Cuando U-jin partió al extranjero para convertirse en una abogada impecable y Jeong decidió quedarse a construir desde cero su sueño entre harinas y hornos, ambas creyeron que el tiempo se encargaría de diluir lo que sentían. Durante años, sus vidas transcurrieron en universos paralelos: U-jin conquistando el exigente mundo de las leyes con elegancia y determinación; Jeong convirtiendo su pequeña pasión en la cafetería y repostería más aclamada de la ciudad, mientras intentaba descifrar un vacío en su corazón que ningún éxito lograba llenar.
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El peso del reencuentro
U-jin dio un paso hacia el centro del local.
Sostenía el asa de su bolso con una soltura estudiada, pero por dentro sentía que el suelo cedía bajo sus pies. Miró a la persona frente a ella: la mandíbula marcada, los hombros firmes bajo la chaqueta de cuero, la postura llena de una confianza sobria y ese aura imponente. Era innegable que los rasgos guardaban una sombra del pasado, pero la metamorfosis era tan drástica que le costaba procesarla.
Por su parte, Jeong apretó la carpeta de balances entre sus dedos. Observó a la mujer que se acercaba con pasos pausados y tacones silenciosos. La pulcritud en su peinado, el corte impecable de su abrigo y esa aura de abogada brillante la hacían parecer sacada de una revista internacional.
Fue solo cuando U-jin se detuvo a un metro de distancia y esbozó una leve sonrisa, inclinando la cabeza con el mismo gesto de timidez refinada que solía hacer de adolescente, que el velo del tiempo se rasgó por completo.
—Ha pasado mucho tiempo, Jeong-ah —dijo U-jin. Su voz, aunque más grave y educada, conservaba la calidez de siempre.
Jeong entreabrió los labios. El impacto fue directo al pecho. La solidez y el control que solía proyectar en su trabajo se tambalearon por un segundo.
—¿U-jin...? —murmuró Jeong, con su voz profunda teñida de una incredulidad genuina.
El silencio volvió a instalarse entre ambas, rodeado por el murmullo de los clientes y el tintineo de las tazas de porcelana. Jeong dio un paso al frente, rompiendo la distancia profesional. Sus ojos recorrieron el rostro de U-jin, buscando encajar a la chica que escribía notas de estudio en el colegio con la mujer sofisticada que tenía enfrente.
—Realmente eres tú —continuó Jeong, dejando la carpeta sobre la barra sin mirar. Una sonrisa sincera, la primera del día, iluminó sus facciones—. Casi no te reconozco... Te ves distinta. Como alguien que acaba de ganar un juicio importante.
—Tú tampoco te quedas atrás —respondió U-jin, dejando escapar una risita suave mientras miraba de reojo la postura de Jeong y el porte que ahora proyectaba—. Definitivamente ya no eres la chica que se tropezaba con las sacas de harina. Aunque debo confesar que por un momento pensé que habías cambiado de profesión para volverte modelo o empresaria de moda.
Jeong dejó salir una carcajada baja, un sonido cálido que hizo que a U-jin le diera un vuelco extraño el corazón.
—El trabajo en la cocina te cambia, y la vida también —dijo Jeong, pasándose una mano por el cabello corto para acomodarlo—. Me dijeron que estabas preguntando por mí. ¿Qué haces aquí? En las historias vi que habías llegado al aeropuerto, pero no pensé que vendrías a este barrio tan pronto.
—Regresé para quedarme —explicó U-jin, encontrando la mirada de Jeong—. De hecho, estoy remodelando la casa de mi abuela. Voy a abrir mi propio despacho de abogados a solo tres calles de aquí.
Jeong se quedó en silencio un momento, procesando la información. Un cosquilleo de nostalgia mezclado con una curiosidad inexplicable empezó a recorrerle las venas. La distancia que las había separado durante años parecía disolverse, dejando al descubierto una cercanía que ninguna de las dos sabía muy bien cómo gestionar ahora que eran dos adultas completamente diferentes.
—A tres calles... —repetió Jeong en voz baja, con una chispa de emoción en los ojos—. Supongo que eso significa que nos veremos muy seguido.