tiempo juntas.

Una tarde regresaron a la habitación después de clases.

Alexa dejó su mochila sobre la silla.

—Necesito dormir.

Emma dejó unas carpetas sobre el escritorio.

—Son las cuatro.

—Exactamente.

—No puedes dormir ahora.

—Claro que puedo.

—Después no vas a dormir esta noche.

Alexa se dejó caer sobre la cama.

—Ese problema será de la Alexa de las tres de la mañana.

Emma se sentó frente a ella.

—La Alexa de las tres de la mañana siempre es insoportable.

—La Alexa de las tres de la mañana tiene pensamientos profundos.

—La Alexa de las tres de la mañana me pregunta si creo que los peces saben que están mojados.

Alexa levantó un dedo.

—Es una pregunta válida.

Emma se echó a reír.

—Eres rara.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo tomaré como uno.

Hubo unos segundos de silencio.

Emma miró hacia la ventana.

El sol comenzaba a descender detrás de los edificios.

—¿Sabes qué extraño?

Alexa giró la cabeza.

—¿Qué?

—A mi mamá.

La sonrisa de Alexa desapareció lentamente.

Emma continuó mirando hacia afuera.

—Murió hace algunos años.

Alexa se incorporó.

No sabía qué decir.

—Lo siento.

—Está bien.

Emma jugueteó con el borde de una pulsera.

—Bueno… no está bien. Pero ya sabes a qué me refiero.

Alexa asintió.

—Sí.

—Hay días en los que no pienso en eso. Y otros en los que veo algo estúpido, como una receta o una película, y pienso inmediatamente en ella.

Sonrió con cierta tristeza.

—Era muy buena cocinando.

—¿Y tú?

—Yo puedo quemar agua.

Alexa soltó una pequeña risa.

Emma también.

La tristeza no desapareció completamente, pero se volvió más soportable.

—¿Y tu papá? —preguntó Alexa con cuidado.

Emma bajó la mirada.

—Está bien.

Solo eso.

Alexa esperó.

—Es un poco… complicado.

—¿Complicado cómo?

Emma se encogió de hombros.

—Es muy protector.

Alexa sonrió.

—¿Mucho?

—Muchísimo.

—Entonces tenemos algo en común.

Emma la miró.

—¿Tus padres también son así?

Alexa soltó una carcajada seca.

—No tienes idea.

Alexa tomó una almohada y se la colocó detrás de la espalda.

—Mis padres no eran sobreprotectores.

Emma arqueó una ceja.

—¿No?

—Eran… expertos.

—¿Expertos en qué?

—En hacerme sentir que salir de casa era una operación militar.

Emma se rio.

—Explícate.

Alexa comenzó a contar con los dedos.

—Si salía, tenía que decir dónde.

—Normal.

—Con quién.

—También normal.

—A qué hora volvía.

—Normal.

—Qué iba a hacer.

—Bueno…

—Quiénes iban a estar.

Emma empezó a reírse.

—¿En serio?

—Y si había chicos.

—Alexa.

—Y si había alcohol.

—Eso ya suena peor.

—Y si volvía diez minutos tarde…

Alexa hizo una pausa dramática.

—…parecía que había regresado de una guerra.

Emma se rio tanto que tuvo que cubrirse la boca.

—No puede ser.

—Una vez llegué once minutos tarde.

—¿Qué pasó?

—Mi padre estaba despierto.

—¿Y?

—Me preguntó dónde había estado.

—¿Qué le dijiste?

—La verdad.

—¿Y?

—No le gustó.

Emma sonrió.

—¿Por qué?

—Porque la verdad era que estaba caminando sola.

—¿Y eso qué tenía de malo?

Alexa la miró.

—Exactamente.

Se quedaron en silencio durante un instante.

Después Alexa bajó la mirada.

—Me quieren mucho.

La frase salió más suave.

Más sincera.

—Lo sé.

—Pero a veces siento que confunden quererme con decidir por mí.

Emma no respondió inmediatamente.

Alexa jugueteó con una pulsera.

—Siempre quieren protegerme.

—Eso suena bonito.

—Lo es.

Hizo una pequeña pausa.

—Hasta que deja de serlo.

Emma la observó.

—¿Por eso elegiste una universidad tan lejos?

Alexa sonrió.

—Entre otras cosas.

—¿Y ahora?

Alexa miró alrededor.

La habitación.

La ventana.

Sus libros.

La mochila tirada en el suelo.

La cama de Emma.

—Ahora puedo respirar.

Emma sonrió.

—Entonces supongo que valió la pena.

Alexa asintió.

—Sí.

Y lo decía de verdad.

Aquella noche pidieron comida.

