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Cuando Rezábamos Bajito

Cuando Rezábamos Bajito

Status: Terminada
Genre:Yuri / Amor prohibido / Época / Completas
Popularitas:385
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Olvera de la Frontera, Andalucía, España, 1957.

En plena dictadura franquista, Zeynep huye de un hombre violento tras defenderse y se esconde en el Convento Santa Clara bajo el nombre de Ana Vidal. Embarazada, sin familia y con otra identidad, cree que nunca volverá a amar.

Hasta que llega Zoe Araya, la hija del juez del pueblo, enviada al convento por sus padres para "corregirse" porque se niega a casarse con el hombre que le impusieron.

Entre limoneros, rezos en voz baja y secretos, nacerá un amor prohibido que todo un pueblo querrá castigar. Una historia de supervivencia, maternidad y un amor que no pide perdón.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 9 - LOS PAPELES

Sor Inés no nos regañó por dormir juntas. Nos regañó por hacerlo mal.

Al día siguiente, después de misa, me llamó a la sacristía. La sacristía era una pieza chica que olía a incienso viejo y donde guardaban los cálices. Zoe también estaba allí, de pie, con la cara pálida.

- ¿Ustedes creen que en Olvera la gente es tonta? - nos dijo cerrando la puerta -. Si las ve el Padre Fermín durmiendo así, nos cierra el convento. Si las ve Doña Carmen, manda a la Guardia Civil. ¿Quieren irse a Sevilla? Pues se van bien. No como dos niñas escapadas.

Nos miró a las dos. A mí la barriga ya se me notaba aunque me pusiera tres fajas. Ya eran casi seis meses. Caminaba más lento. Me dolía la espalda.

- Ana, tú no puedes viajar sin papeles. Quemaste tu carnet. Y aunque no lo hubieras quemado, con ese carnet te encuentra tu novio. Necesitas otros.

Sacó de un cajón un sobre amarillento. Dentro había un carnet viejo.

- Era de mi hermana. Murió en el 51. Se llamaba Ana Vidal Martín. Tenía tu edad cuando murió. Nunca entregamos el carnet. Con esto puedes sacar un billete de tren. Nadie va a mirar mucho si vas con velo y dices que estás de luto.

Me temblaron las manos. Era mi nuevo nombre, pero de verdad. Con foto y todo. La foto no era mía, era de una mujer parecida, con el pelo corto. Pero en 1957, en un pueblo chico, nadie miraba bien las fotos.

- ¿Y yo? - dijo Zoe.

- Tú eres más difícil. Tú eres la hija del juez Araya. Si te subes a un tren en Olvera, el jefe de estación llama a tu padre antes de que el tren llegue a Utrera. En 1957 una mujer soltera menor de 25 años necesita permiso del padre o del marido para salir de la provincia. Franco nos tiene así.

Zoe se mordió las uñas. Yo sabía que tenía miedo. No de irse, de que su madre la encerrara antes.

- Entonces ¿cómo? - dijo.

Sor Inés sacó otro papel. Era una carta escrita a mano.

- Mi prima Lola vive en Triana, en Sevilla. Tiene una tienda de telas y le deben un favor. Le escribí que van dos sobrinas mías a ayudarle. Que una está... enferma y necesita aire de ciudad. Que la otra quiere aprender a coser. Lola no pregunta. Pero tienen que llegar hasta allí sin que las vea nadie de Olvera.

Nos explicó el plan. El jueves había mercado en Olvera y venía un camión de telas de Sevilla que le traía cosas a Lola. El camionero era de confianza. Nos llevaría escondidas atrás, entre rollos de tela, hasta la entrada de Sevilla. No hasta la estación. Hasta Triana directo.

- ¿Cuándo? - pregunté.

- Este jueves. En tres días. Antes de que venga tu madre otra vez, Zoe. Me dijo Doña Carmen que el sábado te llevan a probarte el vestido de novia a casa del alcalde. Si te pruebas ese vestido, ya no te escapas.

Zoe se puso blanca.

- Yo no me pruebo ese vestido. Prefiero tirarme al río.

- Pues entonces se van el jueves. A las cinco de la mañana. Yo las despierto. Llevan solo lo puesto y esta carta. Y esto.

Sacó de su hábito un pañuelo atado. Dentro había billetes. Pocos, arrugados. Y dos medallitas de la Virgen.

- Es lo que tengo de lo que me dan para las velas. No es mucho, pero para comer unos días alcanza. Y las medallitas son para la niña. Para que nazca bien.

Yo me puse a llorar. No pude evitarlo. Desde que llegué a Olvera nadie me había dado nada sin pedirme algo a cambio. Tomás me daba golpes. Mi familia me daba vergüenza. Sor Inés me estaba dando papeles, dinero y una hija.

- No llores, Ana Vidal - me dijo Sor Inés, y por primera vez me llamó así con cariño -. Tú ya has huido una vez con una piedra. Esta vez vas a huir con una niña en la barriga y otra de la mano. Es más difícil, pero también es más bonito.

Zoe me agarró la mano fuerte.

- El jueves - repitió -. Nos vamos el jueves.

Esa tarde no fuimos al huerto. Nos quedamos en la bodega doblando los dos vestidos grises que teníamos y metiendo en una bolsa de pan el libro de "Mujercitas" y la carta para Lola.

Zoe se tocó la barriga por encima de mi vestido. Lucía se movió. Ya se movía todo el tiempo, sobre todo de noche.

- ¿Crees que Lola nos va a querer? - me preguntó.

- Si no nos quiere, nos vamos a otro lado. Ya sabemos huir.

- Juntas.

- Juntas.

Afuera, las campanas tocaron a vísperas. En todo Olvera las mujeres rezaban bajito por sus maridos, por sus hijos, por Franco.

Nosotras, en la bodega, rezamos bajito por un camión de telas que llegaba el jueves a las cinco de la mañana y que oliera a tela nueva y no a aceite quemado.

Por primera vez, rezar no era pedir perdón.

Era pedir un billete de salida.

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