Emma insistió en que necesitaban celebrar su primera semana sin haber sido expulsadas de ninguna clase.

—Todavía faltan tres años y medio —dijo Alexa.

—No seas negativa.

—Realista.

Comieron sentadas en el suelo porque ninguna tenía ganas de ordenar el escritorio.

Hablaron de profesores.

De compañeros.

De chicos que habían visto por el campus.

De los lugares que querían conocer.

De todo y de nada.

Hasta que Emma preguntó:

—¿Tienes novio?

Alexa casi se atragantó.

—¿Qué?

—Que si tienes novio.

—No.

—¿Exnovio?

—Tampoco.

Emma sonrió.

—¿Algún enamorado secreto?

—No.

—¿Alguien que te guste?

—Emma.

—¿Qué?

—Llevamos una semana aquí.

—Eso no responde mi pregunta.

Alexa tomó una papa.

—No.

—¿Segura?

—Segurísima.

Emma hizo un gesto de decepción exagerada.

—Qué aburrida.

—¿Y tú?

—Tampoco.

—¿Nunca?

Emma negó con la cabeza.

—No he tenido tiempo.

—¿Y tu papá?

Alexa notó el pequeño cambio en su expresión.

—¿Qué tiene que ver mi papá?

—Nada. Pensé que sería de esos padres que espantan a cualquiera que se acerque.

Emma soltó una risa.

—Créeme.

La miró.

—Lo hace.

Alexa sonrió.

—Entonces definitivamente tenemos algo en común.

Emma levantó su vaso.

—Por los padres insoportablemente protectores.

Alexa chocó su vaso con el suyo.

—Por nuestra libertad.

—Por nuestra libertad.

Bebieron.

Ninguna de las dos sabía lo irónico que terminaría siendo aquel brindis.

Más tarde, Emma se quedó dormida.

Alexa permaneció despierta.

Tenía los auriculares puestos y una libreta abierta sobre las piernas.

Escribía cualquier cosa que se le ocurriera.

Tareas.

Ideas.

Frases.

Cosas que quería hacer.

Una lista de lugares que quería visitar.

En la parte superior había escrito:

...COSAS QUE PUEDO HACER AHORA QUE ESTOY LEJOS DE CASA....

Debajo había anotado:

Dormir hasta tarde.

Salir sin pedir permiso.

Conocer gente.

Equivocarme.

Se quedó mirando la última palabra.

Equivocarme.

Le gustaba.

Porque significaba que nadie podía vivir su vida por ella.

Alexa cerró la libreta.

Apagó la luz.

Se acomodó en la cama.

Por primera vez en mucho tiempo, no sintió que tenía que prepararse para el día siguiente.

No había reglas esperándola.

No había discusiones.

No había expectativas.

Solo una nueva ciudad.

Una nueva universidad.

Una nueva amiga.

Una nueva vida.

Y Alexa estaba convencida de que, por fin, podía decidir qué hacer con ella.

Todavía no sabía que algunas decisiones no las tomaría sola.

Tampoco sabía que, en algún lugar de aquella misma ciudad, existía un hombre que pertenecía a un recuerdo que su mente había dejado atrás.

Un hombre cuyo nombre todavía no significaba nada para ella.

Adrián.

Para Alexa, era solo un desconocido.

Por ahora.

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Paula Giaccaglia
que vamos a tener que esperar? que vea de casualidad el tatuaje? me encanta pero ella es una niña al lado de él, muy inmadura su actitud
Paula Giaccaglia
es un idiota e inmaduro!!!! hombre grande, le duplica más la edad, es la amiga de su hija,
Paula Giaccaglia
mi duda escritora es cómo va a seguir ésta historia? Emma aceptará que su mejor amiga tenga relaciones sexuales con su papá? bueno, por eso yo no escribo y vos sí, ya sabrás y espero que no tarden tanto los capítulos
Paula Giaccaglia
lo que no me quedó claro es , ¿qué pasó ésa noche? besos o algo más?
Iza Lozano
cuando le dira la verdad a Alexa? cuando sabrá que el papá de su amiga es el mismo hombre de sus recuerdos?
Paula Giaccaglia
Alexa con el papá de Emma ( porque es él seguro) fué sólo un beso o algo más? no me queda claro.
en mi país un hombre de 39 años con una menor sería pedofilia si hubo sexo
Paula Giaccaglia
uhhhh, es el papá de Emma??? no puedo creer, hay muchísima diferencia de edad!!! 39 años tiene él y ella debe de tener 18 y amiga de la hija
Maleramram: Tiene 20 casi 21 Alexa , es un diferencia de edad si no le gusta ese contenido es entendible , puede dejar de leer
total 1 replies
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